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jueves 2 julio 2020
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Mons. Sergio: “Estamos llamados a anunciar el Evangelio de la Vida, en este tiempo en los que enfuria la pandemia con sus consecuencias de muerte y dolor”

Campanas.  Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral,  hoy domingo 14 de junio, Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó que estamos llamados a anunciar, el Evangelio de la vida y de la salvación, en estos tiempos en los que enfuria la pandemia con sus consecuencias de muerte, dolor y penurias.

Así mismo el prelado dijo que estamos convocados a ser testigos del reino de Dios, a escuchar el grito de los pobres, que son los más indefensos ante este mal, a hacer gestos de amor y solidaridad, y a mantener viva la esperanza, cada cual de acuerdo a sus responsabilidades y posibilidades.

 Los pobres de todos los tiempos, no sufren solo porque son despojados de los bienes materiales, sino también porque no son reconocidos en su dignidad de personas, porque experimentan en carne propia la indiferencia y el desprecio de los poderosos y porque se sienten impotentes ante tantos atropellos, dijo el Arzobispo.

Mons. Sergio aseguró que las “Multitudes” anónimas y sin nombre en aquel tiempo y “multitudes” anónimas y sin derechos también hoy. Son la gran mayoría de la población mundial, excluidas por el engranaje de una economía sin humanidad y sin rostro. Son las grandes muchedumbres de los que están sin trabajo estable, sin acceso a la educación, a la atención en salud y a la vivienda, y sobre todo sin perspectivas de un futuro digno, como es debido a todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y redimido por Jesucristo.

El Arzobispo hizo hincapié en que Jesús siempre está dispuesto a agacharse sobre los sufrimientos de los pobres de entonces y de toda la historia, en particular sobre los llantos y la desesperación de los que nadie escucha y de los que nada esperan ya de nadie.

 El pueblo Judío estaba abandonado a su suerte, las autoridades corruptas y codiciosas, en vez que cuidar y servir al bien común de todos, se afanaban detrás de sus intereses y negociados. Esta situación se ha agudizado hoy en nuestro mundo globalizado manejado por grupos de poder anónimos, donde millones de pobres han dejado de estar abajo, en las periferias o faltos de poder; ahora sobran, son ignorados, dice el Arzobispo.

Monseñor Sergio aseguró que  la misión  es un don de Dios y no nuestra propiedad, por eso el anuncio de Cristo nuestro Salvador tiene que ser gratuito, llevado con el espíritu de desprendimiento, de amor y de servicio de las bienaventuranzas.

De manera particular todos estamos llamados a cumplir el pedido de Jesús: “Rueguen al dueño de la cosecha”. Orar a Dios, confiados en los méritos de Cristo que nos ha salvado con su muerte y resurrección, para que se compadezca de todos los que sufren, venga en ayuda de nuestra debilidad y nos libere de esta plaga, dijo el Prelado.


 

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 14/06/2020

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que, cumpliendo la misión que el Padre la ha confiado, recorre pueblos y aldeas anunciando la Buena Noticia del Reino y acompañando sus palabras con la curación de diversas enfermedades y dolencias. Jesús, “al ver las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.

“Al ver las multitudes: no es tan solo un ver, es el mirar atento de Jesús que se da cuenta de los problemas y las necesidades materiales y espirituales que aquejan a la multitud de pobres y marginados de la sociedad judía.

“Estaban extenuados y abandonados”. Esas multitudes, víctimas de las injusticias, la explotación y la ignorancia a la que las tienen sometidas, viven en una situación de miseria, postración y desánimo. Los pobres de todos los tiempos, no sufren solo porque son despojados de los bienes materiales, sino también porque no son reconocidos en su dignidad de personas, porque experimentan en carne propia la indiferencia y el desprecio de los poderosos y porque se sienten impotentes ante tantos atropellos.

“Multitudes” anónimas y sin nombre en aquel tiempo y multitudes” anónimas y sin derechos también hoy. Son la gran mayoría de la población mundial, excluidas por el engranaje de una economía sin humanidad y sin rostro. Son las grandes muchedumbres de los que están sin trabajo estable, sin acceso a la educación, a la atención en salud y a la vivienda, y sobre todo sin perspectivas de un futuro digno, como es debido a todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y redimido por Jesucristo. Porque eran como ovejas que no tienen pastor”.  El pueblo Judío estaba abandonado a su suerte, las autoridades corruptas y codiciosas, en vez que cuidar y servir al bien común de todos, se afanaban detrás de sus intereses y negociados. Esta situación se ha agudizado hoy en nuestro mundo globalizado manejado por grupos de poder anónimos, donde millones de pobres han dejado de estar abajo, en las periferias o faltos de poder; ahora sobran, son ignorados.

 Jesús “sintió compasión”: Ante esos hermanos abatidos y probados, la mirada de Jesús se vuelve compasión, él padece con ellos, sufre en lo más íntimo de su ser y hace suyos los problemas y dolencias de ellos. Jesús siempre esta dispuesto a agacharse sobre los sufrimientos de los pobres de entonces y de toda la historia, en particular sobre los llantos y la desesperación de los que nadie escucha y de los que nada esperan ya de nadie.

Jesús siente la urgencia y magnitud del problema y al mismo tiempo la falta de colaboradores para cumplir con su misión, por eso se dirige a los discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos”. El trigo abundante, maduro y listo para ser cosechado, son los pobres dispuestos a acoger la Buena Noticia de la vida nueva, del amor y de la esperanza.

Solo se necesitan obreros asociados a la misión salvadora de Jesús, cuya primera y más urgente acción es la de orar para que Dios envíe misioneros. Orar es el medio para entrar en sintonía con Dios y su plan de salvación inaugurado por Jesús, y por el cual como discípulos estamos llamados a entregar nuestra vida a la misión con generosidad  y espíritu de servicio.

Es lo que afirmamos cuando, en el “Padre Nuestro”, la única oración que Jesús nos ha enseñado, decimos “venga tu Reino”. Dios lleva adelante su plan de salvación, pero nosotros debemos dar nuestra disponibilidad a colaborar con él, para que todos, nadie excluido,  puedan conocer y creer en Cristo, y así ser salvados.

Luego Jesús «llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad para expulsar espíritus malignos y curar toda enfermedad y dolencia». Nuevamente Jesús toma la iniciativa y llama, uno por uno por nombre, a doce de sus discípulos como pilares de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, a imagen del pueblo de Israel conformado por doce tribus. Jesús los llama para enviarlos: “Vayan y proclamen que el reino de los cielos está cerca”.

A ellos Jesús les confía la misión de anunciar la cercanía del reino de Dios y les da la autoridad y el poder de liberar a los poseídos por espíritus malignos y curar a toda clase de enfermedades y dolencias, signos de la cercanía del Reno de Dios: “Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos y expulsen a los demonios”.

Como vemos, nuestra misión de cristianos y de toda la Iglesia está hecha de predicación y curación, anuncio y promoción humana, venida del reino junto con la lucha por la justicia y la paz, al igual que Jesús mismo anunció y vivió la misión: “El Espíritu del Señor me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracias del Señor”.

Jesús al final advierte a los apóstoles que no hagan proselitismos y que, como primera misión antes de su muerte y resurrección, se limiten a anunciar la inminente instauración del Reino de Dios a las ovejas perdidas del pueblo de Israel y que no hagan de la misión un negociado, porque no pertenece a los enviados: “Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”. La misión  es un don de Dios y no nuestra propiedad, por eso el anuncio de Cristo nuestro Salvador tiene que ser gratuito, llevado con el espíritu de desprendimiento, de amor y de servicio de las bienaventuranzas.

Con este espíritu, estamos llamados a anunciar, con entrega y desprendimiento, el Evangelio de la vida y de la salvación, en estos tiempos en los que enfuria la pandemia con sus consecuencias de muerte, dolor y penurias. Todos convocados a ser testigos del reino de Dios, a escuchar el grito de los pobres, que son los más indefensos ante este mal, a hacer gestos de amor y solidaridad, y a mantener viva la esperanza, cada cual de acuerdo a sus responsabilidades y posibilidades.

De manera particular todos estamos llamados a cumplir el pedido de Jesús: “Rueguen al dueño de la cosecha”. Orar a Dios, confiados en los méritos de Cristo que nos ha salvado con su muerte y resurrección, para que se compadezca de todos los que sufren, venga en ayuda de nuestra debilidad y nos libere de esta plaga. Nos ayudan a expresar nuestros sentimientos las palabras del salmo responsorial que irradian confianza y esperanza en la bondad y fidelidad de Dios para con nosotros sus hijos: ”El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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