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domingo 15 septiembre 2019
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Viernes Santo. !Todos estábamos allí cuando crucificaron a Jesús! dice Monseñor Sergio

En una profunda reflexión de viernes Santo, el Arzobispo de Santa Cruz, aseguró que “…cada vez que cometemos una injusticia, que ejercemos violencia, que despojamos a los pobres, que oprimimos a los humildes y débiles, que recurrimos a la crítica injusta, a la calumnia, a la mentira y medias verdades, que somos prepotentes y orgullosos y que no somos solidarios, estamos allí condenando y crucificando a Cristo”

La tarde de este Viernes Santo, Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, presidió en el atrio de la Catedral, la celebración de “La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, celebración sobria y austera en signos, conmovedora y solmene, en la que se proclamó el evangelio de la pasión del Señor, se oró por la humanidad entera y se adoró con reverencia la cruz de Cristo.

En su mensaje, inspirado en una canción que los negros hicieron en los días de la esclavitud en el sur de los Estados Unidos, Monseñor Sergio preguntó “¿Estabas ahí cuando crucificaron a mi Señor?”.

Enseguida, continuó con una profunda reflexión en la que aseguró que “todos estábamos allí cuando crucificaron al Señor… pero no a lado de María y San Juan, sino con los jueces, con el cobarde Pilato, con los verdugos, con la muchedumbre curiosa gritando “crucifícalo,” y ofreciéndole el vinagre y mofándonos de él junto a los soldados: “¡Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo! (Lc 23,37). Y estábamos allí miedosos y faltos de fe junto al soldado que abrió el costado de Jesús con la lanza”.

“toda ceguera, toda debilidad y toda maldad humana han contribuido a condenar al Justo”.

“¡Sí. Allí estábamos todos! Sí, porque en ese momento allí se concentraba toda la humanidad con los pecados de todos los tiempos: no sólo las guerras, los genocidios, las violencias ciegas y las grandes injusticias, sino también los pecados personales, los rencores, los odios, las cobardías, las mentiras, los engaños, la corrupción, las omisiones y todos los pecados de debilidad e ignorancia. Allí estábamos todos, porque toda ceguera, toda debilidad y toda maldad humana han contribuido a condenar al Justo”.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA,

VIERNES SANTO, 19 DE ABRIL DE 2019.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR 

¿ESTABAS ALLÍ CUANDO CRUCIFICARON A MI SEÑOR?

¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor?

¡Oh… A veces me hace temblar, temblar, temblar!

¿Estabas allí cuando lo clavaron a la cruz?

¿Estabas allí cuando le pusieron en la tumba?

¿Estabas allí cuando removieron la piedra?

¡Oh… a veces me hace temblar, temblar!

Los versos que se acaba de proclamar pertenecen a un “Negro Espiritual”, una de las canciones conmovedoras con melodías inquietantes y ricas en emoción que los negros hicieron en los días de la esclavitud en el sur de los Estados Unidos. Son canciones de esperanza y expectación, un grito del alma por la libertad. Esos esclavos aceptaron a Jesús como su Salvador y Señor, y experimentaron su gracia, paz y esperanza para el futuro, por eso fueron capaces de cantar: ¿Estabas allí cuando crucificaron a mi Señor?

Esta tarde ellos nos preguntan a cada uno de nosotros: “Estabas ahí cuando crucificaron a mi Señor ?”. Ustedes me dirán que ninguno de nosotros estaba allí cuando crucificaron a nuestro Señor y que si hubiéramos estado allí, no lo hubiéramos permitido. Por lo menos, le hubiéramos hecho sentir nuestra cercanía y nuestro consuelo, hubiéramos aprovechado para compartir sus sufrimientos y dolores, hubiéramos aliviado su sed y recogido su  sangre divina.

Si hubiéramos estado allí, habríamos gritado la injusticia: ¿Cómo se puede condenar al Justo? Palabra expresada por el oficial Romano a los pies de cruz: “¡Verdaderamente este hombre era justo!” (Lc 23,47). ¿Cómo condenar  a aquél que, como dijo San Pedro, “pasó su vida haciendo el bien y sanando a todos los que estaban oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él”? (Hech. 10,38) ¿Cómo condenar  a aquél que, a la pregunta de los enviados de Juan Bautista, contestó: “Vayan y digan a Juan lo que han visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la buena noticia”? (Lc 7, 22).

Y sin embargo, todos estábamos allí, pero no a lado de María y San Juan, sino con los jueces, con el cobarde Pilato, con los verdugos, con la muchedumbre curiosa gritando “crucifícalo,” y ofreciéndole el vinagre y mofándonos de él junto a los soldados: “¡Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo! (Lc 23,37). Y estábamos allí miedosos y faltos de fe junto al soldado que abrió el costado de Jesús con la lanza.

¡Sí. Allí estábamos todos! Sí, porque en ese momento allí se concentraba toda la humanidad con los pecados de todos los tiempos: no sólo las guerras, los genocidios, las  violencias ciegas y las grandes injusticias, sino también los pecados personales, los rencores, los odios, las cobardías, las mentiras, los engaños, la corrupción, las omisiones y todos los pecados de debilidad e ignorancia. Allí estábamos todos, porque toda ceguera, toda debilidad y toda maldad humana han contribuido a condenar al Justo.

Al cargar con la cruz, Cristo cargó con el pecado: el nuestro y el de todos, como dice San Pablo: “Jesucristo se entregó a sí mismo por nuestros pecados.” (Gal. 1,4) Por eso, cada vez que cometemos una injusticia, que ejercemos violencia, que despojamos a los pobres, que oprimimos a los humildes y débiles, que recurrimos a la crítica injusta, a la calumnia, a la mentira y medias verdades, que somos prepotentes y orgullosos y que no somos solidarios, estamos allí condenando y crucificando a Cristo.  

Pero, en la mente y en el corazón de Cristo sufriente y dolorido, nuestra presencia es acogida con amor y misericordia, como dice San Pablo: “Jesucristo se entregó a sí mismo…para liberarnos de la maldad del mundo presente, según la voluntad de Dios y Padre nuestro” (Gal 1,4).

Estábamos allí todos, cuando por cada uno de nosotros pedía “Padre, perdónales, porque no saben lo que  hacen»; cuando a cada uno de nosotros, como al buen ladrón, Jesús prometía el paraíso: «Hoy estarás conmigo» y cuando encomendó a cada uno de nosotros que lleváramos su madre a nuestra casa.

Estábamos allí recibiendo y dándole amor, mirándole con fe,  redimidos por él y siendo purificados en el agua y la sangre que brotaban de su costado, inmersos en ese torrente de vida. Estábamos allí, recibiendo el Espíritu que él entregaba al Padre y a nosotros: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Todos estuvimos clavados en  la cruz con Cristo, allí hemos experimentado que la muerte de Jesús no fue un fracaso sino una victoria, la victoria de la gracia sobre el pecado y de vida sobre la muerte.

En el Hijo clavado en la cruz, se ha realizado nuestro encuentro con Dios y allí estábamos como testigos de la cruz, la expresión más sublime del amor, misericordia y poder de Cristo, testimonio que tanto necesitan nuestro mundo y nuestra sociedad aunque, por ignorancia, no falte la indiferencia y el rechazo.

Todos estábamos allí, porque de allí ha brotado la veneración profunda y sentida a la cruz en la Iglesia en América Latina, en particular en nuestra ciudad y Departamento que tienen la gracia de llevar el nombre de la Santa Cruz”, aquí plantada como signo de la redención, el punto firme y perenne de referencia para todos, signo de vida, de amor y de libertad y no instrumento de muerte.

En unos instantes se nos mostrará la Cruz para la adoración, la única realidad que, “en medio de todos los vaivenes humanos, sigue en pie”.

¡Que cada uno de nosotros la contemple y adore con estupor y admiración y pueda decir con profunda fe y gratitud: “¡Sí, Señor! Yo estaba allí cuando te han clavado en la cruz! ¡Oh… A veces me hace temblar, temblar, temblar!

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.

 

 

 

Encargado


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