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martes 17 septiembre 2019
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El Jubileo de la Misericordia es ESPERANZA, dice Monseñor Sergio Gualberti

 

Además de unirse en la celebración del Día Nacional del Catequista y el 25 encuentro de las CEBs en Santa Cruz, celebrados este fin de semana, Monseñor Sergio Gualberti animó a todos los fieles durante su homilía dominical a no caer en la tentación del desaliento ante los muchos problemas, sufrimientos y males tanto personales como de la sociedad pues “los creyentes, no podemos dejarnos llevar por el desánimo y la desesperanza porque, por encima de las apariencias de este mundo y de sus miserias está la promesa y el amor de Dios”

El perlado afirmó que “-Dios- no se desentiende de nosotros porque es el Dios de la vida y de la misericordia que tanto nos amó de enviar a su Hijo Unigénito para rescatarnos de todo mal y peligro”.

Más adelante animó a todos a vivir el Jubileo de la Misericordia como una oportunidad y una esperanza “un tiempo privilegiado para experimentar el perdón de Dios en nuestra vida personal y social y para dar testimonio, junto con Jesús, del “rostro misericordioso del Padre”.

Monseñor Sergio también se tomó tiempo para compartir una parte del mensaje de los Obispos de Bolivia reunidos en la Asamblea N. 100 hace unos días, donde invitan a que el Año Jubilar de la Misericordia sea un tiempo “para mirar de forma diferente la realidad que viven los últimos, los descartados en nuestro país”. Y en ese sentido, resaltó el mensaje del Papa Francisco en su discurso a los movimientos populares: “Quiero hablar de un cambio en otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir- redentor. Porque lo necesitamos… Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza”.

Siguiendo con el comunicado de los Obispos dijo que “Ahora es el tiempo para el cambio que nos ayude a actuar, como personas, comunidades e instituciones ante la situación de los niños que no tienen familia o viven sin ser acompañados por sus padres”. Así mismo destacó otras partes importantísimas del mensaje que hablan sobre las mujeres víctimas del maltrato y la violencia, la capciosa interpretación de las normas para imponer como obligatorias las excepciones del aborto impune, el miedo que muchos tienen a expresar una opinión diferente del pensamiento ideológico dominante que se pretende imponer a toda costa, amedrentando y descalificando al que piensa distinto; la inseguridad ciudadana que crece  en nuestras ciudades acobardando a nuestro pueblo y perjudicando a la gente más vulnerable; El narcotráfico y la adicción a la droga– que- van ganando terreno en el país, mientras tanto la gente sufre sus consecuencias, entre otros temas.

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, DOMINGO 15 DE NOVIEMBRE DE 2015

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRRTIR.

Estamos acercándonos al final del año litúrgico, el próximo domingo es la fiesta de Cristo Rey y culmina el caminar de nuestra Iglesia en la contemplación y vivencia de los misterios de nuestra redención y salvación. La Palabra de Dios de este domingo trata de las realidades últimas de la historia y de la humanidad. Nos habla de la segunda venida de Cristo, en poder y majestad, para instaurar el juicio final y determinar nuestro último destino. En el mundo y cultura de hoy, hay un silencio y olvido de estas realidades últimas, pero como Iglesia no podemos dejar de predicar acerca de estas verdades, porque son parte de la enseñanza que el Señor nos ha confiado acerca del misterio del ser humano.

El juico final, nos dice el Catecismo de nuestra Iglesia, “consistirá en la sentencia de vida bienaventurada o de condena eterna que el Señor Jesús, retornando como juez de vivos y muertos, emitirá respecto «de los justos y de los pecadores», reunidos todos juntos delante de sí. Después del juicio final, el universo entero, liberado de la esclavitud de la corrupción, participará de la gloria de Cristo, inaugurando «los nuevos cielos y la tierra nueva», la plenitud del Reino de Dios, la realización definitiva del designio de salvación, donde Dios será «todo en todos»”.

Jesús, al hablar de su última venida y el juicio final, utiliza el lenguaje del A.T., lleno de imágenes y descripciones de fenómenos cósmicos que no se pueden tomar al pie da letra. «En ese tiempo, después de esta tribulación, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán”. Estas palabras no son un anuncio de miedo y temor sino de liberación y de esperanza, porque la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte será también el momento en que el bien vencerá sobre el mal; el amor sobre el odio; la luz sobre las tinieblas y el Señor nos hará partícipes de la plenitud de su vida y amor. Para nosotros creyentes, el juicio final, no puede ser motivo de terror, porque quien viene es Jesucristo, el rostro misericordioso del Padre, nuestro Señor y Salvador, quien entregó su vida por nosotros.

Esta verdad es más bien un llamado a poner toda nuestra atención al tiempo presente y a comprometernos con la extensión del Reino de Dios, porque, es en nuestra existencia de cada día, que construimos nuestra suerte definitiva y en la que radican las promesas de Dios, para que nuestra fe y esperanza tengan consistencia.

La tentación del desaliento está siempre al asecho particularmente ante los muchos problemas, sufrimientos y males tanto personales como de la sociedad. Pero los creyentes, no podemos dejarnos llevar por el desánimo y la desesperanza porque, por encima de las apariencias de este mundo y de sus miserias está la promesa y el amor de Dios. Él no se desentiende de nosotros porque es el Dios de la vida y de la misericordia que tanto nos amó de enviar a su Hijo Unigénito para rescatarnos de todo mal y peligro.

En esta verdad esperanzadora del amor de Dios para con nosotros sus creaturas, se enmarca el Jubileo de la Misericordia que con tanta fuerza ha querido el Papa Francisco y que iniciará en menos de un mes. Es un tiempo privilegiado para experimentar el perdón de Dios en nuestra vida personal y social y para dar testimonio, junto con Jesús, del “rostro misericordioso del Padre”. Al respecto, quiero compartir una parte del mensaje de nosotros Obispos de Bolivia reunidos en la Asamblea N. 100 hace unos días.

“El Año Jubilar de la Misericordia es un tiempo para mirar de forma diferente la realidad que viven los últimos, los descartados en nuestro país. El Papa dijo rotundamente en su discurso a los movimientos populares: “Quiero hablar de un cambio en otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio –podríamos decir- redentor. Porque lo necesitamos… Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza”.

Ahora es el tiempo para el cambio que nos ayude a actuar, como personas, comunidades e instituciones ante la situación de los niños que no tienen familia o viven sin ser acompañados por sus padres.

Seguir trabajando por las mujeres víctimas del maltrato y la violencia, incluso por el grave problema del feminicidio que lejos de disminuir, aumenta en el país. Ofrecer oportunidad a los jóvenes que sufren a causa del desempleo o el subempleo.

Hacemos oír nuestra voz ante la capciosa interpretación de las normas para imponer como obligatorias las excepciones del aborto impune, propiciando así la muerte de tantos inocentes sin respetar el sufrimiento de las madres, el profundo sentido de respeto a la vida de nuestras culturas originarias y el legítimo derecho a la objeción de conciencia de los operadores de salud. Es necesario ofrecer mayor orientación, ayuda y sustento para quién se encuentra en situación de dificultad.

Vivimos un tiempo caracterizado por la exaltación de las ideologías que no dejan ver la realidad de los más necesitados ni escuchar su voz. Muchos tienen miedo a expresar una opinión diferente del pensamiento ideológico dominante que se pretende imponer a toda costa, amedrentando y descalificando al que piensa distinto. Así mismo, se imponen gastos en obras no esenciales, descuidando la salud y la educación e ignorando las prudentes llamadas a asumir políticas de austeridad.

La violencia, fruto de la ausencia de valores, genera la inseguridad ciudadana y crece en nuestras ciudades acobardando a nuestro pueblo y perjudicando a la gente más vulnerable. El narcotráfico y la adicción a la droga, van ganando terreno en el país, mientras tanto la gente sufre sus consecuencias. La corrupción quita a los que siguen marginados la oportunidad de un justo rescate; la impunidad política y judicial ampara y avala esta situación. “Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio” (Discurso Papa Francisco a los Movimientos populares). No nos dejemos robar la esperanza de lograr un verdadero cambio.

Cada vez se hace más difícil realizar la labor de promoción humana para los más necesitados de la sociedad a través de los centros de asistencia social a personas con capacidades diferentes, ancianos y enfermos mentales; con los hogares de niños abandonados; con la educación formal e informal. Esto sucede porque se trata impositiva y económicamente con las mismas exigencias a las obras sociales de servicio y sin fines de lucro que a las empresas que generan ganancias. Todo esto es desigualdad social y provoca una mayor injusticia”. Las palabras de los Obispos nos convocan a todos a una conversión que se concreta en compromiso serio a favor de los más pobres y para la construcción de una sociedad más justa.

Antes de terminar quiero resaltar algunos acontecimientos de nuestra Iglesia y del mundo. Los catequistas celebran hoy su día Nacional, con una Eucaristía como clausura de una semana de reflexión y formación, en el marco del lema: “¡Catequista! Celebra, vive y testimonia tu fe en Cristo Eucaristía!”. A nombre de toda nuestra Iglesia mi sincera gratitud por su servicio inapreciable en bien de los niños y jóvenes, enseñando el Evangelio con abnegación y entrega.

Hoy también las CEBs de Santa Cruz, celebran su 25 encuentro, un largo camino de ser pequeña Iglesia en comunidad, Iglesia doméstica desde lo pequeño y lo sencillo, pero abierta al compromiso profético y misionero entre los pobres y marginados.

Por último, unas palabras acerca de una noticia que ha estremecido el mundo: los atentados inhumanos de extremistas islámicos en Paris que han dejado tantas víctimas inocentes, hecho que es una bárbara agresión a toda la humanidad. Es el momento de solidarizarnos con todas las víctimas del terrorismo en Francia y en tantas otras partes del mundo, haciendo nuestras, de todo corazón, las expresiones de dolor y a las oraciones del Papa Francisco para esos hermanos: “Estoy conmovido y apenado. No entiendo, pero estas cosas hechas por seres humanos son difíciles de entender. Por eso estoy conmovido, apenado y oro. Estoy muy cercano al pueblo francés tan querido, estoy cercano a los familiares y oro por todos ellos”.

Hace un momento, con el estribillo del salmo nos hemos dirigido con confianza al Señor con una plegaria personal, que el Señor la haga oración de todas las víctimas del odio irracional y ciego en el mundo: “Protégeme Dios mío, porque me refugio en ti”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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