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miércoles 16 octubre 2019
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Hagamos realidad el proyecto de Santa Cruz, la “casa construida sobre la roca” del bien común y del respeto por la “hna. madre tierra”, pide Arzobispo

Campanas. 209 Aniversario de Santa Cruz. Este martes 24 de septiembre a las 10:00 horas, en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir, el Arzobispo, Mons. Sergio Gualberti Calandrina, presidió la “Celebración Litúrgica por Santa Cruz Tedeum Ecuménico”, junto a líderes de las Iglesias cristianas que participan del dialogo ecuménico: Pastor Jorge Wills de la Iglesia Metodista en Bolivia, el Padre Hedra El Hamba Boula de la Iglesia Copta Ortodoxa, el Pastor Oscar Villareal de la Iglesia Anglicana y los Pastores Nathan Tows y Leidy Muñoz del Comité Menonita. También participaran de esta celebración las principales autoridades del departamento y la ciudad.

Este año celebramos nuestras efemérides en un momento difícil por nuestro Departamento y nuestra Ciudad: por un lado, el clima de incertidumbre y tensión por la campaña electoral y por el otro, “la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” a causa de los incendios en la Chiquitania. Sufrimos y oramos por la pérdida de vidas humanas, los pueblos indígenas que han perdido todo, las heridas a nuestra casa común, la contaminación del aire y el agua y la devastación de varias especies de la flora y la fauna, Dijo el Arzobispo al Iniciar su homilía.

El Arzobispo de Santa Cruz, pidió que hagamos un acto de fe en la cruz, la raíz de nuestra identidad, el don más grande del amor de Dios a la humanidad, la cruz por la que hemos recibido la plenitud de la vida y por la que todos hemos sido hechos hermanos con igual dignidad sin distinción ni discriminación.

Así mismo nos exhortó a que carguemos la cruz de la sangre de Cristo, del amor entregado, que nos compromete a sacrificar los intereses personales y egoístas, y a unir nuestros esfuerzos por vivir los valores y virtudes que nos unen. Hagamos realidad el proyecto de Santa Cruz, la “casa construida sobre la roca” del bien común y del sagrado respeto por la “hermana madre tierra”, y de los valores perennes de la verdad, la solidaridad, la justicia y la libertad, donde todos los hijos de esta tierra bendita vivamos como hermanos en seguridad, armonía y paz, dijo el Prelado.

La celebración por los 209 años de la Gesta Libertaria de Santa Cruz, tuvo un carácter penitencial pidiendo perdón al Dios de la vida y la creación por las graves heridas causadas a la naturaleza, la biodiversidad y a la población en nuestra Chiquitania. Imploramos la Misericordia divina para que Cristo Redentor toque nuestros corazones y nos convierte en guardianes celosos de su Creación, don de su amor.

Durante la celebración del Tedum se vivió un momento muy emotivo, cuando se ofreció el trabajo voluntario y sacrificado de nuestros hermanos y hermanas que están dando hasta su propia vida para apagar los incendios, los bomberos voluntarios ingresaron hasta el altar de la Catedral llevando plantines propios de la Chiquitania y rosones negros en las banderas como señal de luto por la muerte de su compañeros .

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz
“Tedeum Ecuménico”
209 Años de la Gesta libertaria de Santa Cruz de la Sierra
Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral
24/9/2019

 

Este año celebramos nuestras efemérides en un momento difícil por nuestro Departamento y nuestra Ciudad: por un lado, el clima de incertidumbre y tensión por la campaña electoral y por el otro, “la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” a causa de los incendios en la Chiquitania. Sufrimos y oramos por la pérdida de vidas humanas, los pueblos indígenas que han perdido todo, las heridas a nuestra casa común, la contaminación del aire y el agua y la devastación de varias especies de la flora y la fauna.

A la luz de la esperanza cristiana, según lo que nos dice San Pablo” los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”, esta realidad nos desafía a no quedarnos abatidos sino a levantarnos y mirar hacia adelante, con la certeza que Dios, hasta de las cenizas, hace brotar nuevas savias.
Con esta mirada ya se pueden avizorar unas luces que surgen, como la toma de consciencia de la necesidad y urgencia de contar con un sistema eficiente de prevención de desastres, de normativa legal, de medios y estructuras para la defensa civil y de la coordinación más fluida entre los distintos niveles del Estado.

Una segunda enseñanza nos viene de la respuesta solidaria, generosa y voluntaria de tantas personas de toda edad y grupos sociales. Una vez más se ha confirmado que el potencial más grande de nuestro país, es nuestra gente; en particular los jóvenes que con su entrega generosa y testimonio valiente nos estás reclamando una conversión profunda en nuestra relación con la casa común.

Un tercer signo de esperanza es que este desastre ha despertado el interés y sensibilidad por la ecología en la gran mayoría de nuestro pueblo junto al deseo y voluntad de trabajar por el cuidado de la “hermana madre tierra”.
Pero, a lado de estas luces, no faltan las sombras de los que, anteponen sus intereses económicos o políticos al cuidado de la casa común y al respeto de los derechos de los pueblos indígenas.

Esta actitud está causando divisiones, despertando sospechas y elevando acusaciones recíprocas en sectores y personas de nuestra sociedad. Santa Cruz no necesita divisiones sino comunión de intentos y esfuerzos para construir “la casa sobre la roca” para todos sus habitantes, casa firmemente cimentada sobre los ideales y valores de nuestra cultura y de nuestra manera de concebir la vida y de relacionarnos entre nosotros y con el ambiente.

En este sentido, creo que cabe una pregunta: ¿Cuáles son los valores que nos identifican y que nos unen a los cruceños y a cuantos aquí habitamos? ¿Cuál es la roca firme y el eje que aglutina a los diversos talentos de instituciones, personas y grupos, con miras a un Departamento inclusivo y acogedor?

Reconocer la propia identidad no significa encerrarnos en nuestro propio cascarón en contraposición a otras regiones y culturas. Por el contrario, la identidad de un pueblo es el punto clave para abrirse al diálogo, entablar relaciones provechosas con los demás pueblos y enriquecerse mutuamente con los recíprocos valores y aportaciones.

Por eso, en la búsqueda del talante y los valores fundantes de nuestra cultura, he pensado en las insignias oficiales y en el nombre de nuestro Departamento, legados de nuestros antepasados: el Escudo de Armas, la Bandera y el Himno.

El Escudo: Al centro está la cruz potenzada de color rojo, el símbolo principal que representa nuestras raíces cristianas. En los cuatro cuarteles angulares están representados respectivamente:
– Las tres palmeras de totaí, emblema de la riqueza vegetal de nuestras praderas;
– el árbol de toborochi con el tallo perforado en forma de habitáculo, representando la hospitalidad del cruceño;
– las dos cruces entrelazadas, signo de las dos ciudades hermanadas de Santa Cruz y San Lorenzo,
– y el león rampante signo de nobleza, bravura y fortaleza.

Debajo de la gran cruz, está una torre de castillo almenada, que simboliza grandeza y protección.
El color blanco de la Bandera representa la pureza, hidalguía y nobleza, valores del pueblo cruceño. Felipe IV en 1636 definía nuestra ciudad como “muy noble y muy leal”.

El verde simboliza el permanente verdor de las selvas, llanuras y montañas de esta tierra, así como la viva esperanza de los cruceños en un futuro mejor, acorde a la misión directriz con que se fundó la ciudad.
Muchos de estos signos son cantados poéticamente en nuestro himno de Santa Cruz.
El signo de la redención aquí plantado: la cruz.

Un pueblo eminente de límpida frente y de leal corazón (como el león rampante).
La flora, la fauna, la ambrosía en el trasfondo del cielo más puro de América, es el “jardín del Edén” de la creación, el jardín que muestra la rica biodiversidad de nuestra tierra y refleja el anhelo de libertad, de paz y de amor de sus habitantes.

Como vemos, nuestra tierra y cultura han heredado un bagaje valioso y generoso en valores y naturaleza, sin embargo ¿cómo lo hemos valorado y cuidado?

¿Qué queda del cielo más puro de América, de nuestras selvas y bosques, parques nacionales y sub-nacionales, animales, ríos y medio ambiente para nuestro presente y para las futuras generaciones?

¿Y los que llegan a nuestra Ciudad y Departamento en busca de mejores condiciones de vida estarán viniendo “con entusiasmo y fe rebosante en la tierra del árbol del oro donde siempre libre y feliz ha de ser?”.

Ante la falta de diálogo sincero, el camuflaje de las verdaderos intenciones, el desinterés por el bien común y las tensiones y enfrentamientos que vivimos a diario en nuestra ciudad ¿en qué queda la nobleza de ánimo, la hidalguía y el pueblo eminente de límpida frente y de leal corazón?

¿Y el anhelo de libertad, de paz y de amor, todavía nos mueve a buscar juntos el bien común o cada cual se bate por sus propios intereses? En tantas circunstancias hacemos gala de nuestras insignias, pero ¿siguen teniendo sentido para todos y atraen a nuestros jóvenes?

¿Reconocemos en nuestras insignias el verdadero símbolo de Santa Cruz?
Según la etimología griega, la palabra “Símbolo” significa lo que crea unidad, lo que une realidades distantes y lo que reúne a los alejados. ¿Estamos viviendo unidos o divididos? Tal vez nos hemos olvidado que el antónimo de símbolo es “diablo”. ¡Sí, diablo! El egoísta que divide, que se mueve por la sed de poder por el poder, que ambiciona y acumula bienes, que pisotea a los pueblos indígenas, que descarta a los pobres, que depreda los bienes no renovables, que degrada el medio ambiente y la biodiversidad, en una palabra el que construye la casa sobre la arena.

A este punto una pregunta fundamental: ¿No será que todo esto está pasando porque se ha dejado de mirar a la cruz, el símbolo central que da unidad y valor a los demás insignias? Sin la cruz, los demás signos se desparraman.

Hagamos hoy un acto de fe en la cruz, la raíz de nuestra identidad, el don más grande del amor de Dios a la humanidad, la cruz por la que hemos recibido la plenitud de la vida y por la que todos hemos sido hechos hermanos con igual dignidad sin distinción ni discriminación.

Carguemos la cruz de la sangre de Cristo, del amor entregado, que nos compromete a sacrificar los intereses personales y egoístas, y a unir nuestros esfuerzos por vivir los valores y virtudes que nos unen. Hagamos realidad el proyecto de Santa Cruz, la “casa construida sobre la roca” del bien común y del sagrado respeto por la “hermana madre tierra”, y de los valores perennes de la verdad, la solidaridad, la justicia y la libertad, donde todos los hijos de esta tierra bendita vivamos como hermanos en seguridad, armonía y paz. Amén

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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