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jueves 24 septiembre 2020
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Solo el Espíritu llena nuestras expectativas de felicidad y da sentido a nuestra existencia, dice Mons. Sergio

Hoy toda la Iglesia celebra con alegría desbordante la solemnidad de Pentecostés, el día en que, sobre los apóstoles y la Virgen María “reunidos en un mismo lugar”, descendió el Espíritu Santo, el Espíritu de la vida, la verdad y la valentía, representados en las imágenes del viento que sacude ese lugar y las llamas de fuego que se esparcen sobre ellos.

La irrupción del Espíritu Santo provoca en los ánimos de los discípulos una transformación profunda: el miedo que los tenía encerrados ante las amenazas de los judíos se vuelve valor.  Los apóstoles salen a la calle y “se ponen a hablar” a los peregrinos que habían llegado de muchas naciones a Jerusalén para la “fiesta judía de las semanas”. Con mucha valentía predican y dan testimonio de la gran novedad, la Buena Noticia: Jesús muerto y crucificado ha resucitado, está vivo y es el Salvador, el Señor de la historia.

Los signos que acompañan la predicación, suscitan asombro en esos peregrinos: “Todos los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios“. No es tanto el estupor por el don de lenguas, sino por conocer el misterio de amor de Dios, quien ha entregado a su Hijo para liberarnos del mal y del pecado y nos ha hecho partícipes de su gracia y su vida.

En ese día por la venida del Espíritu Santo nace la Iglesia y nace misionera; una comunidad que sale a anunciar el Evangelio a todas naciones hasta el fin de la historia, asistida y guiada por el mismo Espíritu que la santifica y la hace ser obra de Dios.

También nosotros en los sacramentos del bautismo y Confirmación hemos recibido el don del Espíritu Santo que nos guía, fortalece y abrasa con el fuego del amor divino hasta en lo más íntimo, como lo hemos proclamado coralmente en la hermosa secuencia de la liturgia.

En ella se recoge poéticamente la acción del Espíritu Santo que nos colma de sus dones para que demos frutos de bien y amor y gocemos de la paz verdadera y la alegría plena.

Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.  Es la luz de la verdad como dijo Jesús a sus discípulos en la última cena:” Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a todos a la verdad”. Es la verdad que disipa las tinieblas de la mentira y de la caducidad de tantas propuestas tramposas del mundo y que ilumina nuestras mentes y corazones para que miremos situaciones, problemas y todas las cosas de la vida con los ojos de Dios y sigamos sus caminos. Pero, sobre todo, el Espíritu es el único punto fiable y digno de confianza, sobre el que podemos contar y apoyarnos siempre. Es el amor fiel con el que nos ama el Dios vivo, el único que nos hace verdaderamente libres: «La verdad les hará libres».

“Ven ya, Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido”. 

Qué expresión esperanzadora y maravillosa: el Espíritu Santo es el don esplendido, el don de los dones, el “Padre amoroso del pobre”, el amor y la caridad en su grado más alto y sin límites que rebosa en abundancia sobre todo ser humano y que privilegia en particular a los pobres, los desamparados y los marginados. Todo gesto y obra de amor al prójimo se debe a la acción del Espíritu que hace crecer la unidad y la comunión en la Iglesia y que sostiene el compromiso por la solidaridad, la justicia y la paz en la sociedad.

Luz que penetras las almas, fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped  del alma, descanso de nuestro esfuerzo”. El Espíritu Santo es el dulce huésped en nuestro corazón, el “Confortador” que trae paz, sosiego, ternura y descanso en nuestras vidas. No cualquier paz, sino la que el resucitado ha dado a sus discípulos y que nadie puede arrebatarnos: “La paz esté con ustedes”.

Tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego. Gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Es el Espíritu Santo firme y generoso que nos da la fortaleza para enfrentar las circunstancias adversas de la vida, y que nos consuela y reconforta en el dolor y el duelo, en el desánimo y la tristeza, en el desamparo y la soledad. Esta actuación del Espíritu que conforta y vivifica hace crecer en nosotros el deseo ardiente de pedirle que ponga su morada en lo más íntimo de nuestro ser.

“Luz santificadora entra hasta el fondo del alma”. El Espíritu es la luz que santifica. A Él le pedimos que nos haga santos, que entre en lo más profundo de nuestra existencia cristiana y nos haga la gracia de participar de los misterios de la vida misma de Dios para alcanzar la santidad en las circunstancias y las obras de cada día.

“Mira el vacío del alma si tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”. Uno de los problemas más graves de nuestro mundo hoy es la carencia de espíritu, una falta que abre paso al materialismo y al consumismo generalizado, los ídolos modernos que tiranizan y ahogan. El vacío se ha vuelto el denominador común en la sociedad, porque el Espíritu santo ha sido sustituido por los bienes materiales que carecen de espíritu y de razones para vivir, que defraudan puntualmente las expectativas de felicidad y que dejan una insatisfacción profunda y una incapacidad de amar a los demás. Solo el Espíritu llena nuestras expectativas de felicidad y da sentido a nuestra existencia, nos hace más humanos y nos reconcilia con Dios, con nosotros mismos y con los demás, abriendo nuestras vidas a la comunión con el Señor y a la relación fraterna con el prójimo.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo. Lava las manchas. Infunde calor de vida en el hielo. Doma el espíritu indómito. Guía al que tuerce el sendero”. Hagamos nuestra esta invocación al Espíritu Santo para que nos ayude a lavar nuestras suciedades morales y espirituales tanto a nivel personal como social, a desterrar nuestras soberbias y rencores, a tener la valentía de reconciliarnos y perdonarnos los unos a los otros, a sanar las heridas abiertas, a luchar por la unidad y el entendimiento entre todos y así, purificados de las manchas y libres de las ataduras, podamos dar frutos de bien y de paz.

 Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito.  Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”.  Que el Espíritu Santo, el dador de dones, nos conceda todos los que son necesarios para nuestra salvación. Son los dones que recibimos en abundancia en el Sacramento de la Confirmación con la imposición de manos del Obispo: sabiduría, entendimiento, concejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Dones indispensables para conocer, apreciar y cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida y para dar los frutos del Espíritu, como nos indica San Pablo: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad.

Con estos dones del Espíritu Santo, podemos caminar firmes por las sendas de esta vida hacia el gozo eterno de la vida eterna que Jesús con su muerte y resurrección nos ha adquirido. En este compromiso misionero necesitamos permanentemente la asistencia del Espíritu Santo, en particular para la celebración del V Congreso Americano Misionero a celebrarse el próximo mes de Julio en nuestra ciudad. Que este evento, sea un gran impulso para que la Iglesia de testimonio alegre de la esperanza y del Espíritu en todo el Continente y nos haga abrir puertas y ventanas al mundo de todos los hombres nuestros hermanos, en especial a los lejanos y a los que no conocen a Cristo. “¡Ven Espíritu Santo; llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!”

Graciela Arandia de Hidalgo



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