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martes 17 septiembre 2019
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Solo el amor nos hace servidores, dice Monseñor Sergio en Jueves Santo

Lavatorio. Monseñor Sergio lavó los pies a 12 personas con capacidades diferentes y en su mensaje dijo que “tanto la institución de la eucaristía como el lavatorio de los pies son dos gestos de la misericordia sin límites de Dios nuestro Padre”. También invitó a todos a practicar el mandamiento nuevo del amor ya que “solo el amor nos hace servidores”.

La celebración de este jueves Santo se realizó adentro de la Catedral y no en el atrio como estaba inicialmente previsto, debido al mal clima reinante en Santa Cruz. Desde allí Monseñor Sergio pidió a todos vivir y practicar el mandamiento nuevo del amor siguiendo el ejemplo de humildad y servicio que nos dejó el Señor.

“Jesús no termina de sorprendernos” dijo al referirse a las palabras del Señor: “ámense los unos a los otros como yo los he amado” estos significa-explicó- amar con la misma caridad del Señor –ya que- Con Él y por Él podemos vivir el mandamiento nuevo del amor”.

“Al partir el pan y el vino revivimos a Jesús en la institución de la Eucaristía” señaló Monseñor a tiempo de afirmar que el mandamiento de amarnos los unos a los otros “No es solo para los discípulos de ese día sino para los discípulos de todos los tiempos”

Monseñor precisó que la novedad es dejarnos guiar por el amor de Dios ya que “Solo si amamos con Él podremos servirnos unos a otros” afirmó el prelado cruceño a tiempo de invitar a todos a seguir el ejemplo de Jesús en su actitud humilde y servicial porque “Solo el amor nos hace servidores” afirmó.

 Al final de la Eucaristía Monseñor Sergio colocó a Jesús sacramentado en el monumento donde quedó expuesto para que los feligreses puedan adorar la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Fotografías: picasaweb.google.com

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

HOMILÍA COMPLETA:

En esta noche de recogimiento e intimidad con el Señor,  con humildad nos ponemos en la escucha y contemplación de las maravillas del amor de Jesucristo. En la oración colecta al inicio de esta celebración he elevado, en nombre de todos ustedes, una oración a Dios Padre, en la que se resume las últimas horas de la existencia terrenal de Jesús.

1.- “Reunidos para celebrar la santísima Cena”.

En la víspera de su pasión, Jesús reúne a “los suyos”, sus amigos, los apóstoles y quiere compartir la última cena en un ambiente de profunda intimidad. Es una cena santísima porque santificada por la presencia de Jesús, y porque a partir de esa noche Él no dejará de santificar y estar en medio de sus seguidores en todos los tiempos y lugares. Esta noche tenemos la dicha de que Jesús nos ha reunido y convocado también a nosotros para sentarnos a la mesa y compartir junto a los apóstoles su última Cena.

2.- “Antes de que Jesús se entregue a la muerte”. Jesús está bien consciente de la suerte que le espera: “sabiendo que había llegado su hora”. Es la hora de su pasión y muerte, el paso que tiene dar él solo para cumplir a plenitud la misión del Padre.

Es la hora del paso de esta vida a la vida de Dios, de salir de los límites de la condición humana destinada a la muerte, para volver plena y total de Hijo.

Es la hora del amor: “Los amó hasta el extremo”, Jesús se da libremente a sí mismo con entrega total a la muerte, con un amor sin límites y sin fin. Solo por amor a nosotros y en solidaridad a nuestra condición de pecadores, Jesús había bajado en medio de nosotros y asumido nuestra condición humana, frágil y limitada.

Ahora, gracias a su muerte, emprende el retorno al Padre llevando consigo a todos los salvados, a todos nosotros los “suyos”, la gran familia de Dios que se alegra de volver al Padre.

3.- “En la cena tu Hijo confió a la Iglesia el nuevo y eterno sacrificio, banquete pascual de su amor”.

En la celebración de esta noche, al momento de repetir las palabras de Jesús, de partir el pan y beber a la copa del vino, revivimos el gesto más sublime del amor del Señor hacia la Iglesia y a la humanidad, el momento en el que Jesús, en presencia de los apóstoles, instituye a la Eucaristía: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo… tomen y beban esta es mi sangre derramada por ustedes y por la multitud”. Jesús de esa manera, ofrece su mismo cuerpo y su sangre como único y definitivo sacrifico por nosotros, asumiendo sobre si nuestros pecados.

Asimismo Jesús entrega su cuerpo como alimento de vida eterna y su sangre como bebida de salvación, no solo para los apóstoles sino para los discípulos de todos los tiempos. “Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva”. Jesús nos está asegurando que, cada vez que celebramos la eucaristía y nos acercamos a recibir la comunión, comulgamos con su cuerpo y su sangre entregado por nosotros en la cruz, alimento de nuestra fe y vida cristiana. Este es el misterio de nuestra fe, la maravilla, el prodigio de amor y salvación que se renueva y se hace actual para nosotros en todas las Misas.

4.- Jesús no termina de sorprendernos con su amor. Esa misma noche confía a sus seguidores de todos los tiempos el Mandamiento nuevo:Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. “Cómo yo los he amado”, no significa solo amar al estilo y a la manera de Jesús y estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro, sino sobre todo significa amar con la misma calidad y el mismo amor de Jesús. Él nos pide amarnos como él nos ha amado, porque ha hecho posible que seamos partícipes del amor de Dios, del amor pleno y compenetrado entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Esta es la gran novedad, que podemos amarnos  con el amor del Señor, y que por Él, con Él y en Él podemos vivir la comunión fraterna.

La novedad, entonces, consiste en dejarnos permear y purificar por su amor, en tener el “corazón puro”, en dejarnos transformar para llegar a decir con San Pablo:” vivo yo, pero no soy yo, es Cristo que vive en mí”. La novedad es dejarnos sumergir poco a poco en el amor del Señor que es misericordia y vivir una nueva interioridad dada por el Espíritu de Dios.

5.- Concédenos que de tan sublime misterio, brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida. Jesús nos hace el don de la plenitud del amor y la vida, y gracias a este don podemos, cómo él, amar hasta estar dispuestos a gastar y sacrificar nuestra vida por los otros.

El mandamiento nuevo, entonces, al mismo tiempo que es don es también un ejemplo a seguir y a ponerlo en práctica con los demás: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”.

Jesús acompaña estas palabras con un signo concreto; se  pone a lavar los pies a sus apóstoles, como expresión de que el servicio es el medio de salvación que alcanzará la plenitud en la cruz.

Jesús, al realizar el lavatorio de los pies mientras instituye la Eucaristía, memorial perenne de su Pascua, pone a la luz la misericordia sin límite del Padre. Él, en el signo de su amor, nos sigue lavando los pies y nos sumerge en la fe, verdadero lavatorio y purificación de todos nuestros pecados y males.

Gracias al bautismo nosotros quedamos inmersos en Cristo y somos hechos cristianos de una vez por todas. No obstante, en nuestra existencia cristiana, para permanecer en una comunión de mesa con el Señor, necesitamos siempre el lavatorio de los pies, porque seguimos siendo pecadores y tenemos por tanto la necesidad de la misericordia de Dios que nos lava de todos nuestros delitos y pecados a través de la confesión

El lavatorio de los pies, signo del amor que se vuelve servicio, necesariamente tiene que caracterizar las relaciones entre todos los miembros del pueblo de Dios. Solo si nos amamos como él nos ha amado, podemos  ponernos al servicio de los demás, abrirnos a las necesidades de las personas y ser solidarios con tantos hermanos y hermanas que sufren por la enfermedad, el abandono, la marginación y la pobreza. Qué con nuestra actitud humilde y servicial, seamos verdaderos testigos  del rostro misericordioso del Padre y del amor de Jesucristo que nos entregó su cuerpo y su sangre para permanecer  perpetuamente entre nosotros, como alimento de la fe y de la vida cristiana.

Al Señor que nos amó hasta el fin, expresemos nuestra más sincera gratitud con el estribillo del salmo: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

 

Encargado


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