Campanas/vaticannews.va/ La alegría del Espíritu no es un estado ocasional o una emoción del momento; ni una especie de “alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy”. Antes de rezar el Ángelus el Papa dijo que “el agua dulce que el Señor quiere hacer correr en los desiertos de nuestra humanidad, amasada de tierra y de fragilidad, es la certeza de no estar nunca solos en el camino de la vida”. Francisco hizo también un llamamiento por la paz en Etiopía y Ucrania
Tras darles los buenos días, el Papa manifestó su alegría por estar entre ellos, en esa comunidad cristiana “que manifiesta bien su rostro ‘católico’, es decir, universal; una Iglesia formada por personas provenientes de muchas partes del mundo, que se reúnen para confesar la única fe en Cristo”.
Un pequeño rebaño constituido por migrantes
Francisco recordó que monseñor Hinder había hablado el día anterior de “un pequeño rebaño constituido por migrantes”. De ahí que el Papa – al saludar a cada uno de los presentes – les haya dicho que también pensaba “en sus pueblos de pertenencia, en sus familias, que llevan en el corazón con un poco de nostalgia, en sus países de origen”. Y añadió:
“Es hermoso pertenecer a una Iglesia formada de historias y rostros diversos que encuentran armonía en el único rostro de Jesús. Y dicha variedad – que he visto en estos días – es el espejo de este país, de la gente que habita en él, así como del paisaje que lo caracteriza y que, aun dominado por el desierto, posee una rica y variada presencia de plantas y de seres vivos”.
El agua viva de la que habla Jesús
Al recordar las palabras de Jesús que habían escuchado anteriormente sobre “el agua viva que brota de Cristo y de los creyentes”, el Pontífice afirmó que le hicieron pensar en esa tierra. “Es verdad – dijo – hay mucho desierto, pero también hay manantiales de agua dulce que corren silenciosamente en el subsuelo, irrigándolo. Es una hermosa imagen de lo que son ustedes y, sobre todo de lo que la fe realiza en la vida”.
“Esta es el agua viva de la que habla Jesús, esta es la fuente de vida nueva que nos promete: el don del Espíritu Santo, la presencia tierna, amorosa y revitalizadora de Dios en nosotros”.
El Obispo de Roma propuso detenerse en la escena que describe el Evangelio, cuando el Señor “se encontraba en el templo de Jerusalén, donde se estaba celebrando una de las fiestas más importantes, durante la cual el pueblo bendecía al Señor por el don de la tierra y de las cosechas, haciendo memoria de la Alianza”.