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domingo 29 marzo 2020
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“Ser perfectos y ser santos como Dios, es nuestro gran desafío”, asegura Arzobispo de Santa Cruz

Campanas. Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, este domingo 23 de febrero del 2020, aseguró que  ser  perfectos y ser santos como Dios, es nuestro gran desafío, que se concreta en practicar como él la bondad, la misericordia y el amor, reproducir su sentir y su actuar de Padre hacia toda persona creada a imagen y semejanza suya.

El prelado afirmó que Jesús nos dice a cada uno de nosotros: “Presenta la otra mejilla y desactiva el mal y abre tu corazón  a la justicia de Dios, la que te hace partícipes de su plan de salvación, de su amor y de su misericordia de Padre”. La experiencia de la justicia de Dios que trasciende ilimitadamente nuestra justicia humana nos mueve a actuar de la misma manera que Él y ser misericordiosos y compasivos con los demás.  

¡Qué esta Eucaristía sea la oportunidad para orar por nuestros enemigos, pero también para nuestra conversión, porque nosotros también podemos ser enemigos para otras personas. Oremos al Señor para que nos de la gracia para amar a todos y la valentía para perdonar las ofensas recibidas, pidió el Arzobispo.

También Monseñor pidió que  oremos con humildad y sencillez al Espíritu Santo, el Espíritu del amor para que nos conceda ser perfectos y santos como Dios es Santo y hagámoslo con la consciencia de nuestra condición de pecadores pero también con la total confianza y humildad expresadas en el salmo de hoy: “El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata… ni nos paga según nuestros pecados… como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles“.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 23 de febrero de 2020

 La liturgia de la Palabra desde cuatro domingos ofrece a nuestra reflexión el Sermón de la Montaña, en el que Jesús nos presenta la sorprendente novedad del Reino de Dios.  A las Bienaventuranzas, programa de vida de todo cristiano,  Jesús hace seguir su llamado ardiente para que los discípulos seamos sal de la tierra y luz del mundo. A continuación presenta un conjunto de enseñanzas en las que revela el verdadero sentido y espíritu de la ley de Dios. El domingo anterior, hemos visto como Jesús amplía el alcance de los preceptos relativos a los pecados del homicidio, el adulterio y el divorcio y  hoy acerca de otros dos mandatos de la ley.

Veamos el primero: “Ustedes han oído lo que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente…, pero YO les digo que no hagan frente al que les hace mal”. Por cierto, en el Antiguo Testamento esta norma no era una incitación a la venganza en respuesta a una ofensa recibida, sino que era como una medida en manos de los jueces para que dictaran una pena reparativa proporcional al daño recibido y así limitar la violencia.

Pero Jesús supera esta normativa y pide no responder al con mal, sino oponiendo una resistencia activa fundada en el amor: “Al que te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra… Al que quiere… quitarte la túnica, déjale también el manto.” Jesús, nos habla de la vida a través de las mismas palabras de la vida cotidiana: vestidos, caminar juntos y gestos concretos.

Jesús nos advierte que, cuando respondemos a un agravio con otro agravio, caemos en el mismo error que el agresor y así vamos añadiendo eslabón a eslabón hasta formar una cadena de violencia que nos ata y que hace crecer siempre más en nuestro corazón la sed de venganza. Jesús no duda en decirnos que el amor es la única fuerza que impide y rompe la cadena perversa del odio y que puede mover el corazón del malvado para que se convierta de sus malas acciones. A nuestra mentalidad corriente, donde a menudo se responde a la ofensa con otra ofensa, esta propuesta de Jesús puede parecer un índice de debilidad y un llamado imposible de poner en práctica. Sin embargo, esta enseñanza es parte esencial de la nueva justicia del Reino de Dios, justicia que consiste en descartar el mal y actuar según la ley del amor para que también el malvado pueda acoger la invitación del Señor y salvarse.

Esta mañana Jesús nos dice a cada uno de nosotros: ”Presenta la otra mejilla y desactiva el mal y abre tu corazón  a la justicia de Dios, la que te hace partícipes de su plan de salvación, de su amor y de su misericordia de Padre”. La experiencia de la justicia de Dios que trasciende ilimitadamente nuestra justicia humana nos mueve a actuar de la misma manera que Él y ser misericordiosos y compasivos con los demás.  

El otro mandato de Jesús, también nos sorprende sobremanera: “Ustedes han oído lo que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo… Pero Yo les digo: amen a sus enemigos, y rueguen por sus perseguidores”. Los judíos consideraban “prójimo” sólo los parientes, los compatriotas y los correligionarios, los demás eran enemigos.

Jesús derriba esa visión limitada y pide amar a los enemigos. Esta es la expresión más alta del seguimiento a Jesús y de la justicia de Dios, la provocadora novedad que él ha traído a la humanidad: el amor de benevolencia incondicional, que vence a nuestros instintos y reacciones de odio y venganza.

Por experiencia sabemos que no es nada fácil cumplir este mandato, sin embargo este es el camino que el mismo Jesús recorrió para salvarnos. Por eso nos indica cuál es el medio para lograrlo: Rueguen por sus perseguidores“.

Orar al Padre porque Él nos da la gracia de mirar con sus ojos a los perseguidores, Él que ofrece a todos sus hijos de entrar en su corriente de amor y salvación, y que “hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” sin ninguna distinción.

La oración hace posible que entremos en comunión con el Señor, hagamos nuestras sus enseñanzas y su sabiduría, asumamos su manera de actuar y tengamos el valor necesario para perdonar las ofensas y reconciliarnos con los enemigos. Nuestro testimonio de amor y misericordia mueve a los corazones esclavos del odio y la violencia a cambiar su vida y entablar nuevas relaciones con Dios y con el prójimo. El momento en que logramos amar de verdad a los enemigos, ellos dejan de ser nuestros enemigos y nosotros llegamos a gozar en nuestro interior de la verdadera paz que nos libera de todo sentimiento de maldad y rencor que nos tienen sometidos en la tristeza y la amargura.

Este mandato del amor no vale solo para nuestra vida personal, sino también para todos los ámbitos de la vida social, cultural, religiosa y política. No se construye una sociedad o un país sólidos, donde haya paz y relaciones de convivencia armónica, sobre el rencor, la venganza, el recurso a la violencia y la lógica del más fuerte. Hace falta un cambio radical, pasar de esa lógica perversa a creer en la fuerza del amor que desarma los ánimos y que busca lo que une en la justicia, la solidaridad y la fraternidad.

El texto del Evangelio termina con un llamado de Jesús: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. Estas palabras dan una nueva amplitud a las palabras del Antiguo Testamento que hemos escuchado en la primera lectura: “Ustedes serán santos, porque Yo, el Señor su Dios, soy santo. No odiarás a tu hermano en tu corazón“.

La perfección del amor de Dios Padre, que nos ama a todos indistintamente con su amor sin límites, lo podemos alcanzar cuando amamos no sólo al hermano sino a los enemigos. Jesús abre delante de nosotros un horizonte infinito de luz: “sean perfectos como el Padre… sean hijos del Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos”.

Ser perfectos y ser santos como Dios, es nuestro gran desafío que se concreta en practicar como él la bondad, la misericordia y el amor, reproducir su sentir y su actuar de Padre hacia toda persona creada a imagen y semejanza suya. Ser perfectos implica amar a todos, de la misma manera que el mismo Jesús ha hecho a lo largo de toda su vida, haciendo el bien y perdonando a todos, también a sus enemigos. Pensemos tan solo en el supremo acto de amor en la cruz cuando ora al Padre intercediendo por los que lo están crucificando: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen“.

¡Qué esta Eucaristía sea la oportunidad para orar por nuestros enemigos, pero también para nuestra conversión, porque nosotros también podemos ser enemigos para otras personas. Oremos al Señor para que nos de la gracia para amar a todos y la valentía para perdonar las ofensas recibidas.

De manera particular, oremos con humildad y sencillez al Espíritu Santo, el Espíritu del amor para que nos conceda ser perfectos y santos como Dios es Santo y hagámoslo con la consciencia de nuestra condición de pecadores pero también con la total confianza y humildad expresadas en el salmo de hoy: “El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata… ni nos paga según nuestros pecados… como un padre cariñoso con sus hijos, así es cariñoso el Señor con sus fieles“. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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