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viernes 24 enero 2020
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Sepamos reconocer en el humilde y pobre niño de Belén a nuestro Salvador, dice Arzobispo.

Campanas. Seamos vigilantes, no nos dejemos distraer por tantas cosas superficiales, regalos, luces y adornos de nuestro mundo mercantilista.  

Este tercer domingo de Adviento, desde las Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, aseguró que esta es la Buena Noticia que nos colma de alegría: Jesús de verdad vuelve a nacer hoy en medio de nosotros, en nuestros hogares y nuestros pueblos y ciudades para traernos la paz.

Así mismo el prelado pidió que  seamos vigilantes, no nos dejemos distraer por tantas cosas superficiales, regalos, luces y adornos de nuestro mundo mercantilista.  

También el Arzobispo nos exhortó  a que Sepamos reconocer en el humilde y pobre niño del portal de Belén a nuestro Salvador y acojámoslo de todo corazón, dejemos nuestro hombre viejo, para gozar de la bienaventuranza de la vida nueva que Él nos trae y que encontrará su plenitud al final de la historia.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 15/12/2019

 “¡Regocíjense el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!” es el llamado a la alegría que el profeta Isaías dirige a los lugares desérticos por donde el pueblo de Israel pronto pasará de retorno del destierro en tierra extranjera. Esta invitación a la alegría resuena también para nosotros porque dentro de pocos días celebraremos a Jesús, nuestro Salvador, que vuelve a nacer para nosotros. Con razón, la liturgia define este día como “Domingo Gaudete – alégrense”.

Alegría porque la venida de Jesús hará florecer la esperanza de una nueva vida en los desiertos de nuestros pecados y males, de nuestra tristeza por estar alejados de Dios, de los desánimos y temores de nuestras debilidades. El revivir el misterio de amor del Hijo de Dios que ha venido entre nosotros para salvarnos, nos afianza en la fe de su venida gloriosa al final de la historia, cuando Él entregará al Padre el reino de amor y de vida, donde no habrá el mal y la muerte:” Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios… ¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!”.

En este camino de fe, no estamos solos. Juan el Bautista nos guía hacia el encuentro con el Señor, de la misma manera que preparó al pueblo de Israel para acoger al Mesías. Lo más sorprendente es que, como nos dice el evangelio, Jesús mismo se encarga de presentar al Bautista a la multitud. A pesar de que esa gente había acudido numerosa al desierto para escuchar al Bautista, no conocía cuál quien era él ni cuál era su misión. Por eso Jesús los provoca: ¿Qué fueron a ver al desierto? ¿una caña agitada por el viento”, un banderín, un oportunista que cambiaba su pensamiento para congraciarse la gente o a los poderosos  de la sociedad judía?

¿Un hombre con vestidos refinados”, un cortesano que disfrutaba de los lujos, fiestas, banquetes y privilegios del palacio del rey? “¿Qué fueron a ver entonces? “¿Un profeta”, un asceta austero que se sustentaba con lo poco que el desierto le ofrecía, un inflexible defensor de la fe en el Dios verdadero, que predicada la conversión y denunciaba las justicias y los males de la sociedad?

Jesús mismo responde a sus preguntas: “Les aseguro que sí, y más que un profeta”. Juan Bautista es el precursor del mismo Cristo, totalmente relacionado con Él, enviado a caminar delante de Él y abrirle paso en las conciencias del pueblo. Juan es el profeta que ha conocido personalmente a Jesús: sus ojos han visto, sus oídos han escuchado y sus manos han tocado Aquél que los otros profetas, solo de lejos, han deseado, soñado y anunciado.

Juan el Bautista es el profeta que ha cumplido su misión con total fidelidad, ha sacudido a todos los estratos del pueblo judío para que cambien de vida y al que no le ha temblado la mano en denunciar el pecado de adulterio del mismo rey Herodes; denuncia que le costó la cárcel y la muerte. Y justamente mientras estaba recluso surge en el Bautista una duda acerca de Jesús, por eso le envía unos mensajeros para preguntarle “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”.

Según la  creencia del pueblo de Israel,  el Mesías debía ser un enviado de Dios a imagen del rey David, con el poder de unificar a todo el pueblo, liberarlo del yugo romano, devolver el resplandor a la religión judía y, como juez inflexible, poner orden, de una vez por todas, entre los justos y los injustos, los observantes de la ley y los pecadores.

En su respuesta Jesús simplemente presenta su obrado: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan, los leprosos son purificados, y los sordos oyen, los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres”. Todo lo que Jesús hace y predica está centrado en el amor y la misericordia, signo palpable del reino de Dios que Él, como Mesías, ha venido a  implementar, conforme a lo anunciado por Isaías y profetas.

Esta es la prueba de que Jesús es el verdadero Mesías, que Dios ha cumplido su promesa y que no ha defraudado al pueblo de Israel. En efecto, el reino de Dios que Él ha venido a instaurar y que está en marcha no es como los reinos de la tierra, basados sobre el poder político y militar, y a menudo sobre la violencia y el abuso, sino que es el plan de vida y de amor de Dios Padre en favor de los humildes, los pobres, los perseguidos y las víctimas inocentes de la indiferencia, el odio, la injusticia y la prepotencia.

Jesús es el Mesías verdadero enviado por el Padre que hace cercano el reinado de Dios a toda persona que tiene sed de vida y de amor, el Hijo de Dios que perdona a los pecadores, el liberador que rompe las cadenas del mal, el hermano que despierta la esperanza en los abatidos, el samaritano que se pone a lado de los marginados víctimas de la injusticia y que se compromete con sus causas y el justo juez que vendrá al final de los tiempos para juzgarnos en el amor.

Jesús está consciente que su visión de Mesías, su predicación y su actuación pueden originar desconcierto, escándalo y hasta persecución, particularmente en los que detentan el poder.

Por eso Jesús diciendo: “Dichoso aquel para quien Yo no sea motivo de tropiezo!Es una nueva bienaventuranza dirigida a todos, también a nosotros hoy. Jesús nos dice que somos bienaventurados y felices cuando estamos dispuestos a deshacer nuestros esquemas cerrados y salir de nuestras seguridades, a dejar a un lado prejuicios y a no caer en la tentación de sentirnos los mejores con el derecho a juzgar y condenar a los que no son o que no piensan como nosotros. Sobre todo, seremos felices y dichosos si reconocemos en Jesús la nueva imagen del Dios, el Padre bueno y misericordioso que ama y quiere la vida de todos sus hijos.

Esta es la Buena Noticia que nos colma de alegría: Jesús de verdad vuelve a nacer hoy en medio de nosotros, en nuestros hogares y nuestros pueblos y ciudades para traernos la paz. Seamos vigilantes, no nos dejemos distraer por tantas cosas superficiales, regalos, luces y adornos de nuestro mundo mercantilista.  Sepamos reconocer en el humilde y pobre niño del portal de Belén a nuestro Salvador y acojámoslo de todo corazón, dejemos nuestro hombre viejo, para gozar de la bienaventuranza de la vida nueva que Él nos trae y que encontrará su plenitud al final de la historia.

Esta alegría es tan grande que desborda sobre la humanidad e inunda a la creación entera, restaurada y renovada, como dice el profeta Isaías: “Regocíjense el desierto y la tierra reseca… que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilovolverán los rescatados por el Señor… la tristeza y los gemidos se alejarán y los acompañarán el gozo y la alegría”. Amén

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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