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sábado 28 mayo 2022
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“Sean ministros de la misericordia del Padre, perdonando y animando a perdonar y a vencer al odio”, pidió Arzobispo al clero de Santa Cruz

Campanas. Dijeron SÍ a Dios y a la Iglesia. El Clero renovó sus promesas sacerdotales en la Misa Crismal. Monseñor Sergio les pidió a los Sacerdotes de Santa Cruz: “Sean servidores de la esperanza” a través de su testimonio cotidiano humilde y gozoso, orando y celebrando los misterios de la gracia junto a nuestro pueblo, compartiendo y revelando el sentido de sus sufrimientos, siendo ministros de la misericordia del Padre, perdonando y animando a perdonar y a vencer al odio, el resentimiento y la venganza.

De la misma manera les exhortó a Ser servidores de la esperanza, compartiendo los sueños de un País que mira a un futuro no muy lejano de justicia, verdad, libertad, reconciliación y paz para todos.

La Misa Crismal fue concelebrada por los Obispos Auxiliares: Mons. Braulio Sáez, Mons. Estanislao Dowlaszewicz, OFM, Conv, Mons. René Leigue, el Vicario General, P. Juan Crespo, los Vicarios Episcopales y el Clero de la Arquidiócesis de Santa Cruz. Esta celebración se realizó dentro de la Catedral, cumpliendo con todas las medidas de Bioseguridad y el aforo permitido. Para los fieles que no pudieron ingresar, se colocaron sillas alrededor de la Plaza 24 de septiembre y siguieron la Misa Crismal a través de una pantalla gigante que se colocó en el atrio de la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir.

 

Esta es una celebración muy emotiva porque el Clero en pleno renovó sus promesas Sacerdotales del día de su ordenación y lo hacen delante de su Pastor. También el Arzobispo consagró el Santo Crisma con el que serán ungidos los bautizados, confirmados, los ordenados para el ministerio sacerdotal y con el que también se consagrarán altares e iglesias. El Obispo bendijo además los óleos con los que se ungirá a enfermos y catecúmenos.

Al iniciar su Homilía el Arzobispo saludó en la Gracia paz de Jesucristo a sus hermanos obispos, sacerdotes y diáconos permanentes, a la vida consagrada, a los seminaristas y a todos los que estaban presente en esta celebración acompañando con su afecto y oraciones a todo el Presbiterio.

También el Prelado dijo: En esta noche, mi recuerdo va a los sacerdotes ancianos y enfermos que no pueden estar con nosotros, a los que pasan por momentos difíciles y también a los hermanos que han dejado el ministerio para que experimenten la presencia misericordiosa del Señor. En particular elevamos una oración confiada al Dios de la vida en sufragio del Diácono René Vargas y del P. Juan Torres CSsR, hermanos que han vuelto a la casa del Padre en este año; qué el Señor acoja en su reino de vida y de paz a sus servidores buenos y fieles.

El Arzobispo cruceño instó al presbiterio a ser: “Servidores de la esperanza que brota de los sacramentos, en particular de la Eucaristía, en la que experimentamos la gracia de Dios, la comunión y el encuentro personal y comunitario con Cristo Resucitado.

“Hoy” es la palabra que representa también el servicio que la Iglesia y, en particular de nosotros sacerdotes, tenemos que cumplir con nuestra misión evangelizadora y el testimonio de nuestra vida. Siguiendo las huellas de Jesús, los destinatarios privilegiados de nuestra misión hoy también, son los afligidos, los marginados y los excluidos y más en general toda nuestra sociedad que sufre de divisiones, desengaños y sufrimientos por tantos problemas bien conocidos por todos.

De la misma manera Mons. Gualberti se refirió a que tampoco en la Iglesia estamos exentos de problemas y desafíos: el difundirse de la indiferencia religiosa, la falta de sentido de pertenencia eclesial de tantos bautizados, el clericalismo y los abusos de algunos miembros del clero que originan tanto dolor y decepción en el pueblo de Dios y en el mundo. Ante este escenario podemos caer en el desánimo y la resignación, al punto de desmotivarnos y dudar de nuestra vocación y ministerio sacerdotal.

Es el momento de renovar nuestra fe en el “hoy de Cristo”, en su presencia actuante en la historia, en la semilla del reino de Dios que va creciendo bajo tierra en el silencio y la humildad para brotar y, al momento oportuno, dar frutos abundantes, expresó Monseñor.

“Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz en la Misa Crismal”

 Gracia y paz de Jesucristo a los hermanos obispos, sacerdotes y diáconos permanentes, a la vida consagrada, a los seminaristas y a todos ustedes queridos hermanos y hermanas que en esta celebración acompañan con su afecto y oraciones a todo nuestro Presbiterio. En unos momentos se consagrará el Santo Crisma, se bendecirán los óleos de los enfermos y de los catecúmenos y Uds. queridos sacerdotes renovarán las promesas hechas en el día de su ordenación.

En esta noche, mi recuerdo va a los sacerdotes ancianos y enfermos que no pueden estar con nosotros, a los que pasan por momentos difíciles y también a los hermanos que han dejado el ministerio para que experimenten la presencia misericordiosa del Señor. En particular elevamos una oración confiada al Dios de la vida en sufragio del Diácono René Vargas y del P. Juan Torres CSsR, hermanos que han vuelto a la casa del Padre en este año; qué el Señor acoja en su reino de vida y de paz a sus servidores buenos y fieles.

El texto del Evangelio de esta noche nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret; le entregan el libro cerrado del profeta Isaías y Él lo abre para hacer la lectura. Jesús es hombre del Espíritu, el único que merece abrirlo para dar a conocer la Palabra de Dios en su verdadero y pleno sentido. El pasaje se refiere al Mesías que habla de la misión que Dios le ha confiado: “El Espíritu del Señor está sobre mí y me envió anunciar la Buena Noticia a los pobres”. Terminada la lectura Jesús cierra el rollo y dice: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Con este gesto y palabras, Jesús indica que se cierra el tiempo de la promesa y espera del A.T. y que se abre el tiempo de la ejecución.

Así Él se identifica con el Mesías enviado por el Espíritu de Dios, en quien la Palabra se hace carne, historia y presencia del Reino. En “el hoy” de ayer y en “el hoy” de todos los tiempos, Jesús es la buena noticia para los pobres y los descartados de la sociedad, Él que libera y salva a la humanidad de la esclavitud del mal y la muerte.

“Hoy” es la palabra que representa también el servicio que la Iglesia y, en particular de nosotros sacerdotes, tenemos que cumplir con nuestra misión evangelizadora y el testimonio de nuestra vida. Siguiendo las huellas de Jesús, los destinatarios privilegiados de nuestra misión hoy también, son los afligidos, los marginados y los excluidos y más en general toda nuestra sociedad que sufre de divisiones, desengaños y sufrimientos por tantos problemas bien conocidos por todos.

Tampoco en la Iglesia estamos exentos de problemas y desafíos: el difundirse de la indiferencia religiosa, la falta de sentido de pertenencia eclesial de tantos bautizados, el clericalismo y los abusos de algunos miembros del clero que originan tanto dolor y decepción en el pueblo de Dios y en el mundo. Ante este escenario podemos caer en el desánimo y la resignación, al punto de desmotivarnos y dudar de nuestra vocación y ministerio sacerdotal.

Es el momento de renovar nuestra fe en el “hoy de Cristo”, en su presencia actuante en la historia, en la semilla del reino de Dios que va creciendo bajo tierra en el silencio y la humildad para brotar y, al momento oportuno, dar frutos abundantes. El “hoy de Cristo” es el que nos anima a crecer en la fe y que nos da la fortaleza para ser testigos de la esperanza.

Nosotros sacerdotes, en especial, estamos llamados a decir “qué y por qué” creemos en el “hoy de Cristo” que actúa en nuestra historia personal y cotidiana. Como dice la primera carta de Pedro, su presencia aleja la turbación y trae sosiego y paz: “No tengan miedo ni se turben. Al contrario, glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor, siempre dispuestos a dar respuesta a cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen” (3,15).

Los sacerdotes, más allá de nuestros limitaciones y debilidades, tenemos que estar siempre dispuestos a “dar razón de nuestra esperanza”, no cualquier esperanza, sino la esperanza de Cristo, la que ha sido sembrada en nosotros por la gracia del Bautismo, colmada en el Sacramento del Orden y manifestada en el Evangelio de la vida y el amor

Al respecto, comparto unas palabras muy entrañables que el sacerdote italiano P. Primo Mazzolari, fallecido hace años, dirigía en un retiro a sus co-hermanos. Ya las he presentado en otras ocasiones, considero muy importante volverlas a recordar: “No importa que tú tengas o no razones de esperanza para ti: puede ser que los soportes de tus pequeñas esperanzas de un tiempo se hayan providencial e irremediablemente desgastados. Hay un orden de esperanza para cada uno, y tú sacerdote tienes aquel de esperar para tu pueblo. Tanto más ellos son pobres de esperanza, cuanto más tú tienes que ser rico de ella; cuanto más ellos son desesperados, tanto más tú tienen que ser confiado”. ¡Qué hermosa nuestra vocación!; ”esperar para el pueblo” al que hemos sido llamados a servir, esperar para las personas que cada día encontramos o se acercan sedientas de una palabra o un gesto de esperanza que brota del Evangelio, la esperanza cierta de que el Señor guía las suertes de la historia nuestra y la del mundo entero.

“Sean servidores de la esperanza” a través de nuestro testimonio cotidiano humilde y gozoso,

“Sean  ministros de la misericordia del Padre, perdonando y animando a perdonar y a vencer al odio”

 “Esperar para el pueblo”, para hacernos “servidores de la esperanza” a través de nuestro testimonio cotidiano humilde y gozoso, orando y celebrando los misterios de la gracia junto a nuestro pueblo, compartiendo y revelando el sentido de sus sufrimientos, siendo ministros de la misericordia del Padre, perdonando y animando a perdonar y a vencer al odio, el resentimiento y la venganza.

Servidores de la esperanza que brota de los sacramentos, en particular de la Eucaristía, en la que experimentamos la gracia de Dios, la comunión y el encuentro personal y comunitario con Cristo Resucitado.

Servidores de la esperanza: con nuestra cercanía y compartir solidario con nuestro pueblo, con sus sueños de un País que mira a un futuro no muy lejano de justicia, verdad, libertad, reconciliación y paz para todos.

Queridos sacerdotes, diáconos y todos ustedes hermanos y hermanas que nos acompañan, que “El “hoy” de Jesús, el “hoy” de la esperanza, de la vida y del amor se haga siempre más realidad en nuestra vida de cada día y podamos irradiar, a nuestro alrededor, la luz y el gozo de la gracia de la salvación. “Cantaremos eternam 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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