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jueves 1 octubre 2020
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“Seamos testigos del amor de Dios, en nuestro mundo sufrido, asustado y sediento de vida y paz”, pide Arzobispo

Campanas. Con humildad reconozcamos que necesitamos fortalecer nuestra fe y permanecer en la barca de la Iglesia, para ser testigos del amor de Dios y de la esperanza en nuestro mundo sufrido, asustado y sediento de vida, amor y paz, dijo Mons. Sergio Gualberti, este domingo 9 de agosto, víspera de la fiesta de  San Lorenzo Mártir, patrono de la Arquidiócesis de Santa Cruz, de la Catedral y del Seminario.

La Celebración Eucarística dominical fue presidida por Mons. Sergio Gualberti y concelebrada por los Obispos Auxiliares; Mons. Braulio Sáez, Mons. René Leigue, el Vicario General de la Arquidiócesis, P. Juan Crespo, P. Marco Antonio Aguilera, Secretario de la Conferencia Boliviana del Clero Diocesano, P. Arnulfo Dorado, el Vicario de Comunicación y Rector de la Catedral, P. Hugo Ara y el P. Mario Ortuño, Capellán de Palmasola.

En el profeta Elías fugitivo y en Pedro y los discípulos asustados y dudosos en la barca zarandeada por el viento y las olas, vemos reflejados a la comunidad eclesial sacudida por el viento en el gran mar del mundo y a cada uno de nosotros cuando sufrimos adversidades y amenazas, cuando somos víctimas de la maldad y la injusticia, cuando somos objeto de burla y rechazo por nuestra fe o cuando estamos sumidos en el dolor, la desorientación y el peligro de muerte como estos largos meses de pandemia, dijo el Arzobispo.

Mons. Sergio afirma que en circunstancias como esas, Jesús nos puede parecer ausente o como un fantasma y en nosotros puede asomarse la tentación de buscar sosiego y seguridades en cosas falsas como la magia y la hechicería, o de encerrarnos en nuestro yo y olvidarnos de los demás. Estas actitudes son un signo claro que nuestra fe es débil y titubeante, sin embargo, nos llena de esperanza las palabras y la mano de Jesús tendida también para nosotros para que no nos dejemos atemorizar por las contrariedades de la vida, ni por las amenazas de este mundo ni por nuestras propias debilidades y limitaciones.

Así mismo dijo el prelado que  No debemos dudar en pedir como Pedro: “Señor, Sálvame”, con la plena confianza que Él viene en nuestro socorro para fortalecernos en la fe y ayudarnos a mirar, con los ojos de Dios Padre, lo que pasa a nuestro alrededor.

La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús, el Señor de la historia que guía la suerte de la Iglesia y del mundo. Pero, la fe no es una escapatoria de los problemas de la vida, sino la luz y la fortaleza que nos sostiene en el camino y da el auténtico sentido a nuestros esfuerzos y compromisos, expresó Monseñor.

El prelado indicó que la barca de la Iglesia tampoco  tiene que estancarse por temor a las tempestades, sino seguir comunicando vida y esperanza al mundo y, con coraje y humildad, dando testimonio de fe en el reino de Dios que se va instaurando en la historia hasta la plenitud al final de los tiempos.

En su misión a lo largo de los veinte siglos, la Iglesia ha sufrido, tanto a su exterior como al interior, múltiples tormentas que han amenazado hundirla, sin embargo nunca ha faltado la mano tendida del Señor que, fiel a su promesa, la ha sustentado: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

La Iglesia de Santa Cruz celebra, la víspera de su fiesta, al mártir San Lorenzo patrono de la Arquidiócesis, de la Catedral y del Seminario, su ejemplo de fe y de amor a Dios se une al testimonio del profeta Elías y del apóstol Pedro. San Lorenzo nos ha dejado un luminoso testimonio de firmeza en la fe durante la persecución que el emperador Valeriano desencadenó en Roma, en contra de la comunidad cristiana naciente. San Agustín nos dice que «San Lorenzo amó a Cristo en la vida, e imitó a Cristo en la muerte».

Es la fe que llevó a San Lorenzo a amar a Cristo y a jugarse la vida por Él hasta el martirio. La fortaleza y la serenidad de ánimo con las que enfrentó a las autoridades y a la condena a muerte, fue el resultado de un camino de diácono entregado totalmente al servicio de Cristo, la Iglesia y los pobres.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

09/08/2020

La palabra de Dios nos presenta hoy dos grandes personajes bíblicos, el profeta Elías y el apóstol Pedro, en momentos de persecución y tormenta. Ambos se sienten agobiados por el peso de la soledad, al punto de llegar a pensar que hasta Dios los ha abandonado. La primera lectura nos presenta el caso conmovedor de Elías que, mientras lucha por salvar la alianza y  la pureza de la fe en el verdadero Dios en el pueblo de Israel, recibe amenazas de muerte y es abandonado por su propia gente. “Quedo solo yo y buscan mi vida para matarme“. Por eso, huye al desierto, al Monte Sinaí, símbolo de la fe auténtica porque allí el mismo Dios entregó el decálogo a Moisés, en medios de los signos deslumbrantes del huracán, temblor de tierra y llamas de fuego

Elías se refugia en una cueva, pero Dios le pide salir y quedarse de pie, en actitud de disponibilidad y espera, ante el Señor que va a pasar. Ante los ojos de Elías se repiten los grandes signos que experimentó Moisés, pero Dios no está en ninguno de ellos. Luego el profeta oye el susurro de una brisa suave y se cubre el rostro, porque reconoce en ella la presencia de Dios quien le  anima a regresar al país para seguir su lucha purificándolo de las idolatrías y las injusticias y también le asegura que no estará solo y que podrá contar con la ayuda de otros creyentes. Esta actuación de Dios, nos indica que en los duros momentos de dolor y soledad, Él se hace presente no con grandes revelaciones, sino en el silencio y la intimidad consolando y pacificando el corazón.

El segundo personaje, el apóstol Pedro, lo encontramos en el relato del Evangelio, donde Jesús manda a sus discípulos subir a una barca y cruzar a la otra orilla del mar, mientras se retira a la montaña para orar a solas con el Padre. Al amanecer, caminando sobre las aguas, Jesús se dirige hacia la barca bloqueada en medio al mar por un fuerte viento contrario. Al ver a Jesús caminando sobre las aguas, los discípulos se asustan y lo confunden con un fantasma y se ponen a gritar, y él lo tranquiliza: «Soy yo; no teman».

A pesar de estas palabras de aliento, los discípulos siguen dudando, por eso Pedro, para cerciorarse que es Jesús, le pide: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». “Ven!”, le responde  Jesús. Pedro inicia a caminar sobre las olas pero, con el arreciar del viento, tiene miedo y como se está hundiendo, grita: “Señor, sálvame!”. Jesús le tiende la mano, lo sostiene y ni bien suben a la barca el viento se calma.

La débil fe de Pedro no le es suficiente para superar su miedo y sus dudas: esto es el verdadero motivo por el que se va hundiendo, no el fuerte viento. Pero, a pesar de sus vacilaciones,  ahí está la mano firme de Jesús, que lo sostiene y lo salva. Jesús no es un fantasma, su mano salvadora es signo de su poder sobre las aguas turbulentas del mal y sobre las fuerzas de la naturaleza. Ante ese gesto asombroso ya no caben dudas; los discípulos se postran ante Jesús y hacen su profesión de fe: ”Verdaderamente Tú eres Hijo de Dios”.

En el profeta Elías fugitivo y en Pedro y los discípulos asustados y dudosos en la barca zarandeada por el viento y las olas, vemos reflejados a la comunidad eclesial sacudida por el viento en el gran mar del mundo y a cada uno de nosotros cuando sufrimos adversidades y amenazas, cuando somos víctimas de la maldad y la injusticia, cuando somos objeto de burla y rechazo por nuestra fe o cuando estamos sumidos en el dolor, la desorientación y el peligro de muerte como estos largos meses de pandemia.

En circunstancias como esas, Jesús nos puede parecer ausente o como un fantasma y en nosotros puede asomarse la tentación de buscar sosiego y seguridades en cosas falsas como la magia y la hechicería, o de encerrarnos en nuestro yo y olvidarnos de los demás. Estas actitudes son un signo claro que nuestra fe es débil y titubeante, sin embargo, nos llena de esperanza las palabras y la mano de Jesús tendida también para nosotros para que no nos dejemos atemorizar por las contrariedades de la vida, ni por las amenazas de este mundo ni por nuestras propias debilidades y limitaciones. Ahora sabemos que lo que nos salva no son nuestras capacidades ni nuestro coraje, sino la fe en Jesús y en su palabra.

Por eso no debemos dudar en pedir como Pedro: “Señor, Sálvame, con la plena confianza que Él viene en nuestro socorro para fortalecernos en la fe y ayudarnos a mirar, con los ojos de Dios Padre, lo que pasa a nuestro alrededor. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús, el Señor de la historia que guía la suerte de la Iglesia y del mundo. Pero, la fe no es una escapatoria de los problemas de la vida, sino la luz y la fortaleza que nos sostiene en el camino y da el auténtico sentido a nuestros esfuerzos y compromisos.

Tampoco la barca de la Iglesia tiene que estancarse por temor a las tempestades, sino seguir comunicando vida y esperanza al mundo y, con coraje y humildad, dando testimonio de fe en el reino de Dios que se va instaurando en la historia hasta la plenitud al final de los tiempos. En su misión a lo largo de los veinte siglos, la Iglesia ha sufrido, tanto a su exterior como al interior, múltiples tormentas que han amenazado hundirla, sin embargo nunca ha faltado la mano tendida del Señor que, fiel a su promesa, la ha sustentado: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Antes de terminar, quiero recordar que hoy nuestra Iglesia de Santa Cruz celebra, en la víspera de su fiesta, al mártir San Lorenzo patrono de la Arquidiócesis, de la Catedral y del Seminario, su ejemplo de fe y de amor a Dios se une al testimonio del profeta Elías y del apóstol Pedro. San Lorenzo nos ha dejado un luminoso testimonio de firmeza en la fe durante la persecución que el emperador Valeriano desencadenó en Roma, en contra de la comunidad cristiana naciente. San Agustín nos dice que «San Lorenzo amó a Cristo en la vida, e imitó a Cristo en la muerte».

Es la fe que llevó a San Lorenzo a amar a Cristo y a jugarse la vida por Él hasta el martirio. La fortaleza y la serenidad de ánimo con las que enfrentó a las autoridades y a la condena a muerte, fue el resultado de un camino de diácono entregado totalmente al servicio de Cristo, la Iglesia y los pobres.

Con entrega y generosidad se solidarizó con los pobres y los esclavos, siempre pronto a tender su mano a los que lo buscaban porque descubrían en su actuar y entrega la presencia de Cristo: “Distribuyó a los pobres con generosidad, su gratuidad permanece para siempre“. En toda su obra y su predicación, siguió fielmente a la palabra de Dios, su norma de vida.

El testimonio de estos tres grandes testigos de Cristo, nos invita a reflexionar  y a preguntarnos: “¿Cómo es la fe de cada uno de nosotros? ¿Qué estamos dispuestos a jugarnos por el Señor?”. Con humildad reconozcamos que necesitamos fortalecer nuestra fe y permanecer en la barca de la Iglesia, para ser testigos del amor de Dios y de la esperanza en nuestro mundo sufrido, asustado y sediento de vida, amor y paz. “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”. Amén.

Graciela Arandia de Hidalgo



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