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martes 10 diciembre 2019
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“Seamos constructores de paz, que brota de la justicia y que engendra fraternidad y solidaridad”, pide Arzobispo

Campanas. En su homilía dominical desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir  – Catedral, Monseñor Sergio Gualberti, aseguró que la paz es un don del amor de Dios que exige una respuesta, el compromiso de parte de todos a  no cultivar sentimientos de odio y rencor, a no pronunciar palabras que incitan a la violencia y a dejar caer de las manos las armas fratricidas que han causado muerte y dolor.  Así mimo el prelado pidió que “Seamos todos constructores de paz, la paz verdadera que brota de la justicia y que engendra fraternidad y solidaridad”.

También el Arzobispo afirmó que Jesús, al instaurar  el nuevo reino de vida, amor, misericordia, justicia y paz, ha cambiado para siempre la historia del mundo que ya no está sometida a la libre potestad de los hombres sino de Dios.

!Sí!, Jesús es rey de todo el género humano y no sólo de los Judíos, rey que ha venido no a dominar como los poderíos humanos, sino a testimoniar la verdad de Dios Padre de todos: “Saben que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder”. En el mundo, el ejercido del poder a menudo se basa sobre el autoritarismo, el dominio y la explotación, un poder que inebria, que busca perpetuarse y pone los intereses particulares por encima del bien común. Dijo Monseñor.

Así mismo el Arzobispo dijo que Jesús no es un rey sentado en un trono lujoso, rodeado por sus ministros y soldados, sino un rey que se agacha a lavar los pies, un rey al servicio de los últimos de la sociedad, clavado como esclavo en la cruz, abandonado, dolorido e insultado.

El reino de paz, la paz don de Dios, paz de los hijos de Dios todos unidos como hermano. Es la paz tan necesaria y urgente en nuestro país, por eso no debemos cansarnos  de unirnos en la oración para que el Señor nos conceda este don, Dijo el prelado.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

24/11/2019

Con esta solemnidad de Cristo Rey, culminación del año litúrgico, la Iglesia expresa su fe en Jesucristo como el Rey del Universo, el único Salvador de la humanidad y Señor de la historia, al que damos nuestra adhesión total y ante el cual nos arrodillamos, la referencia certera e indefectible para la vida de todo cristiano.

Este título de Rey es el motivo de la condena a muerte de Jesús y aparece clavado en la cruz: Jesús de Nazareth Rey de los Judíos. Ante ese rey crucificado los jefes judíos y sus verdugos se burlaban de Él: ”Ha salvado a otros: ¡qué se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido”. Pero, justamente cuando esas autoridades se hacen la burla de Jesús, no se da cuenta que está proclamando una gran verdad.

Jesús en verdad es rey, pero el ejerce su poder no con la  opresión y la fuerza, sino poniéndose al servicio de todos en especial a los pobres y marginados, perdonando a los pecadores, liberando a los poseídos por los espíritus malos, sanando de toda clase de enfermedades y sobre todo ofreciendo la salvación al mundo entero entregándose libremente a sí mismo en la cruz. Como dijo San Pedro en su predicación, Jesús “pasó su vida haciendo el bien”.

Esta es la novedad cristiana: Cristo es la imagen del Dios verdadero que no pide sacrificios al hombre, sino que él se sacrifica  por amor, entregándonos a su Hijo único. Él es el rey para los demás y no para sí, el rostro visible del Padre misericordioso que no quiere nuestra muerte, ni siquiera la del pecador, sino que tengamos vida plena conforme a nuestra dignidad de hijos de Dios: “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia”.

Esa tensión acerca del poder de Cristo como rey, se refleja también en las palabras desafiantes de uno de los dos ladrones condenados a muerte junto a Él: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro ladrón lo increpa diciéndole: “Nosotros sufrimos la muerte justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Este es el secreto del crucificado: Él es verdadero rey, el inocente en quien no hay ninguna maldad, ni odios, resentimientos o violencia, en Él solo hay amor, misericordia y perdón. 

Para ese ladrón arrepentido, el hecho de que Jesús no ha hecho ningún mal, ha sido suficiente para que se anime a abrirle su corazón y le pida ser parte de su reino: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». La respuesta de Jesús abre al ladrón un horizonte de esperanza que va mucho más allá de todas sus expectativas: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso». Esta es la buena notica, no de la liberación del patíbulo de la cruz, sino el anuncio del inicio de un futuro nuevo y distinto para ese condenado a muerte y para  toda la humanidad.

Jesús, al instaurar  el nuevo reino de vida, amor, misericordia, justicia y paz, ha cambiado para siempre la historia del mundo que ya no está sometida a la libre potestad de los hombres sino de Dios. Es la gran verdad que Jesús nos han revelado: Dios es el Padre de bondad y misericordia que tan solo quiere el bien y la vida para todos. En Él nada es perdido definitivamente ni tampoco hay nadie que no pueda esperar. Solo hace falta reconocer con humildad nuestra condición de pecadores y abrir el corazón al Señor como lo hizo el buen ladrón.

El Reino de Dios, puesto en marcha por Jesús, va brotando en la historia como pequeña semilla en humildad y sencillez y a pesar de los pecados y resistencias nuestras. Esta es la gran esperanza que sostiene la historia de la humanidad, el Reino firmemente se va abriendo camino hacia la plenitud en la gloria del Padre.

Esta también es la gran verdad como Jesús mismo afirma ante Pilato: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuese de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos… yo soy rey y… he venido al mundo para dar testimonio de la verdad“.

!Sí!, Jesús es rey de todo el género humano y no sólo de los Judíos, rey que ha venido no a dominar como los poderíos humanos, sino a testimoniar la verdad de Dios Padre de todos: “Saben que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder”. En el mundo, el ejercido del poder a menudo se basa sobre el autoritarismo, el dominio y la explotación, un poder que inebria, que busca perpetuarse y pone los intereses particulares por encima del bien común.

No es así por Cristo Rey: “Yo no he venido para ser servido, sino para servir y dar mi vida en rescate por todos”, es la aclaración de Jesús a sus apóstoles que discutían entre sí sobre el poder. Él no es un rey sentado en un trono lujoso, rodeado por sus ministros y soldados, sino un rey que se agacha a lavar los pies, un rey al servicio de los últimos de la sociedad, clavado como esclavo en la cruz, abandonado, dolorido e insultado.

Cristo instaura el reino del Padre que guía con amor nuestro caminar por las sendas de la historia terrenal hacia la vida y los bienes que no caducan, el reino eterno y universal  a beneficio de todos y no de unos cuantos, el reino de la verdad, la roca firme para instaurar relaciones sólidas y duraderas con Dios y con los hermanos.

El reino de paz, la paz don de Dios, paz de los hijos de Dios todos unidos como hermano. Es la paz tan necesaria y urgente en nuestro país, por eso no debemos cansarnos  de unirnos en la oración para que el Señor nos conceda este don. En este sentido hemos emitido un mensaje en nuestra Iglesia en Santa Cruz con anexa la oración por la paz en Bolivia.

Pero la paz es un don del amor de Dios que exige una respuesta, el compromiso de parte de todos a  no cultivar sentimientos de odio y rencor, a no pronunciar palabras que incitan a la violencia y a dejar caer de las manos las armas fratricidas que han causado muerte y dolor. Seamos todos constructores de paz, la paz verdadera que brota de la justicia y que engendra fraternidad y solidaridad.

Cristo Rey nos llama hoy a colaborar por la extensión del Reino del Padre, a ser testigos de su amor con espíritu de servicio, docilidad, apacibilidad y misericordia.  A Él nuestra sincera gratitud porque nos ha hecho partícipes del reino de Dios, el designio de amor y de vida del Padre y herencia luminosa de los santos. Amén

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIOCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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