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lunes 19 abril 2021
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Reflexión, P. José Cervantes: La Cena del Señor

Campanas/P. José Cervantes/El misterio de la Eucaristía. La Eucaristía constituye uno de los misterios más antiguos e importantes de la tradición viva de la Iglesia. Su origen se remonta a la Cena del Señor en la víspera de su pasión y muerte. De ello tenemos testimonios múltiples en el Nuevo Testamento. Destacan especialmente los relatos bíblicos de aquella última cena que contienen los gestos y las palabras de Jesús sobre el pan y la copa (1 Cor 11,23-26; Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20).

El pan partido es el Cuerpo de Cristo

La convergencia de todas las versiones neotestamentarias (una de Antioquía de Siria, recogida en 1 Cor 11,23-26 y Lc 22,15-20, y otra, de origen palestinense, transmitida por Mc 14,22-25 y Mt 26,26-29) constata que él, tomando un pan, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo”. De todas las acciones realizadas con el pan destaca la de “partir” el pan. El pan que se bendice es experimentado como don de Dios. Pero Jesús, al partirlo, lo vincula estrechamente a su trayectoria de amor y de servicio que culminará con su muerte injusta y violenta en la cruz.  No es ya sólo un pan, sino un pan al que le ocurre algo. Se trata de un pan partido, un pan roto. Sobre este pan troceado es sobre el que Jesús declara las palabras: “Esto es mi cuerpo”.

El pan partido es sacramento del amor hasta dar la vida

Ese pan, ya partido, prefigura lo que será su muerte como expresión de la vida que se entrega por amor. El pan partido es ya mucho más que pan. Es palabra que revela el amor hasta la muerte de Jesús. Es sacramento que transparenta y hace visible aquel amor. Es cuerpo que suscita en los quienes lo comparten el dinamismo existencial de la entrega de la vida por el prójimo. Jesús hace de aquel momento el signo fundamental de su existencia.

El amor sacrificial de Cristo

Su fuerza simbólica fue percibida desde el principio por sus discípulos y se convirtió en el memorial del amor sacrificial de Cristo, en anuncio de su resurrección de la muerte, en expresión de la comunión fraterna y solidaria entre los creyentes y en signo por excelencia del Reino de Dios. Así pues, el pan partido está íntimamente asociado al cuerpo roto del crucificado. Es su signo visible. Por eso todo cuerpo roto de este mundo se concita en el pan eucarístico. Y toda vida humana rota por el sufrimiento forma parte del pan amasado en el dolor del cuerpo de Cristo crucificado.

La Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza

La tradición cristiana primitiva muestra la estrecha vinculación de la Eucaristía a la Alianza de Dios con su pueblo. La identificación de la copa con la “sangre de la Alianza” (Mt 26,28 y Mc 14,24) recuerda el rito de la Alianza Sinaítica en la que Dios sella un pacto con su pueblo liberado. Pero aquella Alianza fue superada por otra, anunciada también en el oráculo de la Nueva Alianza del profeta Jeremías (Jr 31,31-34), evocado por Lucas (Lc 22,20) y Pablo (1 Cor 11,25). El Nuevo Testamento pone de manifiesto además el alcance y la trascendencia de la Nueva Alianza en Hebreos 8,8-12.

La Nueva Alianza es el Espíritu que transforma el corazón humano

La novedad religiosa allí anunciada y el carácter abierto y universalista de la Nueva Alianza supone el reconocimiento de la presencia misteriosa del Espíritu en toda persona más allá de su credo religioso pues la conciencia constituye el lugar sagrado e inviolable de todo ser humano en su cita íntima y a veces imperceptible con Dios. La Nueva Alianza fue establecida irreversiblemente por Cristo y consiste en la participación de todo corazón humano en la misma transformación espiritual que Jesús llevó a cabo con la entrega de la propia vida, abriéndose al Espíritu de Dios en medio del sufrimiento injusto de su pasión.

El misterio Pascual en la Eucaristía

El perdón a toda persona y la transformación del corazón humano, experimentada y comunicada por Cristo a todo ser humano es el dinamismo del amor inscrito en el interior de cada persona y mediante el cual todos, hombres y mujeres, grandes y pequeños, tenemos acceso a Dios gracias a Jesús, único mediador de la Alianza Nueva, pues cuando Él era levantado de la tierra, tiraba de todos hacia Dios. Éste es el misterio Pascual del cual la Eucaristía, la fracción del pan, es conmemoración y mediación permanente.

La ofrenda personal de Cristo en el pan y en el vino

Lo más específico de la obra eucarística de Jesús, el partir el pan, muestra, a través de esa acción realizada por el Señor, el carácter voluntario de la ofrenda de Jesús, la cual aparece propiamente en el gesto más común y singular de los gestos eucarísticos. Jesús tuvo la iniciativa de darse a sí mismo con sus propias manos. Este carácter personal se refleja tanto en el pan partido como en el vino. Jesús partió el pan y dio su propio Cuerpo y su Sangre. Las palabras sobre el cáliz en el relato antioqueno de la institución, presente en Lucas y Pablo, «este cáliz es la nueva alianza en mi sangre» revela el valor de esta oferta personal. La institución eucarística confirma la pasión en su orientación más profunda y más completa de sacrificio de alianza entre Dios y los hombres.

El único pan partido, comunión con Dios y con los hermanos

El sacrificio de Cristo constituye el supremo bien para nosotros los hombres, sus hermanos y hermanas, y al mismo tiempo establece la comunión más profunda con Él y a través de Él, la comunión con Dios. De la misma manera su sacrificio hace posible la comunión estrecha con las demás personas. Pues todo acto de comer tiene este sentido de comunicación interindividual, de acogida mutua y de relaciones fraternas. Esa dimensión comunitaria de la Nueva Alianza, por tanto, se hace visible particularmente en el partir el pan de cada celebración eucarística: «Pues, siendo uno sólo el pan, un solo cuerpo somos todos nosotros, porque todos participamos en ese único pan (1Cor 10,17), que es el Cuerpo de Cristo».

La institución del sacerdocio ministerial y la memoria del pan partido

Jesús encargó a los que estaban con él en la cena: “Hagan esto en mi memoria”. Y así instituyó el sacerdocio ministerial para que los apóstoles pudieran realizar la acción sacerdotal por excelencia que es la de “partir el pan” como expresión de toda una vida entregada, como la suya. El pan que Jesús toma y bendice es experimentado como don de Dios. Pero Jesús, al partirlo, lo vincula estrechamente a su trayectoria de amor, de servicio y de entrega hasta la muerte. Esa es la memoria que hay que actualizar permanentemente en la Iglesia. Los añadidos de Lucas a las palabras “esto es mi cuerpo” ponen de relieve la gran trascendencia del pan partido “entregándose” y  “por vosotros”. En Lucas el único imperativo de la narración es “hagan esto” y se dice mientras él mismo, Jesús en persona, lo hace. Con ello entendemos que el principal de los cuatro gestos eucarísticos es el que debe ser destacado en todos los órdenes de la vida, siempre en memoria de Jesús. Y este mandato es muy singular para los discípulos allí presentes, que tendrán que actualizar las palabras “esto es mi cuerpo”, haciéndolo “in persona Christi”, en nombre y en la persona del mismo Cristo. Ese ministerio es el ministerio sacerdotal recibido por los apóstoles y por sus sucesores, quienes, a su vez, lo transmiten a todos los sacerdotes, colaboradores suyos, mediante el sacramento del orden.

“Hagan esto en mi memoria”

“Hagan esto” es un imperativo presente con complemento directo, esto, que se refiere a tres aspectos: 1) la celebración litúrgica, 2) los gestos y palabras de la misma y 3)  la vida de entrega generosa de los discípulos a favor de los demás, tal como está haciendo Jesús en ese momento y a lo largo de su vida. Todo ello tiene su centro en el “pan partido”. Por eso Benedicto XVI destacó que “la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo.”[1] Esta vocación a la entrega de la vida es propia de todo cristiano y encuentra su culmen y su fuente en la Celebración Eucarística, pero la misión de hacerlo con sus mismos gestos y palabras, esenciales en la Eucaristía, fue el origen del sacerdocio ministerial, que vincula profunda y misteriosamente al sacerdote con la persona y con el cuerpo de Jesús: “Esto es mi cuerpo”.

Graciela Arandia de Hidalgo



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