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jueves 2 julio 2020
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Reflexión dominical: Tres Personas en un solo Dios, que es Amor

Campanas/P. JoséCervantes/ La Santísima Trinidad. La Iglesia celebra este domingo la fiesta de la Santísima Trinidad, dogma fundamental del cristianismo, que proclama la unidad en el amor de las tres personas que son un solo Dios, vivo y verdadero: el Padre, el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo. Dios es amor, comunión íntima y comunicación viva de personas en la Trinidad. Ese amor es el Padre que se ha manifestado en Jesucristo y se nos ha dado con su Espíritu a los seres humanos para llevarnos hasta la verdad plena y hacernos partícipes de su gloria, incluso en medio de las tribulaciones del tiempo presente. El pensamiento cristiano ha ido desarrollando a lo largo de la historia la comprensión del misterio inefable de la Trinidad. ¿Cómo pueden ser tres personas y un solo Dios? El concepto de persona ha ido cambiando en la historia del pensamiento, de modo que habría que hacer un recorrido por toda ella para aproximarnos no sólo al concepto sino también al misterio de la persona y poder vislumbrar, intuir y gozar de la grandeza de la Trinidad personal del Dios Amor que el hombre Jesús, muerto y resucitado, el Hijo de Dios, nos ha revelado.

Un párrafo filosófico sobre la persona

Sólo como apunte de mis ideas de carácter filosófico sobre este tema, permítanme una brevísima reflexión inicial sobre la persona (lo cual significa que quien no tenga mucho interés en esto, puede saltarse estos dos párrafos y pasar al cuarto). La persona es el individuo, la unidad indivisible de un ser dotado de espíritu y conciencia cuya singularidad lo convierte en alguien único y con una función propia y particular en la vida, constituyéndose en sujeto protagonista de su historia. En el desarrollo de la persona como sujeto el individuo ni existe solo, ni está solo, sino que se realiza en relación con “los otros”, con “todo lo otro” y con “el gran Otro”. Y en esa relación con todo lo demás (con lo que no es el individuo en sí mismo), se va configurando su persona articulando su libertad inalienable con la dignidad que le es propia. La armonización personal entre la libertad y la relación es la gran tarea de la vida humana y posibilita que en el sujeto, siempre cambiante, subsista, o mejor dicho desde la filosofía procesual, “sobreexista” una identidad preeminentemente espiritual y dinámica, como desarrollo histórico de la dignidad originaria de cada individuo, la dignidad inherente a su ser persona y, para los creyentes, percibida ya como un don, desde la constitución irrepetible del embrión humano por procesos bioquímicos específicos y propios en cada persona.

Otro párrafo filosófico sobre la dignidad de persona

Me reconozco deudor en este ámbito del pensamiento de un insigne profesor de mi juventud, Ignacio Núñez de Castro, cuya sabiduría sobre este tema, como científico y bioquímico, catedrático ya emérito, de Biología Molecular, como filósofo humanista de la corriente de la filosofía procesual y como teólogo católico postconciliar, ha quedado plasmado en una obra maestra y genial, titulada “De la dignidad del embrión. Reflexiones en torno a la vida humana naciente” (Madrid, 2008). Núñez de Castro afirma que “la dignidad no es una cualidad otorgada al ser humano, sino que es inherente a su condición de ser humano y por tanto al ser humano en todas las fases de su desarrollo y, consecuentemente, al embrión. El concepto de dignidad va unido al concepto de persona… La dignidad… viene fundamentada por el hecho de ser persona” (O.cit., p. 147). Y un poco antes había dicho que “para el creyente la dignidad le viene al ser humano por ser creado a imagen de Dios” (Idem, p.146).

La persona, imagen de Dios

Conscientes de que el ser humano, como imagen visible y física de Dios, que es espíritu puro, y como imagen encarnada en un cuerpo mortal e histórico a partir de un embrión, podemos acercarnos al Dios Trinitario, que es comunión de personas en el amor: Tres personas distintas y un solo Dios verdadero. Y ojalá que podamos comprender un poco mejor la singularidad específica de cada una de ellas, del Padre, Creador del cielo y de la tierra, del Hijo Jesucristo, nuestro Señor hecho hombre, muerto y resucitado, y del Espíritu Santo, Señor y dador de vida.

El Espíritu da vida y coraje

Este Espíritu da vida a la comunidad eclesial suscitando una vida de resistencia activa y aguante frente a los envites del mal en todas sus manifestaciones, una vida de mucha más calidad y una esperanza inquebrantable. Pero el Espíritu no tiene fronteras ni ideológicas ni nacionales sino que en todo lugar inspira la gracia y el coraje para seguir comunicando lo que Jesús ha revelado y para poder enfrentarse a los poderes que oprimen, maltratan o desprecian al ser humano y su dignidad, con el arma exclusiva de la palabra.

Dios amó al mundo y nos envió a su Hijo

“Tanto amó Dios al mundo que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en él tenga vida eterna”. Esta frase capital en el evangelio de hoy (Jn 3,16-18) es clave también al comienzo de la encíclica de Benedicto XVI sobre el amor (DC 1) y sintetiza el mensaje de vida que la comunidad eclesial anuncia en este domingo de la Trinidad. Dios es Amor en la comunión de tres personas y esa identidad común amorosa que irradia misericordia, perdón, entrega y paz es la que comunica a los humanos, imagen y semejanza suya, para que vivamos la grandeza de ser con otros, de reconocer y valorar al otro, de amar al otro y de entregarse a los otros.

Dios Creador, Padre misericordioso y liberador

El pueblo de Israel a través de su historia, llena de dificultades y llena de ambigüedades, fue descubriendo a un Dios, el Creador, que se les revelaba como Padre misericordioso y como Dios de la liberación. En el texto del Éxodo se manifiesta como un Dios misericordioso y fiel, dispuesto siempre a perdonar a su pueblo (Ex 34,4-9). Se les reveló como el que tomaba la causa de los empobrecidos de la historia y los llevaba a la humanización verdadera. Ese Dios que había apostado por el ser humano humillado, esclavizado, oprimido y vulnerable, decide acompañar a Israel y defenderlo frente a todo poder imperial que buscaba imponerse sobre ellos; es el Dios liberador de toda opresión y de toda marginación impuesta por los imperios de turno y es sobre todo, el Dios que perdona las culpas y pecados de su pueblo. Frente a él, Israel tiene un compromiso radical de configurar su vida y su sociedad desde la sabiduría de ese Dios que, por puro amor y pura gratuidad, ha querido declararlo su pueblo.

Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre

Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es el Dios del Amor entregado a la humanidad para que ésta tenga vida. Por eso él es la gracia. Jesús es la mejor forma de entender el misterio profundo de Dios. Él es quien nos reveló al Padre, es quien en definitiva nos manifestó la esencia trinitaria de Dios. Durante toda la vida en carne mortal de Jesús, Él fue mostrándonos las facetas maravillosas que Él había experimentado y conocía de Dios, su Padre. La vida transparente y coherente de Jesús revela lo que Dios es en sí mismo: la eterna verdad, el eterno amor, la eterna misericordia, la verdadera justicia. Jesús es Dios hecho historia, es Dios asumiendo la realidad humana, redimiendo su creación; por eso entender el mensaje de no poder y de justicia enseñado por Jesús, y vivir bajo sus principios, es entrar en una estrecha relación de sentimiento y de vida con el Dios Trinidad.

El Espíritu Santo, la fuerza de Dios que da vida

El Espíritu, prometido por Jesús a la comunidad recién fundada, es la fuerza de Dios hecha amor y resistencia que acompaña a la Iglesia en su caminar por la historia. Él es la fuerza de la comunión eclesial. El Espíritu terminará de enseñarle a la Iglesia lo que tiene que hacer para lograr configurarse plenamente con Dios en el proyecto de vida, de justicia y verdad enseñado por Jesús y ratificado con su muerte en cruz. Los seguidores de Jesús muerto y resucitado tenemos que llegar a transparentarlo en nuestra vida para que el mundo crea en el Dios verdadero que ha creado este mundo y que desea que éste, su creación, llegue a la plenitud. Sólo podremos transparentar a Jesús muerto y resucitado, si permitimos que el Espíritu de Dios actúe en nuestras vidas, y si nos dejamos moldear por ese Espíritu, para poder vivir y testificar el amor de Dios trino y uno en medio de esta historia y en medio de nuestras propias comunidades. Por tener acceso directo a la comunión con Dios, por medio de Jesucristo, hemos de dar continuamente gracias a Dios. Pero no perdamos nunca la conciencia de que sólo somos criaturas del Creador, ya redimidas y transformadas el amor, manifestado en Cristo y comunicado por el Espíritu, en la esperanza de encontrarnos para siempre con él.

Llamados a vivir el amor trinitario

Nosotros podemos vivir el amor trinitario, como hijos adoptivos, cuando comprendamos que Dios está dentro de cada uno de nosotros y nos da fuerza para hacer lo que Jesús hizo: entregarse a los demás. Cuando hacemos unión con otros, la fuerza de Dios se nos activa y la entrega a los demás se hace más posible porque la comunidad – manifestación trinitaria en esta historia- nos ilumina, nos apoya y nos corrige. Por eso la Iglesia es la expresión de la Trinidad, porque es un grupo de personas que al sentirse hermanos y al apoyarse mutuamente facilitan la acción de Dios que está en ellos en todos y cada uno, como Padre que ama, como Hijo que se entrega y como Espíritu que da fuerza. Y como todo ser humano es imagen de este Dios la gran tarea de la vida consiste en desplegar y desarrollar en nuestra historia mortal lo que ya somos desde el embrión humano hasta la muerte, cuando experimentemos la gran y definitiva transformación que, como hermanos de Cristo y receptores del Espíritu, supone la resurrección a la vida eterna.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Graciela Arandia de Hidalgo



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