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miércoles 23 octubre 2019
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Reflexión dominical: Por la conversión y la misericordia a la plenitud de la alegría

Por P. Pepe Cervantes. La plenitud de la alegría

La plenitud de alegría es lo que nos propone la Iglesia en el domingo “Laetare”, el domingo de la alegría, el cuarto de la cuaresma, para que podamos experimentar con el perdón de Dios el don anticipado de la Pascua que pronto celebraremos: que en Cristo Resucitado somos criaturas nuevas (2 Cor 5,17ss). Para ello contamos con la que podemos calificar como una de las páginas más hermosas del Evangelio, la parábola del Hijo pródigo (Lc 15,11-32).

La parábola de la gran alegría del perdón

Esta parábola es de esas historias añejas y siempre nuevas que deberíamos sabernos de memoria desde pequeños, de modo que siempre lleváramos en nuestro bagaje cultural una palabra excepcional de alegría y de esperanza. Por si alguien no la recuerda bien, merece la pena resumirla: Un hombre tenía dos hijos. El menor reclamó su parte de la herencia y se marchó lejos, malgastó sus bienes y cayó en desgracia hasta que, recapacitando, decidió volver a casa de su padre. “Estando él todavía lejos, lo vio su padre y se conmocionó y, corriendo, lo abrazó por el cuello, y lo besó”. El padre hizo entonces la mejor de las fiestas para celebrar el retorno de aquel hijo. El hijo mayor, que vivía con el padre, se disgustó con el padre por haber festejado más la vuelta del pequeño que su presencia permanente en la casa del padre. Pero el padre le explicó: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.  Había que hacer fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y revivió, y estaba perdido y se le encontró”.

El hijo pródigo

La parábola se conoce generalmente como la parábola del hijo pródigo, pero hay quienes la denominan de otro modo: la de los dos hijos, o la del padre bueno. Otros optan por no ponerle ningún título y dicen solamente “Un hombre tenía dos hijos”. Lo cierto es que es tanta su hondura humana y espiritual así como su riqueza de detalles que el corazón humano se ensancha y encuentra su paz al escucharla.

Los dos tipos de hijos

Los hijos de un mismo padre muestran los entresijos recónditos de los comportamientos humanos abocados a la ruptura de la fraternidad originaria de la familia humana cuando ésta se desvincula de su relación fundamental con el padre basada en el amor y en el encuentro generador de vida. El menor es el prototipo de los publicanos y pecadores, de los alejados de Dios y de los extraviados, de los marginados y excluidos, de la humanidad errante en su anhelo emancipatorio. El mayor encarna el talante de los fariseos y de los letrados en el evangelio, de aquellas personas que, a pesar de pasarse la vida frecuentando y hasta dirigiendo la casa de Dios, no han experimentado la alegría de su encuentro. Andan merodeando la casa del padre, pero engreídos y satisfechos de sí mismos y de cumplir con lo mandado, están realmente más lejos de él que los primeros. Ninguno de los dos hijos experimentaba la alegría de estar y vivir con el padre.

La conciencia de ser hijo

La mayor diferencia entre el hijo menor y el mayor no está en la cercanía física respecto al padre, sino en la conciencia de lo que significa ser y vivir como hijo y como hermano. Es esa conciencia la que posibilita el retorno a la vida, al encuentro y al hogar del hijo menor, mientras que su carencia en el mayor le impide disfrutar de la gratuidad del amor y de la convivencia aunque la tenga muy cerca.

El Padre de la misericordia

Sin embargo, el padre es el protagonista central. El padre es la imagen viva del Dios amor que Jesús de Nazaret nos ha revelado. El Padre es el protagonista principal en la parábola, porque su misericordia le impulsa a poner en marcha su inmenso amor mostrando su verdad más profunda en obras sucesivas de acogida, de perdón y de rehabilitación del hijo desahuciado, que culmina con la gran fiesta de la misericordia entrañable en la plenitud de la alegría.

Los grandes verbos del perdón

Es padre de los dos y con los dos se comporta en todo momento como tal. Respetando la libertad del primero, lamenta su extravío y anhela su vuelta, esperándolo cada día. El amor paciente y dolorido del padre se torna apasionado y feliz al ver de nuevo el retorno voluntario del su hijo. El amor del padre que perdona se expresa en la serie de verbos que muestran su grandeza. Una conmoción entrañable le impulsa a correr hacia hijo perdido, a abrazarse a su cuello y a besarlo. Es el amor en acción, convertido en gestos apasionados por el reencuentro del hijo perdido. Ese amor está contenido en el primer verbo que expresa la reacción del Padre. Es el verbo “conmocionarse”, en el cual nos fijamos en primer lugar.

Misericordear, según el papa Francisco

“Conmocionarse” (splanjnizomai) es como un superlativo de emocionarse. Éste, etimológicamente, significa moverse desde dentro, y es un movimiento interior, pero pasajero, pues una emoción suele durar poco tiempo. Una conmoción, sin embargo, es un movimiento que cambia la trayectoria de la vida. Es un movimiento que complica, es decir que co-implica a toda la persona en ese movimiento, tan interior que es profundamente espiritual, pero que se verifica en un despliegue de acciones de ayuda que expresan el amor no exigible a nadie y, por tanto, gratuito. Pero el verbo splanjnizomai ha sido interpretado muy novedosamente por el Papa Francisco al traducirlo como misericordear. Así el verbo “misericordear” ha sido admirablemente rescatado de la semántica y del rico vocabulario del Nuevo Testamento por el Papa Francisco para mostrar activamente la misericordia de Dios.

Misericordear es amar ayudando al que está en la miseria

“Misericordear” por tanto, consiste en volcar el corazón hacia el otro en situación de miseria y prestarle ayuda adecuada, oportuna y concreta. Es el amor que lleva consigo la valoración y el reconocimiento del otro, independientemente de su procedencia y de su identidad social, étnica, cultural o religiosa. La misericordia es, sobre todo, derroche de gratuidad amorosa desbordante, una acción liberadora y, en cierto modo, inesperada que va más allá de lo previsible. La misericordia se hace  especialmente presente en la debilidad y en el sufrimiento humano como salvación, liberación y perdón.

La gran alegría del beso

En la parábola del hijo pródigo hay otro verbo que destaca. Es el verbo griego correspondiente al beso (katafileo), el cual destaca el carácter extraordinario del mismo. Merece la pena recrearse en la contemplación de este besazo. Es un beso efusivo e insistente, que expresa una gran ternura y celebra en silencio la gran alegría de un padre conmocionado. El padre no paraba de besar a su hijo encontrado, se lo comía a besos. El besazo del padre abrazado a su hijo es el culmen del encuentro del hijo perdido y arrepentido con el padre misericordioso y conmocionado. Este amor indebido y gratuito es el que sale al encuentro de la libertad del hijo y lleva consigo la rehabilitación del hijo menor, convertido ya en criatura nueva. Y ése es el motivo de la gran alegría, de la plenitud de la alegría, que desencadena la gran fiesta en la casa del padre por el hijo perdido y encontrado, muerto y resucitado.

Pedir perdón y perdonar

Pero este encuentro no es posible sin un movimiento libre del hijo que reconoce la verdad de su culpa y decide su conversión y cambio de vida. Para tener la gran alegría de la rehabilitación se requiere la osadía de pedir perdón, un perdón que de parte de Dios está garantizado de antemano por medio de Jesús. Para hacer fiesta y poder experimentar la más profunda alegría que nos permite vivir como criaturas nuevas se requiere pues, pedir perdón, sentir de cerca al Padre y la fuerza entrañable de su amor y restablecer la fraternidad entre los seres humanos. Asimismo el padre muestra su cariño hacia el hijo mayor queriendo liberarlo de su obcecación para percibir la gratuidad del amor que él le está brindando continuamente, e invitándolo a participar de la fiesta del encuentro con el hermano perdido, de su habilitación y de su nueva vida.

La Alegría anticipada de la Pascua

Este domingo anticipa ya así la alegría de la Pascua de Resurrección, pues en Jesús, muerto en la Cruz y Resucitado, se hace presente el Padre misericordioso perdonando y reconciliando consigo a la humanidad perdida y sumida en el pecado. Jesús es como el Padre y muestra la misericordia pues haciéndose prójimo de todos los hijos pródigos del mundo, perdona nuestros pecados, nos reconcilia con Dios y nos concede la salvación, convirtiéndonos en criaturas nuevas (cf. 2Cor 5,17-21).

La plenitud de la alegría en las bienaventuranzas

La plenitud de la alegría por el Dios que misericordea por sus hijos pródigos se manifiesta en las bienaventuranzas evangélicas, pues la dicha o felicidad paradójica de los bienaventurados tiene su origen en Dios y sólo en Dios. Por eso para el papa Francisco la palabra “bienaventurado” pasa a ser sinónimo de “santo” ya que la palabra dichoso o bienaventurado  “expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha” (cf. EG 64).

Las bienaventuranzas pregonan la santidad

La gran dicha del hijo pródigo en la fiesta que supone el abrazo misericordioso del Padre es la que está presente en todas y cada una de las bienaventuranzas de Mateo (Mt 5,3-12), la gran propuesta de la santidad realizada por Jesús al empezar su predicación. El encuentro con Dios en el presente y en el futuro de todos los hijos pródigos, mencionados como sujetos de las ocho bienaventuranzas comentadas por el papa Francisco celebra la santidad de las mismas, en virtud de la acción santificadora de Dios en las situaciones y actitudes descritas en cada bienaventuranza. En esta cuaresma, como hijos pródigos que vamos al encuentro del Padre, llevados de la mano por Cristo Jesús, que expía nuestros pecados y nos reconcilia con Dios, podemos experimentar la dicha, la plenitud de la alegría, por el Dios que nos santifica.

La plenitud de la alegría en los pobres

La plenitud de la alegría por el reinado de Dios es la santidad a la que hemos sido llamados, los pobres «de espíritu» y los «pobres» a secas (cf. Lc 6,20) (cf. EG 70). La primera bienaventuranza “nos invita también a una existencia austera y despojada. De ese modo, nos convoca a compartir la vida de los más necesitados, la vida que llevaron los Apóstoles, y en definitiva a configurarnos con Jesús, que «siendo rico se hizo pobre» (2 Co 8,9). Ser pobre en el corazón, esto es santidad”  (cf. EG 70). Y de esta bienaventurada de los pobres, los hijos pródigos, pobres por situación o por solidaridad misericordiosa con los más pobres, emana la plenitud de la alegría de las restantes bienaventuranzas.

Cada bienaventuranza es un canto a la santidad

Por ello, tal como el papa Francisco comenta, reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad.  Saber llorar con los demás, esto es santidad. «Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda» (Is 1,17). Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad. Dar y perdonar es intentar reproducir en nuestras vidas un pequeño reflejo de la perfección de Dios, que da y perdona sobreabundantemente. Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad. Y aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad (cf. GE 74-94). En esta cuaresma somos llamados a la gran dicha de la santidad. ¡Feliz domingo de la alegría!

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Graciela Arandia de Hidalgo



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