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martes 19 enero 2021
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Reflexión Dominical: “Nuestra esperanza es el Señor Jesús”

Campanas/ P. José Cervantes.  El tiempo de Adviento   Con el Adviento comienza el año litúrgico de la celebración de los misterios de la fe en la Iglesia Católica. La palabra de Dios invita a mirar con esperanza el horizonte sombrío de nuestro mundo y a estar atentos en el tiempo presente aguardando siempre al Señor Jesús. Los cristianos, al rememorar la entrada plena de Dios en la historia humana con el nacimiento de Jesucristo, nos preparamos en este tiempo de Adviento para celebrar la Navidad, avivando en nosotros la esperanza de la venida última y definitiva del Señor con la gloria propia del Resucitado, mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la renovación de nuestra vida en el amor.

 Palabras de esperanza y vigilancia  

La palabra de Dios nos presenta hoy el anuncio de la venida imprevisible del Señor. Y por ello la llamada es a la vigilancia continua y permanente. El profeta Isaías destaca la cercanía de un Dios que es padre y redentor, que sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos (Is 63,16-19; 64,2-7). El apóstol Pablo señala la manifestación definitiva del Señor Jesucristo, como motivo de la espera y la esperanza del creyente al comienzo de su relación epistolar con la comunidad de Corinto (1 Cor 1,3-9). El evangelista Marcos resalta el carácter sorprendente de la llegada del Señor, del dueño de la casa, ante la cual pone de manifiesto la importancia de la actitud de la vigilancia por parte del portero de la casa (Mc 13,33-37). Y esa manifestación del Señor acontece también en la vida cotidiana, incluido el tiempo presente, de pandemia, de crisis y de cierta desesperanza.  

Máxima atención.

Al presentar la venida del Señor el evangelio de hoy subraya su carácter imprevisible. En primer lugar, el que vendrá al final de todo como vencedor de la muerte, Señor del cosmos y juez de la humanidad, lo hará de manera repentina y sorprenderá a todos. Por ello todos debemos estar despiertos. Este discurso final o escatológico del evangelio resalta la necesidad de la vigilancia, pues las actividades cotidianas de la vida, tan normales como comer, beber, casarse o emparejarse son las acciones más naturales de la vida humana. Pero son consideradas como una desatención o distracción respecto a las señales que marcan lo último y lo fundamental de la historia de la humanidad. Dejarse arrastrar por las preocupaciones cotidianas absorbe la percepción profunda de una existencia abierta a Dios y a un futuro en la espera de la venida del Señor.  

Velar por la justicia de Dios

La vigilancia permanente es la actitud espiritual que debe caracterizar a los discípulos que no deben dejarse atrapar por el cansancio o por la indiferencia, por el relativismo o por la relajación, sino que están llamados a vivir vigilantes en la espera imprevisible de su Señor. Y lo que el profeta Isaías anuncia es que Dios, el Padre de todos, sale al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de sus caminos. En Jesús, que viene, que vino y que vendrá, se verifica este encuentro con la humanidad. Por eso estar atentos en el presente conlleva sobre todo velar por la justicia de Dios en nuestro mundo.

La navidad en tiempo de pandemia  

Este año la Navidad se presenta como muy especial y extraordinaria, es decir, fuera de lo común, respecto a lo que en otros años ha sido la celebración de la misma. Todo ello es debido a la situación actual de un mundo en pandemia. Pero el motivo de la celebración cristiana de la Navidad será el mismo: el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, en medio de nosotros, sus hermanos, en esta tierra y en esta historia. Ojalá que todas las restricciones que la pandemia lleva consigo permitan concentrar la atención en el misterio del nacimiento del Señor y, con él, en el advenimiento de una humanidad nueva. Esto es lo que esperamos con el nacimiento de Jesús, que es lo que realmente debemos preparar estando siempre atentos y vigilantes.

Ante la pandemia y sus consecuencias  

Lo que todos esperamos ahora, en primer lugar, es salir pronto de la situación de pandemia mundial, y empezar a superar los contagios del coronavirus con el suministro de una vacuna eficiente. Pero es muy posible que a partir de ahora nos tengamos que enfrentar a otras situaciones sociales y económicas, peores y agravadas, como consecuencia de la pandemia. Sobre todo va a aumentar la pobreza en el mundo, y con ella la falta de trabajo, el hambre y las migraciones. Éstas son ya las primeras y más graves consecuencias humanas y económicas de la pandemia del coronavirus, a no ser que se articule a nivel internacional una red básica, cualificada y democrática, de solidaridad económica, social y política.

La esperanza en Jesucristo y en su Reino de fraternidad

  Por esto último hay que velar aún más en este tiempo de adviento,  por el advenimiento de una nueva época en la historia humana en la que la terrible injusticia de la desigualdad en el disfrute de los bienes de la tierra, sea superada. En este cambio profundo esperamos con firmeza y trabajando activamente los creyentes que queremos anteponer a todo tipo de distracción, preocupación, egoísmo o codicia, la gozosa esperanza y búsqueda del Reinado de Dios y su justicia, en el que podamos vivir el espíritu de fraternidad universal al que el Papa Francisco nos ha invitado en Fratelli Tutti. Ésa es la gran esperanza histórica de los cristianos. Una esperanza que empieza a cumplirse definitiva y lentamente con la Natividad de Jesucristo, que cada año volvemos a celebrar. Pero Él es la esperanza que trasciende el tiempo y la historia, pues es el Señor Resucitado.   Ojalá baje el Señor y se derritan las montañas de la opulencia y del poder.

La tarea recibida por parte de cada ser humano, como la del portero en la parábola evangélica, sigue siendo administrar la casa común de la humanidad, cada uno según su función, una casa que sigue perteneciendo al único Señor de todo, y no quiere la apropiación indebida e injusta de los bienes de la tierra por parte de nadie. Creo que en los tiempos que corren deberíamos velar los cristianos por este principio de la soberanía del dueño y Señor de toda la tierra para erradicar las clamorosas injusticias de los poquísimos que se creen dueños y señores de todo el mundo y que se siguen permitiendo mantener en vilo a toda la humanidad en crisis. ¡Qué fuerza tienen las palabras de Isaías hoy! Podríamos parafrasearlas: ¡Ojalá baje el Señor para que se derritan como cera las montañas de la opulencia, generadora de pobreza, y por eso, siempre injusta, y también las montañas de los que ostentan el poder cuando pasan por encima del servicio al bien común!   Estemos en vela y avivemos la esperanza.

La esperanza es una virtud que anida en el corazón, como una capacidad que permite hacer frente a toda circunstancia adversa y que, desde la dignidad inalienable de toda persona humana, resiste activamente frente a los envites de cualquier mal, injusticia y pecado, y permite vislumbrar un horizonte distinto, aunque a veces sólo se perciba por la rendija del corazón humano donde siempre entra una chispa de luz. Para los creyentes ese horizonte es un don de Dios y cuando se reconoce nos permite activar la esperanza mirando sobre todo hacia esa luz, sabiendo que su calor puede derretir hasta los montes. Vigilemos para que el lento avance de la justicia social en el mundo siga su curso y podamos ir progresando en la paz y en la concordia entre los pueblos, en el respeto a los otros y en la defensa de los derechos fundamentales, a la libertad, a la vida y a la dignidad, a la salud y a la educación. Estemos en vela, pues el único que viene en Navidad trae verdaderamente una realidad de salvación y de vida para todos. Es Jesús, el Señor-nuestra-justicia.  

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Graciela Arandia de Hidalgo