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miércoles 16 octubre 2019
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Reflexión dominical: La renuncia al beneficio propio en favor del bien común

Campanas. P. José Cervantes. Falta de conciencia del bien común. La clase política del mundo actual carece, casi por doquier, de la conciencia del bien común y de la autoridad moral, que serían los mínimos indispensables para sacar adelante las políticas de los países que gobiernan. Esto se palpa en la política española, donde la bajeza de miras de casi todos los partidos protagonistas en el escenario actual, empezando por el socialista, ha conducido a España a una nueva convocatoria de elecciones para el mes de noviembre. Lamentablemente no hay líderes convincentes, ni capacidad de diálogo, ni reconocimiento ni valoración del adversario político, ni preocupación alguna por los últimos de la sociedad, ni bien común como objetivo prioritario de cualquier político. En definitiva sólo se perciben intereses particulares, personales o partidistas.

La lógica del capitalismo devorador no conoce colores políticos

Si miramos a Bolivia también habrá elecciones en octubre, convocadas por el actual ejecutivo, cuyo presidente se presenta de nuevo por tercera vez, contraviniendo la constitución que él mismo elaboró y los resultados del referéndum que él mismo convocó. Para colmo de males tendrá que apechar también con la responsabilidad que le corresponde, por imprudente e incompetente, en el desastre ecológico, social y humano que llevan consigo los incendios de la Amazonía, cuyas dimensiones son de escándalo, pues sólo en Bolivia se han quemado en las últimas semanas casi tres millones de hectáreas. Parece que la lógica del capitalismo devorador y depredador  no conoce colores políticos, pues lo mismo que ocurre en Bolivia, es lo que sucede en Brasil, y, mutatis mutandis, algo parecido a lo que sucede en España es lo ocurrido en Israel… y en Italia…

Endiosamiento del dinero y del capital

Detrás de tanta falta de conciencia del bien común y de tanta falta de autoridad moral de nuestros políticos se ocultan, aunque eso no se diga casi nunca, intereses económicos que nacen del endiosamiento del dinero y de la acumulación de capital por parte de los megarricos del planeta, de los que administran sus riquezas y de los que aspiran a poseerlas,  mientras que la pobreza y la miseria siguen avanzando y la desigualdad sigue generando diariamente violencia, extorsión, opresión y muerte.

 Mensaje evangélico contundente

En este contexto la palabra de Dios de este domingo contiene un mensaje evangélico contundente que puede aportar, una vez más, un criterio definitivo tanto para la convivencia humana en esta tierra, en lo relativo al dinero, como para la gestión de la política, cuya formulación en forma de principio podría ser: servir a Dios lleva consigo renunciar a la acumulación de dinero, siempre en favor de los necesitados. El profeta Amós y el evangelio de Lucas de hoy tratan de asuntos económicos y sociales, desde una perspectiva religiosa.

 La raíz del mal social está en el corazón y en las instituciones

 Amós es el primer profeta bíblico que nos transmitió su mensaje por escrito. Desempeño su misión profética en el Reino del Norte de Israel en tiempos de Jeroboam II (782-753), en una época de terrible opresión de los pobres y de la corrupción en los tribunales de justicia. El profeta Amós denunció esta trágica situación. La novedad de su mensaje consistió en el rechazo del reformismo para dar paso a la ruptura total con las estructuras vigentes (Am 8,4-7). La denuncia de los pecados concretos del lujo, la injusticia, la corrupción en la administración de la justicia, el culto exterior y la falsa seguridad religiosa constituye el centro de su intervención profética. Amós, con la libertad radical de los profetas, ponía el dedo en la llaga al desvelar que la raíz del mal social estaba en el corazón de las personas y, sobre todo, en las instituciones.

La parábola lucana del dinero injusto

 El evangelio de Lucas, por su parte, muestra el carácter profético de Jesús en este mismo sentido con la parábola del dinero injusto (Lc 16,1-15). Jesús descubre la trampa en la que el dinero, en cuanto aspiración idolátrica de la vida humana, tiene atrapada a la gente. Su mensaje central es la sentencia lapidaria: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). En esa parábola se revela la injusticia de un sistema económico que utiliza el préstamo de dinero con interés para agrandar el abismo existente entre pobres y ricos.

La sabiduría de renunciar al beneficio propio

El administrador era una persona de confianza, se trataba de un representante del amo, con la capacidad para hacer préstamos, arrendamientos y avales. Al hacer préstamos recibía una comisión en concepto de intereses. Esa comisión aparecía también normalmente en el total de la deuda. Jesús no alaba la injusticia del administrador ni su falta de seriedad. No es la parábola del administrador injusto, sino del administrador listo, porque supo renunciar a los intereses que a él le correspondían. La cuestión central, motivo del elogio, es la renuncia al beneficio propio. Lo que elogia el amo es la sagacidad del administrador por detraer de la deuda total la comisión que le corresponde, ganándose así la amistad de los deudores.

La búsqueda del bien común y del bien de los pobres

El administrador sagaz de la parábola es elogiado porque utiliza su poder para cumplir la ley del Antiguo Testamento (cf. Éx 22,24-25; Dt 23,20; Lv 25,35-38), que prohibía cobrar los intereses de los préstamos, haciéndose eco de la crítica profética de Amós (Am 8,4-7) y corregir así el sistema económico vigente en la época de Jesús (y también en la nuestra). Aunque en principio fuera por interés personal, la conducta del administrador responde en el fondo a los intereses y planteamientos de una moral económica de los oprimidos, para la cual no los ricos sino los pobres son importantes. Según la parábola, quien tiene dinero y bienes es, en realidad, sólo administrador de los mismos, no un propietario. La correcta administración de los bienes tiene que responder a las necesidades de los pobres y necesitados. El dinero (y el sistema económico, – incluido el crecimiento económico-) no es un fin en sí mismo y sólo ha de servir para hacer el bien, especialmente a los más pobres del mundo, buscando en primerísimo lugar el bien común, lo cual parece estar ausente en las políticas de nuestro tiempo.

Apartarse del dinero injusto

El versículo de Lc 16,9 tiene dos posibilidades de interpretación, según se entienda la preposición griega “ek”, que precede a la palabra “dinero”, con un sentido instrumental, equivalente a la preposición española con, o con un sentido de separación o cesación, equivalente a apartarse del dinero. Yo prefiero la segunda interpretación pues se trata, a mi parecer, de un genitivo de separación. Esta traducción armoniza mejor con la renuncia a la codicia y a la acumulación egoísta de bienes, propias del evangelista Lucas, como ya hemos visto en domingos anteriores. Por tanto, hacerse amigos apartándose del injusto dinero implica todo lo contrario al dinamismo de la explotación, de la usura, del interés económico y del empobrecimiento de los desheredados y supone entrar en el mundo de los valores eternos y de los bienes verdaderamente valiosos, como son el perdón, la comunión fraterna, el bien común, la misericordia, la justicia y la alegría.

Una nueva orientación de la economía: la atención a los pobres

Con todo, aun cuando se optara por la primera interpretación, la de la instrumentalización del dinero, el elogio de parte de Jesús se debe a la sagacidad del administrador que ha sabido renunciar al beneficio propio a favor de los endeudados insolventes para pagar sus deudas. El texto deja entrever además dos cosas, la primera es que serán éstos, los endeudados insolventes, los pobres, los que irán a heredar las moradas eternas, y por ello tiene sentido hacerse amigos de ellos para poder ser recibidos por ellos en la eternidad, y la segunda es que el dinero es algo efímero y poco importante, pues un día, más tarde o más temprano, se acabará, tal como muestra después la parábola del rico y Lázaro. De este modo las dos parábolas del capítulo dieciséis de Lucas permiten vislumbrar un nuevo horizonte de economía alternativa orientado a atender, en primer lugar, las necesidades de los pobres y a compartir con ellos los bienes sin esperar nada a cambio.

No se puede servir a Dios y a Mamon (el dinero)

La alternativa entre Dios y el dinero (denominado Mamon) se convierte en un absoluto. Jesús es consciente del atractivo seductor y corruptor de las riquezas y sabe que el dinero es un dios que exige pleitesía y adoración. Cuando el dinero se convierte en dios, se pone en peligro la convivencia humana. Por eso Jesús declara abiertamente que no se puede servir a Dios y al dinero (Mamon).

En defensa de la Casa Común

Cualquier parecido entre la realidad y la parábola de este domingo no es pura coincidencia, sino la manifestación de un Dios amor, que se ha manifestado en Jesús como definitivo mediador entre Dios y los hombres y con su enseñanza y con su muerte y resurrección ha entregado su vida en rescate por todos revelando al mundo la bondad de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,1-8). A través de la parábola evangélica podemos conocer mucho mejor la verdad que puede abrir caminos de salvación en la situación penosa actual de nuestro mundo. Y desde aquí apoyamos “La Caminata de Fe por la Chiquitanía” del viernes, 20 de septiembre, a la que los creyentes y personas de buena voluntad han sido convocados por el Arzobispo de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) en defensa de la Casa Común que arde en la Amazonía, y contra la ambición de los que amenazan la vida protegiendo sólo sus intereses.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Graciela Arandia de Hidalgo



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