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lunes 26 octubre 2020
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Reflexión Dominical: La alegría del Reino en San Mateo

Campanas/Tres parábolas propias de San Mateo/  La alegría que el papa Francisco contagia en sus escritos se refleja también en las parábolas del Reino que estos domingos estamos leyendo. El discurso de las siete parábolas del Reino en el evangelio de Mateo concluye con tres que son propias del primer evangelista: la del tesoro escondido en el campo, la del mercader de perlas preciosas y la de la red de peces buenos y malos  (Mt 13,44-52). Éstas han sido añadidas a la del sembrador y la del grano de mostaza, la del trigo y la cizaña y a la de la levadura que fermenta en la masa.

El Reino es un don de Dios en el misterio de su amor

El Reino de Dios se presenta en las parábolas del tesoro y de la perla con la estructura común de los verbos que las configuran: buscar y encontrar, vender y comprar. En ambas el Reino es un misterio, escondido, oculto, pero real y presente, que se puede encontrar y que se puede buscar hasta encontrarlo. La nota dominante es que el Reino de Dios es algo misterioso y grandioso, como un tesoro o una perla, que sale al encuentro del ser humano, de manera sorprendente. Se puede buscar o no, pero es algo que se deja encontrar, por eso es un don de Dios en el misterio de su amor. El Reino es la persona de Jesucristo, muerto y resucitado, don de Dios para toda la humanidad y que sale al encuentro de todo ser humano, aunque éste esté alejado de él o esté en otros negocios, en otras búsquedas y en otros afanes. Jesucristo es el Reino del Amor de Dios que sale a nuestro encuentro y nos colma de alegría. En ese encuentro con Cristo “siempre nace y renace la alegría” – dice el papa Francisco -.

El tesoro es la sabiduría

En el mundo bíblico el auténtico “tesoro” se refiere a la sabiduría, como objetivo de la búsqueda de todo ser humano. La sabiduría, que constituía la petición fundamental del rey Salomón, sabiduría para servir, escuchar y gobernar, para juzgar y discernir, es el don más precioso en el Antiguo Testamento, más valiosa que la misma vida, que todos los bienes y que todo poder (cf. 1 Re 3,5.7-12). Esa sabiduría, propia de un corazón dócil, es la que recibió Salomón y le permitió ser el más sabio de todos los reyes. La sabiduría no consiste en tener grandes conocimientos desde el punto de vista intelectual sino en saber estar y saber actuar conforme a la voluntad de Dios en cada momento, no buscando la riqueza, ni el poder, ni la gloria, sino la capacidad para distinguir el bien del mal y para actuar en conciencia. En el ejercicio de la autoridad es preciso buscar la sabiduría divina, escuchando siempre el clamor de los débiles y de los que sufren, acogiendo en el corazón las necesidades de los últimos y los derechos de las minorías.

Es apremiante buscar y encontrar la sabiduría del Reino

En el mundo en que vivimos, particularmente en los ámbitos políticos y económicos, es necesario corregir las profundas pasiones de los seres humanos, sobre todo, la del poder, la del tener y la del aparentar, pasiones humanas que arrastran a los individuos y a los grupos sociales y políticos a prescindir de la búsqueda del bien común en aras del bien particular. Es urgente cubrir en los sistemas educativos de nuestros países la falta de conocimiento de los valores éticos que nos reorienten a todos al bien común, y es apremiante buscar y encontrar la sabiduría que nos permita discernir entre el bien y el mal, auténtica sabiduría salomónica que viene de la aceptación de la justicia divina, cuya máxima expresión es Jesús y el Reino del amor y de alegría que su Reino conlleva.

 La gran alegría de encontrar a Jesús, perla preciosa

Desde el Nuevo Testamento la sabiduría del discípulo consiste en realidad en comprender que Jesús es el Reino de Dios y que se entra en la alegría de ese Reino con todo su dinamismo mediante el seguimiento radical, entusiasta y comprometido de la persona de Jesús y su Evangelio. Y cuando alguien descubre eso, lo valora como un tesoro o como una perla preciosa, por la cual merece la pena desprenderse de todo para comprar el tesoro que estaba escondido. La primera reacción del que encuentra el tesoro es la gran alegría que siente y que le lleva a relativizarlo todo, hasta desprenderse de los bienes y venderlos con tal de poseer el campo del tesoro.

El tesoro de Jesús cambia de rumbo la vida

La alegría de encontrar a Jesucristo lleva a los discípulos a dejarlo todo para estar siempre con él. Este encuentro maravilloso y transformador de la vida acontece en toda persona creyente, pero se hace más patente en la vida religiosa y consagrada al Reino de Dios. No debe extrañarnos que, según decía el informe Forbes de hace unos años, “el trabajo de sacerdote es considerado en el mundo como el empleo “más feliz”, según un estudio realizado por la Organización Nacional de Investigación de la Universidad de Chicago”. En realidad encontrarse con Cristo y dejar que él cambie el rumbo de la vida es el tesoro más valioso. Hoy es necesario presentar a los jóvenes la orientación vocacional a la vida sacerdotal y religiosa como el gran tesoro de la vida y fuente de alegría permanente.

 La gran alegría de las Bienaventuranzas

El tema de la alegría es una constante en el papa Francisco y lo ha dejado patente en las publicaciones de su pontificado. Así lo hizo en la expresión del título y en el contenido de su Exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, publicada al principio. Así lo ha hecho también en la dedicada al amor del matrimonio y a la familia, Amoris Laetitia. Finalmente la Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate constituye un verdadero impulso del Papa Francisco para asumir las actitudes, trabajos y compromisos que puedan llevar adelante caminos de santidad en medio de nuestro mundo actual. Con la alegría inmensa de las Bienaventuranzas evangélicas y el gran Protocolo del Juicio Final el Papa da las claves bíblicas para la realización de la santidad en la vida ordinaria. La atención a los últimos a los pobres y marginados, a los indigentes e inmigrantes, a los enfermos y encarcelados, a los hambrientos y necesitados se debe convertir en el hilo conductor de la realización de la santidad en la historia de cada día.

La parábola de la red de peces buenos y malos

La última parábola de este discurso es la de la red de peces buenos y malos, la cual es muy parecida a la de la cizaña y el trigo y permite subrayar aspectos relevantes del evangelista Mateo: su perspectiva de apertura en la historia presente y su proyección escatológica caracterizada por la separación de los buenos y los malos. La tarea de la Iglesia es la misión, representada en la pesca, en cuanto esfuerzo apasionado de los discípulos por pescar personas para vivir el encuentro con Dios en Jesús. Esta misión es abierta, es una búsqueda amplia, sin fronteras ni límites. Sin embargo, el encargo de clasificar los peces buenos y los malos es propio de los ángeles al final de los tiempos. Contra las tendencias integristas que establecen en la historia una clasificación fácil y simplona entre los puros y los impuros, Jesús abre una perspectiva de tolerancia, pero no de permisividad, sin tendencias discriminatorias ni separatistas. El hecho de que no aparezca aquí descrita la suerte de los justos, que brillarán como el sol en el Reino de Dios, sino la de los malvados, con las imágenes apocalípticas del horno encendido, del llanto y rechinar de dientes, es una clara advertencia para los discípulos de que no todo vale ni está permitido en el Reino.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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