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viernes 19 julio 2019
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Reflexión dominical: “La alegría del amor”

*P. Pepe Cervantes. La alegría del amor, “Amoris laetitia”, es el título de la Exhortación Apostólica postsinodal, recientemente publicada por el papa Francisco, dedicada al amor en la familia. Es un motivo de alegría encontrarnos con este documento del papa, que está llamado a ser el gran catecismo de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia en el mundo actual. El papa Francisco se hace eco de la situación de la familia en la actualidad en todo el planeta, acogiendo todas las vivencias, las alegrías y preocupaciones, las circunstancias y los problemas múltiples que manifiesta la vida familiar en las coordenadas complejas del mundo contemporáneo. Pero sobre todo el Papa ha puesto de relieve la grandeza del amor en la vida matrimonial y la enorme alegría que éste lleva consigo, pues el Amor del cual es imagen el matrimonio es “la comunión de vida y amor” que emana del Amor Trinitario, es el misterio del amor de Cristo con su Iglesia y con el mundo y la fuerza vital del Espíritu divino presente en la relación matrimonial entre el hombre y la mujer, que se convierten en símbolo permanente de la nueva humanidad descrita en el texto del libro del Apocalipsis de este domingo (Ap 21,1-5). Allí la humanidad vestida de novia va al encuentro del esposo Dios en la boda del amor eterno, consumada ya en esta historia mediante la Nueva Alianza, en la que Cristo entrega su vida  por amor y para la salvación de todo el género humano.

El evangelio de este domingo pascual proclama la novedad radical del amor cristiano, pues su origen y su fundamento están en el amor de Jesús, el cual llevó su amor a los hermanos hasta su expresión máxima al dar la vida por todos en la cruz, cuando fue injustamente asesinado por los que ostentaban el poder en su época. Traicionado por Judas y abandonado por los discípulos, acusado por los grupos religiosos y condenado por el poder civil y religioso, Jesús vive todo este proceso de sufrimiento propiciado por los seres humanos de una manera nueva. No hay nada ni nadie que le haga desistir de su proyecto de vida en el amor que, con la fuerza del Espíritu, ha llenado toda su vida y que concluye en la Hora decisiva de la muerte. Esta Hora no se presenta ya en el evangelio de Juan como un momento trágico, sino como la consumación del amor hasta el final. Glorificar y amar son los verbos claves y repetidos en el fragmento evangélico de este domingo. El amor de Cristo ha convertido su muerte en cruz en un acontecimiento de gloria. Y  por eso es la hora de la glorificación, la del Padre en el Hijo y la del Hijo en el Padre, la glorificación de Dios en el Hombre y la del Hombre en Dios (Jn 13,31-35), pues un amor de estas características es lo que ningún ojo vio jamás ni ningún oído oyó, es un amor tan novedoso en la historia humana que marca el comienzo de una nueva historia orientada de manera irreversible hacia un final casi inimaginable pero maravillosamente real, y que en el género apocalíptico se describe como la boda de la nueva Jerusalén, la humanidad redimida, con Dios su esposo, en un cielo nuevo y una tierra nueva (Ap 21,1-5).

La lógica de Jesús fundamenta el mandamiento nuevo en su propia experiencia. El Evangelio consiste en el anuncio de que Dios nos amó primero, como más adelante dirá Jesús: “Como el Padre me amó, así también yo os amé, permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Y este anuncio de gracia divina está patente en el amor consumado hasta la muerte en la persona de Cristo y es el origen de todo amor porque Dios es amor. En el texto joánico de este domingo, la triple formulación del mandamiento del amor dado por Jesús a sus discípulos, como seña de identidad y de pertenencia a su grupo, nos da también la clave de su novedad, pues en el corazón del mandato: “que os améis unos a otros,” se encuentra la expresión: “como yo os he amado” (Jn 13,34), cuyo valor no es meramente comparativo ni ejemplarizante sino que revela un hecho fundante. El término polivalente “como” es conjunción comparativa y causal y no significa sólo “a la manera de”, pues no es un símil ni una comparación, sino que remite al amor como fundamento y causa de todo lo que dice posteriormente.

Jesús nos ha amado hasta el final (en griego, eis telos: Jn 15,13), es decir, totalmente y hasta el último suspiro. Por eso en la cruz, según Juan, Jesús dice una palabra recapituladora de toda su vida y de su muerte, que en griego suena casi igual y tiene la misma raíz: “tetelesthai”, es decir, “está cumplido”(Jn 19,30). Y entonces Jesús entrega su Espíritu que es la fuente del amor. Es como la firma del evangelio de la gloria en la Hora definitiva del gran Amor consumado. De ese amor nace el mandato, precedido de la experiencia que lo fundamenta y lo sustenta. El amor de Jesús es fundamento, sobre el que se asienta la novedad del amor cristiano, es un amor hasta dar la vida, y la palabra que lo anuncia es también eficiente (o performante, como se diría actualmente según las categorías lingüísticas de Austin), pues transmite a los discípulos la fuerza que él lleva consigo capacitándolos para vivir de igual modo este tipo de amor, cuya altura es verdaderamente divina.

Este amor de Jesús consiste en desvivirse por los demás y en exponer la vida a favor de los otros, tal como él hizo en la cruz. Ése es el amor que revela al Padre, y que constituye la alegría en plenitud para la vida humana. Por eso ese amor es la glorificación de Dios y del Hijo del Hombre, de lo humano y lo divino. El amor de Jesús ha quedado patente a lo largo de su vida, pero, en el proceso de su muerte injusta, tal como él la afrontó y vivió, hay mucho más que un asesinato. En este tipo de muerte se consumó el amor más grande de la historia humana, el que consiste en dar la vida por los demás, por los amigos y por los enemigos, por los justos y los injustos, por los pobres y por los pecadores.

El evangelista Juan proclama  la glorificación del Hijo del Hombre en la Hora clave de la historia mediante la transformación de la muerte en vida. Es la hora de la pasión en el amor, la hora del grano de trigo, la de Jesús, que anuncia su muerte, dándole un sentido totalmente positivo, pues, como había dicho anteriormente, cuando Él sea levantado de la tierra, tirará de todos hacia Dios (cf. Jn 12,32-33). Aquella era la hora de la gloria y de la vida a través de la muerte. En su muerte se consuma un amor sin límites, un amor a fondo perdido, un amor que todo lo perdona, que todo lo espera, que todo lo aguanta, que todo lo cree (cf. 1 Cor 13,7). Es el amor que no pasa nunca, porque es eterno. Es el amor de quien nos amó hasta el fin y en ese amor inmenso, misericordioso y bueno está Dios, porque es Dios mismo. Ese amor es el que hace nuevas todas las cosas (Ap 21,1-5). Y ese amor se consuma entre el cielo y la tierra en el Jesús de la cruz. Él nos capacita por su sacrificio redentor, por la acción de su Espíritu y con su ejemplo para que todos nosotros cumplamos también nuestra misión como discípulos y discípulas que hacen visible ese nuevo Amor. En virtud de ese amor y gracias a él se hace posible la novedad del mandato: “que os améis unos a otros como yo os he amado”.

 Que este amor nuevo y eterno nos renueve profundamente para vivir cada uno en la vocación a la que ha sido llamado, tanto en la vida matrimonial como en la vida religiosa y sacerdotal, es decir, para hacer de la vida una entrega marcada por todas las notas del amor, explicadas formidablemente por el papa Francisco en el centro de la exhortación (cf. AL cap. cuarto), cuando va desgranando todas y cada una de las características del amor contenidas en el himno paulino de 1 Cor 13: con paciencia y actitud de servicio, sanando la envidia y sin hacer alarde ni agrandarse, con amabilidad y desprendimiento, sin violencia interior y desde el perdón, alegrándose con los demás y disculpando todo, confiando en los demás, esperándolo todo y soportándolo todo de los otros. Este amor es el fundamento de la verdadera alegría que Jesús nos comunica antes de morir (Jn 15,11) y después de resucitar (Mt 28,9).

Feliz domingo de Pascua

 José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Graciela Arandia de Hidalgo



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