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lunes 19 agosto 2019
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Reflexión dominical: “El otro rostro de los seres humanos”

En Bolivia estamos consternados por el acto criminal que ha causado seis muertos y muchos heridos en la alcaldía de la ciudad de El Alto. Con motivo de una manifestación los criminales incendiaron parte de la alcaldía provocando caos y muerte. Nos sumamos a las manifestaciones de condena expresadas por la Conferencia de los Obispos del Oriente y de la Conferencia Episcopal de Bolivia y mostramos nuestra solidaridad y oración con tantas familias víctimas del terrible crimen.

En este contexto la palabra de Dios de este domingo segundo de la cuaresma nos abre a una esperanza, pues nos ofrece la escena de la transfiguración como un preludio del final del recorrido cuaresmal, que será la Pascua, pero el camino hasta la gloria hay que recorrerlo a través de la Pasión. Ésta es la función  que cumple a la mitad de los evangelios sinópticos la narración de la transfiguración. Es el anuncio anticipado de la gloria real de Jesús en su resurrección. La transfiguración revela que el único camino hacia la gloria del Hijo del Hombre es el del sufrimiento y del rechazo (Lc 9,27-36). La narración nos cuenta un momento crucial de encuentro revelador de Jesús con Pedro, Santiago y Juan. Es un encuentro en un monte, que la tradición identifica como el Tabor. Jesús se transfiguró delante de sus discípulos y su rostro se convirtió en otro muy refulgente. El blanco brillante de la luz pertenece al lenguaje apocalíptico y significa la pertenencia de Jesús al mundo divino (Dn 7,9; Ap 1,14; 2,17). Nuestro refrán dice que la cara es el espejo del alma. Lo que ese rostro brillante revela está en relación con la identidad mesiánica de Jesús, expresada por Pedro anteriormente al decir “tú eres el Mesías de Dios” y está vinculado a la predicción de su destino recogida en los anuncios de su pasión que enmarcan la transfiguración. Pero lo específico de Lucas en esta narración sinóptica es que de nuevo toda esta realidad de pasión y gloria anticipada sólo se percibe en el marco de la oración que caracteriza la vida de Jesús y debe caracterizar la nuestra.

El lenguaje de la escena tiene matices del género literario apocalíptico y elementos del Antiguo Testamento para subrayar la acción divina en esa transfiguración. El diálogo de Jesús con Moisés y Elías resalta la trascendencia de Jesús. Moisés era el guía liberador del pueblo de la esclavitud de Egipto y el mediador de la ley de Dios. Elías fue el que recondujo al pueblo desde el culto idolátrico a Baal al culto del Dios verdadero. Uno y otro sufrieron el rechazo y la persecución como Jesús. Y los dos hablan del éxodo a completarse en Jerusalén, es decir, de su muerte y resurrección como parte del plan de de salvación. Según la tradición judía, ambos personajes fueron arrebatados al cielo. Al estar hablando con ellos Jesús, se expresa que éste está al nivel de la gloria celestial. 

A los discípulos que hablan con Jesús la nube también luminosa los cubrió (Éx 24,16). Ellos están envueltos en la teofanía que revela que Jesús es el Hijo amado de Dios, elegido y destinado para transfigurar con él a todos sus hermanos, envolviéndolos en su misma gloria. Recurriendo al Dt 18,15 se subraya la necesidad de escuchar a Jesús. Lo que realmente transfigura al hombre revistiéndolo de gloria es escuchar la palabra de Dios en la intimidad de la oración con el Padre, es concentrar nuestra atención sólo en Jesús, es contactar con Jesús que nos resucita en medio de los temores de la vida y es comprender el destino del Hijo del Hombre en la Pasión. Jesús es el otro rostro de los seres humanos. En su gloria, como vencedor del mal, del pecado y de la muerte, podemos participar también nosotros y ser transfigurados con él y como él. En el seguimiento de Jesús es preciso emprender el camino aventurado de la fe, el camino del sacrificio por amor como Jesús a favor de los sufrientes y desfigurados de esta tierra. Los discípulos quedamos emplazados a recorrer este mismo camino, como Pablo, escuchando el mensaje del evangelio, hasta sufrir por él, que es el auténtico instrumento de transfiguración de la vida de los seguidores de Jesús. En el camino cuaresmal no es necesario buscar más cruces que las que ya existen. Bajemos, pues, desde las nubes y aterricemos donde los seres humanos llevan en sus cuerpos las marcas de la injusticia, la desfiguración del crucificado, y entonces experimentaremos la auténtica transfiguración de nuestra vida y de nuestro mundo.

La verdadera transfiguración realizada por Cristo, al enviarnos su Espíritu, como resultado de su Pasión y Resurrección, es la transformación del corazón humano capacitándolo para vivir en la relación estrecha de Alianza con Dios. Una Alianza que ya desde el principio se vislumbra inquebrantable  de parte de Dios. Abrahán acogió en la fe las promesas de Dios, que fiel a su Alianza con Abrahán, las hará cumplir (Cf. Gn 15,5-18). Lo que no sabe nunca es cómo y cuándo Dios cumplirá sus promesas, pero la realidad es que se cumplen. En Cristo sabemos que se han cumplido las promesas de Dios y por eso acogerlo a él y escuchar el misterio de su Pasión  y de su muerte y Resurrección, acoger el mensaje de su éxodo de este mundo en su camino hacia el Padre, tal como dice Moisés  y Elías, acoger el mesianismo del sacrificio por amor misericordioso a sus hermanos, es el camino de la verdadera transformación del corazón, prefigurada en la transfiguración del rostro. Otro rostro es posible en esta humanidad desfigurada porque la transfiguración de Cristo nos transfigura a todos nosotros, si somos capaces de configurarnos con él mediante la fe.

Cuando uno hace un viaje de día en avión, al mirar un poco hacia arriba, aún a pleno sol se vislumbra la oscuridad del vacío. Se puede comprobar que sólo donde hay tierra, donde hay cuerpos, donde hay materia, puede dar la luz su resplandor. No basta el sol para que haya luz, es necesaria la tierra. También Dios es luz y requería un cuerpo para mostrar el esplendor de su gloria. El cuerpo de Jesús, y éste crucificado, hará brillar la gloria de Dios con todo su esplendor. La transfiguración lo preconiza. Es paradójico que lo más opaco de la materia, un cuerpo rematado por la muerte injusta, se transfigure en un cuerpo de gloria.

Podría parecer que la transfiguración es un acontecimiento exclusivo de Jesús, pero no es así, pues lo que en Jesús es una realidad que revela su identidad divina y su destino mesiánico de gloria que pasa por la Pasión hasta la cruz, en los creyentes es una realidad dinámica de transformación continua del ser para vivir como hijos de Dios. Pablo exhorta a los cristianos a no amoldarse a los criterios de este mundo sino a transformar la vida con la renovación de nuestra mente, por la entrega de la vida, como único sacrificio agradable a Dios (Rm 12,2). Los creyentes nos vamos transfigurando en imagen de Dios por obra del Espíritu (2 Cor 3,18) Siempre es el mismo verbo: “Transfigurar”. Con términos semejantes se expresa en Flp 3,21 afirmando la transformación de nuestra condición humilde en condición gloriosa con su misma energía. En el contacto permanente con Jesús en la oración y mediante la escucha de su Palabra también en nosotros se puede transformar el rostro asemejándose al suyo. Parece un hecho comúnmente comprobable que los rostros de un hombre y una mujer que han vivido juntos en matrimonio durante mucho tiempo, en la madurez se acaban pareciendo también físicamente. Y es que han compartido la vida, las alegrías y las penas, la risa y el llanto, el dolor y la esperanza. Y sus rostros se han transformado en el del amado. Algo así puede sucedernos a nosotros, que nuestros rostros se transfiguren con el de Jesús, al compartir con él la entrega generosa de cada día. En el Salmo 50 invocamos al Espíritu: “renuévame por dentro con Espíritu firme, no me quites tu santo espíritu, afiánzame con espíritu generoso”, para que en nosotros se realice la transfiguración de nuestra mente y de nuestro interior, mediante la configuración de la nueva personalidad con Cristo, especialmente a través del amor a los rostros más desfigurados del mundo. Dejemos que nuestra cara sea también el espejo de un alma transfigurada y trastocada por la gloria de Jesús en su Pasión.

*Por P. José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Graciela Arandia de Hidalgo



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