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miércoles 11 diciembre 2019
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Reflexión dominical: Cristo, Rey del Perdón, en un mundo en convulsión

Por  Padre

La fiesta de Cristo Rey

En un mundo en convulsión, preocupados por la paz en Bolivia y por la España a la deriva, la fiesta de Cristo Rey nos acerca al misterio de la persona de Cristo manifestando su señorío y su soberanía en el orden histórico y cósmico, en el orden personal y eclesial, y nos trae un mensaje de Perdón. En el camino a Jerusalén, desarrollado ampliamente por el evangelista Lucas, Jesús ha ido proclamando el Reino de Dios con su palabra y con sus obras, con su mensaje de bondad, de misericordia y de perdón, con su Buena Noticia para los pobres, con su llamada a la conversión y su oferta de salvación para los pecadores y con la palabra profética de justicia ante los ricos y poderosos de la religión y del sistema vigente. Pero después de ser entronizado Jesús al entrar a Jerusalén y de ser aclamado como rey, viene lo decisivo. El Reino anunciado tiene que pasar por la cruz. Ahí es donde encontrará su último trono humano quien empezó su reinado en la pobreza inefable de un establo. Y en ese trono es donde proclamará la primacía del Perdón en el Reino que él inaugura con su entrega en la cruz.

Un Rey que salva desde la cruz

Lucas refleja en la escena del crucificado (Lc 23,35-43) diversos aspectos repetidos, subrayados y destacados, que son dignos de atención: 1º) El tema más frecuente es el de la salvación, entendida solamente como liberación de la muerte inminente: “Que se salve a sí mismo”. 2º) La burla de la que es objeto Jesús no es sólo una cuestión de incapacidad personal como en Mt/Mc (“a sí mismo no se puede salvar”) sino una provocación religiosa, pues toca aspectos esenciales de la teología. No se mofan solamente del Rey de Israel, sino del mismo Dios: “el Mesías de Dios: el elegido”. De este modo la provocación que suscita es todavía mayor. 3º) Las actitudes contrapuestas de los dos malhechores crucificados con Cristo revelan en qué consiste realmente la salvación como entrada en el Reino de Dios, de la que es punto de partida la experiencia de perdónEl Reino consiste verdaderamente en estar con Cristo. Jesús implora primero el perdón al Padre por todos sus hermanos y lo ofrece a todos, pero además lo concede al que se arrepiente en cualquier momento de la vida, incluso a punto de morir.

La vida entregada abre el camino del perdón

La burla mesiánica de unos y otros y el contenido divino de esas burlas nos plantean la gran paradoja del Evangelio. Jesús es Mesías en la cruz y sólo desde la Pasión y por medio de su sangre, es decir, a través de la vida entregada, será posible la reconciliación, el perdón y el Reino. A partir del gran biblista del siglo XX, R. Schnackenburg, en su obra, Reino y Reinado de Dios, se puede hablar del Reinado de Dios para subrayar al aspecto de la relación personal de amor que Dios establece con los hombres introduciéndolos en un dinamismo de vida nueva, marcada por la experiencia determinante del señorío eficaz de su amor en todos los ámbitos de la vida humana, con una proyección interior y social de gran hondura. Dios es el protagonista en esa relación y los seres humanos tenemos la capacidad para corresponder libremente a tal propuesta de gracia. Jesucristo, muerto y resucitado, es el Reinado de Dios en la historia.

El reinado de Jesús es el reinado del perdón

Por eso Jesús es, en verdad, el Rey. Pero su realeza no corresponde a los cánones de este mundo. Si queremos llamar a Jesús Rey, hemos de hacer como el buen ladrón: Invocar primero su reino. Sólo descubriendo primeramente su Reino podemos llamar a Jesús Rey. Y para descubrir su Reino es necesario entrar de lleno en el Evangelio. Con Jesús llega el Reino prometido de justicia a favor de los pobres, el Reino del Padre por el que hemos de trabajar constantemente. Es el Reino de la bondad y de la misericordia, el Reino de la verdad, del perdón y de la alegría, el Reino que conduce a una fraternidad universal, cuyas puertas se abren a fuerza de amor hacia los desheredados y crucificados de esta tierra encadenada, a fuerza de oración insistente al Padre y a fuerza de anunciar y vivir la verdad del Evangelio. Ese es el Reinado de Jesús. Sólo entrando en esta nueva mentalidad del Evangelio podremos invocar realmente a Jesús como Rey. Pero un Rey servidor y no dominador. Jesús es el Rey Pastor y no explotador. Es el Rey Pastor que, por amor al rebaño de Dios, se convierte incluso en pasto de la humanidad hasta ser injustamente condenado.

Jesús trae la salvación

Otro aspecto reclama una especial atención: Con los crucificados junto a él Jesús inaugura el Reino de Dios. Junto a Jesús, víctima inocente, está la reacción insolente y descarada de quien se burla de él, del que lo insulta y lo provoca. Y él sigue callado. Sin embargo el otro malhechor, aún estando en la misma situación, reconoce su verdad, la verdad de su culpa y sale en defensa del inocente, y por ello increpa a quien lo insulta. Con sólo defender al justo y al inocente ha sido suficiente para que a este hombre la historia lo reconozca como el “buen ladrón”. Jesús anuncia la salvación a quien reacciona solidariamente ante la agonía de los inocentes y la muerte de los justos. El paso decisivo de este hombre arrepentido ha sido suplicar sólo un recuerdo de Jesús en su Reino y así arranca una palabra liberadora que sale del corazón misericordioso del Señor: “¡En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso!”

Jesús ofrece y concede el perdón

A Jesús, como a aquel padre de la parábola de los dos hijos, no le importa mucho el pasado desgraciado de este hombre. Al más mínimo indicio, a la más mínima señal de arrepentimiento, Jesús concede el perdón y con él la salvación. Si la súplica de perdón al padre era una puerta abierta por Jesús para que a lo largo de la historia la verdad inocultable de la culpa humana pudiera encontrar siempre la misericordia divina, y en ese encuentro la justicia y la paz se besen, ahora se ha hecho posible el abrazo entre la misericordia, que en Jesús viene del cielo, y la verdad, que en el arrepentido brota de la tierra. Allí está ya la salvación definitiva y el Reino de Dios, que Jesús ha inaugurado en la tierra. Es un Reino de perdón para el que reconoce la verdad, su propia verdad personal y en ella la verdad del hombre y la verdad de Dios. Es un Reino de amor en el tiempo presente, al que se puede acceder Hoy mismo cuando, como alguien se solidariza con Jesús y con toda vida víctima inocente como él.

El perdón se ofrece a todos

Pero el perdón no se puede exigir ni con él se puede hacer chantaje, no es ningún derecho; a lo sumo es objeto de súplica, porque el perdón es más bien una experiencia de gracia indebida, es un don inmerecido, es un regalo por excelencia, que marca el comienzo de una vida nueva, que rehabilita a todos los que lo experimentan trasladándolos al Reino de la luz de Jesús, y suscita una alegría desbordante en el hombre pecador y reconciliado con Dios gracias a la Sangre de Cristo. En todo caso, para experimentar la alegría de la salvación es preciso siempre el reconocimiento de la verdad, porque ésta no puede ser ocultada, enmascarada o ignorada por el perdón. Ciertamente el perdón de Dios se ofrece a todos, pero no todos entran en el Reino en el Hoy de este tiempo presente, porque no siempre, ni todos, invocamos el Reino desde la Verdad y desde el reconocimiento humilde de nuestro pecado.

Jesús, el Justo, plenitud de la creación

Finalmente, Jesús en la cruz se revela como el hombre inocente y justo, que, en medio del espectáculo inhumano, violento e injusto, consuma su fidelidad al Padre, perdonando a los que lo están matando. Jesús había enseñado a perdonar a los enemigos y a poner la otra mejilla. En la cruz se cumple la palabra del perdón que había enseñado, (Perdónalos, porque no saben lo que hacen), haciendo visible un amor inaudito que, en el himno de Colosenses (Col 1,12-20), es imagen del Dios invisible, y al mismo tiempo el origen y la plenitud de toda la creación.

El valor del perdón ante la convulsión social

En medio de la convulsión social que impera en nuestro mundo, que se palpa en tantos países de la tierra, y que se nota de cerca en la fractura social de los lugares donde más hermanos nos sentimos, desde la aventura independentista en la España invertebrada hasta la barbarie de violencia desatada en Bolivia tras el fraude electoral del 20 de octubre, viene bien una palabra evangélica que hable de un reinado del perdón y de la reconciliación, que no es instaurado por los medios del poder de turno, sino mediante el perdón ofrecido por el justo que murió en la cruz. También en política hay que destacar el valor inefable del perdón. Sólo el perdón puede culminar un diálogo reconciliador, mediante el cual se reconozca a los otros, se valore a los adversarios políticos, se asuman las responsabilidades de las culpas propias y de los errores cometidos, especialmente con los más vulnerables, víctimas siempre de los poderes fácticos. Sólo el perdón político traerá la paz y la justicia.

Sólo el perdón conduce a la paz

La asignatura pendiente de la transición política española fue la ausencia del perdón, un perdón que debería haber sido ofrecido, pedido y concedido por parte de las dos Españas. Pero nos quedamos sólo en el consenso, y aquello, siendo excelente, no era suficiente. Había que madurar el perdón político y esa es la asignatura pendiente todavía en España, porque, en Cataluña, los independentistas catalanes campan a sus anchas, ninguneando a los no independentistas, y en el resto de España, la izquierda autodenominada como “rotundamente progresista” parece que va a gobernar frente a una derecha fragmentada e ineficiente. De igual modo, pero con consecuencias incomparablemente más graves por los muertos, en Bolivia la falta de verdadero diálogo, por incapacidad para el mutuo reconocimiento de las partes, se ha convertido en pecado mortal estructural. Sólo el perdón, que libremente se ofrece, humildemente se pide y generosamente se concede, puede conducirnos a la paz y a la justicia en un Reino de amor y libertad.

Oremos por la paz

En el Reinado de Jesús se puede entrar en cualquier momento. Sólo es preciso que nos pronunciemos en defensa de los inocentes y de las víctimas, que confrontemos nuestra vida con el Justo y reconozcamos la verdad de nuestras culpas. Cualquiera de estas reacciones nos permitirá hoy mismo experimentar la salvaciónMiremos, por tanto, en el crucificado a los crucificados inocentes de nuestro mundo de hoy y sólo así encontraremos el Reino de Dios y su justicia, en el cual Jesús es el verdadero Rey. Vaya desde aquí nuestro apoyo y felicitación a la Conferencia Episcopal y a los obispos de Bolivia, los cuales, sin ningún poder político pero con toda autoridad moral, están siendo mediadores de la reconciliación y del perdón en Bolivia. Sigamos orando por la eficiencia de su mediación y por la paz en Bolivia, en justicia y libertad.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Gabriel Bernal



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