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jueves 19 septiembre 2019
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Reflexión dominical: Centrados en Jesús, el Señor, paladín de la fe

Por P. José Cervantes. Jesús, campeón de la carrera hasta el Padre

Las lecturas dominicales nos invitan a centrar nuestra mirada en Jesús profeta, pionero y consumador de la fe para que corramos proféticamente durante nuestra vida y firmes en su seguimiento. Los textos nos indican hasta dónde hemos de desarrollar nuestra capacidad de sacrificio y de aguante al dar lo mejor de cada uno de nosotros, sabiendo que asumiendo la cruz como Jesús nos aguarda la alegría de Dios. Jesús es campeón en la carrera hasta Dios Padre y en la lucha contra el mal y contra el pecado. Es el Hijo de Dios, vencedor del pecado y de la muerte con su resurrección.

Radicalidad profética sorprendente de Jesús

El Evangelio de Lucas muestra la radicalidad profética de Jesús con expresiones tan contundentes como desconcertantes, al decir que no trae paz sino división (Lc 12,49-53), Jeremías es el profeta que preconiza la pasión de Cristo en el pozo de la persecución por ser testigo de la verdad (Jer 38,4-10) y la nube de testigos de la fe de toda la historia, capitaneados por Jesús en la cruz (Heb 12,1-4) nos anima a seguir aguantando con decisión y firmeza en la lucha contra el pecado.

Jesús, pionero y paladín de la fe

La carta a los Hebreos proclama que Jesús en la cruz es el pionero y consumador de la fe en el misterio de la cruz, el único pódium de Jesús. A la larga historia de testigos de la fe del Antiguo Testamento, referida en el capítulo precedente de la Carta a los Hebreos, se superpone ahora la figura de Jesús, como paladín y ejemplo para la vida en la fe. He utilizado la palabra paladín, refiriéndome a Jesús, en el doble sentido que este término tiene en castellano, a saber, como persona que se distingue por sus hazañas en cualquier tipo de lucha y como persona que defiende esforzadamente una causa noble.

Jesús consiguió la gloria para todos sus hermanos

Jesús se sitúa en la misma línea de los testigos antiguos, pero, a diferencia de todos ellos y de los profetas, sí alcanzó la realización de las promesas de Dios y la alegría que éstas llevan consigo. Y lo consiguió en virtud de su pasión hasta la cruz, revelando así el grado de fidelidad a Dios que una vida profética conlleva. Por eso es el paladín de la fe, es decir, el Señor fuerte, valeroso, entregado libre y voluntariamente en defensa de sus hermanos, en la lucha contra el mal, contra el pecado y contra la muerte, hasta realizar la hazaña de la cruz, mediante la cual alcanza la gloria de sentarse junto a Dios y la de llevar hasta Dios a todos y cada uno de sus hermanos, los hombres, dándoles con su Espíritu una nueva vida que es eterna.

Jesús realiza la transformación definitiva del corazón humano

La acción transformadora, sacerdotal por excelencia, que perfecciona, consuma y consagra en el amor la vida de Cristo es una vida profética de fe y de fidelidad a Dios que permite al autor de Hebreos darle un título único y novedoso a Cristo, el teleiotes, es decir, el realizador perfecto de la transformación humana (en griego: teleiosis) por medio de la cruz, es decir, el que, por medio de su pasión hasta soportar la cruz por amor solidario a sus hermanos, ha logrado la transformación de la naturaleza humana, la perfección de la ofrenda agradable a Dios, la consumación de su obra redentora y la consagración sacerdotal mediadora de una Nueva y definitiva Alianza entre Dios y los hombres.

El Espíritu nos capacita para vivir la Nueva Alianza

Con esta Alianza los humanos quedamos capacitados ya por la acción del Espíritu y mediante la fe para vivir sin pecar y para luchar contra el pecado con una constancia como la de Jesús. Por eso hay que centrar la mirada en Jesús, paladín de la fe y de la fidelidad para todos los creyentes. El aguante activo de Jesús en su pasión hasta su muerte y su resurrección lo acreditan como pionero de la salvación para todos los que creen en él.

La vida sacrificada de los profetas

La vida profética de Cristo, culminada en su pasión, tiene sus raíces históricas en la vida testimonial de sacrificio que caracterizó a los profetas del Antiguo Testamento, particularmente a Jeremías, de quien hoy leemos el fragmento de su sufrimiento por causa de su fidelidad a la verdad y a la palabra de Dios (Jer 38,4-10) que era la causa de su alegría y el gozo más íntimo de su corazón (cf. Jer 15,16).

El profeta Jeremías

Jeremías desarrolló su misión profética durante el gobierno de varios reyes de Judá. Tras un primer período halagüeño, durante el reinado de Josías (a. 609), el profeta tuvo que afrontar el enfrentamiento con otros reyes y con el pueblo por ser fiel a la Palabra de Dios. El texto de este domingo debe encuadrarse en la época de Sedecías (597-587), rey nombrado por el babilonio Nabucodonosor tras asediar a Jerusalén en el a. 597, y a quien exige juramento de fidelidad.

Los poderosos no quieren oír a los profetas

El rey Sedecías de Judá es un rey débil y, haciendo caso omiso de Jeremías que le aconsejaba la sumisión a Nabucodonosor y no al faraón de Egipto, por miedo sigue los consejos de sus ministros, filo-egipcios, sublevándose al no pagar tributo a su señor de Babel. Indignado, Nabucodonosor se dirige contra Jerusalén y pone sitio a la ciudad (a. 587). Consultado varias veces por el rey, Jeremías anuncia lo mismo: la destrucción de la ciudad y la deportación del rey (34,1-7; 37,3-16.17-21; 38,24-28). Lo mismo pasa en todas las épocas y circunstancias. También hoy molestan las voces proféticas a los dirigentes sociales y políticos en cualquier lugar de la tierra.

El profeta Jeremías es castigado

La voz del profeta Jeremías se levanta para proclamar lo absurdo de cualquier alianza con Egipto en contra de Babilonia. Pero la verdad profética molesta a los dignatarios y primero “…lo hicieron azotar y lo encarcelaron… y después instaron al rey Sedecías para condenarlo. El rey lo entrega en su poder, y lo meten en un aljibe, del que posteriormente fue salvado a instancia de un criado extranjero, que abre sus oídos a la palabra profética, y salva a Jeremías.

Sentido profético de las palabras de Jesús

En esta misma línea profética se ha de entender el evangelio de Lucas de este domingo. Se trata de un breve fragmento de palabras de Jesús (Lc 12,49-53) que aparece instruyendo a sus discípulos en su recorrido hacia Jerusalén. Expresiones como «fuego vine a lanzar sobre la tierra» y “no he venido a traer paz sino división” no parecen del lenguaje de Jesús. Son muy duras al oído y parecerían demasiado radicales como para que hayan sido pronunciadas por Jesucristo. Pero Jesús es consciente de la lucha que lleva consigo la realización del Reino de Dios en esta tierra.

La radicalidad profética no busca el enfrentamiento, pero es consciente de ello

Él habla paradójicamente de conflictos y de luchas, de división y de un fuego que ya está ardiendo. Jesús no ha venido a dejar en paz el mundo en que vivimos, si ésta no está construida sobre la justicia, ni a traer una paz tranquilizadora que evite los conflictos a toda costa. Su postura no es diplomática ni de connivencia alguna con el mal. Su radicalidad al enfrentarse con los dirigentes religiosos, desenmascarando la mentira y la hipocresía del culto vacío que éstos practican y la ostentación del poder que ejercen le va a costar en último término la cruz. La radicalidad de un profeta no busca el enfrentamiento, pero es consciente de ello y no elude el conflicto que generalmente lleva consigo por ser fiel a la palabra de Dios.

Lucas sigue presentando a Jesús como el gran profeta

Lucas continúa su línea de presentación profética de Jesús, desde el principio hasta el final de su Evangelio. Jesús es el profeta poderoso en obras y palabras (Lc 24,19), que con su intervención en la sinagoga de Nazaret asume en sí mismo la vocación del Tercer Isaías (Is 61,1-2), y universaliza su misión desde las figuras proféticas de Elías y Eliseo (Lc 4,16-30); tan pronto empezó su misión profética empezó también su pasión, pues sus vecinos de Nazaret ya querían tirarlo por el barranco; en la larga sección literaria del viaje a Jerusalén (Lc 9,51-19,28) Lucas destaca la radicalidad profética de Jesús en la llamada a la concentración de la vida en el Reino de Dios.

Radicalidad extrema y sorprendente de Jesús

El texto de hoy sorprende de nuevo por su radicalidad extrema. ¿Cómo entender que Jesús no ha venido a traer la paz, sino la división y particularmente en el seno de la misma familia? De nuevo hay que entender la ruptura familiar no como un objetivo de la misión sino como una consecuencia del seguimiento de Jesús en el anuncio y acogida del Reino de Dios, tal como ocurría en Lc 9,59-62, cuando daba prioridad al anuncio del Reino por encima del sagrado deber familiar de atender al padre en sus últimos días hasta enterrarlo. De la misma manera hay que entender la división que Jesús provoca en el seno de la familia. El seguimiento de Jesús comporta una decisión personal y una opción radical que afecta incluso a los vínculos familiares.

El fuego de la Pasión de Cristo

El fuego, que Jesús ha encendido ya, es la Pasión por el Reino de Dios y su justicia, lo cual siempre comporta sufrimiento y persecución. Esta Pasión marca toda su vida desde el principio en Nazaret hasta la cruz. Jesús, lejos de cualquier postura neutral, adopta un talante firme y radical de lucha contra la pobreza y la injusticia, contra la hipocresía y la manipulación de Dios, enseñándonos que hemos de trabajar con ahínco contra la exclusión y la opresión de los débiles y de los pobres.

Llamados a ser profetas, mirando a Jesús, el paladín de la fe

De este modo Jesús, profeta, abre el camino de la vida y de la salvación. Adoptar esta misma postura de Jesús puede complicarnos también la vida a nosotros y crearnos algunos problemas, pero no tengamos reparo en hacerlo como profetas de nuestro tiempo, pues fuimos ungidos desde el día de nuestro bautismo para la misión profética y aún no hemos llegado a la sangre en nuestra lucha contra el pecado y contra el mal y lo que nos espera es la alegría del pionero y paladín de la fe, Jesús, el Señor, en quien debemos concentrar siempre nuestra atención.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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