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jueves 22 agosto 2019
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Reflexión del Cuarto Domingo de Cuaresma: “La luz de Cristo ilumina a ciegos y obcecados”

*Por P. José Cervantes. Estamos ya en el cuarto domingo del camino cuaresmal hacia la Pascua, en la cual celebraremos la pasión, muerte y resurrección de Cristo, y la Iglesia nos va ofreciendo cada domingo un motivo catequético de carácter bautismal que nos ayude a renovar la fe en Jesucristo mediante la revisión de la vida a la luz de la fe e iluminados por la palabra de Dios, de modo que toda nuestra personalidad quede transformada para vivir en la bondad, en la justicia y en la verdad propia de los hijos de Dios. En este domingo el signo pascual y bautismal es la luz. La luz del mundo es Cristo y su victoria sobre la muerte proclama el triunfo definitivo de la luz sobre la tiniebla, de la gracia sobre el pecado y del bien sobre el mal. De esa luz, que es Cristo, todos nosotros podemos participar hasta convertirnos también nosotros en luz, con él y por medio de él. Esto es lo que se simboliza en el fuego de la vigilia pascual, del cual surge la luz del cirio, símbolo del Resucitado, en el que todos los bautizados participamos con nuestra propia vela.

La palabra de Dios dominical desarrolla su particular catequesis acerca de la luz. La elección y unción de David como rey por parte del profeta Samuel (1Sam 16, 1b.6-7.10-13a) revela que Dios no se fija en las apariencias sino que mira el corazón, e igual que elige a David, el ascendiente mesiánico, siendo el hermano menor de los hijos de Jesé, nos escoge a cada uno de nosotros, fijándose en nuestro corazón y suscitando la transformación interior que el Espíritu realiza en cada uno de nosotros para formar parte de un pueblo mesiánico.

La carta a los Efesios (Ef 5,8-14) muestra a Cristo como luz, que desvela toda sombra y oscuridad de la vida humana, dejándola al descubierto y así todo lo descubierto se transforma en luz, hasta el punto de que cada persona llega a ser también luz que destella con sus obras, bondad, justicia y verdad. En este mundo de mentira y corrupción, de injusticia y de autojustificación, de malicia y de egoísmo, necesitamos encontrarnos con la luz para tener una nueva visión del hombre, de la vida, del mundo y de Dios. Necesitamos encontrarnos con Cristo, luz que haga ver la luz.

La curación del ciego en el evangelio de Juan (Jn 9,1-41) escenifica en una narración bellísima ese proceso iluminador del ser humano en el encuentro con Jesús. Este amplio relato constituye el eje del mensaje dominical. La curación del ciego de nacimiento es el penúltimo de los siete signos de este evangelio que anuncian la hora de la gloria en la Pasión y glorificación de Jesús. El milagro es mucho más que un hecho prodigioso, puesto que la curación inaudita del ciego de nacimiento es la ocasión y el signo para encontrarse con Jesús y creer en él como Mesías, Hijo del Hombre y Señor.

En este evangelio se perciben tres procesos a la vez. Primero, el proceso progresivo de visión, desde la fe ciega del invidente hacia la fe testimonial hasta culminar en la expulsión del mismo por ser tstigo de Jesús. Segundo, el proceso revelador de la persona de Jesús como Profeta, Mesías, Hijo del Hombre y Señor (Jn 9, 17.22.35.36.38). Finalmente el proceso de obcecación de los dirigentes en su pecado de rechazo de Jesús y rechazo de la luz. El juicio por medio de la luz se ha producido con Jesús.

En cuanto signo este milagro revela que Jesús es la luz del mundo que juzga al mundo. El capítulo noveno de Juan continúa la controversia con los líderes religiosos. Jesús es la luz del mundo que libera de las tinieblas. El ciego representa al pueblo en su impotencia sometido a los dirigentes. La misión de Jesús es “abrir los ojos” (expresión que aparece siete veces en el texto) al ciego y a los que no ven para que vean (el verbo ver se repite nueve veces) y crean en Jesús como Señor; es la misión liberadora del Siervo de Dios (Is 42,6; 35,1-10) que aparece también en otros textos, como el de Is 29,18. El hombre es debilidad y oscuridad pero Jesús amasa el barro con su saliva para que, como en la primera creación, nazca un nuevo hombre, una nueva humanidad, el hombre del Espíritu (Jn 3,6). Este Evangelio parte de un milagro para mostrarnos no sólo que Jesús abre los ojos al ciego para que vea sino para que el hombre crea que Jesús es la luz y el Hijo del Hombre y quien se encuentra con él y lo reconoce experimenta un cambio rotundo en su vida hasta el punto de ser considerado como hijo de la luz una nueva criatura. Eso es lo plenamente celebraremos en la Pascua y lo que hoy anticipa la liturgia cuaresmal.

Sin embargo este proceso de clarificación e iluminación de la vida en los que recuperan la vista y creen en Jesús se produce a la par que otro proceso de obcecación progresiva en los dirigentes fariseos, los cuales, creyendo que ven, no perciben ni siquiera las evidencias de la realidad. Los fariseos se niegan a reconocer que el ciego lo era desde nacimiento, que lo haya curado uno que no cumple la ley del sábado y por tanto no puede ser el Mesías, sino un pecador. Los fariseos se oponen a Jesús porque, en su obstinación, consideran pecador a uno que no respeta la ley y cura en sábado a un hombre necesitado y además parten de la idea de que Dios no puede escuchar a los pecadores. Por eso Jesús es no sólo la luz del mundo que ilumina a todo hombre sino la luz que desvela y juzga toda la obcecación progresiva de los que no quieren ver, de los que se cierran a la continua y sorprendente intervención liberadora de Dios en la historia humana. Y por ello el pecado persiste en ellos.

Los ciegos son personas que no ven porque no han podido ver nunca o porque han perdido la visión. Los obcecados son personas que no ven porque un objeto o una realidad se interpone ante sus ojos y les impide ver y, aunque creen ver, no ven ni siquiera lo que tienen delante de sus ojos. Esto es lo que aparece hoy en el evangelio de la curación del ciego de nacimiento y la narración de las controversias que suscita dicho evento. La ceguera física es una anomalía que pertenece a la naturaleza humana, pero la obcecación es un tipo de ceguera en el que la voluntad humana impide ver toda la realidad y se ofusca tanto que no permite ver más que lo previsto previamente por el sujeto. Dice el refrán que no hay pero ciego que el que no quiere ver. Jesús, luz del mundo, hace ver a los ciegos, que son los pobres y marginados y juzga a los obcecados, que son los fariseos y dirigentes judíos, cuyo pecado, generalmente de soberbia y de autosuficiencia en la obcecación por el poder, les impide incluso ver las realidades más evidentes. Y cada uno de nosotros ¿Somos ciegos u obcecados?

En Bolivia los católicos, unidos a otros grupos sociales, estamos en plena campaña en defensa de la vida de los no nacidos frente a la nueva legislación que quiere despenalizar el aborto y, en la práctica, legalizarlo. La obcecación también llega hasta estos niveles en que se atenta contra la vida de los no nacidos pretendiendo quedar impunes.

Vayamos todos este domingo al encuentro de Jesús para que encontremos luz y nuestra vida se abra a un proceso de revisión y clarificación desveladora de las sombras que hay en los rincones del alma y podamos recibir de él una nueva visión que nos permita caminar como hijos de la luz en comunión con el crucificado y resucitado, la auténtica luz del mundo.

José Cervantes Gabarrón,
sacerdote misionero
profesor de Sagrada Escritura.
Graciela Arandia de Hidalgo



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