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martes 15 octubre 2019
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¿Por qué los católicos hacen bendecir agua y objetos?

Bendición: es muy pero muy básica y elementalmente, la “dedicación de una persona o cosa al servicio de Dios”. Esa es una forma de centrarnos mucho para entender lo que hacemos cuando, por ejemplo, hacemos bendecir una imagen de la Virgen: la bendición haga no hace al objeto magicamente santo sino que se ahora se diferencia de un objeto no bendecido en que está dedicado al servicio de Dios y por ello lo valoramos y distinguimos más.

Tener objetos benditos en todos los lugares que frecuentamos, sea hogares, oficinas, etc., sirve también para atraer nuestros pensamientos hacia Dios. Cuando Dios otorga su propia bendición, Dios declara su Amor por nosotros, su deseo de acercarse a nosotros y su bondad.

Cuando nosotros bendecimos a Dios lo hacemos para alabarle, también estamos dándole gracias a Él por todos sus beneficios y ofreciéndole nuestro servicio, alabanza y adoración. Cuando invocamos la bendición de Dios, imploramos Su benevolencia divina, confiando en que El responderá a nuestras necesidades.

Una buena manera de explicar, a quien no entiende, o no comparte nuestra fe, es mencionar los recuerdos personales, puesto que, todos tenemos algo que valoramos porque nos recuerda a alguien más, o un momento especial, por ejemplo, o un querido amigo difunto, o puede ser que tengamos algo que ha estado en la familia durante muchas generaciones. Sabemos que ese algo, a pesar de ser puramente material, nosotros lo distinguimos de nuestras otras pertenencias, y si lo perdemos, en cierta forma perderíamos, no tanto lo que era, sino lo que representaba.

Los sacerdotes, debido a su consagración, y a que reciben en sus manos el óleo especial de la unción, son los administradores ordinarios de las bendiciones, con sus bendiciones ellos están constantemente pidiendo la ayuda de Dios para aquellos que son bendecidos o quieren dedicar algo a un servicio sagrado.

La consagración recibida por el sacerdote hace que la bendición que toda bendición que imparte reciba todo el peso de la Iglesia y por lo tanto es de gran valor a los ojos de Dios. De ahí que, un objeto bendecido por el párroco del pueblo más humilde y lejano, está tan bendecido como un objeto bendecido por el mismísimo Papa. Cuando invocamos la bendición de Dios, imploramos Su benevolencia divina, confiando en que El responderá a nuestras necesidades.

La bendición de un laico sobre otro, tal como un padre que bendice a un niño, es un acto de buena voluntad por el cual la persona implora la ayuda de Dios para la persona. El valor de esta bendición, a los ojos de Dios, depende de la individualidad de la persona sinceridad y santidad aunque la bendición de los padres siempre tendrá también mucho valor, de ahí que no debemos perder esa hermosa costumbre venezolana que tanto impresionó al san Juan Pablo II cuando hizo su visita a Venezuela, la de pedir la bendición a padres, abuelos, tíos y sacerdotes.

Las bendiciones se clasifican en dos tipos: invocativa y constitutiva. La invocativa se da cuando el ministro implora el favor divino de Dios para conceder algún bien espiritual o temporal sin ningún cambio de condición de la persona u objeto que recibe la bendición, como cuando un padre bendice a un niño. Tal bendición es también un reconocimiento de la bondad de Dios quien derrama esta “bendición” sobre nosotros, como cuando ofrecemos una bendición para nuestra comida en la hora de la comida. En la bendición de objetos o lugares, también se va hacia aquellos que usarán los objetos o visitarán los lugares.

La bendición constitutiva es aquella que es invocada por un obispo, sacerdote o diácono y báasicamente significa la santificación y dedicación permanente de una persona o cosa para algún propósito sagrado.

Con esta bendición la persona u objeto adquiere un carácter sagrado y no se devuelve a un uso no sagrado o profano. Por ejemplo, cuando los religiosos profesan votos finales, son bendecidos, indicando un cambio permanente en sus vidas. O, cuando un cáliz es bendecido, se convierte en un vaso sagrado dedicado exclusivamente al uso sagrado.

Tengamos en cuenta que en todo, al otorgar Su propia bendición, Dios declara Su bondad. A su vez, bendecimos a Dios al alabarle, dándole gracias por todos sus beneficios y ofreciéndole a Él nuestro servicio, adoración y adoración.

Entre los sacramentales, las bendiciones (de personas, comidas, objetos y lugares) vienen primero. Cada bendición alaba a Dios y ora por sus dones. En Cristo, los cristianos son bendecidos por Dios Padre “con toda bendición espiritual”. Esta es la razón por la cual la Iglesia imparte bendiciones invocando el nombre de Jesús, generalmente mientras que hace el signo santo de la cruz de Cristo. (CCC 1671)

La bendición le da a Dios la propiedad y exclusividad sobre el objeto y se le dedica a Él, y Él entonces obra a través de él. Por eso es muy importante tener sacramentales benditos. Sin la bendición no tienen ninguna de las gracias de los beneficios prometidos por la Iglesia. Creer lo contrario es degradar el sacramental al nivel de un encanto de buena suerte. Es superstición considerar que la gracia y el beneficio espiritual que uno puede recibir provienen del sacramental mismo; Toda gracia viene de Dios. Un sacramental es simplemente un canal a través del cual Él ha escogido trabajar.

Por último hemos de decir que: Todo objeto bendecido pierde automáticamente su bendición, porque se cae en el pecado llamado simonía. «Simonía» deriva del pecado de Simón el Mago, de Samaría, quien trató de comprar a Pedro el poder para conferir el Espíritu. Pedro reprendió al mago porque consideró tal propuesta un pecado grave, por su deliberado intento de igualar lo espiritual y lo temporal, es decir, de comerciar con las cosas sagradas(He 8,9-24).

Utilizar objetos bendecidos para la brujería o santería acarrea un pecado grave para quien lo hace, porque profana algo sagrado, lo hace cuando muestra desprecio por aquello dedicado por Dios a dispensar su Gracia y prefiere entregarlo a las manos de Satanás. Es decirle a Dios no me fio de ti sino que prefiero confiarme en el demonio, por ello equivale a un acto de apartarse de Dios y dejar de confiar en su Providencia Divina, de su resguardo y Amor. Profanar tumbas cae en esta misma categoría de sacrilegio porque “Con las exequias eclesiásticas, la Iglesia obtiene para los difuntos la ayuda espiritual divina, consuela a sus deudos y honra los cuerpos como ‘templos’ terrenales del espíritu humano y, por la verdadera fe, templos del Espíritu Santo de Dios”.

Lo más sagrado que tenemos los católicos es la Eucaristía, porque para nosotros es el Cuerpo de Cristo, por lo tanto queda excomulgado automáticamente (‘latae sententiae’) no sólo quien ‘arroja’ o ‘retiene’ indebidamente hostias consagradas, sino también quien, ‘sin sacarlas del sagrario, de la custodia o del altar, las hace objeto de un acto externo, voluntario y grave de desprecio’. En este caso la excomunión no requiere el pronunciamiento del obispo o del tribunal eclesiástico. Lo aclara una nota explicativa que acompaña una respuesta del Consejo pontificio para la interpretación de los textos legislativos, a quien se le había pedido que aclare el canon 1367 del Código de Derecho Canónico.

‘Quien arroja por tierra las especies consagradas –dice el Código que regula la vida de la Iglesia católica–, o las lleva o retiene con una finalidad sacrílega, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica’. A más de uno le entró la duda de si la excomunión es provocada a causa de la acción de ‘arrojar’ (‘abicere’, según el original en latín), en sentido literal, o si más bien se refiere a los actos de desprecio contra la Eucaristía.

Atacar o golpear violentamente a un clérigo o un religioso constituye una infracción a lo que se conoce como privilegio del canon (privilegium canonis), y se castiga con pena de excomunión.

Autor: Alfred Dawson, religios. Con permiso expreso de Familia Cristiana, Digita. Derechos reservados www.familiacristiana.org.ve




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