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jueves 22 agosto 2019
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* Por P. Pepe Cervantes. “En salida hacia la transfiguración”

La llamada de Dios a Abrahán es un modelo ejemplar de lo que es toda vida religiosamente vivida: una continua salida hacia Dios, hacia el otro y hacia las promesas de Dios, guiados siempre por su palabra. Ésa es la llamada del segundo domingo de cuaresma. La vida como salida hacia una nueva tierra, hacia una nueva familia universal, hacia la transfiguración del ser humano y hacia la resurrección.

Al principio de la cuaresma se indica ya el final, pero hay que salir de uno mismo y ponerse en camino. El camino hay que recorrerlo hasta la Pascua, a través de la Pasión como Jesús y con Jesús. Ésta es la función que cumple a la mitad de los evangelios sinópticos la escena de la transfiguración. Es el anuncio anticipado de la gloria real de Jesús en su resurrección. Una constante recorre las lecturas de este domingo de cuaresma: La llamada de Dios a salir de uno mismo y recorrer el camino a veces tortuoso de la fe guiados por su promesa: Abrahán ha de salir de su tierra y de su casa familiar, y la fe le irá planteando pruebas sucesivas hasta el sacrificio del propio hijo (Gn 12,1-4). Pablo clarifica a Timoteo que el sufrimiento forma parte de la llamada de Dios a la vida desde el Evangelio (2 Tim 1, 8b-10) y la transfiguración de Jesús revela que el único camino hacia la gloria del Hijo del Hombre es el del sufrimiento y del rechazo (Mt 17,1-9). La vocación lleva consigo la transfiguración total de la vida, como le pasó a Abrahán, a Pablo, a Timoteo, a los discípulos todos. Es preciso salir de nosotros mismos para transfigurar nuestra vida con la de Cristo.

La vocación de Abrahán fue también una transfiguración de su vida (Gen 12,1-4a). Él fue llamado por Dios a transformar su vida, abandonando lo más personal de la vida, la tierra y la casa paterna. Guiado por la fe se aventuró a orientar su vida por la palabra de Dios con la promesa de obtener las bendiciones de Dios: la tierra y la descendencia. Como el gran patriarca de la fe sepamos que Dios siempre cumple sus promesas, pero el modo en que éstas se realizan puede ser tan sorprendente como la cruz.

La transfiguración de Cristo y su significado para los discípulos ocupa el centro de atención de la Iglesia en este domingo. El relato de la transfiguración nos cuenta un momento crucial de encuentro revelador de Jesús con Pedro, Santiago y Juan. Es otro encuentro en un monte alto, como lugar de una revelación especial de Dios (Mt 4,8; 5,1; 28,16). Ellos sintieron muy cerca la gloria de Jesús. Jesús se transfiguró delante de ellos (Mt 17,2) pues su rostro brilló como el sol. Nuestro refrán dice que la cara es el espejo del alma. Lo que ese rostro revela está en relación con la identidad mesiánica de Jesús, expresada por Pedro anteriormente (Mt 16,16) al decir “tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente” y está en relación también con la predicción de su destino recogida en los dos anuncios de su pasión (Mt 16,21; 17,22-23) que enmarcan la transfiguración. El blanco brillante de la luz pertenece al lenguaje apocalíptico y significa la pertenencia al mundo divino (Dn 7,9; Ap 1,14; 2,17). El diálogo de Jesús con Moisés y Elías resalta la importancia de Jesús. Moisés era el guía liberador del pueblo de la esclavitud de Egipto y mediador de la ley de Dios. Elías era el profeta que ha reconducido al pueblo desde el culto idolátrico a Baal al culto del Dios verdadero. Uno y otro han sufrido el rechazo y la persecución, lo mismo que Jesús. Según la tradición judía, ambos personajes fueron arrebatados al cielo. Al estar hablando con ellos Jesús, se expresa que éste está al nivel de la gloria celestial. Jesús es la plenitud de la ley y los profetas.

En la conversación entra también Pedro. En realidad estar con Jesús es estar en la gloria. La aspiración lógica de Pedro es quedarse, porque se está bien. Y es muy legítima. Es sentir la alegría del encuentro personal y profundo con Jesús. Es percibir la grandeza divina y estremecedora del Señor. No estaría mal revisar nuestros momentos posibles de encuentro con Jesús semejantes al de la transfiguración, especialmente en la Eucaristía. Sin embargo, en el seguimiento de Jesús no bastan los buenos sentimientos, propios del Tabor. La religión cristiana no es sólo ni principalmente para sentirse bien construyendo tiendas de felicidad, sino para emprender el camino aventurado de la fe en Dios, como Abrahán, el camino de las tribulaciones de Pablo y de Timoteo por causa del Evangelio, y el camino del sacrificio por amor de Jesús a favor de los sufrientes y desfigurados de esta tierra. Hay reducciones religiosas de la vida cristiana que tienden a hacer de la experiencia comunitaria sólo un refugio de felicidad para decir ¡Qué bien se está aquí! Creo que quien se quede sólo en las expresiones de la fe que aportan mera satisfacción, que dan sosiego y garantizan una cierta vivencia religiosa en la vida, pero exenta de compromiso y del riesgo de vivir a la intemperie asumiendo los compromisos del Evangelio, puede estar en las nubes del Tabor, pero no en el proceso de la verdadera transfiguración.

A los discípulos que hablan con Jesús (v. 5) la nube también luminosa los cubrió (Éx 24,16). Ellos están envueltos en la teofanía que revela que Jesús es el Hijo amado de Dios. En la transfiguración tiene lugar la misma revelación que se dio en el bautismo al principio del Evangelio. Ahora la misma voz celeste revela al inicio de la segunda parte del Evangelio el modo en que Jesús realizará su misión: desde el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Recurriendo al Dt 18,15 se subraya la necesidad de escuchar a Jesús. El miedo provocado en los discípulos es la reacción normal de las escenas de revelación en el AT. Esto lo subraya S. Mateo caracterizando la escena como una escena teofánica. Pero las palabras de Jesús a sus discípulos son propias de un oráculo de salvación: “No temáis” (cf. Mt 28,5.10). En Mt 28,5.10, el ángel y Jesús anuncian respectivamente el mensaje pascual. En el Tabor es Jesús mismo quien alienta a la comunidad cristiana, pues un poco antes había dicho a los discípulos que tenían que cargar con su cruz (Mt 16,24-27). El evangelio se concentra en la persona de Jesús. A quien han visto transfigurado es sólo a Jesús (17,8). Vuelve el matiz apocalíptico en la orden de no contar la visión (Dn 12,4.9) y Jesús la vincula a su muerte y resurrección.

El “secreto mesiánico” es la advertencia de Jesús a sus discípulos de que silencien lo que han visto hasta que suceda todo lo que tiene que suceder para revelar su auténtico mesianismo a través de su muerte y pasión. El mensaje que hay que escuchar es que el Hijo del Hombre va a sufrir y va a recorrer un camino paradójico hacia la gloria pasando por la cruz. No hay transfiguración verdadera sin cruz. No hay transfiguración profunda sin configurar la vida con Cristo mediante el amor comprometido con los rostros desfigurados de la tierra y con los crucificados del mundo. Jesús, como Moisés y Elías, será rechazado por su pueblo, pero Dios lo constituirá Señor glorioso. Inmediatamente después Jesús vuelve a repetir el mensaje de la Pasión: el Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho…

Por su parte, san Pablo desde la cárcel exhorta a Timoteo: “sufre conmigo por el Evangelio, con la fuerza de Dios. El nos salvó y nos llamó a una vocación consagrada […] Jesús ha aniquilado la muerte e iluminado la vida inmortal por medio del Evangelio (2Tim 1, 8b-10). El Evangelio es el instrumento de transfiguración de la vida del apóstol y el sufrimiento por el Evangelio una seña de identidad del discípulo. Lo que realmente transfigura al hombre revistiéndolo de gloria es escuchar la palabra de Dios, es concentrar nuestra atención sólo en Jesús, es contactar con Jesús que nos resucita en medio de los temores de la vida y es comprender el destino del Hijo del Hombre en la Pasión.

Podría parecer que la transfiguración es un acontecimiento exclusivo de Jesús, y como mucho, sólo al alcance de los discípulos allí presentes: Pedro, Santiago y Juan. Pero no es así, pues lo que en Jesús es una realidad que revela su identidad divina y su destino mesiánico de gloria que pasa por la Pasión hasta la cruz, en los creyentes es una realidad dinámica de transformación continua del ser para vivir como hijos de Dios. Pablo exhorta a los cristianos a no amoldarse a los criterios de este mundo sino a transformar la vida con la renovación de nuestra mente, por la entrega de la vida, como único sacrificio agradable a Dios (Rm 12,2). Los creyentes nos vamos transfigurando en imagen de Dios por obra del Espíritu (2 Cor 3,18) Siempre es el mismo verbo: “Transfigurar”. Con términos semejantes se expresa en Flp 3,21 afirmando la transformación de nuestra condición humilde en condición gloriosa con su misma energía.

En el contacto permanente con Jesús en la oración y mediante la escucha de su Palabra también en nosotros se puede transformar el rostro asemejándose al suyo. Parece un hecho comúnmente comprobable que los rostros de un hombre y una mujer que han vivido juntos en matrimonio durante mucho tiempo, en la madurez se acaban pareciendo también físicamente. Y es que han compartido la vida, las alegrías y las penas, la risa y el llanto, el dolor y la esperanza. Y sus rostros se han transformado en el de la persona amada. Algo así puede sucedernos a nosotros en relación con Cristo, que nuestros rostros se transfiguren con el de Jesús, al compartir con él la entrega generosa de cada día. Cuando en esta cuaresma oramos con el salmo 50, el salmo penitencial por excelencia, invocamos al Espíritu diciendo “renuévame por dentro con Espíritu firme”, “no me quites tu santo espíritu”, “afiánzame con espíritu generoso”, para que en nosotros se realice la transfiguración de nuestra mente y de nuestro espíritu, quebrantado y humillado, mediante la configuración de la nueva personalidad con Cristo, especialmente a través del amor a los rostros más desfigurados del mundo.

Dejemos que nuestra cara sea también el espejo de un alma transfigurada y trastocada por la gloria de Jesús en su pasión. Los sacramentos de la Iglesia son momentos singulares de la vida cristiana que celebran lo acontecido en Cristo con su muerte y Resurrección y anticipan lo que seremos nosotros: Transformados y transfigurados a través de la Pasión.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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