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martes 7 julio 2020
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Por P. José M. Hernando. “Dos miradas de la misma realidad: La Pandemia Covid – 19

Campanas. Durante este tiempo de cuarentena hemos estado recibiendo muchísimos mensajes. La mayoría inspirados en ese nuevo mandamiento que desde el principio se nos ha inculcado: “quédate en casa”. Hemos sido testigos cómo en algunos países, sobre todo donde brotó el virus y comenzaron los primeros contagios, que esta orden se cumplió a rajatabla. El resto del mundo, escuchaba estas noticias entre admirados, perplejos o tristes; pero sin percatarse de las consecuencias posteriores. Ni gobiernos, ni médicos, ni ciudadanos reaccionaron a tiempo. Las consecuencias son las que nos encontramos ahora. Más de 5 millones de contagiados y por encima de los 300.000 muertos. A medida que aumentaban los contagios se fueron tomando medidas más estrictas, hasta el confinamiento casi total del común de la población.

Es justamente desde el confinamiento desde donde surgen estas dos miradas. La primera, donde descubrimos esta nueva vida que tenemos que aceptar: “estar en casa”. Sin duda, un tiempo de nuevas posibilidades y también de problemas. Hemos redescubierto el valor de la familia, de las relaciones cercanas al tener que mirarnos cara a cara, de la importancia de las palabras, decirnos las cosas, entablar conversaciones, hacer memoria de la vida familiar, en fin, inventar historias… Todo esto que hemos procurado hacer en cada hogar, lo hemos compartido, vía telemática con otros familiares y amigos. Prácticamente hemos tenido tiempo para todo lo que podíamos hacer en este encierro. Ahora mismo, en algunos países ha comenzado una desescalada progresiva o un desconfinamiento gradual, pero sin bajar la guardia para evitar un rebrote, que según los especialistas resultaría todavía peor. También hay que recordar que, en este confinamiento han aflorado otros problemas, algunos no soportan la soledad de la casa, en otros hogares ha aumentado la violencia. En general nos hemos sentido muy vulnerables, frágiles, casi indefensos. Nos han invadido sentimientos de frustración y miedo por el futuro económico, social, sicológico, religioso, etc. Pero hay que tener esperanza; sin esperanza lo tenemos muy difícil, te pueden asaltar pensamientos hasta de suicidio.

Hasta aquí la mirada de quienes hemos sobrevivido sin faltarnos prácticamente de nada, aun experimentando alegrías y penas.

Pero hay otra mirada, la de miles de familias que viven en las periferias de las ciudades, que habitan en casas miserables, con apenas un techo que les cobije de la lluvia. Que viven hacinados en chabolas. Háblales a ellos de “distancia social”, de confinamiento, de cuarentena, etc. Son conceptos que no encajan en su “modus vivendi”. Me ha tocado durante esta cuarentena ir y conocer muchos barrios miserables de la ciudad de Santa Cruz y en pleno confinamiento estaban jugando futbol, como si el problema de la pandemia no fuera con ellos. No es que no tengan que cumplir los mínimos exigidos, sino que sus preocupaciones son otras, sobre todo, buscar algo para comer o cómo organizarse para que algo de alimento llegue a sus hijos y todo esto conlleva muchos riesgos. La mirada de los refugiados, de los desplazados, de los que viven confinados en campamentos de exiliados, repartidos por el mundo entero. La mirada de los que viven en la calle, en los canales o en las plazas. Una mirada exclusivamente de sobrevivencia, donde la preocupación por el futuro o el más allá, carecen de importancia, porque hay que resolver el día a día. La crisis que sobrevendrá hará más mella todavía en la vida de todas estas personas desamparadas o en precariedad. Se les reducirán las migajas que llevarse a la boca. Es la mirada de los descartados, como dice el Papa Francisco, la que también tenemos que tener en cuenta. Una mirada que nos interpela y nos invita a no olvidarnos de ellos y mirarles con amor, socorriendo sus necesidades.

De todas las maneras, el ser humano, pese a los problemas, en este caso de pandemia, va a encontrar esa capacidad de superación, que también llamamos resiliencia. El siquiatra Rojas Marcos, pone el ejemplo de una pelota de goma. Es resistente y flexible, le das un golpe, no se rompe y se vuelve a adaptar a su forma anterior, eso es la resiliencia. Bueno, pues que todos tengamos mucha resiliencia ahora y después. Nos sigue diciendo el Dr. Rojas, “sobrevivirá mejor a la pandemia, quien mejor se adapte. El que se adapte al golpe. La persona que tiene esperanza activa y confíe en sus propias funciones ejecutivas y termina diciéndonos el Dr. Que mantener la alegría, aun dentro del miedo, es muy saludable.

Existe otra palabra, que pertenece a la tradición espiritual de la Iglesia, que nos da una pista para descubrir el camino del futuro. Es la palabra longanimidad, que es la estrecha relación entre la perseverancia y constancia de ánimo frente a los obstáculos y las adversidades. Vamos a necesitar mucha longanimidad. Será una de las lecciones que tenemos que aprender: ser longánimes, es decir: solidarios sin esperar nada a cambio, compartir con los demás, ser magnánimos, benignos, clementes y generosos.

 P. José M. Hernando CP

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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