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lunes 19 abril 2021
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Mons. Gualberti: “Por el pecado perdemos la dignidad de hijos de Dios pero, ante nuestro arrepentimiento, Dios nos la devuelve y nos hace renacer a la vida nueva”

Campanas. Este miércoles Santo, en la Celebración Penitencial desde la Catedral  de la Arquidiócesis de Santa Cruz, el Arzobispo, afirmó que; “Por el pecado nosotros perdemos la dignidad de hijos de Dios pero, ante nuestro arrepentimiento, Dios nos la devuelve y nos hace renacer a la vida nueva”. Aquí se revela el verdadero rostro de Dios, el Padre misericordioso que sólo sabe amar y que solo quiere perdonar. A ese encuentro conmovedor sigue la fiesta. “Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Es la alegría de Dios y de nosotros porque experimentamos su perdón.

Jesús está ante un escenario contradictorio: por un lado están “todos los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharlo”, y por el otro están los fariseos y escribas que murmuran en su contra: “Este hombre recibe los pecadores y come con ellos”. Jesús responde con tres parábolas y nosotros vemos solo la tercera. “Un hombre tenía dos hijos, el menor de ellos dijo a su padre: –Dame la parte de herencia que me corresponde.- Y el padre les repartió sus bienes”. A pesar de que estaba en su derecho negárselo, el padre accede al pedido del hijo. “Pocos días después el hijo…se fue a un país lejano”.

El deseo de libertad y emancipación del joven es tan grande que desconoce las muestras de amor del padre y deja incluso el bienestar y la seguridad de su casa. Es lo que nos pasa cuando pecamos: confundimos la libertad con nuestro capricho, pensando que hacer la voluntad de Dios limita nuestra libertad, y así dejamos la casa del Padre, buscando otros amores y viviendo a nuestro gusto y antojo.

Así mismo el prelado aseveró que, Dios nos ama a pesar de nuestras desobediencias, sale a buscarnos y nos anima a volver a la casa paterna.

Esta parábola de Jesús deja en claro que Dios lo ha enviado para traer la salvación a todos, hecho que nos colma de esperanza y nos anima a no tener miedo en reconocernos pecadores, necesitados de la misericordia del Padre y pedir perdón para reconciliarnos y vivir en paz y armonía con Dios, el prójimo y nosotros mismos.

Este miércoles Santo, en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir –Catedral, se realizó la Celebración penitencial comunitaria con absolución general, y  fue presidida por el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti.  El miércoles Santo marca el final de la Cuaresma y el comienzo de la Pascua, previo al comienzo del Triduo Pascual el día siguiente. Este año por la Pandemia del Covid – 19, no hubo  confesiones.

Después que pase este tiempo difícil  de la pandemia, los fieles  tienen la obligación de acercarse posteriormente al Sacramento de la Reconciliación de manera personal, apenas las condiciones sanitarias lo permitan.

Fotografías:  Ipa Ibañez

“Celebración Penitencial Comunitaria”

Homilía del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti

 Jesús está ante un escenario contradictorio: por un lado están “todos los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharlo”, y por el otro están los fariseos y escribas que murmuran en su contra: “Este hombre recibe los pecadores y come con ellos”. Jesús responde con tres parábolas y nosotros vemos solo la tercera. “Un hombre tenía dos hijos, el menor de ellos dijo a su padre:Dame la parte de herencia que me corresponde.Y el padre les repartió sus bienes”. A pesar de que estaba en su derecho negárselo, el padre accede al pedido del hijo. “Pocos días después el hijo…se fue a un país lejano”.

El deseo de libertad y emancipación del joven es tan grande que desconoce las muestras de amor del padre y deja incluso el bienestar y la seguridad de su casa. Es lo que nos pasa cuando pecamos: confundimos la libertad con nuestro capricho, pensando que hacer la voluntad de Dios limita nuestra libertad, y así dejamos la casa del Padre, buscando otros amores y viviendo a nuestro gusto y antojo.

Lejos del padre, el joven despilfarra pronto toda la plata en comilonas y juergas, quedándose solo, sin amigos y sin nada. En ese país sobreviene una carestía y él comienza a padecer hambre, pero nadie le da trabajo. Por fin un hombre lo manda a cuidar cerdos. Es el colmo de la desgracia: de hombre libre se ha vuelto esclavo y cuidador de animales impuros.

El joven ha tocado fondo: no solo ha perdido todo lo que tenía, sino a si mismo, su dignidad de persona y la libertad que tanto había querido. Esto es lo que causa el pecado: nos reduce a esclavos del mal y perdemos la libertad y la dignidad de hijos de Dios. Cuando pareciera que todo está perdido, el joven reacciona, “entra en sí mismo”. Piensa: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!” El primer paso de la conversión es hacer verdad en nosotros mismos, tener el coraje de confrontarnos con nuestra conciencia y reconocer nuestros errores y pecados.

Ahora mismo iré a la casa de mi padre”. El joven arrepentido toma la decisión de volver donde su Padre. Reconocer la paternidad y hacer voluntad de Dios, no significa renunciar a la propia libertad, por el contrario es vivirla plenamente. Luego el joven prepara su confesión: “Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.”

Entonces partió y volvió a la casa de su padre”. No basta reconocer en nuestro interior que hemos pecado, hay que expresarlo. Esto nos pide el Señor: acudir al sacramento de la penitencia y confesar nuestros pecados ante el sacerdote, ministro del perdón.

“Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio”. El padre sabe que su hijo, lejos de su casa, no puede hallar otro corazón de padre, por eso ha estado esperando su vuelta y ahora lo ve. Dios es el Padre que espera que nosotros pecadores volvamos a su casa y nuestra casa.

Se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. El padre no espera a su hijo, corre a su encuentro, su corazón da un vuelco, lo abraza, lo besa y no le deja terminar su confesión, solo está feliz. El no hace ninguna referencia a sus propios sufrimientos, ni hace un solo reproche al hijo. Por el contrario, manda a los servidores traer un vestido y poner un anillo y unas sandalias al joven, signos de que lo rehabilita como persona libre y como hijo.

Por el pecado nosotros perdemos la dignidad de hijos de Dios pero, ante nuestro arrepentimiento, Dios nos la devuelve y nos hace renacer a la vida nueva. Aquí se revela el verdadero rostro de Dios, el Padre misericordioso que sólo sabe amar y que solo quiere perdonar. A ese encuentro conmovedor sigue la fiesta. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”. Es la alegría de Dios y de nosotros porque experimentamos su perdón.

Pero el hijo mayor, de regreso del campo, se molesta y no quiere entrar a la fiesta. El padre también sale a su encuentro porque ama a ambos hijos, por el solo hecho que son sus hijos. Dios nos ama a pesar de nuestras desobediencias, sale a buscarnos y nos anima a volver a la casa paterna.

Esta parábola de Jesús deja en claro que Dios lo ha enviado para traer la salvación a todos, hecho que nos colma de esperanza y nos anima a no tener miedo en reconocernos pecadores, necesitados de la misericordia del Padre y pedir perdón para reconciliarnos y vivir en paz y armonía con Dios, el prójimo y nosotros mismos.

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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