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domingo 20 septiembre 2020
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P. Ysrahél Villegas: “La Paz de Dios es la Alegría del Alma”

Campanas. El domingo pasado era la fiesta de “Pentecostés”. Fiesta del nacimiento de nuestra Iglesia, la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles. Las lecturas nos hablaban de que los discípulos, estaban con las puertas cerradas, del lugar donde estaban, por miedo. Pero a pesar de esa situación igual Jesús se les presentó. Fueron sorprendidos por Jesús que, poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20, 19). Con esta solemnidad acabábamos el tiempo de Pascua.

Sin embargo, para el mensaje de Dios, para la Palabra de Dios, no hay un tiempo límite. Ya entrando al tiempo que en nuestra Iglesia Católica lo conocemos como “Tiempo Ordinario”, las lecturas bíblicas siguen acompañando nuestro caminar de Pueblo de Dios. El martes pasado, (martes de la novena semana del Tiempo Ordinario), escuchábamos la mala intención que tenían con Jesús los Fariseos y Herodianos. “Querían sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones” (Mc 12, 13). Pero Jesús “conociendo su hipocresía” (Mc 12, 15), les respondió con lo que menos imaginaban ellos: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12, 17). Equilibrada respuesta para nuestro tiempo actual. Si el mundo se encuentra, así como está, es por la pandemia de que no hemos sabido dar al César lo que es del César, es decir, dar al mundo lo que es del mundo. Y también, desde nuestra Fe, no hemos sabido responder a Dios, o dar a Dios, con lo que es de Dios.

Sigue la enseñanza de Jesús en su Palabra de Vida. De la trampa de los Fariseos y Herodianos, a la trampa de los Saduceos, que no creen en la resurrección (Mc 12, 18-27). Después de presentarle a Jesús el caso de la mujer que se había casado con siete hermanos, Jesús de una manera inteligente y sabia les responde: “¿no será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios?” (Mc 12, 24). Y esa pregunta valdría la pena hacérnosla ahora: ¿no será que el mundo está equivocado en relación a todo lo que está pasando en la actualidad?

Lo que está pasando a nivel mundial, hoy más que nunca, nos pide sabiduría, previsión y sentido común. Al hombre, a la persona, hay que recordarle, que el Amor de Dios no está en cuarentena. Dios se da a todos, sin distinción alguna. Nada en el mundo puede apagar o anestesiar el Amor de lo Alto. Por eso dice el evangelio: “Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes” (Mc 12, 27a). Hay que recordar al mundo, y a todos sus responsables, que muchas veces: “están en un grave error” (Mc 12, 27b). Pero también, hay que recordar, nosotros los cristianos, porque también muchas veces caemos en el mismo error. Ese es un coronavirus espiritual.

La esperanza de la Paz de Dios también depende de nosotros y exige mantenerla viva y activa. Para nosotros como pastores, y para todos nuestros fieles católicos como iglesia, nos falta lo que muchas veces ha señalado el Papa Francisco: “¡Que también nosotros nos dejemos sorprender!”. Esto también es un don del Espíritu Santo. Hay que pedirlo.

Esto no es sólo un eslogan, tiene que ser más que un sentimiento, ya que debe resonar en el corazón creyente. A nuestro alrededor vemos y nos damos cuenta del dolor de nuestro pueblo. Un dolor que no es sólo la falta de salud, o también de comida, que son urgentes, sino y también, la necesidad de Dios en el corazón creyente.

Para la humanidad entera no va a ser fácil encontrar el camino a seguir. No le está siendo sencillo. Por ejemplo, lo que pasa en nuestro país, ya se ha puesto una fecha para las elecciones. Pero nadie ha hablado de una fecha para la salud, de una fecha para la educación, de una fecha para la felicidad del pueblo que también lo necesita.

Tenemos una urgencia y un desafío pastoral como Iglesia, ya que nuestros modos habituales de organizar, celebrar, rezar, convocar e incluso afrontar los conflictos han sido perturbados y cuestionados por una presencia invisible, de esta enfermedad del cuerpo y del alma, que transformó la cotidianeidad de todo lo que supuestamente como normal sabíamos hacer. Me pregunto yo mismo ¿cómo celebrar ahora la Solemnidad de Corpus Christi? O ¿cómo seguir con la catequesis?, porque mi parroquia es del área rural. No somos inmunes a los conflictos o situaciones que se presentan.

Pero así, como esta enfermedad, que ataca al mundo entero, no conoce de adjetivos ni fronteras. Así también nosotros en la evangelización, y en todas las responsabilidades pastorales, no nos hacemos problema. Todos estamos implicados y afectados. Todos tenemos que dar una respuesta. (En el buen sentido de la palabra y de la acción que conlleva).

Hay que volver a la voz del Resucitado: “¡La paz esté con ustedes!” (Jn 20, 19). El evangelio nos cuenta que después de que Jesús les volvió a saludar a sus discípulos con la misma frase: “sopló sobre ellos y añadió reciban al Espíritu Santo” (Jn 20, 22). Sabemos que Dios siempre siente una alegría en “Dar”, y lo hemos escuchado en los testimonios de las primeras lecturas del tiempo pascual. Y ahora creo que enserio hay que pedirle a Dios una vez más su “Espíritu Santo”. Pero que sea enserio. Tenemos que pedir a Dios la capacidad de tocar la realidad y profundidad de la vida, y a pesar de todo, ser auténticamente felices. Es la Paz de Jesús y no la falsa paz del mundo. “Es la Paz de Dios, y no la de los cementerios” (como decía el Cardenal Julio Terrazas). Dice el Papa Francisco: “No hay que tener miedo a la presencia del Resucitado”.

No hay que caer en los resguardos convencionales. Que sea Jesús Resucitado, quien nos enseñe a acompañar, cuidar y vendar las heridas de nuestro pueblo, no con temor sino con el evangelio viviente, es decir, con su presencia. “Señor Jesús con la Paz, la verdadera Paz, que nos deseas, enséñanos a tener un corazón de pastor, amén”.

Rev. P. Ysrahel Villegas Domínguez

Sacerdote Diocesano

Párroco de la Parroquia San Luís Gonzaga y Santuario San Expedito.

Graciela Arandia de Hidalgo



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