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miércoles 27 octubre 2021
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P. Juan Crespo: “Sacerdotes: Servidores para siempre”

Campanas. Reflexión del Vicario General de la Arquidiócesis de Santa Cruz, P. Juan Crespo Pronunciada en el encuentro de Oración y meditación  del Presbiterio cruceño, hoy lunes 09 de agosto en la Catedral.

Por segundo año consecutivo nuestra Asamblea Presbiteral de la Arquidiócesis de Santa Cruz de la Sierra no la podemos celebrar por motivos de la pandemia, por este motivo hemos sido convocados a compartir estos momentos de reflexión y a celebrar la Eucaristía. La humildad del Cura de Ars y la entrega de Lorenzo son modelos para esta reflexión.

El Papa Francisco nos pide ser “Conscientes de haber sido elegidos entre los hombres y constituidos en favor de ellos para cuidar las cosas de Dios, para ejercer con alegría y caridad sincera la obra sacerdotal de Cristo”.

De pronto nos ha llegado esta pandemia del Covid 19 que nos ha traído tantas muerte, dolor y sufrimiento. Estamos llamados a curar las heridas, con mucha fe y espíritu de sacrificio.

Dios nos envía hoy para ser mensajeros de su amor misericordioso, administradores de sus santos misterios y maestros de la verdad. Defensores de la vida y de la dignidad de la persona humana. Somos sacerdotes de la generación de la pandemia, para sanar y reconstruir. La Iglesia está llamada a salir a los lugares en los que la gente está padeciendo y sufriendo, a las “periferias existenciales”.

1.- Sacerdote: Servidor en el Altar: 

En el altar, el sacerdote es verdaderamente Cristo, actúa in persona Christi. El Señor los llama a tener amistad con Él: “Los he llamado amigos”. Ahora bien, lo primero es humildad, el segundo es humildad, el tercero es humildad, y cuantas veces me lo preguntes te respondería la misma cosa” (S. Agustín). La liturgia reclama la humildad de sus sacerdotes y de los ministros del altar, porque la liturgia es servicio divino, glorificación de Dios; es un don, un tesoro, del que la Iglesia es administradora, servidora, y nadie es su dueño o propietario.

La humildad huye de todo protagonismo; el sacerdote se convierte en instrumento de Cristo y busca que sólo brille Cristo. Es el sentido espiritual que tienen los ornamentos litúrgicos:

“En los sagrados misterios, el sacerdote no se representa a sí mismo y no habla expresándose a sí mismo, sino que habla en la persona de Cristo, por lo que debe ser moderado en el altar, preside con devoción, no es un presentador, un showman o un telepredicador. Lo mismo de los demás ministros: leer las lecturas, por ejemplo, es un servicio, no un derecho que crea rivalidades y afán de destacar.

La humildad invita y requiere la absoluta fidelidad a la liturgia: seguir sus rúbricas y sus normas, sin cambiarlas, sin inventar ni añadir nada por cuenta propia; siempre será bueno, de vez en cuando, repasar las rúbricas para celebrar la Misa, o cada sacramento.  Humildad verdadera es respetar los lugares litúrgicos (altar, sede y ambón) empleándolos correctamente, sin hacerlo todo desde el altar (ignorando la sede para los ritos iniciales y la homilía), respetando el presbiterio para los ministros (diáconos y acólitos).

Humildad y servicio es cuidar el orden y la limpieza de las cosas sagradas para el culto divino.

No al Clericalismo: El clericalismo es el peor mal que puede tener hoy la Iglesia”. “El clericalismo es esencialmente hipócrita, el clericalismo es una verdadera perversión en la Iglesia, en síntesis: es justo lo opuesto a lo que hizo Jesús. El clericalismo condena, separa, frustra, desprecia al pueblo de Dios”.

Queridos hermanos, huyan del clericalismo, digan no a los abusos, sean de poder o de cualquier otro tipo.El clericalismo hace mal, no deja crecer a la parroquia, no deja crecer a los laicos. El clericalismo confunde la figura del párroco, porque no se sabe si es un sacerdote o un gerente de empresa.  El verdadero sacerdote, ungido por Dios para su pueblo, tiene una relación estrecha con Jesús: cuando esto falta, el sacerdote se convierte en “empalagoso”, un ególatra, devoto del ‘dios Narciso’.  El Sacerdocio es un Don no es una función.

“Nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu y cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo puede pasar a ser grasiento. ¿Cuántas veces hemos escuchado decir con dolor: ‘Este es un cura vanidoso”, los sacerdotes tenemos muchos límites: ¿somos débiles y frágiles, pero si vamos a Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración, seremos buenos sacerdotes, aunque seamos pecadores? Al Sacerdote se le perdona cualquier debilidad, pero el mal trato a las personas y su interés por el dinero, no se le perdona.  El cuidado del propio camino personal y la caridad pastoral hacía los demás van siempre juntas y se enriquecen mutuamente.

2.- Sacerdote: Servidor de la Palabra. Oración y Homilía

La palabra de Dios en la vida del sacerdote es primordial: Tanto en la oración, la meditación y la proclamación.

La Palabra de Dios en la vida del sacerdote
es el  Dios que habla, el hombre está llamado a dar una respuesta de fe, prestando el homenaje de su entendimiento y de su voluntad con todas las fuerzas del corazón y de la mente. En ese diálogo, «nos comprendemos a nosotros mismos y encontramos respuesta a las cuestiones más profundas que anidan en nuestro corazón» (VD 23).

Por cuanto se refiere a los sacerdotes, que por su ministerio son ungidos por Dios y enviados para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, “Revelado y comunicado a nosotros en Cristo». Por esto, el sacerdote «debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1Co 2,16)». Por esto, las palabras, decisiones y actitudes del sacerdote «han de ser cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio; “solamente ‘permaneciendo’ en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre” ». Es necesario por tanto que la Palabra de Dios se encarne en la vida del sacerdote.

Solo siendo verdaderamente de Cristo, estando continuamente a su escucha, tratándole con familiaridad especialmente en la Eucaristía, podrá también trasmitir Cristo a los demás hombres.

El estudio de la Palabra de Dios y la contemplación de Jesús-Eucaristía van siempre unidos: Oración, liturgia y homilía.

La Palabra de Dios debe ser, en consecuencia, el continuo afán del alma del cristiano, del sacerdote en particular; alimento constante de su oración, como afirma el Apóstol San Pablo: «Orad sin cesar.

La Liturgia de las Horas, joya selecta y magnífica de la vida de la Iglesia nos introduce en el coloquio con el Señor. En los Salmos, encontramos toda la articulada gama de sentimientos que el hombre experimenta en su propia existencia y que son presentados con sabiduría ante Dios; aquí se encuentran expresiones de gozo y dolor, angustia y esperanza, temor, ansiedad y alegría.

Por este motivo la Iglesia ha insistido constantemente en la lectura orante de la Sagrada Escritura, en el acercamiento meditado al texto sagrado, en cualquiera de las formas que han llegado a ser tradicionales en la Iglesia, como elemento fundamental de la vida espiritual de todo creyente.

 En este contexto, tiene especial importancia la homilía, que, haciéndose eco de los textos litúrgicos, explicita a los fieles el mensaje evangélico. «La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo a la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística. Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea».

Por eso «se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico».

En consecuencia, «debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía» (VD 59).  La centralidad de Cristo en la homilía se refleja no solo en las palabras, sino en todas las actitudes del predicador: «Los fieles perciben el amor del celebrante a Cristo en el tono, en las expresiones, en la alegría, la sencillez, el entusiasmo. De ahí deriva el tipo peculiar de preparación requerida para la homilía: un estudio meditativo, íntimamente unido a la oración personal».

El predicador tiene que “ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia”, porque, como dice san Agustín: “Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior”. Cuídese con especial atención la homilía dominical y la de las solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas con pueblo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada» (VD 59).

3.- Sacerdote: hombre de Dios al servicio de un pueblo

«No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de otra vida distinta de la terrena, pero tampoco podrían servir a los hombres, si permanecieran extraños a su vida y a su condición. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se conformen a este mundo; pero, al mismo tiempo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres. Mucho ayudan para conseguir esto las virtudes que con razón se aprecian en el trato social, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, la asidua preocupación de la justicia, la urbanidad y otras cualidades que recomienda el apóstol Pablo cuando escribe: «Piensen  en cuanto hay de verdadero, de puro, de justo, de santo, de amable, de laudable, de virtuoso, de digno de alabanza» (Fil., 4, 8)» Presbyterorum Ordinis, 3. Uno no es sacerdote para sí mismo sino para servir al pueblo de Dios. Eso es el sacerdocio ministerial: Presencia, testimonio y servicio. Las tres de la mano siempre en esa santa tensión interior de caminar hacia la santidad evitando caer en la tentación del egocentrismo o la vanidad espiritual. No somos sacerdotes de pasarela para lucir una apariencia elegante, aunque haya que tener a bien cuidar la presencia. Ni somos sacerdotes para nuestro propio orgullo personal aislándonos del mundo y de la gente a la que estamos llamados a servir y a acompañar -. Estamos llamados a estar con olor a ovejas, embarrándonos las manos y cargando nuestra mochila con todos los nombres de aquellos por los que día a día damos un poquito la vida. La Iglesia no necesita sacerdotes de museo ni de pasarela. La Iglesia necesita sacerdotes santos y en esa tarea hemos de centrarnos a pesar de nuestros pecados e incoherencias. El texto citado al inicio del decreto conciliar Presbyterorum Ordinis nos llama a ser hombres de profunda vida interior que no escatiman tiempo ante el sagrario y la meditación de la Palabra, pero también hombres que no se desentienden de las luchas de su pueblo, de su gente. En concreto la invitación a crecer en las virtudes que edifican una sociedad fraterna: bondad de corazón, sencillez y afabilidad en el trato, que seamos hombres cordiales, agradables en las relaciones con las personas. Hombres de palabra, sinceros, claros y sin doblez. Hombres que se preocupan y se ocupan de las dificultades de la gente a la que sirven, que no son ajenos a sus luchas y sufrimientos.

4.- EL SACERDOTE, SERVIDOR DE LA MISERICORDIA:

El Confesionario no es un tribunal. La Confesión es pasar de la miseria humana a la misericordia divina. Somos
«Enviados a reconciliar». Cristo mismo es la misericordia de Dios hecha carne, El anuncia la misericordia divina de forma definitiva no solo a unos cuantos justos, sino a todos. Jesús quiere corregir una falsa imagen de Dios que le ve ante todo como juez. Para ello  realiza provocativamente gestos de misericordia como el comer con los pecadores públicos y tratar con las prostitutas. También sus parábolas sobre la misericordia de Dios revelan este mismo propósito. San Lucas, «el evangelista de la misericordia» ha escrito páginas ejemplares, elocuentes y pedagógicas. Tres parábolas nos acercan al misterio de la misericordia de Dios: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. En estas tres parábolas, sobresale un lenguaje en movimiento: ir, buscar, encontrar, reunir. «¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?» (Lc 15, 4). La lógica divina rompe los esquemas comerciales de nuestro tiempo: no se trata de asegurar las noventa y nueve sino de buscar a la que se ha perdido. Hay que salir, dejar la seguridad y arriesgarse hasta encontrar. En la parábola del «Padre misericordioso» el perdido tiene corazón: es un hijo. Voluntariamente se va del hogar, e irremediablemente se siente perdido. Tras reflexionar inicia el camino de retorno a la casa paterna. La narración subraya que el anciano Padre, movido por el amor entrañable a su hijo, salía cada tarde para atisbar su regreso. Cuando le ve a lo lejos, no le aguarda pasivamente sino que «se le conmovieron las entrañas» (Lc 15, 20). En las tres parábolas, el resultado de la búsqueda es positivo: se encuentra lo que se había perdido provocando la alegría y la fiesta (Lc 15, 5-6)

El dinamismo de los verbos ir, buscar, encontrar, reunir… indican características del ministerio sacerdotal especialmente necesarias en nuestro tiempo. No aguardamos simplemente la vuelta del pecador, de aquel que se alejó o no estuvo nunca al calor del amor del Padre, de la misericordia. Somosenviados, debemos salir, buscar para facilitar y provocar el reencuentro. Es el dinamismo que pide el papa Francisco a la Iglesia: «La Iglesia en salida es una Iglesia con las puertas abiertas. Salir hacia los demás para llegar a las periferias humanas no implica correr hacia el mundo sin rumbo y sin sentido. Muchas veces es más bien detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al costado del camino» (MV. 46). «Esta salida misionera no responde a ninguna estrategia ni a ningún sentimiento de superioridad. Se trata más bien de compartir el don de la fe que nos ilumina y sostiene nuestra vida dándonos alegríapaz y esperanza.

Juan Crespo Gutiérrez

Vicario General.

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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