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domingo 28 febrero 2021
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P. Israhél Villegas: Santos sin Altar, ni velas…

Campanas. La pandemia del coronavirus, que ha atacado a toda la humanidad, no ha hecho diferencia de clases. No sé si es correcto decirlo así, pero esta enfermedad no ha escogido, ha atacado todos. Y una vez más el ser humano se ha visto desnudo en su defensa frente a un mal. Y aun así no hemos mejorado en nuestra ignorancia, ya que igual seguimos sin cuidado ante esta realidad.

Cuántas personas mueren a diario. Y sus almas gritan pidiendo justicia, y también misericordia. Un grito que se escapa a los poderosos del mundo. Un grito, y me animo a decirlo así, que también se escapa a los oídos de las autoridades del momento; o también, es un grito que no se lo quiere oír, o no se le quiere hacer caso.

Ante esta realidad, siempre habrá una esperanza. Jesús nos dice: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25). La vida siempre reinará, y todos los santos de nuestra Iglesia Católica han sido un vivo testimonio de ello. San Pablo también escribía: “Para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia” (Fil 1, 21). Desde todas las parroquias de nuestra Arquidiócesis de Santa Cruz se ha notado la necesidad espiritual de la gente. El vacío en el cual se vive y la necesidad de Dios que ha brotado. Puede parecer tarde, pero no. Todavía podemos reaccionar mejor ante esta pandemia. Porque el peor de los coronavirus existenciales es el vacío espiritual. Ese vacío del alma se nota cuando el ser humano, la persona, no tiene un horizonte claro, y prefiere los escapes fugaces y pasajeros del mundo. Es como si la persona estuviera acostumbrada a calmantes. Y sabemos que ninguna enfermedad se sana con calmante. Se necesita un remedio que actúe de inmediato; y también una sociedad que no haga negocio de ese remedio. Necesitamos que la salud sea plena: del cuerpo, del alma, del espíritu, de toda la persona en su totalidad.

Dios no nos ha abandonado. Nos ha mandado sus ángeles. Primero está el reconocer el valor de la familia, que, como pequeña iglesia doméstica, y en muchos casos como un pequeño hospital doméstico, ha sabido reconocer su importancia y su valor, en medio de una sociedad que sigue intentando deshacer ese núcleo básico de la vida humana. Muchos, debido a esta enfermedad, han conocido y reconocido a su familia. Y también, a sus verdaderos amigos. Amigos que de verdad han ayudado a reconocer nuestro parentesco espiritual universal. Gracias queridos amigos.

Nuestra sociedad se ha convertido en una masa de gente, y eso es un peligro. Otro coronavirus la indiferencia global. Es una realidad de profunda oscuridad. En nuestro país no hay líderes, eso se notó en las elecciones generales, y eso igual se está notando en las sub-nacionales. Me pregunto ¿habrá alguna vacuna para purificar la conciencia de los políticos? Pido a Dios que las Vacunas que lleguen a nuestro país NO sean de derecha ni de izquierda, y que no sean de ningún color político. Que las vacunas no sean experimento. Que las vacunas, y la realidad, nos llenen de esperanza y vitalidad. A pesar de todo eso, y recordando la frase de un gran amigo nuestro: “a pesar de los pesares, hay que continuar” (Card. Julio). Hay todavía muchas otras personas que tienen su influencia para que uno pueda sentirse sano y animado, y que también pueda contagiar todo ese espíritu. La alegría del evangelio se ve en sus rostros.

He tenido la oportunidad de compartir con algunos médicos, enfermeras y enfermeros, y todo el personal de un centro médico, (Hospital Católico), a consecuencia de esta enfermedad. Que, al fin y al cabo, a todos nos va a dar. Es un testimonio ver a esa persona humilde, que por la necesidad de un trabajo arriesga su vida, su salud, en la limpieza que tiene que realizar en un hospital. Aquella persona que te recibe y te atienda cuando te da la ficha para que te atienda el médico. El enfermero (a) que te toma las muestras médicas, los que trabajan en los laboratorios. El médico que, arriesgando, fuertemente su vida, también te hace las recomendaciones para tu salud. Los enfermos que se recuperan; aquellos enfermos que están todavía en el hospital; y aquellos que no salen, sino que los sacan llevándolos a otro lugar que pareciera su destino final. Mirar en los medios de comunicación a varios periodistas, seres humanos, que también arriesgan su vida, un día los ves y después de un tiempo ya no están; y por supuesto uno se imagina por qué ya no los ve. Ahora que ha comenzado el año escolar, pienso también, en los maestros que tienen que lidiar con sus propias familias, con sus alumnos, con los papás y mamás de sus estudiantes, con sus propios colegas, y con las falencias de muchas cosas que todavía faltan para educar… y pensar en cada hogar, en cada casa, una mamá, o un papá, que no tiene horario para descansar, y la aflicción, que la sabe disimular, al ver a uno de sus hijos (as) enfermos y demás… También a muchos hermanos sacerdotes, pastores, que sin necesidad de hacer propaganda siguen arriesgando sus vidas atendiendo a su rebaño porque los ven como ovejas sin pastor…

Otras realidades quisiera nombrar, pero usted como lector, y después de haber reflexionado puede aumentar. Esos, y muchos más, son los santos que no se han queda en la evolución, sino que con su testimonio de vida han revolucionado todas las teorías. Sólo me queda decir desde lo profundo del corazón y el alma: “Gracias Dios mío, todos ellos, y muchos otros más, son los Santos sin Altar…”.

Rev. P. Ysrahel Villegas Domínguez

Sacerdote Diocesano

Arquidiócesis de Santa Cruz de la Sierra

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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