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sábado 28 mayo 2022
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Nunciatura Apostólica de Bolivia a los Obispos: “María, presente en el Cenáculo, les acompañe en todo momento”

Campanas/Iglesia Viva/ En el inicio de la 108 Asamblea de Obispos de Bolivia, Mons. Angelo Accatino, Nuncio Apostólico de Bolivia, hizo llegar su saludo a los Pastores de la Iglesia Boliviana a través de Padre Febin Sebastian, Encargado de Negocios de la Nunciatura; en la oportunidad el sacerdote mencionó la crisis sanitaria mundial, y el mensaje del Papa Francisco, que trae una luz de esperanza, frente a la situación actual del mundo.

Así también se refirió a los últimos nombramientos y eventos eclesiales en estos últimos meses dentro de la Conferencia Episcopal Boliviana, agradeciendo el servicio de cada uno de los Obispos que recibieron una nueva misión y recordando a Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M , abnegado y generoso misionero franciscano que partió a la Casa del Padre hace poco.

Finalmente expresó su deseo de que estos cuatro días de encuentro, sean fraternos, afiancen y consoliden el ambiente colegial que caracteriza a esta Conferencia Episcopal. 

Saludo del Rvdo. Sac. Febin Sebastian, Encargado de Negocios a.i., a la CVIII Asamblea de la C.E.B.

13-16 abril 2021

Excelentísimo Mons. Ricardo Ernesto Centellas Guzmán, Presidente de esta Conferencia Episcopal,

Emmo. Señor Cardenal Toribio Porco Ticona, 

Excmos. Señores Arzobispos y Obispos,

Colaboradores de la Conferencia Episcopal, 

Señores y Señoras: 

En nombre del Excmo. Mons. Angelo Accattino, Nuncio Apostólico, expreso con gozo pascual un amplio y cordial saludo en ocasión del inicio de la centésima octava Asamblea de esta Conferencia Episcopal Boliviana, la primera presencial después del inicio del flagelo del Covid-19.

He considerado oportuno, dada la riqueza del documento y la situación mundial que continúa incierta, y no solamente por la persistencia de la pandemia, volver a la preciosa encíclica social de nuestro Papa Francisco: Fratelli tutti. 

Él, en dicha Encíclica, nos hace contemplar la situación del mundo de manera crítica, pero no sin esperanza, cuando en el primer capítulo, titulándolo “Las sombras de un mundo cerrado”, presenta las grandes oscuridades que tapan la luz, ponen vendas a los ojos y pisotean lo más grande que tiene todo hombre y toda mujer: su dignidad que, para nosotros, los creyentes, junto con la fraternidad, está en el Evangelio de Jesucristo (cfr. FT, n. 277).

Estamos experimentando una nueva fraternidad en la debilidad, visiblemente marcada por una crisis sanitaria mundial que nos rebasa: un diminuto virus pone dolorosamente en evidencia la polaridad en la que vivimos, puesto que para unos ha significado abrirse al hermano, hacerse  más solidarios, salir del individualismo y estar más convencidos de que Dios nos ha dado los unos a los otros no para destruirnos y dividirnos, sino para construir juntos una comunidad mundial en donde la diversidad no sea obstáculo para la unidad y donde la unidad no sea sinónimo de uniformidad. Lamentablemente, para muchos otros la pandemia ha puesto en evidencia la «incapacidad de actuar conjuntamente» (FT, n. 7), demostrando una vez más que «los derechos humanos no son iguales para todos» (FT, 22) y olvidando «que estamos todos en la misma barca» (FT, 30).

Las sombras a las que alude el Papa, traen para nosotros al mismo tiempo la luz de la Esperanza, porque creemos que la diversidad nunca dejará de ser compatible con la unidad, siempre y cuando exista el diálogo social y la fraternidad, en una palabra, el amor. El Santo Padre Francisco, de hecho, confirma todo esto cuando, citando a los Obispos de la India (FT, n. 271), recoge las expresiones manifestadas por ellos: «el objetivo del diálogo es establecer, amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor». La Esperanza nos trae la certeza de que todos los pueblos de la tierra son importantes y necesarios, aunque sus rostros sean diferentes (cfr. FT, oración final). Es una Esperanza que deriva de aquel mandato recibido de ir por todo el mundo y, por eso, la Iglesia es capaz de comprender, desde su experiencia de gracia y de pecado, la belleza de la invitación al amor universal. Porque todo lo que es humano tiene que ver con nosotros (cfr. FT, n. 278).

De aquí se desprende que la palabra inspirada del Papa nos debe mover, como Iglesia, respetando la autonomía de la política,                 a colaborar en la construcción de un mundo mejor. La Iglesia, en expresión del Papa emérito Benedicto XVI en su Encíclica Deus Caritas est, 28,  «no puede ni debe quedarse al margen»  en la construcción de una sociedad fraterna y tampoco puede dejar de «despertar las fuerzas espirituales» muchas veces dormidas en las personas y en la sociedad, porque «tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación»  sino que procura «la promoción del hombre y la fraternidad universal» (cfr. Benedicto XVI, Carta Enc. Caritas in veritate, 11).

***

Ahora, dando vuelta a la página, deseo referirme a eventos eclesiales de estos últimos meses que han modificado de una manera o de otra la fisionomía de esta Conferencia Episcopal:

El fallecimiento, el pasado 23 de marzo, de Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M., abnegado y generoso misionero franciscano, deja en esta Iglesia el testimonio de un sacerdote y, posteriormente, de un Obispo, que se ha entregado con humildad, sin cálculos ni medidas, sino más bien con audacia y valentía, a la causa del Reino de Dios. A este digno hijo de San Francisco, va nuestro homenaje de gratitud y afecto.

A Mons. Nicolás Renán Aguilera Arroyo, quien ya desde el pasado mes de enero ha tomado posesión de su Diócesis, va un cordial saludo, junto con los mejores votos de fecundo, esperanzador y ardiente pastoreo en las frías alturas de Potosí.

A Mons. Aurelio Pesoa Ribera, O.F.M., que de los 4.000 metros de altura ha bajado casi a los 300 sobre el nivel del mar, paz y bien. Las tierras del Beni, para él no desconocidas, y la Iglesia que palpita en ellas, sean para él un campo propicio que Dios le ha destinado para fomentar la fraternidad en Cristo en el mejor estilo de San Francisco.

A Mons. Pascual Limachi Ortiz, que ha dado un salto de El Alto a Corocoro, va nuestra fraterna felicitación y acompañamiento por lo que hizo y por lo que ahora hará en bien, principalmente, de los hermanos aymaras.

Que a Mons. Giovani Edgar Arana, quien, con gran generosidad, el 30 del pasado mes de marzo ha aceptado guiar la Diócesis de El Alto, por ahora sin Auxiliares, le resuene constantemente aquel: “No temas, yo estoy contigo”. No cabe duda de que él va a estar arropado por sus inmediatos colaboradores, los sacerdotes y diáconos, los religiosos y religiosas, así como también los agentes de pastoral y el pueblo fiel.

Y como a un evento sigue otro, también en la misma fecha, hemos recibido la noticia, no sin un gran pesar, del nombramiento de Mons. Carlos Enrique Curiel Herrera, Sch.P., hasta ahora Auxiliar de la Arquidiócesis de Cochabamba, a Obispo de Carora, en su natal Venezuela. La Decisión Pontificia se acata filialmente, pero esta Conferencia Episcopal y principalmente la Arquidiócesis de Cochabamba sienten en el alma que Mons. Carlos los deje. Para él son nuestros sentimientos de gratitud y la seguridad de que la oración recíproca seguirá uniendo y consolidando la extensión del Reino de Dios, para su mayor Gloria.

Finalmente, en nombre también del Señor Nuncio, deseo que estos cuatro días de encuentro fraterno, afiancen y consoliden el ambiente colegial que caracteriza a esta Conferencia Episcopal. 

María, presente en el Cenáculo, les acompañe en todo momento. 

 Muchísimas Gracias y Buen Trabajo.

Graciela Arandia de Hidalgo



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