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lunes 16 septiembre 2019
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“No se construye un país con Pedradas, ni condenas, sino con un profundo respeto entre todos”, Mons. Estanislao

Hoy domingo 13 de marzo, quinto domingo de Cuaresma la Celebración Eucarística en la Catedral, fue presidida por el Obispo Auxiliar de Santa Cruz, Mons. Estanislao Dowlaszewicz, quien en su Homilía afirmó que Jesús perdona, anima y abraza, en cambio los inquisidores, con los bolsillos llenos de piedras, nos las arrojan, nos excomulgan, nos cierran las puertas, nos ponen etiquetas, nos desprecian. Es mucho mejor caer en las manos de Dios que en las manos de los hombres.

Así mismo el Prelado mostró su preocupación por la situación que vive el País hoy en día, los actores políticos parece que no saben hacer otra cosa (como lo vemos a diario) que tirarse las piedras los unos a los otros, para ver quién hiere antes a quien. Salvar al país entre todos de esta grave crisis por la que estamos pasando, parece que no es tan esencial.

Finalmente exhortó a los bolivianos a reflexionar y a entender que no es con pedradas, ni con violencia, ni con condenas, como se construye un país o una sociedad, sino con un profundo respeto de todos con todos

Homilía de Mons. Estanislaw Dowlaszewicz
Obispo Auxiliar de Santa Cruz
Pronunciada en la Catedral de San Lorenzo Mártir

“El gozo en el Dios de la Misericordia”

Nos encontramos ya en el quinto domingo del itinerario cuaresmal hacia la Pascua y la Iglesia vuelve a ofrecer desde las lecturas bíblicas un mensaje radicalmente nuevo respecto al Dios que Jesús nos presenta. Es el Dios que, por amor al ser humano, concede gratuitamente la salvación, y lo hace de forma incondicional. Es un Dios que desborda la imaginación y los sentimientos humanos al acoger a los oprimidos y pecadores, a los marginados y condenados.

En el tiempo de la cuaresma uno de los grandes temas de la predicación cristiana es la conversión. Pero este domingo parece que más que de la conversión humana habría que hablar de la conversión de Dios hacia los pecadores para concederles el regalo de su amor. Y es que la iniciativa de la salvación la tiene siempre Dios. El Evangelio es la buena noticia de que “Dios no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 103,10)

El domingo pasado proclamábamos la parábola del hijo pródigo, parábola del amor que nos redime y devuelve a la vida, que nos abre la puerta de nuestra casa para vivir como hijos amados del Padre. Vuelta a casa para ser hijos, pero no el hijo mayor, autosuficiente y obediente.

El evangelio de este quinto domingo de Cuaresma nos narra la historia de la mujer adúltera, otra hija pródiga, frente a sus hermanos mayores, los aparentemente puros y cumplidores de la Ley, que no sólo la quieren expulsar de la casa sino que piden su muerte.

Según el libro del Deuteronomio 22,22 “si sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos; el que se acostó con la mujer y también la mujer”.

La mujer sorprendida en flagrante adulterio está ahí, frente a sus acusadores. Lo primero que se le ocurriría a Jesús sería pensar en dónde estaba el cómplice, el compañero de pecado, el hombre, el adúltero? El adulterio es cosa de dos. Los fariseos y maestros de la ley sabían que esa ley determinaba que debían ser apedreados los dos, no solo la mujer. Había, pues, una trampa en la propuesta de ellos. No les importaba tanto cumplir la ley cómo sorprender a Jesús, por manifestarse contra la ley, “y tener algo de qué acusarle: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿ qué dices?”.

Inteligente fue la respuesta de Jesús. Una cosa es creerse justos, como los fariseos y maestros de la ley se creían, y otra ser verdugos en una ejecución. No fue por humildad por lo que no tiraron la primera piedra –y la segunda y las demás -, sino por no identificarse como ejecutores de una sentencia de muerte.

Cuando Jesús terminó de escribir con el dedo en la arena, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado que tire la primera piedra”. Hay un detalle significativo: “se fueron retirando uno por uno, comenzando por los más viejos”. El Evangelio parece querer decirnos que, cuanto más se vive, más se debe vencer la tentación a juzgar y condenar a los demás, reconociendo cada cual su propia condición de pecador y disponiéndose a reformar su propia vida en lugar de querer acabar con la de los demás.

Sólo Jesús, el hombre sin pecado y de las manos limpias, podía haber lanzado la primera piedra y haber cumplido la Ley del Deuteronomio 22,22. No lo hizo y, una vez más, Jesús violó la ley de Moisés, la ley de los hombres.

Jesús escribió una ley nueva y nos dio una nueva interpretación de la ley. Con Jesús llegó la hora de la nueva ley, la del perdón incondicional de Dios, la ley del amor. No vino a condenar a nadie sino a salvar a todos.

Los acusadores desaparecidos, la mujer se encuentra sola frente al Hombre, el que siempre da la cara, el que nunca se aleja de sus hijos.

“Mujer, ¿nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno. Vete en paz y no peques más.”

Qué diferencia tan grande entre encontrarse con Jesús y encontrarse con los inquisidores humanos, los guardianes de la Ley. Jesús perdona, anima y abraza. Los inquisidores, llenos con bolsillos de piedras, nos las arrojan, nos excomulgan, nos cierran las puertas, nos ponen etiquetas, nos desprecian. Es mucho mejor caer en las manos de Dios que en las manos de los hombres.

Los poderosos de este mundo, en vez de curar y salvar, se ocupan de condenar y castigar. Pero el Dios de Jesús siente un verdadero gozo cuando puede ejercer su misericordia. Porque la justicia de Dios, muy distinta de la ley, se realiza en la misericordia y en el amor.

Hecha la lección de justicia contra los acusadores, Jesús da ahora la lección de misericordia. Si los que la acusaban no han podido condenarla, como era su deseo, menos lo hará Jesús, que vino a dar vida y no a quitarla. “Tampoco yo te condeno. Vete en paz y no peques más”.

Es la ocasión para revelar una vez más la novedad del Dios de Jesús: Un Dios que no condena a los pecadores, sino sólo el pecado, y por eso los salva siempre redimiéndolos del pecado.

Estas palabras de Jesús deberían quedar grabadas en nuestro corazón, porque nos muestran la postura que tiene Dios con cada uno de nosotros y la que debemos tener los creyentes con todas las demás personas.

Una vez más, camino de la Semana Santa, Jesús –Hombre y Dios- nos va mostrando con más claridad y el rostro auténtico, misericordioso del Padre: aborrece el pecado pero ama al pecador. Para el Señor, el momento presente y futuro, es lo más esencial. Qué frase tan bonita del Papa Francisco: “Todo pecador tiene un pasado pero sobre todo un futuro”. A Dios, por si lo hemos olvidado, le interesa muy poco el ayer y le interesa mucho lo de mañana.

Hemos de hacer presente este estilo de Jesús en el mundo que vivimos. El Padre Dios ha establecido unas relaciones basadas en el amor incansable y sin límites y quiere que los hombres nos relacionemos también desde la comprensión, el amor, la comunicación, la misericordia…

¿Qué está pasando en nuestro mundo de hoy que parece que nos encanta estar siempre tirándonos piedras los unos a los otros?

– Los actores políticos de nuestro país parece que no saben hacer otra cosa (como lo vemos a diario) que tirarse las piedras los unos a los otros para ver quién hiere antes a quien. Salvar al país entre todos de esta grave crisis por la que estamos pasando, parece que no es tan esencial.

– Se tiran las piedras los unos a los otros acusándose de la corrupción, de malgastar el dinero o el tema de tráfico de influencias y no ven ni tampoco sienten la necesidad de ayudar y apoyar la vida de los más desfavorecidos como los discapacitados que desde varias semanas haciendo sus protestas quieren conseguir algo para llevar su vida digna y de su familia, los hogares que atienden a muchos niños huérfanos no puede cumplir su misión por falta de recursos económicos y es necesario como hoy a través de las colectas de todas nuestras iglesias y capilla pedir la ayuda, colaboración de todos ustedes, gente generosa y de buena voluntad.

– Esto mismo, muchas veces hacemos también cada uno de nosotros los hermanos, vecinos, amigos. Nos creemos con el derecho de condenar a pedradas a quienes no son, o no piensan, o no actúan como nosotros o no son del mismo partido.

– El lenguaje de violencia tiene que desaparecer del mundo entero y de nuestro país, nuestra sociedad pues la violencia es la realidad más baja que cualquier ser humano puede manifestar en su vida.

– No es con pedradas, ni con violencia, ni con condenas, como se construye un país o una sociedad, sino con un profundo respeto de todos con todos.

-. La violencia solamente engendra violencia y siempre será el mayor de los pecados contra la vida y el respeto que se merece todo ser humano. El Papa san Juan Pablo II decía: “La espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón.”

– Jesús, en el evangelio de hoy, nos da una lección elemental para que sepamos vivir y convivir, no tirándonos piedras los unos a los otros, sino dándonos las manos para poder salvarnos todos. Por lo tanto:

– Menos piedras a los demás y más mirarnos mutuamente con toda sinceridad y nosotros mismos para que no se hagan realidad en nosotros las palabras de Jesús: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano” (Mt. 7,8).

– Menos enjuiciar, condenando a los demás y más darnos las manos mutuamente para hacer posible el mundo mejor que todos deseamos.

– Menos odios y violencia y más corazón en el trato mutuo.

– La salvación de un país, de sus estructuras, de nuestras familias y de nosotros mismos no nos puede llegar con pedradas sino con más amor y misericordia para que todos podamos salvarnos.

MÁS VALE UNA MANO AMIGA QUE SE BRINDA PARA SALVAR QUE MILES DE PIEDRAS QUE SE TIRAN PARA CONDENAR.

Aprovechemos pues este tiempo de Cuaresma que ya está para terminar, disponiéndonos a perdonar como Jesús nos mostró con su ejemplo que Dios perdona, y en lugar de juzgar y condenar a los demás empecemos por reconocer nuestra propia condición de necesitados de la misericordia divina, Experimentemos hoy la misericordia de Dios y su perdón.

Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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