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lunes 13 julio 2020
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Necesitamos la guía y fortaleza del Espíritu Santo, en este tiempo en el que nuestra sociedad está sumida en la angustia por la explosión del Covid – 19, dice Mons. Sergio

Campanas. Hoy domingo 31 de mayo, solemnidad de Pentecostés, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir  – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Guaberti afirmó que en esta ardua misión evangelizadora, necesitamos la luz, la fortaleza y la guía del Espíritu Santo, particularmente necesaria en este tiempo en el que nuestra sociedad, está sumida en la angustia y el desánimo por la explosión del COVID, lo que ha provocado que se prolongue la cuarentena.

La Celebración Eucarística fue presidida por Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz y concelebrada por: Mons. Estanislao Dowlaszewicz, Mons. René Leigue, P. Hugo Ara, Rector de la Catedral y Vicario de Comunicación y el P. Mario Ortuño, Capellán de Palmasola.

Es el Espíritu Santo que funda a la Iglesia y que, a pesar de los pecados y miserias de sus miembros, la purifica, la inunda de amor, le infunde santidad, la alumbra y da energía. Sin el Espíritu Santo la Iglesia hubiera sido tan solo una institución humana, que como tantas otras, habría desaparecido totalmente, dice Mons. Sergio

Así  mismo el prelado asegura que, gracias al Espíritu la Iglesia, no obstante sus crisis y las persecuciones, permanece firme en su vida de comunión y en su misión, cimentada sobre la piedra fundamental, que es Cristo.

Mons. Sergio, afirmó que todos los que tienen fe en el Resucitado están llamados a formar parte de la única Iglesia de Cristo abierta a todo el mundo, en la que nadie es extranjero, no hay clases sociales, muros, fronteras y regionalismos; todos somos hermanos reunidos en una gran familia por el único y el mismo Espíritu, como Iglesia Católica, es decir universal.

Pentecostés es lo opuesto de la Torre de Babel. Allí una sola humanidad, con un solo lenguaje y una sola cultura, movida por el orgullo y la ambición de alcanzar el cielo y ser como Dios, termina dividida, enemistada y dispersada por toda la tierra en la confusión de los idiomas.

Esta tentación de la  soberbia y de la arrogancia que prescinde y busca suplantar a Dios, ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, sembrando el veneno de la discordia, la división, la violencia y la muerte, dijo el prelado.

También el Arzobispo aseguró que  en Pentecostés, la Iglesia nace misionera con la tarea de anunciar la alegría de Jesús Resucitado, nuestro Salvador y Señor de la historia y de la humanidad. Los discípulos son enviados a cumplir el mandato de Jesús: “Como el Padre me envió, Yo también los envío a ustedes”, envío que vale para todos nosotros. A veces nos olvidamos que todos los cristianos somos misioneros, enviados a anunciar el Evangelio y a dar testimonio de nuestra fe y de la dicha de haber encontrado, en el Señor, el sentido de nuestra vida.

Los hombres tienen necesidad de la esperanza para vivir y tienen necesidad del Espíritu Santo para esperar”. Es el momento que cada uno de nosotros demos testimonio del desborde de la esperanza del Espíritu Santo, como dice San Pablo (Rom. 15,13): Que al vivir ustedes su fe, el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz, hasta desbordar de esa misma esperanza por el poder del Espíritu Santo”, dijo Monseñor.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

31/05/2020 “Solemnidad de Pentecostés”

Hoy, solemnidad de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles reunidos en oración, cumplimiento de la promesa de Jesús en la última Cena: “Desde el Padre les enviaré, el Espíritu de la verdad”. En ese día, el Espíritu del Resucitado marca el inicio de la Iglesia asegurándole su asistencia perenne para que continue la misión de Jesús: anunciar el Reino de Dios.

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado, encierra ya los rasgos constitutivos de la Iglesia. “Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar”. Los discípulos están reunidos en el lugar de la última cena, acomunados por la fe en el único Señor Jesucristo, muerto y resucitado. Este hecho nos indica que el cristiano está llamado a vivir su fe no solo, sino en comunión con los hermanos, participando en la vida de la comunidad.

“De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento… se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Sobre los discípulos desciende el Espíritu, representado por el fuego y el viento, como el soplo de Dios que en la creación engendra a la vida el hombre, el soplo que hace nuevas todas las cosas, y el fuego que da valor a los apóstoles y los une en el amor.

Es el Espíritu Santo que funda a la Iglesia y que, a pesar de los pecados y miserias de sus miembros, la purifica, la inunda de amor, le infunde santidad, la alumbra y da energía. Sin el Espíritu Santo la Iglesia hubiera sido tan solo una institución humana, que como tantas otras, habría desaparecido totalmente. Pero, gracias al Espíritu la Iglesia, no obstante sus crisis y las persecuciones, permanece firme en su vida de comunión y en su misión, cimentada sobre la piedra fundamental, que es Cristo. Fortalecidos y animados con los dones del Espíritu Santo, los discípulos “se pusieron a hablar”.

Ya no tienen miedo a los judíos, abren las puertas de la casa en la que están encerrados, salen a la calle y anuncian con valentía la Buena Noticia de Jesús Resucitado a los peregrinos llegados de tantos países a Jerusalén para celebrar la “Fiesta judía de las Semanas”.

Esa multitud de gente “se llenó de asombro porque cada uno los oía hablar en su propia lengua”. El asombro no es tanto por el don de lenguas, sino por la lengua del Espíritu Santo que es una: la lengua de la caridad de Dios, del amor que nos une a todos en un mismo corazón, en una misma alma y en un solo cuerpo en Cristo. La lengua del amor que encierra el mensaje de vida, libertad, y solidaridad de Cristo, muerto y resucitado para la liberación y salvación de todo el mundo. La lengua del amor que irradia luz y es fuerza de atracción y cordialidad y que las personas de cualquier raza, pueblo, cultura y nación pueden entender.

Muchos peregrinos pronto pasan del asombro a la acogida gozosa de la Buena Noticia y se integran a la primitiva comunidad eclesial. “Y aquel día se les unieron unas tres mil personas”. Todos los que tienen fe en el Resucitado están llamados a formar parte de la única Iglesia de Cristo abierta a todo el mundo, como dice San Pablo. “Todos hemos sido bautizados en el mismo Espíritu para formar un solo cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres”. En la Iglesia nadie es extranjero, ni en ella hay clases sociales, muros, fronteras y regionalismos; todos somos hermanos reunidos en una gran familia por el único y el mismo Espíritu, como Iglesia Católica, es decir universal.

Pentecostés es lo opuesto de la Torre de Babel. Allí una sola humanidad, con un solo lenguaje y una sola cultura, movida por el orgullo y la ambición de alcanzar el cielo y ser como Dios, termina dividida, enemistada y dispersada por toda la tierra en la confusión de los idiomas.

Esta tentación de la  soberbia y de la arrogancia que prescinde y busca suplantar a Dios, ha estado siempre presente en la historia de la humanidad, sembrando el veneno de la discordia, la división, la violencia y la muerte.

San Pablo con palabras muy claras nos introduce a otra particularidad de la Iglesia: “Hay diversidad de dones, ministerios y funciones, pero un mismo Espíritu, un solo Señor y un solo Dios. En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común…”. En esta imagen la Iglesia aparece como el cuerpo de Cristo, que profesa su fe en solo Dios, un solo Señor, un solo Espíritu. En ella, el Espíritu Santo confiere sus dones y carismas de una forma diversa y del modo que Él quiere a los bautizados, no para que cada cual se apropie, sino para enriquecer a la Iglesia, para beneficio de todos y para el servicio a la misión.

En Pentecostés, la Iglesia nace misionera con la tarea de anunciar la alegría de Jesús Resucitado, nuestro Salvador y Señor de la historia y de la humanidad. Los discípulos son enviados a cumplir el mandato de Jesús: “Como el Padre me envió, Yo también los envío a ustedes”, envío que vale para todos nosotros. A veces nos olvidamos que todos los cristianos somos misioneros, enviados a anunciar el Evangelio y a dar testimonio de nuestra fe y de la dicha de haber encontrado, en el Señor, el sentido de nuestra vida.  

En esta ardua misión evangelizadora, necesitamos la luz, la fortaleza y la guía del Espíritu Santo, al igual que los primeros cristianos que se definían a sí mismos: “Guiados por el Espíritu“. Su guía es particularmente necesaria en este tiempo en el que nuestra sociedad, está sumida en la angustia y el desánimo por la explosión del COVID, lo que ha provocado que se prolongue la cuarentena.

El Papa Francisco al respecto tiene palabras iluminadoras “los hombres tienen necesidad de la esperanza para vivir y tienen necesidad del Espíritu Santo para esperar”. Es el momento que cada uno de nosotros demos testimonio del desborde de la esperanza del Espíritu Santo, como dice San Pablo (Rom. 15,13): Que al vivir ustedes su fe, el Dios de la esperanza los llene de toda alegría y paz, hasta desbordar de esa misma esperanza por el poder del Espíritu Santo”.

En este espíritu de esperanza y en un clima de fraternidad se clausura hoy la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en la que, hermanos de distintas Iglesias cristianas nos hemos unido en oración, a través de los medios digitales, guiados por el lema: “Nos trataron con una solicitud poco común” (Hech. 28,2). El hecho de orar juntos por el don de la unidad plena entre todos los cristianos, es un signo de la acción del Espíritu Santo y un estímulo que nos impulsa a abrir caminos y a ser testigos de esperanza, unidad y paz en nuestra sociedad.

Ayer, en víspera del final del mes de mayo, el mes de María, junto a todos los santuarios marianos del mundo, nos hemos unidos en el rezo del Santo Rosario con el Papa Francisco pidiendo la intercesión de María para que Dios aplaque la pandemia del COVID. Seguramente el Señor va a escuchar nuestra súplica, pero esto no nos exime de poner de parte nuestra todos los esfuerzos para cumplir con responsabilidad las medidas de bioseguridad y de orden para el bien común de todos los bolivianos, priorizando la salud y la vida por encima de todo interés económico y político, como indicado en el mensaje, de hace unos días, de la Conferencia Episcopal Boliviana.

Con el estribillo del salmo pidamos a Dios que envíe su Santo Espíritu que nos colme con su luz, sabiduría y esperanza: “Envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”. Amén   

Graciela Arandia de Hidalgo



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