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lunes 20 mayo 2019
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Monseñor Sergio: Por el bautismo todos hemos sido llamados y enviados por Dios a anunciar la Alegría del Evangelio

“…para anunciar la Buena noticia de Jesús, hay que salir de nosotros mismos, de nuestras seguridades y de nuestras comunidades y ponernos en camino, anunciando y testimoniando con sencillez y humildad la fuerza transformadora y la alegría del Evangelio, señaló Monseñor Sergio en su homilía dominical a tiempo de dejar claro que “todos los bautizados por el bautismo hemos sido llamados y enviado por Dios a anunciar con fidelidad y valentía la alegría del Evangelio”

Al referirse al evangelio de este domingo sobre el envío de Jesús a sus doce apóstoles, Monseñor Sergio aseguró que “Jesús los llama uno por uno por nombre y los elige gratuitamente y, después de compartir con ellos por cierto tiempo, los envía en misión. No aisladamente, sino de dos en dos, para dar validez a la palabra que anuncian”.

El Prelado llamó la atención de que “En su mayoría son pescadores pobres y sin mucha formación intelectual, hombres que no cuentan en la sociedad. Pero Jesús los llama a hacer presente, con su palabra y su testimonio de vida, la potencia salvadora del Evangelio que transforma el mundo. Estos desposeídos de la sociedad lo poseen todo porque han recibido la gracia y la fuerza del Reino “les dio poder sobre los espíritus inmundos”.

Monseñor Sergio dejó claro que la misión a la que estamos llamados todos los bautizados no está libre de dificultades y que “los misioneros tenemos que estar dispuestos a superar obstáculos y a no dejarnos vencer por el cansancio, las incomprensiones o el rechazo. Una misión auténtica tiene que pasar por la cruz, al igual que Jesús”.

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión”: para anunciar la Buena noticia de Jesús, hay que salir de nosotros mismos, de nuestras seguridades y de nuestras comunidades y ponernos en camino, anunciando y testimoniando con sencillez y humildad la fuerza transformadora y la alegría del Evangelio.

Finalmente, el Arzobispo Cruceño remarcó que “La misión de la Iglesia y de todo cristiano es acompañar el anuncio del Evangelio con acciones liberadoras concretas, solidarizándonos con los que sufren por cualquier tipo de mal físico y espiritual”.

Amós y los apóstoles hoy nos han recordado que todos los bautizados por el bautismo hemos sido llamados y enviado por Dios a anunciar con fidelidad y valentía la alegría del Evangelio, la Palabra de vida y de amor de Dios para toda la humanidad. Acojamos con gozo, gratitud y generosidad el llamado del Señor comprometiéndonos con todas las exigencias de ser misioneros”

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Basílica Menor de San Lorenzo Mártir  

Domingo 15 de julio de 2018

Se ha concluido ayer, con una solemne y hermosa celebración Eucarística en el altar papal del Cristo, el CAM V, gran evento eclesial animado por el lema: “América en misión, el evangelio es alegría”. Han sido 5 días de reflexión, de comunión, de convivencia, de celebración y de misión, días de gracia del Señor para todas las Iglesias de América, en particular para nuestra Iglesia de Santa Cruz.

Un don de Dios que seguramente dará frutos abundantes y que marcará el inicio de una nueva etapa misionera de nuestra Iglesia y que nos compromete a todos a ser misioneros alegres de Jesús y de su Evangelio.

Y la liturgia de la Palabra hoy pone ante nosotros dos testimonios vivos de misioneros: el profeta Amós y los 12 apóstoles. Amós nos habla el mismo de su vocación de profeta, del llamado sorpresivo de Dios cuando estaba en su actividad cotidiana de cuidador de ganado y cultivador de árboles frutales. Dios le pide ir a la región del Norte del país para que denuncie la infidelidad de los israelitas a las exigencias de la Alianza.

Ante la llamada irresistible de Dios, Amós obedece, deja su trabajo en el campo y va a Samaria donde predica las fatales consecuencias de la traición a la Alianza con Dios: injusticias y desigualdades de esa sociedad donde unos pocos ricos oprimen y hacen esclavos a los pobres, donde la religión es aliada de los opresores y la vida política está marcada por la mentira, la corrupción y la indiferencia frente a los sufrimientos de los estratos más pobres.

Su palabra provoca enseguida la reacción de los poderosos de Israel, que se hace patente a través de la intervención de Amasías, sacerdote santuario del Betel.

Éste acusa a Amós de poner en peligro la estabilidad de la nación y la paz del reino y, con el pretexto de que Amós no es un profeta oficial al servicio del rey, lo expulsa del santuario de Betel. “No sigas profetizando en Betel, porque es el santuario del rey y el templo del reino”. Palabras trágicas: aquel santuario, “la casa de Dios y todo el territorio de Israel, ya no pertenece a Dios, sino al rey. Por tanto, Dios es expulsado y su palabra, predicada por Amós, es rechazada.

Amós responde al sacerdote Amasías que él no es un “profesional” de la profecía, como los falsos profetas al servicio del rey, “no soy profeta, ni hijo de profetas”, sino que predica en medio de ellos por voluntad de Dios y por tanto Él es la causa de su expulsión. Destaca además que tampoco profetiza para ganarse la vida, porque tiene su propiedad y trabajo en el campo.

Por tanto el profeta, con total libertad y valentía, advierte a Amasías que la decisión que han tomado las autoridades contra él, de hecho la han tomado contra Dios que lo ha enviado, sustrayéndose así a su autoridad y actuando como un pueblo pagano, sin respetar la ley del Señor. En su actuación Amós manifiesta que él está totalmente identificado con su misión de profeta y que la palabra de Dios es parte integrante de su vida: “el Señor me tomó y me ordenó que dejara el rebaño diciéndome: ‘vete y profetiza a mi pueblo Israel”. Su vida ahora es hablar del Señor y en nombre del Señor al pueblo de Israel.

El evangelio también nos habla de la vocación y misión de los Doce Apóstoles: Jesús “Designó a Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar”.

“Doce” porque constituyen el cimiento del nuevo pueblo de Dios, como lo fueron antiguamente las “doce tribus de Israel”. Jesús los llama uno por uno por nombre y los elige gratuitamente y, después de compartir con ellos por cierto tiempo, los envía en misión. No aisladamente, sino de dos en dos, para dar validez a la palabra que anuncian.

En su mayoría son pescadores pobres y sin mucha formación intelectual, hombres que no cuentan en la sociedad. Pero Jesús los llama a hacer presente, con su palabra y su testimonio de vida, la potencia salvadora del Evangelio que transforma el mundo. Estos desposeídos de la sociedad lo poseen todo porque han recibido la gracia y la fuerza del Reino “les dio poder sobre los espíritus inmundos”.

En los días del Congreso Misionero hemos comprendido más en profundidad que, con el envío de los Apóstoles,  Jesús nos enseña que la fortaleza de la misión no está en el despliegue de medios económicos y en alianzas con los poderosos, sino en el poder y eficacia de su Palabra que hace grandes cosas en nuestra pobreza y nuestros límites.

Por eso Jesús les ordena: “aparte de un bastón para el camino, no llevarán pan, ni provisiones, ni dinero, solo un par de sandalias, pero no dos túnicas”. Antes que los medios económicos y la predicación los cristianos, como misioneros, tenemos que dar testimonio de nuestra confianza en Dios que da fuerza a la palabra que anunciamos y no en las seguridades humanas. Los misioneros verdaderos tienen que estar dispuestos a recibir antes que dar: “cuando entren en una casa, quédense en ella hasta que se vayan de aquel lugar”.

La pobreza de los misioneros no está sólo en el no poseer medios materiales, sino en depender de lo que los otros les puedan ofrecer. Reconocer nuestra pobreza y abandonarnos en las manos providentes de Dios es la actitud fundamental y necesaria para acoger y compartir el don de la fe.

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha” con estas palabras Jesús da a entender que los misioneros tenemos que estar dispuestos a superar obstáculos y a no dejarnos vencer por el cansancio, las incomprensiones o el rechazo. Una misión auténtica tiene que pasar por la cruz, al igual que Jesús.

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión”: para anunciar la Buena noticia de Jesús, hay que salir de nosotros mismos, de nuestras seguridades y de nuestras comunidades y ponernos en camino, anunciando y testimoniando con sencillez y humildad la fuerza transformadora y la alegría del Evangelio.

Expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos”. La misión de la Iglesia y de todo cristiano es acompañar el anuncio del Evangelio con acciones liberadoras concretas, solidarizándonos con los que sufren por cualquier tipo de mal físico y espiritual.

Amós y los apóstoles hoy nos han recordado que todos los bautizados por el bautismo hemos sido llamados y enviado por Dios a anunciar con fidelidad y valentía la alegría del Evangelio, la Palabra de vida y de amor de Dios para toda la humanidad. Acojamos con gozo, gratitud y generosidad el llamado del Señor comprometiéndonos con todas las exigencias de ser misioneros. Amén.

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Erwin Bazán Gutiérrez



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