Search
domingo 21 julio 2019
  • :
  • :

Monseñor Sergio pide no tener miedo y salir de la pasividad

El Evangelio de hoy, nos presenta dos apariciones del Resucitado a sus discípulos: una, el mismo día de la Resurrección y la otra, ocho días después. Las escenas se desarrollan en un mismo ambiente, los discípulos estaban a puertas cerradas por miedo a los judíos, un miedo real y concreto, que no lograron vencer ni ante la tumba vacía, ni ante el testimonio de María Magdalena que les había comunicado que Jesús estaba vivo y que se había encontrado con Él. Pero sobre todo ellos sentían el miedo de sí mismos, de su traición, de cómo habían dejado a Jesús sólo, a la merced de sus verdugos.

Mientras estaban ahí reunidos, Jesús se hizo presente en medio de ellos: “La paz esté con Ustedes“. Son sus primeras palabras de Resucitado. Él no recrimina a sus discípulos, ni quiere ser celebrado, el viene para dar los dos dones de la Pascua: la paz y el Espíritu Santo. “La paz esté con Ustedes no es un simple augurio de paz, o una promesa futura, él en ese momento da el don de la paz a sus discípulos: la paz es de ustedes y está en ustedes. La paz del Resucitado, no es sólo ausencia de guerra y de conflicto, sino gozo por la presencia del Señor, la paz de las relaciones nuevas con Dios y el prójimo, basadas en el amor, de la realización plena de la persona y de los bienes compartidos.

Jesús acompañó su saludo mostrando sus manos con las marcas de los clavos y el costado abierto, fuente de donde brota la paz. Esos signos son la evidencia clara de su entrega total que la resurrección no hace desaparecer, son como su identificación personal para hacerse reconocer así como a María Magdalena la llamó por nombre.

Los discípulos se alegraron”. Es el gozo que acompaña la paz y vence la tristeza de la despedida en la última cena y de la experiencia de pasión.

Paz, gozo y armonía, así se describe en la Biblia la última intervención de Dios en la historia de la humanidad y del mundo, dones que el Resucitado nos hace saborear ya ahora como compañeros en el camino de la vida.

Luego Jesús: “Sopló sobre ellos y añadió: – Reciban el Espíritu Santo”. Jesús les da el otro don de la Pascua, la comunicación personal del Espíritu Santo a sus discípulos, cumpliendo lo prometido en la última cena, el Espíritu de la nueva creación y de la nueva humanidad redimida y salvada. El grupo de los discípulos es constituido como Iglesia enviada al mundo por la aparición del Resucitado, por el mandato misionero y la comunicación del Espíritu: ”Cómo el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes”.

También, gracias al Espíritu, los apóstoles son constituidos ministros de la reconciliación, el perdón y la misericordia: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen”. El Papa San Juan Pablo II quiso que este 2º domingo de Pascua fuera dedicado a la Divina Misericordia, característica del ser mismo de Dios y que nosotros, en este Año Santo del Jubileo de la Miserccordia, tenemos la dicha de conocer más en profundidad y experimentar acogiéndonos a su amor y a su perdón.

Esa noche, sin embargo, faltaba uno de los apóstoles, Tomás, y los otros le compartieron su alegría de haber visto al Señor. Él no les creyó: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en ellas y la mano en su costado, no lo creeré”. A los ocho días nuevamente los discípulos estaban reunidos y esta vez Tomás con ellos. Jesús se presentó en medio de ellos y después del saludo, invitó a Tomás a poner sus dedos y su mano en las marcas de la pasión, al mismo tiempo que lo reprendió: ”No sea incrédulo, sino hombre de fe”. En Tomás vemos representados a muchos cristianos, muchos de nosotros que tenemos dificultad en creer en la Resurrección de Jesús y que pasamos por las dudas de fe.

Sin embargo Tomás, a pesar de que no creyó en el testimonio de los discípulos, siguió en la comunidad. Y es justamente por haberse quedado en la comunidad, que Tomás pudo ver al Resucitado y tocar los signos de sus llagas. Conmovido por la visión del Señor, Tomás hizo esa estupenda profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”.

Recordemos que esa era la noche del octavo día, es decir, del domingo. Este particular nos está a indicar que la Eucaristía del Domingo es el lugar y el tiempo privilegiado para la presencia y el reconocimiento del Señor, tanto a nivel personal como comunitario. En la asamblea eucarística, la fe de los hermanos nos fortalece, nos sostiene y nos hace aclamar a todos como una sola comunidad: “Señor mío y Dios mío“. Así lo entendió y vivió la primitiva comunidad cristiana, como nos dice el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado. “Todos estaban juntos con el mismo espíritu.”

A la profesión de fe de Tomás, Jesús respondió: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Dichosos los que creen sin haber visto”. Esta bienaventuranzas es para todos los cristianos de todos los tiempos que hemos creído en el Señor sin haberlo visto. Somos dichosos los que tenemos dificultad en creer, los que buscamos a tientas, los que caemos y que recomenzamos. El Señor no nos juzga ni se escandaliza de nuestras dudas y vacilaciones, cuando sinceramente queremos encontrar la luz de la verdad. Como a Tomás, el Señor nos tiende su mano, con los signos de su amor, para que la toquemos, mano que nos anima a seguir adelante y a no tener miedo.

Ayudarnos a creer, es el propósito que motivó el Evangelista San Juan a escribir este testimonio que nosotros agradecemos y que nos hace más airosos en nuestro camino de fe hacia el encuentro con el autor de la vida: “Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su nombre”.

Antes de terminar quiero señalar la publicación, hace dos días, de una Carta Pastoral de la CEB sobre drogadicción y narcotráfico: “Hoy pongo ante ti la vida y la muerte. Escoge la vida”.

Los Obispos, desde nuestra experiencia pastoral y ante el sufrimiento de tantas personas, sentimos la viva preocupación por el creciente tráfico y consumo de drogas ilícitas que afectan seriamente a la población boliviana, en particular a los jóvenes. Por eso, hemos decidido ofrecer esta reflexión desde nuestra fe, como un aporte humilde, sincero y abierto al diálogo, para que todos tomemos conciencia de la gravedad y magnitud de este flagelo. No tengamos miedo a mirarlo en la cara con sus causas y consecuencias nefandas en la vida de las personas, las familias y la sociedad, sacudámonos de nuestra pasividad y resignación y unámonos todas las fuerzas vivas de la sociedad para contrarrestarlo.

También, el día viernes próximo días tendremos el gozo de conocer la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia, acerca del amor en la familia” del Papa Francisco, fruto de un trabajo de más de dos años, que recoge los aportes de todos los sectores del pueblo de Dios y de los obispos reunidos en dos Sínodos. Es un texto esperado de mucho tiempo, que traerá muchas luces acerca de la identidad, vocación y problemática de la familia en la cultura y el mundo de hoy, en particular a las familias afectadas por las incomprensiones y la división.

Acojamos con gratitud, espíritu abierto y alegría estos dos documentos preparados a la luz del Espíritu y al servicio de la vida y la paz, dones del Resucitado: “Demos gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Amén

 

Graciela Arandia de Hidalgo



Nuestro sitio web utiliza cookies para que usted tenga una mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando estará dando su consentimiento y la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies