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miércoles 25 noviembre 2020
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Mons. Sergio: “Somos llamados a heredar el reino de Dios”, conscientes que en la eternidad, queda solo el amor dado y recibido

Campanas. Este domingo 22 de noviembre, solemnidad de Cristo Rey, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz afirmó que “Somos llamados a heredar el reino de Dios”, conscientes que de nosotros, en la eternidad, queda solo el amor dado y recibido.

Con la   solemnidad de Cristo Rey termina el Año Litúrgico en nuestra Iglesia, tiempo en el cual hemos revivido, a la luz de la fe, los misterios principales de la salvación. La palabra de Dios de hoy centra su atención sobre el rol insustituible de Jesucristo, el primero de todos que resucitó, el viviente que Dios constituyó Señor de la historia, principio y fin de la creación.

A través de tres imágenes de Pastor, Rey y Juez, las lecturas ponen en evidencia el “poder” de Cristo sobre el universo y la humanidad entera; el poder del bien y de la vida en una lucha constante y titánica para “vencer” a Satanás, al pecado y a la muerte, los “poderes enemigos” del plan de salvación de Dios.

Yo soy el Buen Pastor

El prelado aseguró que Dios cumplió esta tarea a lo largo de toda la historia de Israel por medio de los profetas y, en la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo para que fuera el Buen Pastor del nuevo pueblo de Dios y de toda la humanidad, como Jesucristo proclama solemnemente: “Yo soy el Buen Pastor.

 Jesucristo Rey

El rey es el símbolo por excelencia del poder absoluto, y Cristo en verdad recibió de parte del Padre todo el poder afirmó el prelado, pero no el poder del dominio opresor, sino del amor ejercido como servicio: “No he venido para ser servido, sino para servir… el que quiere ser el primero, que se haga el servidor de todos”.

 Si mismo dijo que; Jesucristo pasó toda su vida implementando el reino de Dios, haciendo el bien y sirviendo a todos, en particular a los pobres, los enfermos los excluidos de la sociedad de su tiempo y los pecadores, alcanzando en la cruz la cumbre de su entrega y amor.

Jesucristo Juez

Es cierto que Dios quiere que todas las personas se salven, sin embargo, no lo hace en contra de nuestra voluntad. Con el poder del Padre, Jesucristo es el justo juez que juzga a toda creatura humana, una imagen muy distinta del Jesús sangriento e insultado ante los tribunales humanos. En el juicio final, Él decidirá quién permanecerá de pie y quién caerá para la eternidad*

En verdad, el juicio de Dios se está realizando ya en el presente de nuestra vida, el veredicto final no será más que hacer pública la sentencia que día a día vamos dictando nosotros mismos con nuestra actuación, dijo Monseñor.

Así mismo el Arzobispo afirmó que  seremos juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hueso, pero que se identifica con cuantos, en el mundo, sufren y son olvidados, los “hermanos más pequeños”, los pobres, los enfermos, los encarcelados.

Ningún gesto bueno en favor de los pobres, por pequeño que sea, se pierde

Ante el Señor, ningún gesto bueno en favor de los pobres, por pequeño que sea, se pierde. Cada vez que nos jugamos nuestra libertad y nuestra vida en obras de misericordia, en ser samaritanos al servicio de los hermanos más pequeños y en ser operadores de justicia y paz, lo hacemos al Señor, expresó Monseñor.

Las tres imágenes de Jesucristo Pastor, Rey y Juez, nos confirman que el amor es el núcleo central del Reino de Dios, el motivo por el cual Dios mismo se ha hecho cercano a nosotros y se ha vuelto nuestro prójimo en su Hijo hecho hombre.

Esta es la Buena Noticia de hoy: nosotros somos llamados a heredar el reino eterno de Dios, conscientes que de nosotros, en la eternidad, queda solo el amor dado y recibido.

Hoy la Iglesia en Bolivia celebra el Día Nacional de los Laicos. Mis augurios para que todos Uds. sean auténticos testigos del Reino de Dios y de Cristo principio y fin de la historia, en la familia, el trabajo, la profesión, la política y todos los ámbitos de la sociedad, dijo el prelado.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

22/11/2020

Con esta solemnidad de Cristo Rey termina el Año Litúrgico en nuestra Iglesia, tiempo en el cual hemos revivido, a la luz de la fe, los misterios principales de la salvación. La palabra de Dios de hoy centra su atención sobre el rol insustituible de Jesucristo, el primero de todos que resucitó, el viviente que Dios constituyó Señor de la historia, principio y fin de la creación. Él es el único que puede pedir la adhesión de todo nuestro ser, el único ante quien debemos arrodillarnos y hacia quien tenemos que orientar nuestra existencia personal, familiar, comunitaria y social. Ningún ser humano, por poderoso que sea, tiene la potestad de exigirnos nuestra adhesión total y, en el caso que lo hiciera, estaría cometiendo una grave arbitrariedad.

A través de tres imágenes de Pastor, Rey y Juez, las lecturas ponen en evidencia el “poder” de Cristo sobre el universo y la humanidad entera; el poder del bien y de la vida en una lucha constante y titánica para “vencer” a Satanás, al pecado y a la muerte, los “poderes enemigos” del plan de salvación de Dios. En este sentido, la historia de la salvación es también historia de la liberación progresiva del hombre respecto de todo lo que lo humilla y rebaja, una historia que alcanzará la plenitud de la salvación solo al final. Mientras tanto hay que ser vigilantes y seguir animosos en la lucha, con la esperanza de la resurrección, conclusión de todo el proceso de liberación.

En la primera lectura, el profeta Ezequiel nos presenta la imagen de Dios Pastor que se hace cargo del pueblo judío, ante el abandono y la miseria en que las autoridades lo tienen sumido: “Yo mismo voy a buscar mi rebaño, me ocuparé de mis ovejas, las libraré, las apacentaré con justicia, las llevaré a descansar, buscaré a la oveja perdida, la vendaré y sanaré”. Estas palabras revelan la firme decisión de Dios pero sobre todo su rostro misericordioso: Yo mismo buscaré mi rebaño, lo apacentaré, vendaré y sanaré. Dios cumplió esta tarea a lo largo de toda la historia de Israel por medio de los profetas y, en la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo para que fuera el Buen Pastor del nuevo pueblo de Dios y de toda la humanidad, como Jesucristo proclama solemnemente: “Yo soy el Buen Pastor.

 Jesucristo es también Rey, así lo afirma en el tribunal ante Pilato: “Yo soy rey… pero mi Reino no es como los del mundo“. El rey es el símbolo por excelencia del poder absoluto, y Cristo en verdad recibió de parte del Padre todo el poder, pero no el poder del dominio opresor, sino del amor ejercido como servicio:No he venido para ser servido, sino para servir… el que quiere ser el primero, que se haga el servidor de todos”.

 Y en verdad, Jesucristo pasó toda su vida implementando el reino de Dios, haciendo el bien y  sirviendo a todos, en particular a los pobres, los enfermos los excluidos de la sociedad de su tiempo y los pecadores, alcanzando en la cruz la cumbre de su entrega y amor. Y es justamente sobre la cruz donde aparece ese título real, pero como motivo de su condena: Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos“. !Sí!, Jesús es rey, pero no un rey sentado en un trono, sino un rey insultado, sufrido y ajusticiado.

La tercera imagen, es la de Jesucristo como Juez. Es cierto que Dios quiere que todos las personas se salven, sin embargo no lo hace en contra de nuestra voluntad. Esto nos lo revela el evangelio que acabamos de escuchar con la escena grandiosa del juicio universal, el último acto de la historia. Con el poder del Padre, Jesucristo es el justo juez que juzga a toda creatura humana, una imagen muy distinta del Jesús sangriento e insultado ante los tribunales humanos. Desde los poderes de su tiempo hasta los de hoy se ha juzgado a Cristo, pero en el juicio final, Él decidirá quién permanecerá de pie y quién caerá para la eternidad. Esta es la fe inmutable de nuestra Iglesia como proclamado en el Credo: «De nuevo vendrá con gloria para juzgar vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

En verdad, el juicio de Dios se está realizando ya en el presente de nuestra vida, el veredicto final no será más que hacer pública la sentencia que día a día vamos dictando nosotros mismos con nuestra actuación.

El criterio del amor al prójimo es el crisol decisivo por el cual “todos” indistintamente debemos pasar en el día final. Allí seremos juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hueso, pero que se identifica con cuantos, en el mundo, sufren y son olvidados, los “hermanos más pequeños”, los pobres, los enfermos, los encarcelados, los “don nadie” de la sociedad y los que son perseguidos a causa de la justicia: “Tenía hambre y me dieron de comer, tenía sed y me dieron…”. “¿Cuándo Señor… te hemos visto hambriento, sediento… y te hemos dado de comer?… En verdad les digo, cada vez que han hecho esto a uno sólo de mis hermanos más pequeños, a mí me lo han hecho…”.

Ante el Señor, ningún gesto bueno en favor de los pobres, por pequeño que sea, se pierde. Cada vez que nos jugamos nuestra libertad y nuestra vida en obras de misericordia, en ser samaritanos al servicio de los hermanos más pequeños y en ser operadores de justicia y paz, lo hacemos al Señor. Por eso, Cristo tiene unas palabras temibles para los que no son misericordiosos con los sufridos y descartados del mundo: “Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmigo.- Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna”.

Las tres imágenes de Jesucristo Pastor, Rey y Juez, nos confirman que el amor es el núcleo central del Reino de Dios, el motivo por el cual Dios mismo se ha hecho cercano a nosotros y se ha vuelto nuestro prójimo en su Hijo hecho hombre.

El prefacio de la misa de hoy nos presenta en pocas palabras el misterio del reino de Dios, el plan de salvación, por el cual Jesús se ofreció a sí mismo como víctima en el altar de la cruz y se entregó al Padre”.

 El Reino Eterno y universal: el reino definitivo y para todos los hombres de todos los tiempos y lugares que se va construyendo en el cada día de la historia humana.

El Reino de la verdad y la vida: la verdad que nos hace reconocer el valor sagrado de la vida y de la dignidad de todos porque somos hijos amados de Dios.

El Reino de la santidad y la gracia: la santidad a la que todos estamos llamados y que se hace realidad por la gracia de Dios.

El Reino de la justicia, el amor y la paz, los valores evangélicos a la bases de nuestras relaciones con Dios y el prójimo, pilares de la convivencia fraterna y solidaria, y sin los cuales la sociedad cae en la disgregación y la ruina.

Esta es la Buena Noticia del Evangelio de hoy: nosotros somos llamados a heredar el reino eterno de Dios, conscientes que de nosotros, en la eternidad, queda solo el amor dado y recibido. En esta tarea todos los bautizados tienen un rol particular, por eso hoy la Iglesia en Bolivia celebra el Día Nacional de los Laicos. Mis augurios para que todos Uds. sean auténticos testigos del Reino de Dios y de Cristo principio y fin de la historia, en la familia, el trabajo, la profesión, la política y todos los ámbitos de la sociedad.

Que el Señor nos conceda a todos y cada uno de nosotros la gracia de escuchar, al final de nuestra vida, sus palabras consoladoras: “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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