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martes 22 octubre 2019
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Mons. Sergio: Seamos operadores de paz y optemos siempre por el diálogo y no por la violencia

En su mensaje por el Tedeum en acción de gracias a Dios por la efeméride departamental, el Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti, manifestó que en estos 205 aniversario cívico, es la oportunidad para celebrar, pero también tenemos que hacer memoria del camino recorrido que ha ido forjando la identidad histórica, política, cultural, y religiosa de nuestro pueblo cruceño.

El prelado mencionó que Santa Cruz tiene grandes desafíos: a nivel político, social, económico entre otros, pero como Iglesia no damos recetas técnicas, no nos compete, pero si ofrecemos con humildad los valores del Evangelio que pueden ser también un gran aporte a la construcción de una sociedad justa y pacífica.

Mons. destacó que Santa Cruz es una ciudad en marcha, y que como tal exige el renovado y convencido aporte de todos, autoridades y ciudadanos, para superar el peligro de estancarnos en la nostalgia del pasado y perder la esperanza de seguir luchando así mismo el Arzobispo también se hizo eco de las palabras del Papa Francisco, en la Eucaristía celebrada a los pies del Cristo Redentor: «No son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino. No son pocas las veces que faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza. Cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria y así se debilita la esperanza y se van perdiendo los motivos de alegría».

El Arzobispo de Santa Cruz nos exhortó, a ser operadores de paz y vivir el mandamiento del amor hacia el hermano y a superar las actitudes de prepotencia y violencia. El amor, el perdón y la misericordia, abren la vía a la reconciliación, condición indispensable para progresar en hacia la comunión entre todos.

Dejemos las ambiciones, envidias y sed de dominio y vivamos nuestra vida como servicio al más necesitado. Indicó.

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 Homilía de Mons. Sergio Gualberti, en el “Te Deum por los 205 años de las gestas libertaria de Santa Cruz. 24709/2015

Señor Gobernador, Alcalde, Presidente de la Asamblea Departamental, Presidenta del Consejo Municipal, autoridades todas, Cuerpo diplomático y Consular, hermanos y hermanas sean bienvenidos. Cumplimos hoy los 205 años de las gestas patriótico-cívicas de Santa Cruz, oportunidad para realizar actos celebrativos, pero también para hacer memoria de nuestras raíces, la memoria del camino recorrido que ha ido forjando la identidad histórica, política, cultural, y religiosa de nuestro pueblo cruceño.

Es un proceso siempre en marcha, que exige el renovado y convencido aporte de todos, autoridades y ciudadanos, para superar el peligro de estancarnos en la nostalgia del pasado y perder la esperanza de seguir luchando, como nos dijo el Papa Francisco, en su homilía en la Eucaristía a los pies del Cristo: «No son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino. No son pocas las veces que faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza. Cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria y así se debilita la esperanza y se van perdiendo los motivos de alegría».

Para que la esperanza, la fortaleza y la alegría no falten en nuestro camino, hay que actualizar el espíritu de nuestros próceres y reafirmar los valores humanos y cristianos vividos en nuestra historia, valores siempre actuales y que iluminan las nuevas sendas a trazar ante los desafíos presentes y futuros de nuestra sociedad.

Solo una breve enumeración de algunos desafíos:

  • a nivel político, defensa del proceso democrático, de los derechos humanos y de la autonomía.
  • a nivel social, la deuda con los sectores y personas más pobres y débiles, la integración de los migrantes que siguen llegando a nuestro Departamento y la violencia e inseguridad ciudadana,
  • a nivel económico, los tiempos de vacas flacas que ya se hacen sentir y que exigen gran austeridad y una administración austera y previsora.

Como Iglesia no damos recetas técnicas, no nos compete, pero si ofrecemos con humildad los valores del Evangelio que pueden ser también un gran aporte a la construcción de una sociedad justa y pacífica. Hace un momento hemos escuchado el texto de las Bienaventuranzas, programa de vida que Jesús propone a sus seguidores y a toda persona de buena voluntad.

Entre las varias definiciones de las bienaventuranzas me gusta la de “caminos de la felicidad”, en cuanto son un proyecto de humanización y salvación para todos los seres humanos, caminos que nos ayudan a dar sentido a la vida y a las realidades que la conforman. Vivir las bienaventuranzas, no solo es bueno y bello, sino que es la felicidad de haber descubierto el secreto de una existencia plena y realizada.

Jesús indica que, aunque estos caminos requieran esfuerzo y compromiso, están al alcance de todos y son particularmente atractivos para las personas que están en condiciones humanas de prueba, de dificultad y de pobreza.

Al seguir los pasos de Jesús, que encarnó en sí las bienaventuranzas, se descubre el amor de Dios que abre horizontes de esperanza, de la vida que se va abriendo paso ante la muerte. En mi reflexión me detengo solamente sobre una de ellas: Felices, los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

La paz en la Biblia, no se puede reducir a una simple coexistencia pacífica, ni a una ausencia de conflicto, sino que es vida llena, segura, armoniosa, feliz, a nivel personal, familiar y colectivo, obra y fruto del derecho y la justicia. La paz auténtica es un don que abarca toda la persona, porque se instaura en el corazón y es reconciliación con Dios, consigo mismo y con los demás, y que se derrama sobre la comunidad, el pueblo y toda la humanidad. Sin embargo, la paz no nace por su cuenta, sino que hace falta buscarla, perseguirla, custodiarla y renovarla con mucha vigilancia.

Felices los que trabajan por la paz: trabajar, hacer la paz, porque ésta, al mismo tiempo que es don, es también un bien que se promueve con el bien, que se ha de custodiar y fomentar mediante iniciativas y obras buenas. La paz es el resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando no se responde al mal con el mal, sino cuando el bien derrota al mal. Es un comportamiento activo que apunta a destruir la enemistad, pero sin aniquilar ni herir al enemigo, siguiendo el ejemplo de Jesús.

El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanismos deterministas e impersonales.

El mal pasa por la libertad humana, por nuestra voluntad, y tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen. Al buscar las raíces más profundas, descubrimos que el mal, en definitiva, es un trágico huir de las exigencias del amor, para encerrarnos en nuestro egoísmo personal o de grupo.

Y el mal, no es sólo una cuestión de nuestra vida personal, sino que prolifera y se manifiesta en la comunidad y en la sociedad de distintas maneras, como en la desintegración social, en la anarquía, en la injusticia, la violencia y en la sumisión y supresión del otro. La humanidad sufre de la falta de paz porque el egoísmo, el interés y amor propio crean enemistad, violencia, contraposición y guerra.

Todos tenemos que sentirnos interpelados por Jesús que nos llama a ser operadores de paz”, a vivir el mandamiento del amor hacia el hermano, como tarea cotidiana, superando las actitudes de prepotencia y violencia. Se trata de buscar la paz con todas nuestras fuerzas, extendiendo el amor al prójimo hasta a las personas que nos ofenden, a quien es causa de nuestro sufrimiento y a los enemigos. Se trata de poner en marcha activa y gratuitamente mecanismos de perdón y misericordia, que abren la vía a la reconciliación, condición indispensable para progresar en hacia la comunión entre todos y con Dios, fuente de la paz.

Ser operadores de paz, es volverse más y más personas “desarmadas”, que no responden al mal con mal.

Para luchar eficazmente contra el mal, hay que buscar la conversión personal, vencer el mal al interior de nosotros mismos. Es una tarea difícil, larga y laboriosa, que implica dejar a un lado ambiciones, envidias, rivalidades, intereses personales o de grupo y sed de dominio, y vivir nuestra vida como servicio.

Ser operadores de paz, es tener muy en cuenta el bien común en todas sus dimensiones, en la búsqueda constante del bien ajeno como si fuera el propio, particularmente de los pobres y excluidos. Es también reconocer el destino universal de los bienes, como instrumento para superar la pobreza sobre todo teniendo en cuenta las condiciones de miseria en que viven todavía varios hermanos nuestros.

Ser operadores de paz, exige poner al centro de la sociedad las personas humanas concretas con sus necesidades y no las leyes de la economía y del mercado. Es poner por encima de todo la dignidad de cada persona, en particular de los pobres con los que nos cruzamos a cada paso. Es asumir un compromiso constante y responsable para que se respete y promueva la vida de las personas en toda etapa de su existencia, desde la concepción hasta la muerte natural.

Ser operadores de paz, es tener hambre y sed de justicia, es luchar en contra de los totalitarismos, es disputar para el reconocimiento de los derechos humanos de cada persona, indistintamente, es luchar denodadamente para terminar con las nuevas esclavitudes como la corrupción, el narcotráfico, el contrabando y la trata de personas.

Ser operadores de paz, es optar por el diálogo y no por la violencia en la solución de los problemas, un diálogo franco y sincero, que construya puentes de comprensión y reconciliación, sane las heridas abiertas y derribe los muros de la indiferencia, la desconfianza, la sospecha y el odio. Para conseguir el bien de la paz es preciso reafirmar con lúcida convicción que la violencia no se justifica en ninguna circunstancia, porque destruye lo que pretende defender: la dignidad, la vida, la libertad del ser humano.

Ser operadores de paz, es sobre todo unirnos para orar por la paz, pidiendo que Dios nos conceda este don, nos conceda ser verdaderos constructores de paz, para ser también nosotros entre los “Felices, bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”.

Los operadores de paz, sí, son llamados hijos de Dios porque colaboran con Él a la realización de su plan por la humanidad, y porque experimentan el gran amor del Padre que les hace ser sus hijos.

Tal vez podrá aparecernos un sueño, una meta demasiado difícil, no obstante podemos confiar que, aun el más pequeño gesto de paz, legitima la esperanza y nos anima a seguir trabajando para que Santa Cruz y toda Bolivia sean una casa común para todos. Amén

 Oficina de Prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz

Graciela Arandia de Hidalgo



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