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viernes 26 febrero 2021
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Mons. Sergio: Que la Jornada de Oración por “la fraternidad humana”, se traduzca en acciones y conviertan mentes y corazones y provoquen cambios en el actual sistema económico y político

Campanas. Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir- Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, pidió que la Jornada de oración por la “la fraternidad humana, por la paz mundial y la convivencia común”, se traduzca en acciones permanentes y concretas que hagan real su contenido, conviertan mentes y corazones y provoquen cambios estructurales en el actual sistema económico y político.

En el espíritu del anuncio de la Buena Noticia, este domingo también celebramos, en nuestra Arquidiócesis, la Jornada de Oración por “la fraternidad humana, por la paz mundial y la convivencia común”, como gesto explícito de comunión con la Declaración conjunta del Papa Francisco y el Jeque Ahmad Al-Tayyeb, Gran Imam de Al-Ahzar del 4 de febrero de 2019 y también como adhesión al “Día Internacional de la Fraternidad Humana” declarado por la ONU para este mismo día.

Esa Declaración es fruto de diálogos fraternos y sinceros entre representantes de las religiones cristiana católica e islámica y del discernimiento creyente de los signos de nuestros tiempos. Es un llamado a la reconciliación y a la fraternidad entre todos, creyentes, no creyentes y personas de buena voluntad, para promover juntos la cultura del diálogo y del encuentro como camino; la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio, reconociéndonos todos como criaturas de Dios y hermanos, iguales en dignidad, derechos y deberes.

El prelado afirmó que Job nos deja un testimonio admirable de sabiduría y fe profunda que, aún en la desgracia, lo llevan a reconocer a Dios como el artífice de la humanidad.

Job logra comprender que pensamiento de Dios es infinitamente superior al del ser humano y que todo lo que pasa en la vida, incluso el dolor y el mal, tiene un sentido en el plan divino, aunque nosotros no lo entendamos.

 Job, hombre bueno y piadoso, ha caído en graves desgracias; ha perdido su familia y todos sus bienes, está enfermo, abandonado por todos y tirado en un basurero con su cuerpo recubierto de llagas malolientes. Él cree que su suerte es peor que la de un jornalero, porque éste, siquiera en la noche, encuentra alivio a sus fatigas, mientras que sus angustias y dolores hacen interminables sus noches. A pesar de esa situación desesperada y sin señales de salida, Job no se resigna y no acepta que su desgracia sea un castigo de Dios, por el contrario, busca encontrar el “por qué” de sus males ya que es un hombre de fe que ha vivido conforme a la ley de Dios.

Cristo que, habiendo asumido sobre sí la experiencia humana del dolor y de la muerte, ha vencido para siempre la muerte y el mal del mundo, abriéndonos a la esperanza de la vida nueva y eterna

Así también nosotros, dijo Mons. Sergio, alguna vez en nuestra vida, nos hemos puestos esas preguntas, en especial cuando hemos experimentado la angustia y el sufrimiento por una desgracia, una enfermedad grave, la muerte de un ser querido o un grave desengaño. Pero nosotros cristianos, distintamente de Job, tenemos la gracia de contar con la respuesta definitiva de Dios en la resurrección de Cristo que, habiendo asumido sobre sí la experiencia humana del dolor y de la muerte, ha vencido para siempre la muerte y el mal del mundo, abriéndonos a la esperanza de la vida nueva y eterna.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, domingo 07/02/2021

 ¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra? No son sus jornadas como las de un asalariado… me han sido asignadas noches de dolor… la noche se hace muy larga… Mis días corrieron más veloces que una lanzadera: al terminar el hilo, llegaron a su fin”. Hermanos y hermanas, estas son las palabras de Job en una situación trágica y dolorosa de su vida, experiencia que personifica la fragilidad del ser humano y del “mal de vivir“ y que, en circunstancias, como esa, se vuelve insoportable. Sus preguntas acerca del dolor del inocente, del sentido de la vida y de la muerte, y de la aparente ausencia de Dios, son siempre actuales, en especial en estos tiempos aciagos de la pandemia que han sembrado sufrimiento, muerte y crisis en el mundo entero.

Job, hombre bueno y piadoso, ha caído en graves desgracias; ha perdido su familia y todos sus bienes, está enfermo, abandonado por todos y tirado en un basurero con su cuerpo recubierto de llagas malolientes. Él cree que su suerte es peor que la de un jornalero, porque éste, siquiera en la noche, encuentra alivio a sus fatigas, mientras que sus angustias y dolores hacen interminables sus noches. A pesar de esa situación desesperada y sin señales de salida, Job no se resigna y no acepta que su desgracia sea un castigo de Dios, por el contrario busca encontrar el “por qué” de sus males ya que es un hombre de fe que ha vivido conforme a la ley de Dios. En su búsqueda, el corre incluso el riesgo de perder la fe y llega al extremo de citar a Dios como ante un tribunal, emplazándolo a responder a sus preguntas.

Dios acepta la provocación y sus respuestas ponen fin a su búsqueda atormentada. Por fin, Job logra comprender que el pensamiento de Dios es infinitamente superior al del ser humano y que todo lo que pasa en la vida, incluso el dolor y el mal, tiene un sentido en el plan divino aunque nosotros no lo entendamos. Por eso, queda conforme con su situación y no le afecta más estar enfermo y echado en un basurero, como expresan sus palabras estupendas al final del libro: “Antes te conocía solo de oídas, más ahora te han visto mis ojos…”. Job nos deja un testimonio admirable de sabiduría y fe profunda que, aún en la desgracia, lo llevan a reconocer a Dios como el artífice de la historia de cada persona y de la humanidad.

Creo que también nosotros, alguna vez en nuestra vida, nos hemos puestos esas preguntas, en especial cuando hemos experimentado la angustia y el sufrimiento por una desgracia, una enfermedad grave, la muerte de un ser querido o un grave desengaño. Pero nosotros cristianos, distintamente de Job, tenemos la gracia de contar con la respuesta definitiva de Dios en la resurrección de Cristo que, habiendo asumido sobre sí la experiencia humana del dolor y de la muerte, ha vencido para siempre la muerte y el mal del mundo, abriéndonos a la esperanza de la vida nueva y eterna.

Los prodigios que Jesús realiza en su vida, como el del Evangelio de hoy, son signos premonitores de este nuevo horizonte de vida. Jesús, después de haber echado, en la sinagoga de Cafarnaúm, a un espíritu maligno que atormentaba un hombre, se dirige a la casa de Simón. Allí, Jesús encuentra a la suegra del apóstol en la cama y con fiebre, se le acerca y en silencio la toma de la mano: “La hizo levantar… y (ella) se puso a servirlos”. La mujer se levanta y sirve, a indicar que Jesús tiene el poder de sanar tanto físicamente como de la fiebre del mal que tiene postrado al ser humano y lo incapacita a obrar el bien.  La liberación que trae Jesús es integral y abarca “todo nuestro ser”, rompe todas nuestras cadenas y nos capacita para ser sus discípulos al servicio del Reino de Dios.

Al atardecer de ese mismo día, terminado el descanso sabático, la gente sale de sus casas y en masa va donde Jesús llevando enfermos y endemoniados y él los sana. La mañana siguiente, antes del amanecer, él se retira a un lugar desierto para orar en comunión total con el Padre, pero no puede quedarse a solas. Lo busca mucha gente ansiosa de ser liberada de sus males, pero él tiene que anunciar la Buena Noticia también a otra gente, por eso dice a sus discípulos: “Vayamos a otra parte a predicar, porque para eso he salido”.  El celo por anunciar el evangelio apremia también a San Pablo a entregar toda su vida a la misión sin guardar nada para sí mismo: “¡Ay de mi si no predicara el evangelio!… Todo lo hago per el EvangelioMe hice todo para todos”, para ganar cuanta más gente posible a Jesucristo. La pasión indómita de San Pablo para la misión, nos debe impulsar también a nosotros a anunciar el evangelio de Jesucristo, la luz, la esperanza y la fortaleza que da sentido a nuestra vida y que nos sostiene en el arduo camino hacia la vida eterna en Dios.

Es una tarea comprometedora pero posible; así nos lo testimonian hermanos y hermanas catequistas aquí representados esta mañana, al inicio del año de catequesis en nuestra Arquidiócesis. Ellos voluntariamente se comprometen a acompañar a niños y jóvenes en su formación cristiana, para que crezcan en el conocimiento de Jesús y de la Palabra de Dios, en la vivencia de la fe y en el caminar de la comunidad eclesial. Les agradecemos su entrega generosa y les acompañamos con nuestro afecto y oración en el cumplimiento de su meritoria misión.

En el espíritu del anuncio de la Buena Noticia, este domingo también celebramos, en nuestra Arquidiócesis, la Jornada de Oración por “la fraternidad humana, por la paz mundial y la convivencia común”, como gesto explícito de comunión con la Declaración conjunta del Papa Francisco y el Jeque Ahmad Al-Tayyeb, Gran Imam de Al-Ahzar del 4 de febrero de 2019 y también como adhesión al “Día Internacional de la Fraternidad Humana” declarado por la ONU para este mismo día.

Esa Declaración es fruto de diálogos fraternos y sinceros entre representantes de las religiones cristiana católica e islámica y del discernimiento creyente de los signos de nuestros tiempos. Es un llamado a la reconciliación y a la fraternidad entre todos, creyentes, no creyentes y personas de buena voluntad, para promover juntos la cultura del diálogo y del encuentro como camino; la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio, reconociéndonos todos como criaturas de Dios y hermanos, iguales en dignidad, derechos y deberes.

Esperamos que la conmemoración anual de esta Declaración se traduzca en acciones permanentes y concretas que hagan real su contenido, conviertan mentes y corazones y provoquen cambios estructurales en el actual sistema económico y político.

En este compromiso por el evangelio de la fraternidad universal, el jueves 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, se celebra la XXIX Jornada Mundial del Enfermo con el lema: Señor, Dios mío, clamé a ti, y tú me sanaste (Salmos 30,29). En su mensaje, el Papa Francisco nos dice que: “La enfermedad siempre… tiene el rostro de cada enfermo y enferma, también de quienes se sienten ignorados, excluidos, víctimas de injusticias sociales que niegan sus derechos fundamentales. La pandemia actual ha sacado a la luz numerosas insuficiencias de los sistemas sanitarios y carencias en la atención de las personas enfermas. Esto depende de las decisiones políticas… de quienes ocupan cargos de responsabilidad. Invertir recursos en el cuidado y la atención a las personas enfermas es una prioridad vinculada a un principio: la salud es un bien común primario”.

Qué estas palabras del Papa motiven a las autoridades y al sector de salud a superar diferencias y a tomar, de común acuerdo, medidas sanitarias que contrarresten el rebrote de la pandemia y así salvar la vida de tantos hermanos y hermanas. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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