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viernes 4 diciembre 2020
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Mons. Sergio: “Que Jesús nos haga arder el corazón y nos ayude a ser compañeros de camino de nuestros hermanos que sufren y están abandonados “

Campanas. “Acompañemos a nuestros hermanos  que sufren y están abandonados, pide Mons. Sergio”, Arzobispo de Santa Cruz”.

Que Jesús nos haga arder el corazón y saborear su Palabra, que parta el pan con nosotros y que nos ayude a ser compañeros de camino de todos los hermanos y hermanas que sufren: de los afectados por el Covid19, los que les falta el pan de cada día, los que están solos y abandonados y de tantos otros hermanos necesitados, dando testimonio, con nuestra solidaridad, de que Él está presente en medio del dolor de todos ellos y de la humanidad entera, dijo Mons. Sergio desde la desde  la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir- Catedral, III Domingo de Pascua y “Jornada nacional de la Infancia y Adolescencia Misionera”.

Concelebraron la misa dominical, los  Obispos Auxiliares: Monseñor Estanislao Dowlaszewicz y Monseñor René Leigue.

El prelado aseguró que Jesús se queda con nosotros y no se aleja aunque nosotros nos alejemos de él. Ante el enemigo invisible que nos acecha en estos tiempos, nos sentimos desamparados y necesitados de sentir la cercanía de Jesús, que Él nos conforte y anime. Este es el momento de invocar al Señor de todo corazón con la oración de los dos discípulos: ”Quédate con nosotros”.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

III Domingo de Pascua “Jornada de la Infancia y Adolescencia Misionera”

Acabamos de escuchar el relato del encuentro de Jesús,  en el día de su resurrección, con dos de sus discípulos que están en camino de Jerusalén a la aldea de Emaús. Con el semblante triste, los dos hablan de la pasión y muerte de Jesús y de pronto se les acerca el Resucitado que se pone a caminar a su lado, pero ellos no lo reconocen; el drama  vivido en esos días ensombrece su mente y sus ojos.

Ciertamente la presencia del Resucitado es misteriosa pero muy real y, aunque pase desapercibido, Él se hace compañero de camino de los dos discípulos y de todos los decepcionados y sufridos de la historia. Saber que, Jesús está siempre a nuestro lado, nos colma de esperanza especialmente en este tiempo de sufrimiento y desánimo por la calamidad de la pandemia.

Luego Jesús toma la iniciativa y entabla el dialogo con ellos: ”¿Qué comentaban en el camino?”. Cleofás le expresa toda su extrañeza porque Jesús no conoce un hecho que en esos días ha provocado mucha conmoción en toda Jerusalén. Le parece imposible que ese desconocido no sepa que los sumos sacerdotes y jefes  del pueblo judío han entregado en manos de los romanos a Jesús, “profeta poderosos en obras y en palabras”, para que fuera condenado a muerte y crucificado.

Además le comentan que todos los discípulos se quedaron desconcertados porque algunas mujeres de su grupo, en esa misma mañana, fueron al sepulcro y no encontraron el cuerpo de Jesús. Ellas afirmaban también que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Jesús vivía. Los dos acompañan este relato con unas palabras que expresan toda su tristeza y decepción: ”Nosotros esperábamos que fuera Él quien librara a Israel, pero ya van tres días que sucedió todo esto”. Esta expresión deja entrever que los dos se estaban alejando de los demás discípulos, decepcionados porque con la muerte de Jesús, se habían acabado sus esperanzas de que Él fuera el Mesías.

La reacción de Jesús es fuerte: “¡Qué torpes para entender! … ¡Acaso el Mesías no debía padecer todo esto para entrar en su gloria?”. Y a continuación Jesús recurre a la Sagrada Escritura para explicarles detalladamente todo lo que en ella se refería a él, haciendo resaltar que su pasión y muerte en cruz era el paso necesario para que Él resucitara y venciera para siempre al pecado y a la muerte. Jesús intenta hacerles entender que solo a la luz de la resurrección la cruz tiene sentido y que no es un escándalo sino el cumplimiento de esperanzas de los profetas.

La palabra de Dios releída por Jesús cala profundamente en el corazón de los discípulos: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras?”. A pesar de esto, sus ojos, poseídos por el miedo y la desilusión, no son capaces de reconocerlo. Esto pasa a menudo también con nosotros; Jesús camina a nuestro lado por donde vayamos y nos acompaña en nuestras vicisitudes cotidianas, pero nuestras preocupaciones y temores nos impiden descubrirlo.

Así dialogando los tres llegan a Emaús y Jesús hace ademan de seguir, pero los discípulos, que ya se han hecho sus amigos, le insisten: “¡Quédate con nosotros! Ya es tarde y el día se acaba”. Hermosísima petición que brota de esos momentos entrañables que ellos han vivido con Jesús en el camino.  

Su presencia y su palabra les han dado serenidad, les han hecho pasar de la desolación a la consolación, han resucitado en su corazón la esperanza muerta y ha despertado el deseo de que Él se quede con ellos.

Jesús acepta y se queda con ellos, así como se queda con nosotros y no se aleja aunque nosotros nos alejemos de él. Ante el enemigo invisible que nos acecha en estos tiempos, nos sentimos desamparados y necesitados de sentir la cercanía de Jesús, que Él nos conforte y anime. Este es el momento de invocar al Señor de todo corazón con la oración de los dos discípulos: ”Quédate con nosotros”.

Entonces Jesús “sentado a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio”. Él repite los gestos con los que instituyó la Eucaristía en la última cena; parte y reparte con ellos el pan de la comunión y de la fraternidad. En aquel momento “los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron”. Para que se les abran sus ojos y reconozcan a Jesús, los dos discípulos han tenido que beber a la fuente de la Palabra de Dios y comer el Pan de Vida, los pasos que todo discípulo tiene que dar hasta el fondo para encontrar al Señor.

Pero, en ese mismo instante en que lo reconocen, “Él desapareció de su vista”. Desaparece de la vista pero está presente. Con la resurrección Cristo no nos ha dejado, se ha quedado con nosotros por los caminos del mundo, hasta que su Reino de amor y de vida no se haya cumplido. El encuentro con el Resucitado ha representado un cambio total en la vida de los dos; les ha hecho pasar de la huida con tristeza, oscuridad y desánimo a la carrera desbordante de gozo, confianza y esperanza. No obstante, el camino de la fe pascual de los dos discípulos todavía no ha terminado; hace falta que reconozcan la presencia de Jesús resucitado en la comunidad de los hermanos. Por eso, “En ese mismo momento se ponen en camino y regresan a Jerusalén y allí encuentran a los demás discípulos”. Y ante la comunidad de los discípulos dan su testimonio: “Ellos contaron lo que les había pasado en el camino y como lo había reconocido al partir el pan“.

Esta mañana pido a Jesús que sea nuestro compañero de camino como lo fue de los dos discípulos, que nos haga arder el corazón y saborear su Palabra, que parta el pan con nosotros y que nos ayude a ser compañeros de camino de todos los hermanos y hermanas que sufren: de los afectados por el Covid19, los que les falta el pan de cada día, los que están solos y abandonados y de tantos otros hermanos necesitados, dando testimonio, con nuestra solidaridad, de que Él está presente en medio del dolor de todos ellos y de la humanidad entera.

Antes de terminar quiero saludar con especial cariño a Uds. niños y jóvenes misioneros que celebran hoy su Jornada Nacional con el lema: “¡Desde mi casa, como Teresita, también soy misionero!”. Es un lema muy apropiado a esta circunstancia que no les permite salir de casa, sin embargo, esto no puede impedirles ser misioneros, como dice su protectora Santa Teresita del Niño Jesús: “Las obras extraordinarias no están a mi alcance. ¿Cómo demostraré a Dios mi amor si éste se prueba en obras? Por mis pequeñas acciones y sacrificios. ¡Como niña, sembraré de flores su camino!, y Jesús las mirará complacido.”  Niños y jóvenes sigan su ejemplo y en su hogar hagan pequeñas acciones como obedecer y colaborar a sus papás, cumplir con sus tareas y así contagiar a toda su familia con la alegría de su vida joven entregada al Señor. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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