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martes 1 diciembre 2020
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Mons. Sergio pide a las autoridades escuchar a Dios y atender los pedidos y necesidades de los más pobres y excluidos de la sociedad

Campanas. Mons. Sergio Gualberti, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, pidió a todas las autoridades escuchar a Dios y atender  los pedidos y necesidades de los más pobres y excluidos de la sociedad.

El pedido de Salomón de un corazón dócil y paciente que escuche a Dios, para que sepa discernir entre el bien y el mal, un corazón que sepa escuchar también al pueblo con sus gozos y alegrías, con sus tristezas y sufrimientos, para responder a sus necesidades reales y problemas concretos, estaría muy bien en los labios de todos nosotros, particularmente de todos las autoridades para que escuchen a Dios y al pueblo, con una atención privilegiada a los pedidos y necesidades de los más pobres y excluidos de la sociedad, dijo el Arzobispo.

La Misa dominical fue presidida por Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz y  concelebrada por  los Obispos Auxiliares: Monseñor Estanislao Dowlaszewicz, Monseñor René Leigue, el Vicario de Comunicación y Rector de la Catedral, P. Hugo Ara y el P. Mario Ortuño,Capellán de Palmasola.

El prelado afirmó que el don de la sabiduría es especialmente necesario en este tiempo de pandemia sanitaria con sus graves consecuencias humanitarias y sociales. Así mismo dijo; el  pueblo pide a los responsables del bien común que sobre todo prioricen la defensa de la vida, que tomen medidas efectivas en contra de la propagación del contagio, que impulsen la atención adecuada a los enfermos, que cuiden las fuentes de trabajo, pero también que actúen con valentía y rectitud para acabar con la criminal especulación que se ha incrementado a nivel económico, social y político. La mayoría de nuestra población sufre por ser excluida de la atención médica por no contar con un seguro de salud y por los precios exorbitantes de las medicinas y de la atención sanitaria.

De la misma manera el Arzobispo rechaza el aprovechamiento de la situación de pandemia para fines electoralistas que provoca confrontaciones poniendo en riesgo la convivencia pacífica y que quita energías y unidad en enfrentar la grave emergencia que está poniendo el país de rodilla. Estas acciones, además de ser un delito son un pecado grave ante Dios y provocan la  deshumanización de aquellos que las llevan a cabo y de sus víctimas, dijo Monseñor.

Al terminar su homilía, Mons. Sergio pidió que renovemos hoy nuestra opción por el Reino de Dios,  seamos vigilantes y sabios porque las fuerzas del mal están al asecho, buscan confundirnos y se oponen a que el reino de Dios se abra camino en el mundo.

“> Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

domingo 26 de julio de 2020

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús que a través de parábolas profundiza el misterio del Reino de Dios, tema central y gran novedad de su predicación. El Reino es el designio de amor y de vida de Dios para toda la humanidad, un don tan grande y relevante que no debe extrañarnos que Jesús lo ponga como una petición en la oración del Padre Nuestro: Venga a nosotros tu Reino”.

En las breves parábolas de hoy, Jesús resalta el valor inestimable Reino de Dios comparándolo a un tesoro escondido y a una perla preciosa. Las palabras “tesoro” y perla preciosa”, despiertan en las personas la ambición y el deseo de poseerlos. Encontrar un tesoro es un hecho muy excepcional que causa una alegría  inmensa y un giro total en la vida de los que lo hallan.

Es lo que ha pasado con los afortunados de las parábolas, tanto el asalariado que ha encontrado el tesoro y que: “lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”, como el negociante que descubre la perla y que “fue a vender todo lo que tiene y la compra”. Los dos hombres, al darse cuenta de esa ocasión única, sin titubeos sacrifican todo lo que tienen para hacerse de los tesoros.

Cuando una persona descubre el valor inconmensurable del Reino de Dios, no duda en tomar una decisión radical que cambia el rumbo de su vida. Aprende a distinguir entre lo secundario y lo esencial, a librarse de las ataduras los bienes materiales, a despojarse de las certezas y seguridades ilusorias y asumir,  como rumbo certero de su existencia las virtudes y valores del Evangelio; la justicia, la libertad, la verdad, el amor y la solidaridad.

En la historia de Iglesia hay una multitud de hermanas y hermanos que han descubierto en el Reino de Dios el auténtico tesoro, hecho patente en la persona y vida de Jesús, tesoro que ha colmado su sed de amor y de felicidad. Son los santos que, con tal de lograr ese don, han tenido el coraje de dejarlo todo, riquezas, amistades, familia y han enfrentado sacrificios, incomprensiones y hasta el martirio. Han comprendido que el Reino es de Dios, pero dispuesto para nosotros, nuestro bien y nuestra vida, por eso no han dudado en vender todo para ganar “el todo”.

La parábola anota un particular significativo: ese jornalero vendió todo “lleno de alegría”; la alegría auténtica de descubrir el sentido de la vida, participar del reino de Dios y pertenecer a Jesucristo.

El Papa Francisco ha puesto la palabra “alegría” como nombre e inicio de su exhortación apostólica “La alegría del Evangelio”, alegría que “llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. No hay otro camino, solo en Jesucristo la humanidad encuentra la alegría de la salvación.

La primera lectura de hoy también nos habla de un “tesoro”, él de la sabiduría, el atributo de Dios mismo que, en su bondad, quiere compartirlo con nosotros. Es la sabiduría del Reino de Dios, de ver la realidad con los ojos del Padre, de optar por el bien y obrar conforme a su voluntad, gastando nuestra vida por Él.

El texto nos narra que, una noche, el Señor se aparece en sueño a Salomón recién elegido rey de Israel y le dice: Pídeme lo que quieras”.

Salomón, demostrando mucha sabiduría, reconoce que él es todavía un muchacho y que no se siente preparado para asumir la ardua tarea de gobernar al pueblo de Israel, por eso pide a Dios: “Concede a tu servidor un corazón que escuche para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal”. A Dios agrada que el joven rey no haya pedido la muerte de sus enemigos, ni riquezas, ni larga vida sino que se haya centrado en lo esencial y más importante, un corazón que escuche.

Salomón pide un corazón dócil y paciente que escuche a Dios, para que sepa discernir entre el bien y el mal, que siga sus mandatos y que, en el gobierno del pueblo de Israel, actué de acuerdo a los mandatos del Señor y no a los criterios del mundo. Además pide un corazón que sepa escuchar también al pueblo con sus gozos y alegrías, con sus tristezas y sufrimientos, para responder a sus necesidades reales y problemas concretos. Con esta respuesta Salomón demuestra estar bien consciente que el pueblo no es suyo sino de Dios, que él ha sido elegido para servirlo con justicia y equidad y para defender a los pobres, con miras al bien común y a una sociedad fraterna y en paz.

Este pedido de Salomón “Concede a tu servidor un corazón que escuche” estaría muy bien en los labios de todos nosotros, particularmente de todos las autoridades para que escuchen a Dios y al pueblo, con una atención privilegiada a los pedidos y necesidades de los más pobres y excluidos de la sociedad.

El don de la sabiduría es especialmente necesario en este tiempo de pandemia sanitaria con sus graves consecuencias humanitarias y sociales. El pueblo pide a los responsables del bien común que sobre todo prioricen la defensa de la vida, que tomen medidas efectivas en contra de la propagación del contagio, que impulsen la atención adecuada a los enfermos, que cuiden las fuentes de trabajo, pero también que actúen con valentía y rectitud para acabar con la criminal especulación que se ha incrementado a nivel económico, social y político. La mayoría de nuestra población sufre por ser excluida de la atención médica por no contar con un seguro de salud y por los precios exorbitantes de las medicinas y de la atención sanitaria.

De la misma manera rechaza el aprovechamiento de la situación de pandemia para fines electoralistas que provoca confrontaciones poniendo en riesgo la convivencia pacífica y que quita energías y unidad en enfrentar la grave emergencia que está poniendo el país de rodilla. Estas acciones, además de ser un delito son un pecado grave ante Dios y provocan la  deshumanización de aquellos que las llevan a cabo y de sus víctimas.  

Dios un día nos pedirá cuenta de nuestro actuar, como nos indica la breve parábola de los pescadores que recogen de las redes los peces buenos y tiran los que no sirven, porque no todo vale en el juicio final: “Vendrán los ángeles y separarán a los malos de los justos”. Renovemos hoy nuestra opción por el Reino de Dios,  seamos vigilantes y sabios porque las fuerzas del mal están al asecho, buscan confundirnos y se oponen a que el reino de Dios se abra camino en el mundo. Pidamos al Señor, con las palabras del salmo, que nos afiance en nuestro propósito: “Mi suerte Señor es guardar tus palabras… porque para mí vale más la palabra de tus labios que todo el oro y la plata”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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