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lunes 30 noviembre 2020
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Mons. Sergio: “Las Bienaventuranzas son el camino que Jesús nos propone para ser santos y dichosos”

Campanas. Este domingo 01 de noviembre, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, afirmó que las Bienaventuranzas son el camino que Jesús nos propone para ser santos y dichosos, una propuesta ardua, sin embargo, no estamos solos, contamos con la asistencia de muchísimos hermanos y hermanas que ya han llegado a la meta y, sobre todo, confiamos en la promesa del Señor: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Hoy 1º de noviembre, celebramos la solemnidad de Todos los Santos y mañana la Conmemoración de todos los difuntos. En nuestra Iglesia en Bolivia acomunamos las dos fiestas bajo la única denominación de “Todos Santos”, expresión del sentir de fe del pueblo de Dios que reconoce un vínculo tan fuerte entre vivos y difuntos que ni la muerte puede rompe. Es lo que profesamos en el credo: creo “la comunión de los santos”, todos unidos en Cristo y en la esperanza de la vida eterna en Dios.

Así mismo el prelado aseguró que Dios, en su plan de salvación, no nos ha dejado súcubos de nuestras limitaciones y del pecado, por el contrario, ha querido hacernos partícipes de su santidad: “Sean santos, porque yo el Señor, su Dios, soy santo”, (Lev. 19,2). Y Jesús reafirma este mandato: “Sean perfectos, como el Padre del cielo es Perfecto” (Mt 5,48). Esta es nuestra vocación recibida en el bautismo al ser sumergidos en el misterio de santidad de la Santísima Trinidad:En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo“.

Este llamado de Jesús nos puede parecer como una meta lejana y difícil, que no está a nuestro alcance. Esto se debe a que, en nuestro imaginario, el santo es aquel que tiene poderes sobrenaturales y que hace prodigios y milagros.  Los santos son personas de carne y hueso como todos, hermanos y hermanas que viven como verdaderos cristianos en la historia cotidiana, que cumplen la voluntad del Señor, que entregan su existencia por el reino de los cielos, que aman a Dios y al prójimo y que viven con sencillez y humildad conforme a su propia vocación y condición de vida, dijo Mons. 

La santidad es un don de la gracia de Dios en la vita de la Iglesia, dijo el Arzobispo, por eso, a lo largo del año litúrgico, se celebran las fiestas o las memorias de los santos, como ejemplos de fe y testigos de vida cristiana.

El Papa Francisco los define los santos de la puerta al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, personas conocidas de toda edad y profesión, papás y mamás, familiares y amigos, que dan o han dado un claro testimonio de fe y de vida cristiana, entregada por la familia, la Iglesia y la sociedad.

Así mismo Monseñor afirmó que esos hermanos nuestros hoy nos invitan a ser santos, a seguir sus pasos y a centrar nuestra existencia en la única y auténtica Esperanza: Jesucristo, camino, verdad y vida. Él nos ha enseñado lo que significa ser santo a través de las Bienaventuranzas, el carnet de identidad de todo cristiano y el camino a la verdadera felicidad. Por eso, vale la pena releerlos y meditarlos brevemente.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

01/11/2020

Hoy 1º de noviembre, celebramos la solemnidad de Todos los Santos y mañana la Conmemoración de todos los difuntos. En nuestra Iglesia en Bolivia acomunamos las dos fiestas bajo la única denominación de “Todos Santos”, expresión del sentir de fe del pueblo de Dios que reconoce un vínculo tan fuerte entre vivos y difuntos que ni la muerte puede romper. Es lo que profesamos en el credo: creo “la comunión de los santos”, todos unidos en Cristo y en la esperanza de la vida eterna en Dios.

El Antiguo Testamento nos dice que esta vocación a la santidad brota del hecho que hemos sido creados por Dios, “el único Santo”, el totalmente otro de cualquier creatura. Pero Dios, en su plan de salvación, no nos ha dejado súcubos de nuestras limitaciones y del pecado, por el contrario, ha querido hacernos partícipes de su santidad: “Sean santos, porque yo el Señor, su Dios, soy santo”, (Lev. 19,2). Y Jesús reafirma este mandato: “Sean perfectos, como el Padre del cielo es Perfecto” (Mt 5,48). Esta es nuestra vocación recibida en el bautismo al ser sumergidos en el misterio de santidad de la Santísima Trinidad:En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo“.

Este llamado de Jesús nos puede parecer como una meta lejana y difícil, que no está a nuestro alcance. Esto se debe a que, en nuestro imaginario, el santo es aquel que tiene poderes sobrenaturales y que hace prodigios y milagros. Este criterio priva a los santos de su condición y de sus valores humanos, para presentarlos llenos de virtudes recibidas desde la cuna, como si fueran personas de otro mundo, dignas de admirar más que imitar. Los santos son personas de carne y hueso como todos, hermanos y hermanas que viven como verdaderos cristianos en la historia cotidiana, que cumplen la voluntad del Señor, que entregan su existencia por el reino de los cielos, que aman a Dios y al prójimo y que viven con sencillez y humildad conforme a su propia vocación y condición de vida.

La santidad es un don de la gracia de Dios en la vita de la Iglesia, por eso, a lo largo del año litúrgico, se celebran las fiestas o las memorias de los santos, como ejemplos de fe y testigos de vida cristiana. Sin embargo, el texto del libro de Apocalipsis que acabamos de escuchar, nos dice que, a parte de estos santos canonizados por la Iglesia, hay muchos más que gozan de la gloria del Señor: “una multitud inmensa que nadie puede contar”, “santos anónimos“, que han vivido la santidad del pueblo de Dios, en el silencio y humildad de los quehaceres cotidianos.

El Papa Francisco los define los santos de la puerta al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, personas conocidas de toda edad y profesión, papás y mamás, familiares y amigos, que dan o han dado un claro testimonio de fe y de vida cristiana, entregada por la familia, la Iglesia y la sociedad.

Esos hermanos nuestros hoy nos invitan a ser santos, a seguir sus pasos y a centrar nuestra existencia en la única y auténtica Esperanza: Jesucristo, camino, verdad y vida. Él nos ha enseñado lo que significa ser santo a través de las Bienaventuranzas, el carnet de identidad de todo cristiano y el camino a la verdadera felicidad. Por eso, vale la pena releerlos y meditarlos brevemente.

Dichosos los que tienen espíritu de pobre, los que tienen corazón de pobre y han hecho de Dios su único recurso y sustento, que son conscientes de los límites de creaturas, ricos no de las riquezas, el poder y la fama del mundo, sino de los bienes que no perecen. Para ellos les es reservado el plan de vida y de amor preparado por Dios desde la creación.

Dichosos los afligidos, los que lloran y sufren por los males de este mundo, por las injusticias, la violencia, los conflictos y las guerras, los que trabajan por un nuevo orden de cosas según el plan de Dios. Para ellos está asegurado el consuelo de ver surgir la luz que es Cristo, luz que sostiene la esperanza de un mundo de solidaridad, de justicia y de fraternidad universal.

 Dichosos los mansos, los que vencen al mal con el bien, a la violencia con la no violencia activa, a la injusticia con la honestidad y que, al igual que Jesús, actúan como corderos en medio de lobos. A ellos y no a los violentos, los intrigantes y prepotentes será reservada la tierra como don y herencia, no esta tierra en el que todos estamos de paso, sino Dios mismo, la tierra que ningún avasallador podrá quitarnos.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia de Dios. Hambre de ser justos como el Padre, de reponer la justicia en las situaciones concretas de injusticia y de defender los derechos violados e ignorados, en especial de los pobres, los indefensos y los excluidos, para que la sociedad sea espacio de fraternidad, de dignidad y de equidad para todos. Cada uno de nosotros será saciado de lo que ha tenido hambre y sed.

Dichosos los misericordiosos. Lo que harás con el mendigo que llega a tu puerta o que tú cruzas por la calle, Dios lo hará contigo. Ser misericordiosos como Dios, es decir sin límites, porque nosotros somos fruto de su amor ilimitado y gratuito. Esto implica también perdonar y reconciliarnos con los que nos han ofendido, condición indispensable para que Dios nos perdone y recompense.

Dichosos los limpios de corazón. Dios habita en los puros de corazón, en las personas trasparentes y sinceras, donde no hay doblez ni hipocresía, que escuchan el grito de dolor de los pobres, que hacen fructificar la Palabra de Dios y que viven el mandamiento del amor. Ellos conocerán el misterio de Dios y disfrutarán de su plan de salvación.

 Dichosos los que trabajan por la paz, los operadores de paz, los que buscan lo que une y no lo que divide, los que creen en la fuerza de los medios pacíficos, en el diálogo, en el respeto y en la escucha del otro y no en los conflictos, los bloqueos, los vandalismos y las medidas de fuerza. Ellos serán llamados hijos de Dios y lo son en realidad.

“Dichosos los perseguidos por vivir el plan de Dios… Dichosos Uds. cuando sean insultados y perseguidos”. Perseguidos no por cualquier motivo, sino a causa de la justicia del Reino, a causa de la fe en Jesús, del evangelio y del compromiso por los pobres y marginados. Los cristianos hoy somos más perseguidos que los hermanos de la Iglesia primitiva por nuestra fe en Dios, muchos han derramado y derraman su sangre y tantos otros son denigrados por la tiranía de una cultura laicista e intolerante que “no nos reconoce porque no ha reconocido a Dios”. Para todos ellos, está prometida la perla preciosa del Reino de Dios.

Las Bienaventuranzas son el camino que Jesús nos propone para ser santos y dichosos; una propuesta ardua, sin embargo no estamos solos, contamos con la asistencia de muchísimos hermanos y hermanas que ya han llegado a la meta y, sobre todo, confiamos en la promesa del Señor: “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Por tanto, en este día, fiesta de la vida, de la esperanza y de la dicha, elevemos nuestras oraciones a los santos que ya están en Dios, ellos son nuestros mejores amigos que nos ayudan a conocer y valorar “cual es la esperanza a la que Dios nos ha llamado”. Sigamos sus pasos emprendiendo con decisión y valentía el camino de la santidad, confiados que el Señor, un día, nos concederá reunirnos con ellos en la felicidad del Reino eterno. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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