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viernes 13 diciembre 2019
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Mons. Sergio: “La Cadena Perpetua es una muestra de la total desconfianza en la capacidad del hombre de reconocer sus errores y cambiar de vida”

En su Homilía de este domingo 12 de junio en la Catedral de San Lorenzo Mártir, el Arzobispo de la Arquidiócesis de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti manifestó que perdón de Dios, no se limita simplemente a la absolución de las culpas, sino que es el don gratuito de Él mismo, en la presencia de Jesús.

Así mismo el Prelado aseguró que cuando él pasa en la vida de una persona, pasa el perdón que lo hace reencontrarse consigo mismo y con Dios. La conversión no es fruto tanto de nuestra iniciativa y de un movimiento interior, sino del paso del Señor por nuestras vidas, es puro don de Dios Padre que nos quiere hacer partícipes de su vida. Sólo en la experiencia del amor verdadero se da el encuentro salvador entre nuestra miseria y la misericordia de Dios.

El Arzobispo de Santa Cruz expresó con mucha preocupación; que distinta la actitud de Dios para con nosotros, de la de la Cumbre de Justicia que en estos días en Sucre ha decidido implementar la pena de la “CADENA PERPETUA” en nuestro país para determinados delitos. Esta medida es una muestra de total desconfianza en la capacidad del hombre de reconocer sus errores y de cambiar su vida y también va en contra de la Constitución Política del Estado y de los derechos humanos al determinar la muerte moral y social de las personas. Además esta normativa, en situaciones de una administración corrupta de la justicia, puede prestarse a graves abusos, como nos enseña la historia y también es una medida innecesaria visto que experiencias similares vigentes en diversos países han fracaso en su objetivo. Expresó

 Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz/12/06/2016

Las lecturas de hoy ponen delante de nosotros la actitud de Dios hacia el pecado y los pecadores: Dios rechaza el pecado y perdona al pecador que se arrepiente.

En la primera lectura el profeta Natán, es enviado por Dios al rey David para que éste tome conciencia de su grave pecado. El profeta logra que David se involucre y reconozca su error con la siguiente narración: Había dos hombres en una ciudad, uno muy rico con muchas ovejas y ganado y el otro, muy pobre con una sola ovejita que criaba con mucho cariño junto a sus hijos. Llegó una visita a la casa del rico y este, para agasajar al huésped, no sacrificó uno de sus animales, sino la única oveja del pobre.

David al escuchar ese atropello se indigna: “El hombre que ha hecho eso, merece la muerte!” Y Natán le contesta: “Ese hombre eres tu!” Tu que has recibido todo de Dios, has sido hecho rey y como tal puedes tener todo lo que quieres, incluso puedes escoger una esposa entre tantas jóvenes del reino y en cambio “Tú has matado al filo de la espada a Urías y has tomado por esposa a su mujer”. A David recién se le abren sus ojos, reconoce que ha cometido un horrible delito no solo en contra de Urías, sino de Dios mismo: «¡He pecado contra el Señor!». Ante esta admisión sincera de su culpa y el arrepentimiento, Dios lo perdona de una sentencia de muerte, aunque tendrá que hacer penitencia: «El Señor, por su parte, ha borrado tu pecado: no morirás.» Dios al perdonar a David, manifiesta su rostro misericordioso que quiere la vida y no la muerte del pecador, lo mismo que revela Jesús perdonando a una pecadora pública, como narra el evangelio de hoy.

Jesús es invitado por un fariseo, cierto Simón, a comer en su casa, iniciativa muy extraña, ya que los fariseos eran hostiles a Jesús. No sabemos su verdadera intención, si lo hace con sinceridad o por curiosidad o para tenderle una trampa. También puede parecer raro que Jesús la haya aceptado, pero lo hace porque es parte de su misión ofrecer a todos la salvación, sin excluir a nadie, incluso a sus enemigos. Por eso Jesús, buscando hacer brillar en el corazón de Simón la luz de la verdad, le ofrece la gran oportunidad para que reconozca en él al Mesías.

Mientras están sentados a la mesa entra en la sala una pecadora pública. Según las costumbres de los judíos, era permitido a otra gente entrar en las salas durante los banquetes, sin embargo es inaudito que una prostituta se atreva a entrar un sábado, día del Señor, en casa de un fariseo, un hombre que se considera estricto observante de la ley, uno que se cree justo delante de Dios y que no se mete con los pecadores por miedo a contaminarse.

Ciertamente la mujer ha tenido la ocasión de ver y escuchar con anterioridad a Jesús mientras él” recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios” o por lo menos ha escuchado hablar de él. La figura de Jesús le ha impactado y ve en él la esperanza de una vida nueva. Ahora es su oportunidad de hacer conocer a Jesús que confía totalmente en él, que lo ama y que él es el único que la puede comprender.

Ella va directa donde Jesús y sin pedir permiso, “Se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría con sus besos y los ungía con perfume”. Este llanto sincero delante de los comensales, es la confesión pública de sus pecados, un llanto de que libera, abre su corazón y sana sus heridas profundas. “Las lágrimas no piden perdón, lo merecen” (san Ambrosio). Ella ha comprendido el corazón de Jesús mejor que todos, que él no solo da amor, sino que sabe también recibirlo y desea ser amado.

Podemos imaginar las miradas de desprecio de los invitados hacia la mujer y Simón, desde su arrogancia se escandaliza de Jesús y piensa en su interior: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca… es una pecadora!». El sigue convencido de que, por ser fiel observante de la ley, merece la salvación, como si fuera el artífice de la misma, mientras que dice, como dice san Pablo en la 2da lectura,” Nadie será salvado en virtud de las obras de la ley”, sino por la gracia del Señor.
Jesús, que no se deja condicionar por los pensamientos y criterios de los presentes, ofrece a Simón y a sus amigos fariseos la oportunidad de salir de la ceguera de sus seguridades y altanería, para que reconozcan su condición de pecadores necesitados de conversión y del perdón de Dios. Él interpela directamente a Simón por medio de la breve parábola de los deudores, donde un dueño perdona a un servidor la deuda de cincuenta denarios y a otro de quinientos, lanzándole la pregunta:”Cuál de los dos lo amará más” Simón responde acertadamente: “Pienso que aquél a quien perdonó más”.

Jesús ahora se atreve a señalar a la mujer:“¿Ves a esta mujer?”. Ella ha demostrado verdadero amor, porque espontáneamente ha realizado los muchos gestos de cortesía que Simón, como anfitrión debía cumplir. Jesús no solo se pone de lado de la mujer pecadora sino que la propone como modelo y ejemplo del amor que redime y salva, confirmando lo que había predicado: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes en el Reino de Dios”. El Reino de vida y de amor del Padre, es ante todo buena noticia para los últimos y despreciados de la sociedad. “Tus pecados te son perdonados”, a Jesús sólo le importa la persona de la mujer, ve en ella lo que nadie ve: su gran capacidad de amar, por eso le perdona todos sus pecados, el perdón del Padre fruto del amor de Jesús. Mucho le es perdonado, porque mucho ha amado.

El perdón de Dios, no se limita simplemente a la absolución de las culpas, sino que es el don gratuito de Él mismo, en la presencia de Jesús. Cuando él pasa en la vida de una persona, pasa el perdón que lo hace reencontrarse consigo mismo y con Dios. La conversión no es fruto tanto de nuestra iniciativa y de un movimiento interior, sino del paso del Señor por nuestras vidas, es puro don de Dios Padre que nos quiere hacer participes de su vida. Sólo en la experiencia del amor verdadero se da el encuentro salvador entre nuestra miseria y la misericordia de Dios.

En este encuentro de Jesús con la mujer pecadora resalta toda la capacidad redentora del amor, porque el amor nace del perdón y, al mismo tiempo, el amor propicia el perdón. Jesús nos invita a convertirnos no al Dios del fariseo, un Dios a temer, sino al Dios de la misericordia que perdona a la mujer pecadora, el Dios a amar, y de esta manera hacer que el eje fundamental de nuestra fe sea recibir y devolver amor.

Que distinta la actitud de Dios para con nosotros, de la de la Cumbre de Justicia que en estos días en Sucre ha decidido implementar la pena de la “CADENA PERPETUA” en nuestro país para determinados delitos. Esta medida es una muestra de total desconfianza en la capacidad del hombre de reconocer sus errores y de cambiar su vida y también va en contra de la Constitución Política del Estado y de los derechos humanos al determinar la muerte moral y social de las personas. Además esta normativa, en situaciones de una administración corrupta de la justicia, puede prestarse a graves abusos, como nos enseña la historia y también es una medida innecesaria visto que experiencias similares vigentes en diversos países han fracaso en su objetivo.

Este Año Santo de la Misericordia, el Papa Francisco nos pide ser “misericordiosos como el Padre”, quien manifiesta su omnipotencia en la misericordia, que no es un signo de debilidad sino de confianza en lo que de bueno hay en cada persona y en su posibilidad de redimirse. “La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona”. Con esta convicción, pedimos al Señor que en nuestro país las leyes y las instituciones carcelarias apunten no a la condena de por vida sino a favorecer la rehabilitación, la corrección y la reinserción en la vida de la sociedad de la personas que han caído en errores o delitos.

Amén.

OFICINA DE PRENSA DE LA ARQUIDIÓCESIS DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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