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jueves 2 julio 2020
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Mons. Sergio: “En este tiempo en que la vida está amenazada gravemente por la pandemia, sentimos la urgencia de contar con Cristo pan partido para la vida del mundo”

Campanas. Después de veinte 21 años, a causa de la pandemia del Coronavirus, no podemos reunirnos para celebrar la solemnidad de Corpus Christi en el estadio Tahuichi Aguilera. Seguramente extrañamos a las hermosas coreografías, el coro y la orquesta que guiaban nuestros cantos corales, pero sobre todo el no poder estar unidos entre tantos hermanos y no poder recibir la comunión sacramental del cuerpo de Cristo, aunque podemos unirnos en la comunión espiritual y acercarnos a la mesa de la palabra a través de los medios de comunicación. Es un sacrifico que nos pide el Señor: cumplir con las medidas de bioseguridad para preservar la salud y la vida de todos, en este momento en que la pandemia está en plena propagación, dijo el Arzobispo al iniciar su homilía, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir.

En Corpus Christi celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo; acontecimiento de comunión y gozo de nuestro pueblo y expresión de fe y unidad en medio de una gran alegría al tener entre nosotros al Señor Sacramentado, prolongación de la última cena y la celebración de una Pascua continua.

La Celebración central de la Solemnidad de Corpus Christi,  fue presidida por  Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz y concelebrada  por los Obispos Auxiliares; Monseñor Braulio Sáez, Monseñor Estanislao Dowlaszewicz , Monseñor René Leigue, el Vicario de Comunicación y Rector de la Catedral, P. Hugo Ara y el Capellán de Palmasola, P. Mario Ortuño, hoy jueves 11 de junio a las 16:00 horas.

El prelado afirmó que como signo visible de la presencia salvadora del Señor en nuestras vidas, el Santísimo Sacramento ha salido hoy de las iglesias parroquiales y ha pasado por nuestras avenidas y calles impartiendo a ustedes y a sus hogares su bendición portadora de vida, de unidad, de amor y paz.

El Arzobispo aseguró que el Pan de Vida, alimento para la vida eterna, nos sostiene en los momentos de dolor y oscuridad y  nos hace ser auténticos cristianos y testigos de la fe y de la alegría del Evangelio de Jesucristo, que entregó su vida para que todos tuviéramos vida, sin exclusión de nadie.

La Eucaristía el pan de vida es el pan partido para la vida del mundo

Mons. Sergio dijo: En este tiempo en que la vida amenazada gravemente por la pandemia que está sembrando muerte en todos los países, sentimos la urgencia de contar con Cristo pan partido para la vida del mundo y de redescubrir el don precioso de la vida humana. Un don que necesita ser cuidado a como dé lugar, la prioridad absoluta de los programas y políticas de todos los países, dispuestos, como dice el Papa Francisco, a destinar a tal fin los recursos reservados a los armamentos

EL pan de la unidad se convierte al mismo tiempo en esperanza y tarea, a la que todos somos llamados como constructores de unidad, buscando lo que nos une y no lo que nos divide, promoviendo el diálogo en la escucha y sincero respeto del otro. En especial estamos llamados a promover la unidad, reconciliación y perdón en  nuestro país, donde, a pesar de las situaciones de sufrimiento, persisten resentimientos y rencores que nos mantienen divididos y enemistados, y que incluso dificultan una acción común para enfrentar a la pandemia, dijo Monseñor.

La Eucaristía es el sacramento de la caridad

El pan de la caridad no se lo puede guardar para uno mismo, es el pan a “compartirse con otros, a partirse juntos, el pan de la solidaridad, la justicia, el bien común y la dignidad de cada persona, afirmó el prelado.

El fruto de la celebración de la Eucaristía, tiene que manifestarse en gestos concretos de solidaridad. A nuestro lado no faltan enfermos, pobres, ancianos solos, niños abandonados, hermanos marginados y obreros sin trabajo que ya no pueden llevar al hogar el pan de cada día. Nosotros y la Iglesia somos creíbles, solo si damos testimonio de la caridad vivida y concreta, y si nos ofrecemos a nosotros mismos como don y no nos limitamos a “hacer la caridad”, expresó Monseñor Sergio.

No puedo concluir sin manifestar que siento una gran añoranza en mi corazón por la falta de las celebraciones eucarísticas a puertas abiertas, y creo de no equivocarme al pensar que también ustedes, hermanos y hermanas, sienten lo mismo. Me sostiene la firme esperanza de que, ni bien las condiciones sanitarias lo permitan, volveremos a reunirnos en comunidad y podremos comulgar todos con el cuerpo y la sangre de Cristo, dijo el Arzobispo al concluir su homilía.

Terminada la celebración Eucarística, el Arzobispo y los Obispos Auxiliares, salieron con el Santísimo Sacramento desde  la Catedral , por la Calle 24 de Septiembre hasta el altar del Cristo Redentor, para bendecir los hogares cruceños y pedir al Señor que traiga alivio y consuelo a nuestro Pueblo agobiado por el dolor y el sufrimiento a causa de la pandemia del Covid – 19.

Durante el recorrido, muchos fieles de rodillas, con los brazos extendidos al cielo, con pañuelos blancos y velas salieron al encuentro  de Jesús sacramentado.

Una gran cantidad de personas se dieron cita en el Altar Papal para recibir la bendición del Santísimo Sacramento.

En el Altar Papal, el Arzobispo  bendijo a toda la ciudad de Santa Cruz, de ahí siguieron por la Avenida Monseñor Rivero hasta el primer anillo, pasaron por la Clínica Kamiya, la Caja Nacional, Caja Petrolero, Hospital San Juan de Dios, y el  Hospital de la mujer , Dr. Percy Boland, momento emotivo y muy especial, donde médicos, enfermeras, y familiares de los pacientes ahí internados, salieron y de rodillas recibieron la bendición del Santísimo.

La bendición final con el Santísimo Sacramento la realizó el Arzobispo en el Atrio de la Catedral;

Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre.
Bendito sea el Nombre de Jesús.
Bendito sea su Sacratísimo Corazón.
Bendito sea su Preciosísima Sangre.
Bendito sea Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.
Bendito sea el Espíritu Santo Consolador.
Bendita sea la Incomparable Madre de Dios la Santísima Virgen María.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su gloriosa Asunción.
Bendito sea el Nombre de María Virgen y Madre.
Bendito sea San José su casto esposo.
Bendito sea Dios en sus Ángeles y en sus Santos.

 

Señor, Ten piedad de nosotros.
Cristo, Ten piedad de nosotros.
Señor, Ten piedad de nosotros.

Cristo, Óyenos.
Cristo, Benignamente óyenos.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

“Solemnidad de Corpus Christi”

Queridos hermanos y hermanas, este año por primera vez después de veinte 21 años, a causa de la pandemia del Coronavirus, no podemos reunirnos para celebrar la solemnidad de Corpus Christi en el estadio Tahuichi Aguilera. Seguramente extrañamos a las hermosas coreografías, el coro y la orquesta que guiaban nuestros cantos corales, pero sobre todo el no poder estar unidos entre tantos hermanos y no poder recibir la comunión sacramental del cuerpo de Cristo, aunque podemos unirnos en la comunión espiritual y acercarnos a la mesa de la palabra a través de los medios de comunicación.

Es un sacrifico que nos pide el Señor: cumplir con las medidas de bioseguridad para preservar la salud y la vida de todos, en este momento en que la pandemia está en plena propagación. Lo asumimos con serenidad sabiendo que Él lo une a su santo Sacrificio, que se renueva en la Eucaristía, Sacrificio que hace sagrada nuestra vida e infunde un dinamismo nuevo a nuestros esfuerzos y compromisos por el reino de Dios, el reinado del amor, la vida, el bien común y la solidaridad.

La consciencia de este misterio de amor, nos hace más llevadera la ausencia de la comunidad viva, porque nos confirma que todos estamos presentes esta tarde, unidos en la comunión y caridad del Cuerpo místico de Cristo.

Como signo visible de la presencia salvadora del Señor en nuestras vidas, el Santísimo Sacramento ha salido hoy de las iglesias parroquiales y ha pasado por nuestras avenidas y calles impartiendo a ustedes y a sus hogares su bendición portadora de vida, de unidad, de amor y paz. Terminada esta celebración, el Santísimo saldrá también de nuestra Catedral hasta el altar del Cristo donde bendecirá a toda la ciudad, de ahí seguirá hasta algunos hospitales para bendecir a los enfermos allí internados y los que están en otros hospitales o en sus casas.

Estas muestras de amor del Señor nos animan a redescubrir el valor de la Eucaristía y contemplar con estupor este misterio fuente y culmen de nuestra vida cristiana. El don que Cristo nos ha conseguido a través de su sufrimiento y muerte ofrecida libremente en cruz, don del pan de vida para todos nosotros y, de este modo, en esperanza viva y creíble.

El Pan de Vida, alimento para la vida eterna que al mismo tiempo repone nuestras energías, nos sostiene en los momentos de dolor y oscuridad que encontramos en el camino, nos hace ser auténticos cristianos y testigos de la fe y de la alegría del Evangelio de Jesucristo, que entregó su vida para que todos tuviéramos vida, sin exclusión de nadie.

En la Eucaristía el pan de vida es el pan partido para la vida del mundo, de todos los que creen en Él. En este tiempo en que la vida amenazada gravemente por la pandemia que está sembrando muerte en todos los países, sentimos la urgencia de contar con Cristo pan partido para la vida del mundo y de redescubrir el don precioso de la vida humana. Un don que necesita ser cuidado a como del lugar, la prioridad absoluta de los programas y políticas de todos los países, dispuestos, como dice el Papa Francisco, a destinar a tal fin los recursos reservados a los armamentos.

Este Pan partido para la vida del mundo es el pan de la comunión con Cristo, en la intimidad del encuentro personal con Él y su vida divina. Pan de la comunión también con los hermanos, el pan de la comunidad que nos reúne a todos alrededor de la misma mesa para alimentamos del mismo pan.

Del pan de la comunión brotan nuevas relaciones de fraternidad entre nosotros porque todos somos miembros del mismo y único Cuerpo de Cristo y pueblo de Dios, llamados a vivir el mandamiento del amor, ser prójimos de los demás, mirarlos con los ojos misericordiosos y compasivos del Padre y a no quedarnos encerrados en nuestros criterios y juicios humanos.

El pan de la comunión que nos une en el solo pueblo de Dios, el pan hecho de muchos granos de trigo molidos es el pan de la unidad de todas las Iglesias dispersas en el mundo. De la misma manera, nosotros mismos, de los muchos que somos, tenemos que convertirnos en un solo pan, en el solo cuerpo de Cristo, como nos dice san Pablo: “Porque si uno solo es el pan y todos participamos de ese único pan, aunque somos muchos, todos formamos un solo cuerpo”. (1 Cor 10, 17). De este modo, el pan de la unidad se convierte al mismo tiempo en esperanza y tarea. Tarea, a la que todos somos llamados como constructores de unidad, buscando lo que nos une y no lo que nos divide, promoviendo el diálogo en la escucha y sincero respeto del otro. En especial estamos llamados a promover la unidad, reconciliación y perdón en  nuestro país, donde, a pesar de las situaciones de sufrimiento, persisten resentimientos y rencores que nos mantienen divididos y enemistados, y que incluso dificultan una acción común para enfrentar a la pandemia.

Comulgar al pan de la unidad se vuelve compromiso también para la caridad:  La Eucaristía es el sacramento de la caridad. Es como su figura y su fuente”, nos dice Santo Tomás de Aquino. La Caridad cristiana, no es limosna, es el más alto grado del amor, participación del mismo amor de Dios, su don gratuito. El pan de la caridad no se lo puede guardar para uno mismo, es el pan a “com-partirse con otros, a partirse juntos”, el pan de la solidaridad, la justicia, el bien común y la dignidad de cada persona.

El pan que nos anima a salir al encuentro del otro, a darle campo, a emprender el camino del “no tener para sí mismos”, y ponernos a disposición de los demás.

El fruto de la celebración de la Eucaristía, tiene que manifestarse en gestos concretos de solidaridad. A nuestro lado no faltan enfermos, pobres, ancianos solos, niños abandonados, hermanos marginados y obreros sin trabajo que ya no pueden llevar al hogar el pan de cada día. Nosotros y la Iglesia somos creíbles, solo si damos testimonio de la caridad vivida y concreta, y si nos ofrecemos a nosotros mismos como don y no nos limitamos a “hacer la caridad”.

Es un compromiso arduo que necesita del dinamismo y fortaleza que irradia la Eucaristía, para que podamos responder con generosidad y gratitud a ese gran regalo que el Señor nos ha dado.

No puedo concluir sin manifestar que siento una gran añoranza en mi corazón por la falta de las celebraciones eucarísticas a puertas abiertas, y creo de no equivocarme al pensar que también ustedes, hermanos y hermanas, sienten lo mismo. Me sostiene la firme esperanza de que, ni bien las condiciones sanitarias lo permitan, volveremos a reunirnos en comunidad y podremos comulgar todos con el cuerpo y la sangre de Cristo.

Hagamos que, desde ya, este ferviente deseo se vuelva una oración agradecida al Señor por el don inestimable de la Eucaristía, Pan partido para la vida del mundo y lo hacemos  con las palabras del salmo responsorial: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre del Señor”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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