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domingo 16 junio 2019
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Mons. Sergio: “El Señor nos pide una profunda conversión, una transformación interior, un cambio de mentalidad y de vida, que debe alcanzar a todo nuestro ser”

Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz antes de viajar a Uruguay donde participa del II Simposio Teológico Misionero en Uruguay, presidió la Celebración del domingo 29 de agosto en la Catedral. En su homilía el Prelado enfatizó que el Señor nos pide una profunda conversión, una transformación interior, que implica un cambio sincero de mentalidad y de estilo de vida, que debe alcanzar a todo nuestro ser.

 Al mismo tiempo el Arzobispo de Santa Cruz, invitó a Acoger el llamado de Jesús a la conversión, pasar por el desierto de la liberación de nuestro propio ego, de toda clase de esclavitudes y de los deseos de poder y riqueza.

Mons. Sergio resaltó que en la Misa se encontraban los catequistas que desde el sábado están reunido desde todas las parroquias para celebrar el Jubileo de la Misericordia, para tocar con mano la cercanía amorosa del Padre, y vivir la alegría de sentirse amados y perdonados. Este encuentro personal y profundo con el Señor, les llene de un renovado ardor en su compromiso cristiano y los haga testigos alegres del Evangelio de Jesucristo entre los niños y los jóvenes.

Homilía del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti/ 29/02/2016

En este 3er Domingo de Cuaresma la liturgia de la Palabra nos presenta la intervención liberadora de Dios a favor del pueblo elegido y un apremiante llamado de Jesús a la conversión. En el texto del Éxodo hemos escuchado el relato de la vocación de Moisés, mientras está pasteando sus ovejas a los pies de la montaña el Horeb, después de su huida a Madián por haber matado a un capataz Egipcio.

De pronto algo llama la atención de Moisés: una zarza arde sin consumirse. Moisés se acerca para averiguar ese fenómeno maravilloso. Esa llama que arde sin consumir la zarza es signo de la presencia de Dios, una presencia permanente que no se disipa y que inflama a las personas. En ese mismo momento Dios lo llama por su nombre y le pide de no acercarse más, de quitarse las sandalias, porque esa tierra es santa.

Ante la presencia santa de Dios, nosotros tenemos que quitarnos las sandalias, es decir despojarnos de nuestra presunción y soberbia, y presentarnos en la sencillez y humildad de criaturas. Es un encuentro a solas con Dios, sin nadie ni nada que distraiga, un encuentro profundo, sincero y fascinante que cambiará la vida de Moisés y, por él, de todo el pueblo de Israel.

Luego el Señor se dirige a Moisés: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído su clamor,… conozco sus sufrimiento, por eso he bajado para librarlo del poder de los Egipcio”. Este texto es muy denso de significado, nos presenta a Dios que ha visto la situación de esclavitud de su pueblo, que escucha sus gritos de dolor y no se hace el desentendido, que conoce sus sufrimientos. Él conoce a fondo la situación de los Israelitas porque la comparte, la asume y la hace suya, y toma la decisión de liberarlos. No lo hace desde arriba, sino que baja, se hace cercano y se mete en medio de su pueblo.

En este testimonio de la Biblia, Dios se revela como un Dios atento al dolor, al sufrimiento y la opresión, y ahí, donde su pueblo gime y sufre, es donde quiere intervenir para liberarlo, y lo hace involucrando a Moisés en esta misión: “Ahora ve, Yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo”. Moisés antes de aceptar pide a Dios que le haga conocer su nombre. El nombre en la Biblia es la misma realidad de la persona, manifiesta su personalidad y misión en la vida.

Yo soy el que soy”, es la respuesta de Dios, un nombre misterioso, como a decir que Yo soy Él que está aquí, Él que está actuando a favor de ustedes. En Dios se pone a la cabeza del pueblo guiándolo en la marcha por el desierto, presencia simbolizada en la columna de fuego y la nube, lo hace pasar por el mar Rojo y lo lleva a la tierra prometida, tierra de libertad. Y es justamente en los cuarenta años de peregrinación por el desierto que los israelitas van descubriendo que su Dios es el Dios de la historia que camina con ellos, que actúa, se solidariza e interviene a su favor.

Es sumamente significativo que Dios, en su primer encuentro con Moisés, se presente como el que se mete en la historia de la humanidad, que interviene en nuestro aquí y ahora, como aquel que es amor y vida, como el defensor y liberador de los sufridos y oprimidos.

Acerca de esta actuación de Dios, San Pablo en la 2da carta a los cristianos de Corinto que hemos escuchado nos dice que: “Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro” y que la experiencia del éxodo fue como el bautismo del pueblo de Israel. Aquella experiencia es modelo y ejemplo de la vida de todo cristiano, nosotros que también pasamos por el desierto del mal, y que por nuestra debilidad y fragilidad, muchas veces caemos en la tentación y nos hacemos esclavos del pecado.

Pero Dios, ve nuestra situación de esclavitud, escucha nuestros gritos de dolor y pedidos de auxilio y conoce nuestros límites. Por eso, interviene para liberarnos y envía a Jesucristo, su Hijo único que, despojándose de su condición divina, se ha hecho uno de nosotros en todo, asumiendo nuestra debilidad y nuestros pecados y ha muerto para liberarnos de todas esas esclavitudes. Y nosotros, por el bautismo, podemos gozar de esta gracia de ser liberados de todo mal y gozar de la vida del Señor.

En el Evangelio, Jesús hace un llamado urgente a la conversión a partir de dos desgracias que habían conmocionado a todo el pueblo judío: la represión brutal de la policía romana dentro del Templo y la tragedia de las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé.

Jesús aclara que las desgracias no son un castigo de Dios, sino una ocasión para la conversión. Él no es vengativo ni se complace de la muerte del pecador, sino que busca que se convierta y viva. Por eso tenemos que cambiar una concepción que persiste entre nosotros de que si alguien ha sido víctimas de cualquier desgracia, es porque algo mal habrá hecho. No hay relación entre esos hechos dramáticos relatados y la supuesta culpabilidad de las víctimas, como nos dice Jesús: “¿Creen ustedes que esas personas sufrieron todo esto porque eran más pecadores? Les aseguro que no”.

Sin embargo, Jesús lanza una advertencia: “Pero si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Él pide con vehemencia una profunda conversión, una transformación interior, que implica un cambio sincero de mentalidad y de estilo de vida, que debe alcanzar a todo nuestro ser. Acoger el llamado de Jesús a la conversión, es pasar por el desierto de la liberación de nosotros propio ego, de toda clase de esclavitudes y de los deseos de poder y riqueza.

Esto implica cambiar nuestra manera de pensar, para hacer nuestros los criterios y el estilo de conducta de Jesús, de él que, siendo rico, se hizo pobre y actuó a favor de los pobres y los desechados por la sociedad.

Convertirse exige entonces asumir en nuestra manera de vivir la pobreza evangélica con un estilo de vida sobrio y digno, vivir la solidaridad con los pobres y necesitados, la cercanía con los que sufren de los males materiales y espirituales.

La gracia del bautismo que nos ha liberado de toda clase de esclavitud, nos pide ser personas comprometidas con la liberación de todo lo que en nuestra sociedad somete y humilla al ser humano. Convertirse entonces es trabajar a favor de la libertad y dignidad de las personas, de los derechos humanos, de la justicia imparcial e independiente, del diálogo, la reconciliación y la paz, empeño particularmente necesario en estos momentos de polarización que vivimos en nuestro país.

Este llamado a la conversión es todavía más apremiante en este Año Santo de la Misericordia, ocasión para experimentar la intervención de Dios que nuevamente nos libera de nuestras esclavitudes. Esta mañana están en medio de nosotros los catequistas que desde ayer se han reunido desde todas las parroquias para celebrar el Jubileo de la Misericordia, para tocar con mano la cercanía amorosa del Padre, y vivir la alegría de sentirse amados y perdonados. Este encuentro personal y profundo con el Señor, les llene de un renovado ardor en su compromiso cristiano y los haga testigos alegres del Evangelio de Jesucristo entre los niños y los jóvenes.

Con las palabras del salmista bendigamos y demos gracias al Señor que es “bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia”. Amén

OFICINA DE PRENSA DEL ARZOBISPADO DE SANTA CRUZ

Graciela Arandia de Hidalgo



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