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jueves 1 octubre 2020
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Mons. Sergio: “El Señor nos llama a acoger con amor y solidaridad a nuestros hermanos Migrantes y Refugiados”

Campanas. Hoy 6 de septiembre de 2020, desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti afirmó que el Señor nos llama hoy a dejar de lado todo estigma y acoger  y solidarizarnos con los migrantes y refugiados y cumplir con nuestra deuda de amor para con estos hermanos, con quienes Él se identifica: “Fui forastero y me recibieron”.

Así mismo el prelado dijo; en este tiempo de pandemia, estos hermanos migrantes y refugiados son, sin duda, uno de los sectores más sufridos de nuestra sociedad porque, además de los problemas del techo, el trabajo y la atención médica, son víctimas de prejuicios y marginación.

El Arzobispo de Santa Cruz, afirma que cumpliendo su misión, nuestra Iglesia en varias ocasiones ha buscado, con humildad y fraternidad, ser consciencia en nuestro país a través de su palabra e iniciativas varias como la Jornada Nacional del Migrante y Refugiado que celebramos hoy.

Una jornada de oración y reflexión para sensibilizarnos a nosotros y a nuestra sociedad acerca de este problema mundial que afecta también a hermanos bolivianos obligados a dejar el país en busca de una vida más digna, pero también a tantos migrantes y refugiados que están entre nosotros. Esta Jornada tiene como lema: “Acoger es un acto de amor y de fraternidad”, un acto altamente cristiano, dijo el Arzobispo.

Los mandamientos de Dios no atentan a nuestra autonomía y libertad, como recriminan ciertas corrientes filosóficas, por el contrario *son una guía que Él nos ofrece para que vivamos la auténtica libertad que brota del amor.*

También Monseñor aseguró que la caridad hacia el prójimo, es la actitud propia de nosotros discípulos de Jesús, caridad que se manifiesta con la preocupación por el bien integral, material y espiritual de los demás.

Jesús nos pide practicar la corrección fraterna y nos indica los pasos a dar para alertar al hermano que se equivoca a fin de que reconozca su error: la advertencia en privado, la mediación de un pequeño grupo y por último la intervención de toda la comunidad, afirma el prelado.

Es una misión que la Iglesia debe ejercer también ante la sociedad en cumplimento de la misión profética confiada por Jesús: ser centinela que alerta acerca de lo que se opone al reinado del amor y de la vida de Dios. Acerca de esta tarea, hay una frase muy iluminadora de Martin Luther King: “La Iglesia no es la dueña ni la sierva del Estado, sino su consciencia”, dijo Monseñor Sergio.

La Misa dominical  fue presidida por Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz y concelebrada por los Obispos Auxiliares: Monseñor Estanislao Dowlaszewicz, Mons. René Leigue,  P. Hugo Ara, Vicario de Comunicación y Rector de la Catedral y el Capellán de Palmasola, P. Mario Ortuño.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Domingo 06/09/2020

En la carta de Pablo a la Iglesia de Roma, que acabamos de escuchar, el apóstol desarrolla el tema del amor como norma de las relaciones entre los miembros de la comunidad: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo”. La palabra “deuda” asusta e inquieta, y se buscan todos los medios para evitar endeudarse, sin embargo Pablo se sirve de esta imagen muy llamativa y elocuente para indicar que el amor recíproco y fraterno tiene que ser lo que caracteriza la vida de los hermanos en la fe.

Una fe vivida no de manera aislada sino en comunidad y comunión, prolongación de la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo compartidos en la Eucaristía.

San Pablo acompaña estas palabras con dos afirmaciones categóricas:el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley… Por lo tanto, el amor es la plenitud de la ley. Esta es la gran verdad que nos ha traído Jesús: el que ama a Dios y al prójimo, no necesita ninguna ley, porque el amor no puede hacer mal al prójimo sino solo buscar su bien. San Agustín, haciéndose eco de esta verdad, afirma: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor”.

San Pablo luego, aclara más su pensamiento, tomando como ejemplo a Los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta afirmación nos hace entender que la ley de Dios no es otra cosa que la expresión de su amor, el amor encarnado en Cristo que se entrega y se pone a nuestro servicio para que tengamos la vida plena, la salvación.

A la luz de esta verdad, los mandamientos de Dios no atentan a nuestra autonomía y libertad, como recriminan ciertas corrientes filosóficas, por el contrario son una guía que Él nos ofrece para que vivamos la auténtica libertad que brota del amor. La realización personal y la felicidad que cada uno de nosotros busca con tanto ahínco, la encontramos en el amor a Dios y a los hermanos, un amor que humaniza, ennoblece y nos hace realmente felices.

Por tanto, vivir los mandamientos nos exige abrir las puertas del corazón, salir de nuestro yo y actuar como cristianos maduros entregándonos y poniéndonos al servicio de Dios y de los demás. Sería muy provechoso que esta concepción de la ley de Dios, inspirara también a las leyes humanas, entendidas como medios al servicio del bien común, la justicia equitativa, la convivencia pacífica y la vida digna, compartida en fraternidad entre todos.

Esta visión nos ayuda a entender más en profundidad los mensajes de las otras lecturas de hoy. En la primera Dios llama al profeta Ezequiel para que sea el “centinela del pueblo de Israel”, con la tarea de vigilar y llamar a la conversión al pueblo que  se ha extraviado de la fe verdadera detrás de los ídolos y ha abandonado a Dios y a sus mandamientos para recorrer un camino que lleva a la muerte y al desastre del país. Pero Dios también avisa a Ezequiel: “Si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre”.  

Al encarar al pueblo de Israel y ponerlo ante su responsabilidad, el profeta está haciendo un exquisito acto de amor y de solidaridad.

Por eso Ezequiel pone todo su empeño para que el pueblo reconozca que ha traicionado a la alianza y que necesita regresar a Dios, desterrando también, de en medio de la sociedad, a las injusticias, las divisiones y la maldad y así recibir el perdón de Dios que “no desea la muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva”.

Esta es la actitud también de Jesús, Él que “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”, tarea que él ha confiado a la Iglesia, para que el perdón y la salvación lleguen a toda la humanidad. Aquí radica nuestro compromiso prioritario: anunciar y testimoniar el amor de Dios a los que no lo conocen. El evangelio nos dice que es un grave error pensar que nos podemos salvar solos sin interesamos de lo que pasa a nuestro prójimo y a los hermanos en la fe que andan por un camino equivocado.

La caridad hacia el prójimo es la actitud propia de nosotros discípulos de Jesús, caridad que se manifiesta con la preocupación por el bien integral, material y espiritual de los demás. Jesús en el evangelio de hoy, nos pide practicar la corrección fraterna y nos indica los pasos a dar para alertar al hermano que se equivoca a fin de que reconozca su error: la advertencia en privado, la mediación de un pequeño grupo y por último la intervención de toda la comunidad.

Estas medidas son un acto de amor hacia el  hermano que está en el error y también hacia la comunidad eclesial, para evitar divisiones, motivo de escándalo para el mundo y desobediencia al mandato del Señor: “Qué todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti… para que el mundo crea que tú me enviaste”.

Esta tarea no es discrecional, es parte de nuestra responsabilidad e identidad de cristianos, por eso no nos debemos acobardar ni desentendernos. Es una misión que la Iglesia debe ejercer también ante la sociedad en cumplimento de la misión profética confiada por Jesús: ser centinela que alerta acerca de lo que se opone al reinado del amor y de la vida de Dios. Acerca de esta tarea, hay una frase muy iluminadora de Martin Luther King: “La Iglesia no es la dueña ni la sierva del Estado, sino su consciencia”.

Cumpliendo esta misión, nuestra Iglesia en varias ocasiones ha buscado, con humildad y fraternidad, ser consciencia en nuestro país a través de su palabra e iniciativas varias como la Jornada Nacional del Migrante y Refugiado que celebramos hoy. Una jornada de oración y reflexión para sensibilizarnos a nosotros y a nuestra sociedad acerca de este problema mundial que afecta también a hermanos bolivianos obligados a dejar el país en busca de una vida más digna, pero también a tantos migrantes y refugiados que están entre nosotros. Esta Jornada tiene como lema: “Acoger es un acto de amor y de fraternidad”, un acto altamente cristiano.

En este tiempo de pandemia, estos hermanos migrantes y refugiados son, sin duda, uno de los sectores más sufridos de nuestra sociedad porque, además de los problemas del techo, el trabajo y la atención médica, son víctimas de prejuicios y marginación. El Señor nos llama hoy a dejar de lado todo estigma, a acogerlos, a solidarizarnos con ellos y a cumplir con nuestra deuda de amor para con estos hermanos, con quienes Él se identifica: “Fui forastero y me recibieron”.  Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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