Search
jueves 1 octubre 2020
  • :
  • :

Mons. Sergio: “El Espíritu Santo nos mueve a ser solidarios con los enfermos de Covid y nos anima a unirnos como una sola familia”

Campanas.  Desde la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral,  hoy domingo 7 de junio, día en que la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti aseguró que en  estos tiempos álgidos, el Espíritu Santo es el que nos mueve a ser solidarios con los hermanos enfermos de COVID y sus familiares, con los que están sin trabajo y con los que sufren toda clase de privaciones. Al mismo tiempo nos anima a ser responsables, a dejar a un lado divergencias e intereses particulares y a unirnos como una sola familia en el cuidado de la salud y la vida de todos.

La palabra de Dios de hoy nos ha acercado un poco más al misterio de Dios Trinidad, el misterio de amor entre las tres personas divinas, el amor de comunión íntima y comunicación viva de personas. El amor divino que desborda hacia nosotros sus criaturas, fuente inagotable de unidad, que nos abraza, que se comunica y comulga con todos nosotros sus hijos, creados a imagen del Amor, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y enviados a comunicar y testimoniar la alegría del misterio de amor de la Trinidad y a vivir en comunión con Dios y con los hermanos. Esta es nuestra identidad y vocación cristiana y de la Iglesia: vivir nuestra fe en comunión, no como cristianos aislados sino en comunidad, dijo el Prelado.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

“Solemnidad de la Santísima Trinidad”

Hoy solemnidad de la Santísima Trinidad, nos acercamos, con humildad y estupor y a la luz de la Palabra de Dios, al misterio central de nuestra fe y vida cristiana, el misterio de un solo Dios en tres personas divinas iguales y distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia de la Trinidad que se ha comunicado y dado a conocer a la humanidad. San Pablo, resume esta verdad con la hermosa bendición de su 2da carta a los cristianos de Corinto y que la liturgia toma como saludo inicial de la Santa Misa: “La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes”.

El amor de Dios”. Desde la primera alianza con Israel, Dios se fue manifestando como el dador de vida que ama con fidelidad y generosidad a Israel, su pueblo elegido. El mismo se reveló a Moisés como un “compasivo, bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en fidelidad y amor…”. Confiado en estas palabras Moisés se animó a pedirle: ”Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros”. Y Dios de verdad estuvo en medio de Israel en todas las circunstancias, propicias y adversas, lo eligió como su pueblo no porque tuviera particulares méritos, sino solo por amor. Así dijo Moisés a los israelitas: “Si el Señor se enamoró de ustedes y les eligió no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, sino por puro amor”.

El profeta Oseas, con una imagen osada expresó esta relación tan especial de Dios para con su pueblo, comparándola al amor conyugal entre un varón y una mujer:Yo te desposaré conmigo para siempre… en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tu conocerás al Señor” (Os 2,11). 

Y cuando el pueblo de Israel, exilado en Babilonia, elevó su  grito de dolor: “El Señor me abandonó”, Dios respondió: “¿Acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15). Dios así se revela como Padre que ama con el amor entrañable de madre, amor sin límites que llega al extremo de entregar a su Hijo único para liberarnos del pecado y la muerte, como dijo Jesús a Nicodemo: ”Dios amó tanto al mundo, que entregó a su hijo único para que todo el que cree en Él, no muera”.

Y el Hijo de Dios, desde su entrada al mundo, se hizo uno de nosotros asumiendo en solidaridad nuestra naturaleza humana débil y limitada. Él pasó toda su existencia terrenal bajo la insignia del amor, haciendo el bien a cuantas personas encontraba, sanando a toda clase de enfermos, liberando a los poseídos por espíritus malignos, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos y entregándose el mismo, libremente y por amor, a la muerte en cruz para hacernos partícipes de su vida.

Y Jesús en la última cena pidió a los discípulos que siguieran sus pasos: “Les doy un mandamiento nuevo, ámense los unos a los otros como yo los he amado.  “Cómo yo los he amado”, no sólo a su estilo y manera, sino con la calidad, intensidad y entrega de su mismo amor divino.

Amor que no desvaneció con su vuelta definitiva al Padre: “No los dejaré huérfanos… El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho”.  Esta promesa se hizo realidad en Pentecostés cuando el Espíritu de Cristo Resucitado descendió sobre la Iglesia primitiva: “Yo estoy con Ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

El Espíritu Santo entró en la historia para quedarse por siempre entre nosotros, para ser unidad en la división, luz en la oscuridad y desconcierto, esperanza en las dudas y temores, fuerza en la debilidad y desaliento, consuelo en la tristeza y el dolor, y paz en las pugnas y conflictos. En estos tiempos álgidos, el Espíritu Santo es el que nos mueve a ser solidarios con los hermanos enfermos de COVID y sus familiares, con los que están sin trabajo y con los que sufren toda clase de privaciones. Al mismo tiempo nos anima a ser responsables, a dejar a un lado divergencias e intereses particulares y a unirnos como una sola familia en el cuidado de la salud y la vida de todos.

La palabra de Dios de hoy nos ha acercado un poco más al misterio de Dios Trinidad, el misterio de amor entre las tres personas divinas, el amor de comunión íntima y comunicación viva de personas. El amor divino que desborda hacia nosotros sus criaturas, fuente inagotable de unidad, que nos abraza, que se comunica y comulga con todos nosotros sus hijos, creados a imagen del Amor, bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y enviados a comunicar y testimoniar la alegría del misterio de amor de la Trinidad y a vivir en comunión con Dios y con los hermanos. Esta es nuestra identidad y vocación cristiana y de la Iglesia: vivir nuestra fe en comunión, no como cristianos aislados sino en comunidad.

En este espíritu de comunión celebramos hoy en Bolivia la Jornada de las Comunidades Eclesiales de Base, las células iniciales y más pequeñas de Iglesia, focos de fe y evangelización, que recogen la experiencia de las primeras comunidades cristianas. En ellas podemos acceder a un conocimiento mayor de la Palabra de Dios, a la vida de comunión y servicio en fraternidad y solidaridad, a la misión evangelizadora y al compromiso social en nombre del Evangelio. Las animamos a que, con ardor y sencillez, sigan dando testimonio entre los pobres y los más alejados, de la comunión y del amor de Dios Trinidad y de la manifestación del Reino de Dios, reino de justicia, verdad, amor y paz.

Ayer, día del maestro, dado que los colegios están cerrados por las medidas de bioseguridad, no se pudo agasajar nuestros educadores como de costumbre. Aprovecho esta mañana la presencia entre nosotros de tres representantes del magisterio, para expresar a todos los maestros y profesores nuestra sincera gratitud por su labor esforzada enseñando a nuestra niñez y juventud entre tantos obstáculos y problemas. La dura experiencia del COVID, que ha quebrado existencias y seguridades, pero también presunciones, es un llamado para todos a reinventarnos, en especial a ustedes maestros que, siguiendo el ejemplo de Jesús Maestro, tienen la vocación de abrir al bien, al amor y a la vida, las mentes y corazones de las nuevas generaciones.

Un llamado a buscar nuevos caminos y a mirar hacia horizontes humanos justos y esperanzadores, dejando a un lado viejos paradigmas y afianzando los cimientos de una sociedad renovada sobre los valores eternos y espirituales que no caducan: la fe en Dios, la fraternidad humana universal, el respeto de la creación y la búsqueda del bien común. Es una tarea desafiante, pero no nos dejamos atemorizar, contamos con el amor del Padre, la gracia de N.S. Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo que nos asisten, guían y sostienen. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



Nuestro sitio web utiliza cookies para que usted tenga una mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando estará dando su consentimiento y la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies