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miércoles 5 octubre 2022
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Mons. Gualberti: “Solo en la cruz está la esperanza de un mundo nuevo y de la humanidad libre del mal y del pecado”

Campanas. En una profunda reflexión de viernes Santo, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti, afirmó que, solo en la cruz está la esperanza de un mundo nuevo y de la humanidad libre del mal y del pecado porque, por la cruz, Jesús cumplió el designio de salvación del Padre: “Por la obediencia llegó a ser causa de salvación”. Jesús en la cruz es la imagen elocuente de su abandono total en las manos del Padre, el culmen de su camino de obediencia y amor iniciado libremente en la encarnación.

La tarde de este Viernes Santo, Monseñor Sergio Gualberti, presidió en la Catedral, la celebración de “La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, celebración sobria y austera en signos, conmovedora y solmene como el beso de la cruz, en la que se proclamó el evangelio de la pasión del Señor, se oró por la humanidad entera y se adoró con reverencia la cruz de Cristo.

Es la Adoración de la Cruz, en la que se agradece a Jesús con un beso.  “Aquí hay que recordar que desde el Jueves Santo el altar permanece desnudo y la cruz cubierta con un velo. En esta celebración de Viernes Santo se descubre la cruz y se presenta de manera solemne: el celebrante debe decir: ‘Miren el árbol de la cruz, del que pende Cristo, salvador del mundo’, y enseguida se realiza la adoración de la Cruz con un beso.

 “Miren el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo: vengan y adoremos”. Esta es la invitación que la liturgia nos hace, en esta celebración, al momento de mostrar la cruz; mirar y contemplar a Jesús, el siervo del Señor justo e inocente, clavado en un instrumento de muerte transformado, por Él, en un medio de salvación para toda la humanidad.

Así mismo el prelado aseveró La cruz es el culmen de toda la vida de Jesús pasada “haciendo el bien”, devolviendo la vista a los ciegos, curando a  los enfermos, sanando a los leprosos, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos y anunciando Buena Noticia a los pobres, los más necesitados y desposeídos de la sociedad. En la cruz se cumple la misión que el Padre había encomendado a Jesús: instaurar el reinado de amor y de vida, concebido desde la creación y rechazado por la soberbia humana provocando la irrupción del pecado y la muerte.

 

 “En Jesús inocente, colgado en la cruz, se identifican miles y miles de pobres, crucificados por la miseria, el hambre y el desempleo”

Jesús fue condenado por una justicia servil a los poderosos y a sabiendas que era inocente. En Jesús inocente, colgado en la cruz, se identifican miles y miles de pobres de ayer y de hoy que no tienen voz ni rostro, descartados por la sociedad de la eficiencia y del consumo, explotados y sometidos a condiciones de vida infrahumana, crucificados por la miseria, el hambre, la escasez de agua y el desempleo.

 “Nuestra hermana Madre tierra está crucificada y devastada por la codicia del sistema economicista a través de la deforestación y contaminación”

De la misma manera, está crucificada nuestra hermana Madre Tierra, devastada por la codicia del sistema economicista a través de la deforestación salvaje, la contaminación del agua y la explotación irracional de energías no renovables.

El Hijo de Dios  se despojó de su condición divina, para que fuéramos libres del mal, y de toda clase de esclavitudes y la de muerte”

Es el misterio del Hijo de Dios que se despojó de su condición divina y asumió la nada del mundo, para que fuéramos libres del mal, de toda clase de esclavitudes y la muerte, y para que se nos abrieran, de una vez por todas, los horizontes de la vida sin fin, del amor, la justicia, la esperanza y la paz.

“La muerte de Jesús no fue un fracaso sino una victoria”

Así entendida, la muerte de Jesús no fue un fracaso sino una victoria. Para la lógica humana, es un hecho difícil de creer y es una locura que en el crucificado se haga presente el amor de Dios.  Esta también fue la actitud de Pedro y los discípulos que, en las horas cruciales de la pasión, abandonaron a Jesús.

“Nosotros creyentes tenemos el desafío de testimoniar la fuente de vida, de amor y fraternidad que brota de la cruz en nuestro mundo que tanto la necesita, aunque la desconozca o critique”

Por eso no debe extrañarnos que, a lo largo de la historia hasta el día de hoy, el crucifico haya sido hecho objeto de incomprensión, indiferencia, rechazo y molestia, como se confirma en el hecho que la cultura laicista busque quitarlo de los lugares públicos, escuelas y hospitales. El crucificado ha sido, es y será siempre signo de contradicción, por eso, nosotros creyentes tenemos el desafío de testimoniar la fuente de vida, de amor y fraternidad que brota de la cruz en nuestro mundo que tanto la necesita, aunque la desconozca o critique.

La liturgia del viernes santo prevé el beso de la cruz; sin embargo, por evitar el contagio, solo los celebrantes haremos ese gesto. Ustedes todos expresarán con otro gesto su amor y devoción a la cruz, en un clima de profundo recogimiento, y silencio, acogiendo a la invitación de la carta a los Hebreos que hemos escuchado: “Vayamos confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno”.

A la celebración realizada en el atrio de la Catedral, donde se proclamó la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y donde el Arzobispo y Mons. Estanislao Dowlaszewicz realizaron el rito de la adoración de la cruz, le siguió la procesión del Santo Sepulcro de nuestro Señor Jesucristo por algunas calles aledañas al centro cruceño, esta misma se volvió a realizar después de dos años a causa de la pandemia. La procesión se llevó adelante tomando todas las medidas de bioseguridad y  estuvo encabezada por Monseñor Sergio Gualberti y Monseñor Estanislao Dowlaszewicz y, acompañada por la banda municipal y un grupo litúrgico de la Catedral que animaron la oración.

GALERÍA FOTOGRÁFICA: Viernes Santo: “Celebración de la Pasión del Señor”

GALERÍA FOTOGRÁFICA: Viernes Santo: “Procesión con el Santo Sepulcro”

 

“Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz en Viernes Santo”

“Miren el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo: vengan a adorarlo”. Hermanos y hermanas, al momento de presentar la cruz en breves minutos, se nos hará tres veces esta invitación a alzar nuestros ojos a la cruz donde Jesús, el siervo de Dios, inocente y justo, ha sido ajusticiado como criminal, para contemplarlo y adorarlo. Gracias a la entrega de su vida, ese instrumento de muerte se ha vuelto el medio de vida y de salvación de la humanidad.

La cruz es el culmen de toda la vida de Jesús pasada “haciendo el bien”, devolviendo la vista a los ciegos, curando a  los enfermos, sanando a los leprosos, perdonando a los pecadores, resucitando a los muertos y anunciando Buena Noticia a los pobres, los más necesitados y desposeídos de la sociedad. En la cruz se cumple la misión que el Padre había encomendado a Jesús: instaurar el reinado de amor y de vida, concebido desde la creación y rechazado por la soberbia humana provocando la irrupción del pecado y la muerte.

Ante la cruz brota espontanea una pregunta: ¿Cómo ha sido posible que el hombre bueno que se solidarizó con nuestra condición humana y gastó nuestra salvación, haya sido condenado a ese suplicio infame reservado a los esclavos?

A los que lo condenaron, nos les importó que Jesús fuera bueno, sino que lo condenaron porque se puso a lado de los pobres, los privilegiados por Dios, pero despreciados de la sociedad. Él se sentó a la mesa con los cobradores de impuestos, permitió que una pecadora pública le lavara los pies, tocó a leprosos considerados impuros por la ley, sació a los hambrientos y atendió a cuantos necesitados y enfermos se cruzaban en su camino. En especial, Jesús fue sentenciado porque criticaba a las autoridades religiosas que habían impuesto normas que desvirtuaban la ley de Moisés.  

Sobre todo, Jesús denunció, en varias oportunidades, la actitud hipócrita de los grupos de poder, religiosos y políticos, que se servían de la religión para sus intereses y privilegios. En la última semana de su vida, su situación empeoró todavía más porque la gente lo proclamó Rey y Mesías y porque Él echó a los mercaderes del Templo de Jerusalén.

Por eso las autoridades, con el pretexto de que el proceder de Jesús iba a provocar la sublevación del pueblo, decidieron darle muerte: “¿No les parece preferible que un solo hombre muera y no que perezca la nación entera?”.

Esto explica porque Jesús fue condenado por dos tribunales: por el religioso, con la acusación de blasfemo ya que se había proclamado hijo de Dios, y por el tribunal civil romano, con la acusación de haberse presentado supuestamente como rey de los judíos, atentando así a la autoridad del imperador.

En ambos casos, Jesús fue condenado por una justicia servil a los poderosos y a sabiendas que era inocente. En Jesús inocente, colgado en la cruz, se identifican miles y miles de pobres de ayer y de hoy que no tienen voz ni rostro, descartados por la sociedad de la eficiencia y del consumo, explotados y sometidos a condiciones de vida infrahumana, crucificados por la miseria, el hambre, la escasez de agua y el desempleo. En especial, se identifican con Jesús crucificado tantas personas víctimas de una administración de la justicia corrupta y servil a los poderes de turno y las personas que nosotros ignoramos, despreciamos o lastimamos.

De la misma manera, está crucificada nuestra hermana Madre Tierra, devastada por la codicia del sistema economicista a través de la deforestación salvaje, la contaminación del agua y la explotación irracional de energías no renovables.

Ante esta dramática situación resuena nuevamente la invitación:” Miren el árbol de la cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo: vengan a adorarlo”. Solo en la cruz está la esperanza de un mundo nuevo y de la humanidad libre del mal y del pecado porque, por la cruz, Jesús cumplió el designio de salvación del Padre: “Por la obediencia llegó a ser causa de salvación”. Jesús en la cruz es la imagen elocuente de su abandono total en las manos del Padre, el culmen de su camino de obediencia y amor iniciado libremente en la encarnación.

Es el misterio del Hijo de Dios que se despojó de su condición divina y asumió la nada del mundo, para que fuéramos libres del mal, de toda clase de esclavitudes y la muerte, y para que se nos abrieran, de una vez por todas, los horizontes de la vida sin fin, del amor, la justicia, la esperanza y la paz. Así entendida, la muerte de Jesús no fue un fracaso sino una victoria. Para la lógica humana, es un hecho difícil de creer y es una locura que en el crucificado se haga presente el amor de Dios.  Esta también fue la actitud de Pedro y los discípulos que, en las horas cruciales de la pasión, abandonaron a Jesús.

Por eso no debe extrañarnos que, a lo largo de la historia hasta el día de hoy, el crucifico haya sido hecho objeto de incomprensión, indiferencia, rechazo y molestia, como se confirma en el hecho que la cultura laicista busque quitarlo de los lugares públicos, escuelas y hospitales. El crucificado ha sido, es y será siempre signo de contradicción, por eso, nosotros creyentes tenemos el desafío de testimoniar la fuente de vida, de amor y fraternidad que brota de la cruz en nuestro mundo que tanto la necesita, aunque la desconozca o critique.

Al acabar la II guerra mundial, el teólogo japonés Kitamori escribió que “la Iglesia existe sólo para conservar el asombro de que Dios es el Crucificado que muere“. Por eso, en medio de tantas crucifixiones del hombre por el hombre en el mundo, como la agresión armada y arbitraria de Rusia a Ucrania, hay un hito certero al que mirar: el Dios Crucificado. Así lo creían y expresaban los antiguos cristianos: “En medio de todos los vaivenes humanos sólo sigue en pie la Cruz“.

Este es el sentido auténtico de la devoción a la Cruz, tan enraizada, profunda y sentida en todos los pueblos de América Latina, en nuestro país y en especial en nuestra ciudad y Departamento que llevan con toda honra el nombre de la Santa Cruz, plantada como signo de la redención, como cantamos con el himno cruceño, signo de libertad, de vida y de amor y no instrumento de muerte.

La liturgia del viernes santo prevé el beso de la cruz; sin embargo, por evitar el contagio, solo los celebrantes haremos ese gesto. Ustedes todos expresarán con otro gesto su amor y devoción a la cruz, en un clima de profundo recogimiento, y silencio, acogiendo a la invitación de la carta a los Hebreos que hemos escuchado: “Vayamos confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno”. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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