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domingo 3 julio 2022
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Mons. Gualberti: “Solo el Espíritu de Dios da sentido a nuestra existencia, nos hace más humanos y nos abre a la comunión con el Señor”

Campanas. Este domingo de pentecostés, desde la Catedral Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo – Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santa Cruz afirmó que, Solo el Espíritu de Dios da sentido a nuestra existencia, nos hace felices y más humanos y nos reconcilia y nos abre a la comunión con el Señor y a la relación fraterna con el prójimo. VIDEO

Así mismo nos nos exhortó a pedir de todo corazón al Espíritu Santo que nos sane de nuestra soberbia, odios y rencores, nos libere de todas ataduras, nos lave de las suciedades morales y espirituales y que nos haga capaces de amar y que nos dé la valentía de perdonar las heridas y ofensas.

Hoy, domingo de Pentecostés, celebramos con mucha alegría la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María, evento que da cumplimiento a la promesa que Jesús hizo a los apóstoles en la última Cena, culmen del misterio pascual que hemos contemplado durante estos cincuenta días

La irrupción del Espíritu Santo provoca en los apóstoles un cambio radical: el miedo que los tenía atenazados, a causa de las amenazas de los judíos, se convierte en valor.

El Espíritu habla del don profético del amor, la vida, la fraternidad y la libertad

Ante ese evento extraordinario, la gente “se llenó de asombro porque cada uno los oía hablar en su propia lengua”. No se trata tanto de la manifestación del don de lenguas, sino de la fuerza y el poder del mensaje del Espíritu que habla del don profético del amor, la vida, la fraternidad y la libertad, el lenguaje que toda persona entiende, el mensaje universal que une a las diversas culturas y naciones en un solo pueblo que profesa su fe en Cristo, el único Señor.

En ese día, nace la Iglesia misionera, comunidad en salida. Esta es su razón de ser, su vocación e identidad: anunciar la alegría del Evangelio y de la salvación en el Resucitado

Pronto, esa gente pasa del asombro a la aceptación de la Buena Noticia; creen en el Señor y adhieren a la comunidad de los apóstoles y de los discípulos formando el núcleo inicial de la Iglesia: “Y aquel día se les unieron unas tres mil personas.

No somos cristianos, ni somos la Iglesia de Jesucristo si no anunciamos el Evangelio, y si no trabajamos por un mundo más justo y fraterno

No somos cristianos, ni somos la Iglesia de Jesucristo si no anunciamos el Evangelio, si somos comunidades encerradas en nuestras seguridades, si no damos testimonio de la fe, si no compartimos la alegría de haber encontrado el sentido verdadero y profundo de nuestra existencia en el Señor y si no trabajamos en bien de un mundo más justo y fraterno.

Todo lo bueno, lo verdadero y bello es obra del Espíritu Santo

Desde ese día el Espíritu Santo está presente y asiste a la Iglesia en su caminar y en su misión. Santo Tomás de Aquino tiene una expresión muy significativa para indicar la acción del Espíritu: “Todo lo bueno, lo verdadero y bello es obra del Espíritu Santo”, aunque nosotros no tengamos conciencia de su presencia.  

La verdad del Espíritu es el único norte seguro y confiado, sobre Él que podemos contar siempre y que nos hace verdaderamente libres

«La Verdad les hará libres». La verdad que disipa las tinieblas de la mentira y de las seducciones mundanas, la verdad que ilumina nuestras mentes y corazones para que miremos las situaciones de la vida con los ojos de Dios y tengamos el valor de testimoniarla.

Todo lo que podemos hacer en favor de los hermanos necesitados y una sociedad solidaria y justa se debe a la presencia del Espíritu Santo que nos fortalece

El Espíritu Santo es el don de los dones, el Amor sin límites que fluye abundante y en su grado más alto sobre todas las personas, el Padre amoroso de los pobres y desamparados. Todo lo que nosotros podemos hacer en favor de los hermanos necesitados, y todo compromiso por una sociedad fraterna, solidaria y justa se debe a la presencia del Espíritu Santo que nos fortalece.

“El Espíritu Santo es el dulce huésped de nuestro corazón, la fuente del sosiego, la reconciliación, la concordia y la paz”

El Espíritu Santo es el dulce huésped de nuestro corazón, la fuente del sosiego, la reconciliación, la armonía, la concordia y la paz; la paz, el don que el Señor Resucitado nos ha dado para que quede en nosotros y que nadie nos puede arrebatar: “La paz esté con ustedes”.

El Espíritu Santo nos da la fortaleza para superar las adversidades de la vida y nos consuela y reconforta en el dolor

Es el Espíritu Santo que nos da la fortaleza para superar las adversidades de la vida y nos consuela y reconforta en el dolor y el duelo, en la tristeza y el desánimo, en el desamparo y la soledad. Además, nos vivifica y despierta en nosotros el deseo ardiente de que ponga su morada por siempre en lo más íntimo de nuestro ser.

Uno de los problemas más graves de nuestro mundo hoy es el vacío del Espíritu, una falta que abre paso al materialismo y al consumismo

Uno de los problemas más graves de nuestro mundo hoy es el vacío del Espíritu, una falta que abre paso al materialismo y al consumismo, los ídolos de hoy que tiranizan, engañan y ahogan. El vacío es un denominador común en tantos ámbitos de la sociedad, porque se ha sustituido el Espíritu de Vida y del Bien por bienes caducos que carecen de razones para vivir, que defraudan el deseo de felicidad, que hacen áridos e incapaces de amar y que dejan una insatisfacción profunda.

Homilía de Mons. Sergio Gualberti/05/06/2022

Hoy, domingo de Pentecostés, celebramos con mucha alegría la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y la Virgen María, evento que da cumplimiento a la promesa que Jesús hizo a los apóstoles en la última Cena, culmen del misterio pascual que hemos contemplado durante estos cincuenta días. La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos describe esa escena con las imágenes del ruido, el viento y las lenguas de fuego, signos de la fuerza vivificante de Dios que transforma nuestra vida y la comunidad reunida en la fe en Cristo resucitado.

La irrupción del Espíritu Santo provoca en los apóstoles un cambio radical: el miedo que los tenía atenazados, a causa de las amenazas de los judíos, se convierte en valor. Ellos salen del encierro forzoso y se ponen a anunciar la Buena Noticia de Jesús Resucitado a una multitud de fieles judíos que celebraba la “Fiesta de las Semanas”, entre ellos peregrinos provenientes de distintas naciones.

Ante ese evento extraordinario, la gente “se llenó de asombro porque cada uno los oía hablar en su propia lengua”. No se trata tanto de la manifestación del don de lenguas, sino de la fuerza y el poder del mensaje del Espíritu que habla del don profético del amor, la vida, la fraternidad y la libertad, el lenguaje que toda persona entiende, el mensaje universal que une a las diversas culturas y naciones en un solo pueblo que profesa su fe en Cristo, el único Señor.

Pronto, esa gente pasa del asombro a la aceptación de la Buena Noticia; creen en el Señor y adhieren a la comunidad de los apóstoles y de los discípulos formando el núcleo inicial de la Iglesia: “Y aquel día se les unieron unas tres mil personas”.  En ese día, nace la Iglesia misionera, comunidad en salida. Esta es su razón de ser, su vocación e identidad: anunciar la alegría del Evangelio y de la salvación en el Resucitado. No somos cristianos, ni somos la Iglesia de Jesucristo si no anunciamos el Evangelio, si somos comunidades encerradas en nuestras seguridades, si no damos testimonio de la fe, si no compartimos la alegría de haber encontrado el sentido verdadero y profundo de nuestra existencia en el Señor y si no trabajamos en bien de un mundo más justo y fraterno.

Desde ese día el Espíritu Santo está presente y asiste a la Iglesia en su caminar y en su misión. Santo Tomás de Aquino tiene una expresión muy significativa para indicar la acción del Espíritu: “Todo lo bueno, lo verdadero y bello es obra del Espíritu Santo”, aunque nosotros no tengamos conciencia de su presencia.  La Secuencia de la liturgia que hemos recitado a dos coros antes del Evangelio, nos da unas muestras muy hermosas de ese actuar, las que ahora quiero compartir y profundizar con ustedes.

La plegaria inicia diciendo: “Ven Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Con esta invitación pedimos al Espíritu que nos envíe su luz, no una luz cualquiera sino la luz de la verdad que Jesús prometió a sus discípulos en la última cena:” Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a todos a la verdad”. La verdad del Espíritu es el único norte seguro y confiado, sobre Él que podemos contar siempre y que nos hace verdaderamente libres: «La Verdad les hará libres». La verdad que disipa las tinieblas de la mentira y de las seducciones mundanas, la verdad que ilumina nuestras mentes y corazones para que miremos las situaciones de la vida con los ojos de Dios y tengamos el valor de testimoniarla.

“Ven ya, Padre amoroso del pobre, don en tus dones espléndido”.  El Espíritu Santo es el don de los dones, el Amor sin límites que fluye abundante y en su grado más alto sobre todas las personas, el Padre amoroso de los pobres y desamparados. Todo lo que nosotros podemos hacer en favor de los hermanos necesitados, y todo compromiso por una sociedad fraterna, solidaria y justa se debe a la presencia del Espíritu Santo que nos fortalece.

Luz que penetras las almas, fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped  del alma, descanso de nuestro esfuerzo”. El Espíritu Santo es el dulce huésped de nuestro corazón, la fuente del sosiego, la reconciliación, la armonía, la concordia y la paz; la paz, el don que el Señor Resucitado nos ha dado para que quede en nosotros y que nadie nos puede arrebatar: “La paz esté con ustedes”.

Tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego. Gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Es el Espíritu Santo que nos da la fortaleza para superar las adversidades de la vida y nos consuela y reconforta en el dolor y el duelo, en la tristeza y el desánimo, en el desamparo y la soledad. Además, nos vivifica y despierta en nosotros el deseo ardiente de que ponga su morada por siempre en lo más íntimo de nuestro ser.

“Luz santificadora entra hasta el fondo del alma”. El Espíritu es la luz que santifica, por eso le pedimos que entre en lo más profundo de nuestros ser y de nuestra existencia, trabajos y circunstancias de cada día, para que nos haga participar de los misterios de la vida misma de Dios y alcancemos a ser “Santos como Dios es Santo”.

“Mira el vacío del alma si tú le faltas por dentro. Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento”. Uno de los problemas más graves de nuestro mundo hoy es el vacío del Espíritu, una falta que abre paso al materialismo y al consumismo, los ídolos de hoy que tiranizan, engañan y ahogan. El vacío es un denominador común en tantos ámbitos de la sociedad, porque se ha sustituido el Espíritu de Vida y del Bien por bienes caducos que carecen de razones para vivir, que defraudan el deseo de felicidad, que hacen áridos e incapaces de amar y que dejan una insatisfacción profunda.

Solo el Espíritu de Dios da sentido a nuestra existencia, nos hace felices y más humanos y nos reconcilia y nos abre a la comunión con el Señor y a la relación fraterna con el prójimo.

 “Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo. Lava las manchas. Infunde calor de vida en el hielo. Doma el espíritu indómito. Guía al que tuerce el sendero”. Pidamos de todo corazón al Espíritu Santo que nos sane de nuestra soberbia, odios y rencores, nos libere de todas ataduras, nos lave de las suciedades morales y espirituales y que nos haga capaces de amar y que nos de la valentía de perdonar las heridas y ofensas.

 Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito.  Salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno”. Los siete dones que conocemos porque son los que recibimos en el Sacramento de la Confirmación, los medios para nuestra salvación y gozo en la gloria del Señor: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios,

Esta semana, hermanos y hermanas de distintas Iglesias nos hemos unidos, en la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos que clausuramos hoy, pidiendo al Espíritu Santo que nos ayude a cumplir el mandato de Jesús:” Que todos sean unos… para que el mundo crea”. Solo con su asistencia podemos superar las incomprensiones y desconfianzas del pasado, y ser signo de amor, esperanza, unidad y paz y en nuestro mundo dividido, enfrentado y sufrido por las guerras y el terrorismo.

La paz y la unidad son al mismo tiempo don del Espíritu Santo y fruto de nuestro esfuerzo, por eso es importante orar para que caminemos con humildad y perseverancia todos juntos hacia la comunión plena en Jesús, nuestro único Señor y Salvador, dando el testimonio de amor y concordia que nuestra sociedad y nuestro mundo tanto necesitan: “Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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