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martes 6 diciembre 2022
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Mons. Gualberti: “Perder la vida por Cristo y entregarla al servicio del reino de Dios es encontrar su sentido y la felicidad plena”

Campanas. Hoy domingo 19 de junio, en su última misa presidia en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir – Catedral, como Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti Calandrina afirmó que, “Perder la vida por Cristo y entregarla al servicio del reino de Dios es encontrar su sentido y la felicidad plena y verdadera”.VIDEO.

De la misma manera aseveró que, Perder la vida y cargar la cruz con Cristo, implica instaurar relaciones de amor con Dios, con la creación y con los demás, defender la vida de los niños por nacer, ser solidarios con tantos hermanos y hermanas necesitados, los pobres y los “don nadie descartados de la sociedad”, las mujeres y niños víctimas de la violencia ciega y cobarde, los enfermos y los desalentados y angustiados.

Por el bautismo, hemos recibido el don de la fe y se nos han abierto las puertas de la salvación

 Esto indica que nuestra vida cristiana está vinculada estrechamente a Cristo, nosotros somos revestidos por Él, incorporados a Él y a la vida de hijos de Dios y miembros del nuevo pueblo de Dios.

Jesús no se queda solo en el anuncio de su muerte, sino que indica a sus discípulos que todos sus seguidores tienen que estar dispuestos a sufrir por el Evangelio: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga».

 Todos podemos Ser discípulos de Jesús, y entregar nuestra vida por el Reino de Dios

Ser discípulos de Jesús, pero tenemos que renunciar a ser gestores únicos de nuestra existencia, dejar sueños y ambiciones de riquezas, poder y gloria y estar dispuestos a entregar nuestra vida por el Reino de Dios, una entrega en los hechos de cada día.

 Cristo nos pide llevar nuestra vida con Él y detrás de Él, acoger su palabra, pisar sus huellas y aceptar las incomprensiones y rechazos que a menudo comporta la fidelidad al Evangelio.

Así lo testimonian los muchos cristianos que, desde la Iglesia primitiva hasta hoy, han entregado toda su vida como mártires de la fe. Mirar y seguir fielmente a Cristo es la referencia insustituible para nuestra vida cristiana, ya que solo un profundo amor a Él nos ayuda a cargar la cruz en el camino a la vida eterna.

A menudo tenemos la tentación de buscar la salvación por caminos equivocados

Luego Jesús hace una afirmación terminante: «El que quiera salvar su vida, la perderá». A menudo tenemos la tentación de buscar la salvación por caminos equivocados, ofuscados por nuestro propio interés o detrás de los falsos ídolos de un mundo sin Dios. Quien cae en esas trampas arriesga pasar una vida sin sentido, detrás de cosas superfluas y bienes pasajeros que dejan un gran vacío y que no colman la sed de amor, de realización personal y de felicidad que está en lo profundo del corazón.

Iglesia pide solidarizarnos con las familias de los refugiados que han sido obligados a dejar su país para salvar sus vidas

En particular hoy, Día del Refugiado, estamos llamados a orar y a solidarizarnos con las familias y con tantos hermanos y hermanas que han sido obligados a dejar su país para salvar sus vidas. El Papa Francisco, con una frase muy cuestionadora, nos indica cual es el camino para solucionar este problema: “Los muros no son la solución… los refugiados están en la frontera porque hay muchas puertas y corazones cerrados”.

 Abramos nuestros corazones, tendamos nuestras manos y ayudemos a cargar la cruz de los refugiados que están entre nosotros

 Abramos nuestros corazones, tendamos nuestras manos y ayudemos a cargar la cruz de los refugiados que están entre nosotros, en señal de que hemos optado por seguir a Jesús y a su Evangelio de amor y de vida.

Optar por los últimos es optar por Cristo, quien no nos deja solos

Quien va a estar a nuestro lado para darnos el valor de ser anticonformistas, ir en contra de las corrientes mundanas y egoístas, y enfrentar a las burlas, las incomprensiones y hostilidades. Acojamos las palabras del profeta Zacarías, miremos hacia Cristo Jesús traspasado y dolido en la cruz, porque en Él está puesta nuestra fortaleza y nuestra esperanza.

 

Homilía de Mons. Sergio Gualberti – Arzobispo – Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Santa Cruz de la Sierra/19/06/2022

La escena del evangelio de hoy, representa el giro crítico y decisivo de la vida de Jesús. Es el final de su misión, dedicada al anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios en ciudades, pueblos y aldeas de todo Israel, e inicia su último viaje a Jerusalén, donde le esperan la pasión y la muerte en cruz.

En su misión Jesús no estuvo solo, sino que eligió a los doce apóstoles para que estuvieran con él, como testigos presenciales de su predicación y prodigios y para enviarlos a desempeñar su misma misión. A pesar de que los discípulos tuvieron la oportunidad de conocerlo en primera persona y durante tres años, sin embargo no lograban entender cuál era su verdadera identidad, qué clase de hombre era y de dónde le venía tanto poder.

El pasaje del Evangelio de hoy nos dice que Jesús está orando y, en el diálogo íntimo con el Padre, decide hacer conocer a sus discípulos quién es Él en verdad, para que no se escandalicen ante su pasión y muerte en cruz ya próximas, comprendan que ese desenlace fatal es parte del plan de salvación y estén preparados para llevar su misión anunciando al mundo entero la novedad del Evangelio.

Estando los discípulos a su lado, Jesús les lanza una pregunta: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?“. Ellos le contestan: “Unos dicen que eres Juan el Bautista, Otros, Elías; y otros, algunos de los profetas que ha resucitado”.  Jesús no se conforma con esa respuesta, quiere saber qué piensan ellos, por eso los interpela directamente: Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”.

Es una pregunta clave y directa sobre su identidad que involucra en primera persona a los discípulos y que implica como respuesta su profesión de fe. A esa pregunta responde solo Simón Pedro: “Tú eres el Mesías de Dios”.

Es la respuesta correcta, sin embargo Jesús les ordena terminantemente que no comunicarla a nadie y más para que no haya malas interpretaciones, aclara el sentido de su identidad y misión de Mesías: “El Hijo del hombre, o Mesías, debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día“.

Sí, Jesús en verdad es el Mesías, el Enviado de Dios; pero, no el Mesías pensado por los judíos, un rey con poder político y militar que los liberara de la opresión del imperio romano, sino el Mesías Hijo de Dios venido a este mundo para instaurar el reino de amor, de verdad, de libertad, de justicia y de paz. Además Jesús les vuelve a repetir por última vez, que para llevar a cumplimiento el mandato del Padre debe pasar por la pasión, muerte y resurrección. Con tan solo estas tres palabras, Jesús traza uno de los puntos fundamentales de nuestra fe e identidad cristiana. Nuestra salvación no es fruto de la fuerza y el poder, sino de su amor, de la entrega total de su vida y de su sacrificio.

San Pablo, en el texto de su carta los cristianos de Galacia que acabamos de escuchar, nos dice que, por el bautismo, hemos recibido el don de la fe y se nos han abierto las puertas de la salvación. Esto indica que nuestra vida cristiana está vinculada estrechamente a Cristo, nosotros somos revestidos por Él, incorporados a Él y a la vida de hijos de Dios y miembros del nuevo pueblo de Dios.

Jesús no se queda solo en el anuncio de su muerte, sino que indica a sus discípulos que todos sus seguidores tienen que estar dispuestos a sufrir por el Evangelio: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga». Todos podemos ser discípulos de Jesús, pero tenemos que renunciar a ser gestores únicos de nuestra existencia, dejar sueños y ambiciones de riquezas, poder y gloria y estar dispuestos a entregar nuestra vida por el Reino de Dios, una entrega en los hechos de cada día.

En otras palabras, Cristo nos pide llevar nuestra vida con Él y detrás de Él, acoger su palabra, pisar sus huellas y aceptar las incomprensiones y rechazos que a menudo comporta la fidelidad al Evangelio. Así lo testimonian los muchos cristianos que, desde la Iglesia primitiva hasta hoy, han entregado toda su vida como mártires de la fe. Mirar y seguir fielmente a Cristo es la referencia insustituible para nuestra vida cristiana, ya que solo un profundo amor a Él nos ayuda a cargar la cruz en el camino a la vida eterna.

Luego Jesús hace una afirmación terminante: «El que quiera salvar su vida, la perderá». A menudo tenemos la tentación de buscar la salvación por caminos equivocados, ofuscados por nuestro propio interés o detrás de los falsos ídolos de un mundo sin Dios. Quien cae en esas trampas arriesga pasar una vida sin sentido, detrás de cosas superfluas y bienes pasajeros que dejan un gran vacío y que no colman la sed de amor, de realización personal y de felicidad que está en lo profundo del corazón.

A continuación Jesús añade: “El que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará”. Parecería una locura lo que Jesús pide, sin embargo, perder la vida por Cristo y entregarla al servicio del reino de Dios es encontrar su sentido y la felicidad plena y verdadera.

Perder la vida y cargar la cruz con Cristo, implica instaurar relaciones de amor con Dios, con la creación y con los demás, defender la vida de los niños por nacer, ser solidarios con tantos hermanos y hermanas necesitados, los pobres y los “don nadie descartados de la sociedad”, las mujeres y niños víctimas de la violencia ciega y cobarde, los enfermos y los desalentados y angustiados.

En particular hoy, Día del Refugiado, estamos llamados a orar y a solidarizarnos con las familias y con tantos hermanos y hermanas que han sido obligados a dejar su país para salvar sus vidas. El Papa Francisco, con una frase muy cuestionadora, nos indica cual es el camino para solucionar este problema: “Los muros no son la solución… los refugiados están en la frontera porque hay muchas puertas y corazones cerrados”. Abramos nuestros corazones, tendamos nuestras manos y ayudemos a cargar la cruz de los refugiados que están entre nosotros, en señal de que hemos optado por seguir a Jesús y a su Evangelio de amor y de vida.

Optar por los últimos es optar por Cristo, quien no nos deja solos y va a estar a nuestro lado para darnos el valor de ser anticonformistas, ir en contra de las corrientes mundanas y egoístas, y enfrentar a las burlas, las incomprensiones y hostilidades. Acojamos las palabras del profeta Zacarías, miremos hacia Cristo Jesús traspasado y

dolido en la cruz, porque en Él está puesta nuestra fortaleza y nuestra esperanza. Amén

Graciela Arandia de Hidalgo



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