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martes 10 diciembre 2019
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“Misericordie Vultus”, ponencia de la Hna. Micaela Princiotto en el III Encuentro Nacional de Colegios Católicos

Luego de las palabras de bienvenida del Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti,  y de la presentación del programa con el que se trabajara estos días en el III Encuentro Nacional de Colegios Católicos, que se lleva adelante del 2 al 4 de septiembre en instalaciones del Coliseo del Colegio Don Bosco, la Hna. Micaela Princiotto, Directora del Colegio Josefina Bálsamo realizo la ponencia con el Tema: “Misericordie Vultus”.

 Ponencia

 Queridos Jóvenes:

Al darles la bienvenida les invito a que juntos creamos un ambiente propicio a la escucha y a la reflexión para poder participar de manera protagónica en este evento cuyos protagonistas son ustedes, todos y cada uno.

 ¿Qué es el Jubileo?

 El termino Jubileo deriva de la palabra ebraica jobel, que literalmente significa: cuerno del cabrón, la trompeta hecha con ese cuerno, el sonido del cuerno que nasce de eso, introduce el año con ese sonido solemne.

El termino hebreo es realidad tiene tres diferentes formas: jobel =aries-cabrón; jobil llamado; jobal remisión. Uniendo las tres terminaciones se comprende mejor el significado de Jubileo.

 El Jubileo hebreo se celebraba cada cincuenta años, según cuanto se dice en el libro del Levítico (25,1-55). Este periodo era un “año de gracias del Señor”, un tiempo dedicado a Dios, a la oración y a la liberación del hombre y de la tierra.

 El pueblo hebreo con este evento, venia animado a hacer resonar el cuerno cada 49 años para recordar a la gente de todo el país a vivir el Jubileo, declarando Santo (consagrado a Dios) el año 50 y proclamando la remisión de todos los habitantes.

 Se trataba de una liberación general de toda miseria, sufrimiento, o marginación.

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Los esclavos volvían a la libertad; la tierra volvía al propietario originario aún si habían sido vendida; las opresiones perpetuadas en el tiempo se buscaba transformarlas, a través del perdón, en nuevas relaciones de amor, restableciendo de esta forma el orden primordial de las cosas creadas, de las relaciones humanas y de las relaciones con Dios.

 El Jubileo, este evento tan especial, era ligado al número 7.

Dios, en la creación, el 7º día había descansado (Gn 2,1-3): por eso cada 7º día de la semana se celebraba lo Sabbat hebreo (el Sábato del descanso y de la oración, día dedicado a Dios y al hombre para su descanso). Este jubileo asumía una forma importante entonces cada 50 años: era el jubileo, año de gracias del Señor, que se celebraba cada 7 septenios.

¿Qué es el Jubileo de la misericordia?

 El Jubileo extraordinario de la Misericordia es un periodo (alrededor de un año) en el cual todos los católicos tenemos a nuestra disposición la oportunidad de algunas ocasiones especiales para redescubrir que es la Misericordia de Dios y cómo ser a nuestra vez personas de Misericordia. Es un Jubileo extraordinario, es decir fuera de lo común, dando importancia a un tema particular, exactamente la Misericordia.

El Jubileo es llamado también año santo porque en este periodo de casi doce meses es posible recibir particulares gracias o beneficios espirituales, como la indulgencia.

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Para saber: El Jubileo conlleva en sí mismo la referencia a la Indulgencia. En el año Santo de la Misericordia eso tiene un relieve especial. El perdón de Dios por nuestros pecados no conoce confines. En la muerte y resurrección de Jesús Cristo, Dios hace evidente su amor que llega a destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible a través del misterio pascual y la mediación de la Iglesia.

Recordemos que para recibir la indulgencia del año Jubilar necesitamos confesarnos, pasar por la Puerta Santa, participar de la Santa Misa y cumplir con una Obra de Misericordia.

 Un año entero para redescubrir la Misericordia non como una cosa para saber, conocer o aprender intelectualmente. Misericordia es cuánto de más concreto Dios está haciendo, y es cuánto de más bello podemos nosotros hacer entre nosotros aquí en la tierra. En este año, entonces, y en este evento en particular, no a contentamos de aprender cosas bellas sobre la misericordia. Aprendemos en cambio a vivir en profundidad la misericordia. Ser personas abiertas a la Misericordia de Dios Padre con nosotros y ser personas de misericordia hacia nuestros hermanos.

¿Qué significa la palabra misericordia?

 La palabra misericordia es la síntesis de dos palabras que mejor pueden ayudarnos a comprender el significado: miseria y corazón.

Misericordia significa entonces tener en el corazón la miseria de otra persona…y la mía.

¿Qué significa tener en el corazón?

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Es algo particular, extraordinario! Es de veras algo muy pero muy bello. Tus padres por ejemplo te tienen en su corazón. Tú mismo, cada uno de nosotros tiene en el corazón un amigo o amiga particularmente querida.

 La Misericordia es “tener en el corazón.” ¿A quién debemos tener en el corazón? A todos! A Dios y al prójimo.

 Es decir puedo tener en el corazón al compañero de curso, aquel que estimo poco simpático; puedo tener en el corazón a mis padres aunque cuando nuestras relaciones no son de las mejores; el profesor que me llena de tarea; al catequista, o al entrenador quienes me exigen cosas difíciles.

Tener en el corazón, entonces significa amar a cada persona, también a quien a veces resulta fastidiosa. Ella también merita atención.

 Además de tener en el corazón hay otra palabra clave: miseria.

La miseria no es sólo una situación en la cual faltan alimento, dinero, casa, ropa etc. Una persona mísera es una persona llena de defectos,, que se equivoca seguido, que a veces no entiende. Todos nosotros, tu y yo, tenemos tantos defectos y pecados: todos entonces somos personas míseras!

No tenemos por qué desesperarnos por eso.  Ahora pongamos juntos las dos palabras: tener en el corazón la miseria del otro. Alguien seguramente te tiene en el corazón, aunque si estás lleno de miserias. Quiere decir que esta persona te quiere así como eres, sin juzgarte y más bien ayudándote a mejorar y a corregir algunos de tus defectos. Te acoge, te abraza, te ayuda. Así hace también mamá y así papá. Y todos deberían actuar así: el profesor, el catequista, el entrenador.

Se comprende mejor el significado de la palabra misericordia: acoger la otra persona tal cual es, con sus virtudes y defectos, caminando con humildad a su lado para ayudarla a crecer y a mejorar.

 Y si la otra persona rechaza ser ayudada, corregida, acompañada? No importa: lo que importa es que tú te acercas a este hermano o hermana, te hagas  cercano, te hagas prójimo y no insultas, no juzgues la persona, no muestra maldad, rencor, envidia, celos. Más bien acoges también su rechazo, y lo sigues queriendo. Esta es misericordia: tener en el corazón la miseria del otro, cocientes que cada uno de nosotros tenemos el corazón lleno de miserias.

Acojámonos todos y acojamos a Jesús.

 Para comprender mejor, hagamos alguna simple pregunta:

  • ¿Acojo los consejos de mis padres, sabiendo que me hablan para mi bien?
  • ¿Pienso en alguno de mis compañeros poco simpático: pruebo a comprender porque se porta mal, sin juzgarlo?
  • ¿Si soy consciente de tener tantos defectos, porque muy seguido me quedo mirando los defectos ajenos?

 Es cuestión de corazón.

 Para actuar de esta manera, para actuar con Misericordia,  es necesario que mi corazón sea un corazón generoso y no egoísta, no soberbio, no con actitudes de poder, no lleno de alienaciones. Es necesario que mi corazón sea pobre y humilde.

 Muchas veces observamos en nuestra sociedad y a nuestro alrededor personas que han substituido el corazón de pobres, que es el corazón manso que no confía en sí mismo sino en Dios, con un corazón enriquecido de sí mismos, egoísta, relativista, indiferente, intolerante, esclavo del poder, del poseer y del éxito absoluto por encima de las personas.

 En cambio, sólo un corazón de pobre es un corazón humilde que está en medio de los demás con el deseo de ser útil a alguien: está como aquel que sirve la vida de los otros, y no como quien sofoca, violenta o se aprovecha de la vida de los demás.

 En nuestra sociedad se han multiplicado los “signos de muerte” (guerras, violencias, droga, corrupción, terrorismo, marginación de todo tipo e indiferencia hacia los más débiles, abortos y eutanasia, disgregación de la familia, bullyng etc.).

La causa de esta “muerte general del alma” está en el corazón de todos nosotros. La causa es el corazón de rico que nos hemos construido, un corazón de padrón de nosotros mismos y de los demás, de uno que defiende solo a si mismo sin respetar a los demás.

 Entonces la verdadera batalla es espiritual: es reconstruir un corazón de pobre, un corazón manso, humilde, sensible, sencillo, justo, limpio, puro, sobretodo misericordioso para reabrirse de nuevo al amor de Jesús que nos invita a vivir en el mundo y a favor del mundo entero a partir de su Palabra.

La verdadera batalla está dentro de nosotros!

Si cultivamos un corazón humilde de pobre, misericordioso, entonces aprenderemos a respetar a todos, a la creación entera, al universo en su totalidad. Entonces seremos, serás el joven de las bienaventuranzas, que reconoce en su vida el soplo de la vida de Dios.

 Este próximo domingo el Santo Padre proclamará Santa a la Madre Teresa de Calcuta. Una mujer frágil con un corazón humilde que ha sabido hacerse fuerte de la fuerza de Dios y ha ayudado y socorrido a miles de pobres, moribundos, marginados, excluidos.

 Para comprender mejor esto preguntémonos:

 ¿Cuando veo una persona en necesidad, marginada, o que me cae antipática, cual es el sentimiento presente en mi corazón?

¿Por qué siento rechazo de acoger a esa persona con un sentimiento diverso?

¿por qué generalmente excluyo las personas que me caen antipática o que están marginadas?

 Celebrar el Jubileo es cuestión de corazón, es decir es una oportunidad que nos interroga en nuestra capacidad de amar y amar al estilo de Jesús.

 La enseñanza del Papa Francisco

El Santo Padre Francisco en la Bula de Indicción del Año Santo de la Misericordia dice: “necesitamos contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de gozo, de serenidad, de paz. Es condición de nuestra salvación.”

Dios es paciente y misericordioso y su misericordia es eterna.

Entonces este año Jubilar lo vivimos a la luz de la palabra del Señor “misericordiosos como el Padre” .

 La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo, que llega a perdonar hasta el extremo y al don de si mismo. Por lo tanto donde la Iglesia es presente ahí debe hacerse evidente la misericordia del Padre.

Parafraseando esta expresión del Papa, podríamos decir que donde un joven estudiante católico está presente ahí debe hacerse presente también la misericordia del Padre.

En la misericordia tenemos la prueba de cómo Dios nos ama. Él da todo si mismo, para siempre, gratuitamente, sin pedir nada a cambio. Viene en nuestra ayuda cuando lo invocamos.

Jesús en su predicación hace referencia al texto del profeta Oseas: “Quiero amor y no sacrificio”. De este modo afirma que desde ahora en adelante la regla de vida de los discípulos deberá siempre prever el primado de la misericordia. Una misericordia que está íntimamente ligada a la justicia. Una justicia que pero le ofrece siempre al pecador la posibilidad de convertirse y creer. Así, esta justicia de Dios es la misma misericordia concedida a todos como gracia in virtud de la muerte y resurrección de Jesús Cristo. La Cruz de Cristo nos ofrece la certeza del amor y de la vida nueva.

 Casi al final de esta reflexión junto a ustedes, deseo reportarles el mensaje del Papa Francisco a los chicos y chicas de vuestra misma edad reunido en Roma para celebrar el Jubileo, y que ahora quisiera dedicar a todos ustedes reunidos hoy aquí:

 Queridos Chicas y chicos,

Estáis reunidos por un momento de fiesta y de alegría.

 Hoy el Señor nos dice que la gente reconocerá a sus discípulos por cómo se aman entre ellos. El Amor es el carnet de identidad del cristiano, el único documento válido para ser reconocidos discípulos de Jesús.

El verdadero amigo de Jesús se distingue por el amor concreto. Si queremos ser discípulos de Jesús tenemos que ponernos a su escuela, que es una escuela de vida para aprender a amar. Es un trabajo de todos los días: aprender a amar.

Amar es bello, es el camino para ser felices. Pero no es fácil, es impugnativo, es faticoso. Amar significa Donar no solo algo material sino algo de sí mismo, su propio tiempo, su amistad, sus capacidades.

 Miramos a Jesús que es invisible en generosidad. De Él recibimos a diario tantos dones y cada día deberíamos agradecerle…. Les pregunto: ¿Agradecen al Señor cada día? Aunque nosotros alguna vez nos olvidamos, Él nunca se olvida de hacernos cada día un regalo especial, el don más grande para la vida, que es su amistad fiel. Jesús es el amigo para siempre que te quiere y cree en ti más de cuanto tu crea en ti mismo. Como hizo con sus discípulos te mira a los ojos y te llama a seguirle, a tirar las redes confiando en su palabra, a poner en juego tus talentos en la vida, junto con Él, sin miedo.

Jesús te espera con paciencia, espera tu respuesta, espera tu “SI”

Concluye el Papa en su mensaje:

Sé que sois capaces de gestos de grande amistad y bondad. Estáis llamados a construir de esta manera el futuro: juntos con los demás y para los demás, nunca en contra de otros. No se construye “en contra”: eso se llama destrucción. Haréis cosas maravillosas si os preparéis bien desde ahora, viviendo vuestra edad tan rica de dones, y sin tener miedo a la fatiga y al sacrificio. Hagan como los campeones deportivos que logran altos fraguados entrenándose con humildad y duramente cada día. Vuestro programa cotidiano sean las Obras de Misericordia: entrénense  con entusiasmo para ser campeones de vida, campeones de amor! De esta forma le reconocerán como discípulos de Jesús. Así tendréis el carnet de identidad de cristianos. E os aseguro: vuestra alegría será plena.

 

 

 

 

Graciela Arandia de Hidalgo



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